Las “mejores películas de la historia” / Fernando Usón Forniés


Por Fernando Usón Forniés

Algunas consideraciones sobre las Top Ten 2012 de “Sight and Sound”.

La prestigiosa revista británica “Sight and Sound” cada década organiza una encuesta mundial entre críticos y académicos de los cinco continentes para elaborar el podio de las, así llamadas, mejores películas de todos los tiempos.

Parece un poco frívolo semejante empeño, inusitado en todas las demás artes, para una que ya tiene más de un siglo de edad, y sobre todo, resulta algo peligroso si el cinéfilo decide acatar los resultados como el cristiano la revelación bíblica: quizá sea una excusa demasiado fácil para no reflexionar sobre los valores reales de cada película en particular una clasificación mundial prácticamente indiscutida, tal es su prestigio, y casi inamovible, tal es su lenta y escasa variación década a década. Lo más sensato es no tomar una encuesta así como un veredicto firme, sino más bien como un juego culterano; o mejor, como un síntoma de las tendencias críticas de cada época, aunque éstas, como veremos, no sean evidentes a primera vista. A pesar de estas pegas, inherentes a la iniciativa, los resultados de 2012 son, en conjunto, los más consistentes de todas las encuestas decenales que dicha revista ha venido organizando desde la primera, en 1952. En efecto, en los diez primeros puestos hay, en mi opinión, siete obras maestras indiscutibles (independientemente de que, personalmente, las hubiera votado o no): “Vértigo”, “Cuentos de Tokio”, “Amanecer”, “Centauros del desierto”, “El hombre de la cámara”, “La pasión de Juana de Arco” y “Ocho y medio”. Luego, hay dos obras excelentes, aunque en mi opinión sobrevaloradas: las sempiternas “Ciudadano Kane” y “La regla del juego”. Y finalmente, un buen título, pero cuya presencia en una lista así resulta excesiva: la mítica “2001”. Ciertamente, no es mal balance, pero mejor lo fue el que hace años, en 1992, ofreció la revista Dirigido, pues todos los doce primeros puestos de su encuesta eran irrecusables, salvo, de nuevo, “Ciudadano Kane”, que, no obstante, ocupaba, compartido con otros tres títulos, el puesto del noveno al duodécimo.

 

La película más votada en esta década, “Vértigo”, ha contado con 191 votos, y por fin destrona, mundialmente y por amplia mayoría, a “Ciudadano Kane” (157 votos), lo que sin duda celebramos muchos críticos, cinéfilos y aficionados, hartos de que el primer puesto no lo ocupara una auténtica e indiscutible obra maestra, sino un film magnífico, sí, pero excesivamente aparatoso y menos coherente que tantas y tantas cumbres del cine (sin ir más lejos, las, éstas sí, magistrales “El cuarto mandamiento” y “Sed de mal”, del mismo Welles). Cabe reseñar también la recuperación de “La pasión de Juana de Arco”, que solía figurar en la lista de honor, pero fue expulsada de ella en 2002. Y por lo demás, como últimamente parece que los títulos más votados tienden simplemente a permutar los puestos unos con otros, las sorpresas han sido nulas…, salvo una excepción: la aparición por primera vez entre las diez primeras de “El hombre de la cámara”, a despecho de otras obras soviéticas hasta ahora mucho más prestigiosas (por supuesto, “El acorazado Potemkin”, que no obstante se coloca en undécimo lugar, o también “La tierra”, hoy en día casi olvidada, muy injustamente, y que ha de conformarse con figurar hacia el final de los 200 primeros). Aparte de la actual reivindicación del cine documental, posiblemente existe otro motivo para este trastrueque: lo veremos más adelante.

Una de las conclusiones más patentes y llamativas de la encuesta es el dominio indiscutible del cine clásico sobre el cine de producción moderna y no tan moderna: entre los diez puestos de honor, la película más reciente es “2001”, que data de 1968, ¡hace casi medio siglo!; y aparte, hay nada menos que tres películas mudas, más “El acorazado Potemkin” en el escalón inmediato. En el puesto 14 aparece la primera película de los 70, “Apocalypse now”, mientras “El padrino”, que se posó en las Top Ten en la convocatoria anterior, ahora ha retrocedido hasta el lugar 21; es más, hasta el 24 no aparece ningún título de décadas posteriores (“In the mood for love”, del año 2000). ¿Son los votantes conservadores por definición? No parece ser el caso, o al menos, no siempre ha sido así, pues en 1962 “La aventura” apareció entre las Top Ten (la segunda entonces, hoy en el puesto 21) a los dos años de su realización, y en 1972 hizo lo propio “Persona” con tan sólo seis añitos (hoy en el lugar 17). ¿Qué significa esto? Evidentemente, que el conjunto de los críticos no consigue alcanzar un consenso con las películas más recientes. ¿Por qué? Porque, desde luego, ningún film ha conseguido revolucionar el cine como algunos de los mencionados, ni tampoco, nos tememos, ha conseguido producir una impresión general tan profunda como para ocupar un lugar preferente en las memorias colectivas crítica y cinéfila, ni mucho menos grabarse en ellas indelebles (véase la acusada bajada de “El padrino” de una votación a la siguiente). Todo ello vendría a dar la razón a todos aquéllos que piensan (entre los que no me importa reconocer que me incluyo) que el cine, como arte, a pesar de todos los sinceros intentos de renovación de la última década, se encuentra, si no en decadencia, sí en franca inferioridad respecto al gran cine del pasado, ése que va, en mi opinión, desde la segunda década del siglo XX hasta más o menos mediados los 80, años del último grupo compacto de obras maestras del medio: “De la vida de las marionetas” y “Después del ensayo” de Bergman, “El dinero” de Bresson, “Smorgasbord” de Jerry Lewis, “El poder de los sentimientos” de Kluge, “Nostalgia” y “Sacrificio” de Tarkovsky, “El apicultor” y “Paisaje en la niebla” de Angelopoulos.

Este sesgo clasicista cambia algo en el listado de los directores, pues entre las diez primeras películas se encuentran cuatro de los 70 (“Taxi Driver”, “Apocalypse now”, “El padrino” y “El espejo”), aunque, curiosamente, no aparece ninguna del siglo XXI hasta el puesto 67 (de nuevo, “In the mood for love”). La abundancia significativamente mayor de títulos de los 70 y 80 y la aún mayor escasez de las dos décadas siguientes en la lista de los directores tienen, sin embargo, una explicación que no contradice nuestra percepción anterior: como es lógico, los criterios acusadamente subjetivos suelen tener mayor peso, o debieran, entre los profesionales que entre los teóricos, y la mayoría de los directores en activo hoy en día y de cierto prestigio eran jóvenes en los 70 y 80, y prefieren, lógicamente, votar las películas que azuzaron su vocación profesional. Aunque la lista de los directores sea más rebatible que la de los críticos, reserva no obstante algunas agradables sorpresas, como una mayor presencia de Buñuel entre las cien películas más votadas (tres frente a una sola entre los críticos) o la destacada aparición de una obra maestra de Bergman totalmente olvidada en las votaciones de los analistas, “La hora del lobo”.

Volviendo a la encuesta de los críticos, que es la de referencia, las limitaciones y defectos de un sondeo de este tipo se vislumbran mejor conforme se va descendiendo en la tabla. El listado ordenado de “Sight and Sound” comprende hasta el puesto 250, equivalente a 7 votos de un total de 846 posibles, lo que, en contra de lo que pueda parecer, vista la dispersión de los votantes, no está nada mal; y que, por cierto, debido a los empates, amplía la lista Vip hasta un total de 282 títulos. Pero, entre estas 282 supuestas mejores películas de la historia, se han colado algunas, demasiadas, que están lejos de merecer tamaña consideración, mientras que otras con mayores merecimientos no han conseguido más que un puñado de votos, insuficientes para estar en el listado definitivo…, cuando no ninguno en absoluto. En mi opinión, esto se debe a determinadas tendencias de muchos de los votantes, que amplifican el grado de subjetividad inherente a cada elección hasta límites difícilmente aceptables.

Tendencias rematadamente subjetivas.

Las deformaciones más evidentes son las ocasionadas por gustos absolutamente particulares y en nada cohibidos, renuentes a un mínimo análisis rigurosamente cinematográfico. Esto es excusable en el caso de los directores, y lo sería en el caso de los cinéfilos mondos y lirondos, pero es inaceptable cuando se trata de los críticos, pues, teóricamente, debieran ser capaces de hurgar y ahondar en el corazón de los filmes y no quedarse en la mera superficie, así como de superar sus filias y fobias personales para ensalzar aquellas obras mejor acabadas cinematográficamente y de mayor riqueza discursiva. Hay, por ejemplo, participantes que votan casi enteramente a películas fantásticas, y ni siquiera en sentido amplio, sino en el del más ortodoxo género de terror, como si el cine entero se redujera a esta restringida parcela (no piense el lector que me he empollado todas las 846 listas particulares, aunque sí haya consultado muchas: el descubrimiento se debió a la curiosidad de constatar quién había votado a la magistral “La noche del demonio”).

Y sin embargo, aún hay sesgos más tendenciosos. Insisto: aun dando por sentado que toda lista personal tiene un componente ineludiblemente subjetivo, no obstante, un crítico que se precie de tal habría de deslindar las preferencias personales de las calidades reales del film. Pues bien, en algunas listas se pueden encontrar títulos que ni siquiera alcanzan una mínima bondad, cuya presencia debería bastar para impugnar la participación de sus votantes. Llegan a surgir dudas de en qué zona exacta de su anatomía tienen localizado el gusto algunos: juro que hay quien ha elegido “Godzilla”, “Santa sangre” o “Supervixens”; pero es más, preocupantemente, “La matanza de Texas”, “Pulp fiction”, “El mago de Oz” y “La guerra de las galaxias” se encuentran entre las 200 primeras. Demencial…

Ahora bien, incluso votar a películas solventes como, digamos, “E.T.” (también entre las 200 primeras), resulta francamente sospechoso. Por poner ejemplos concretos, y seguramente no exentos de polémica, comprendería mejor que a uno le entusiasmaran películas tan distintas entre sí como “La muerte de Sigfrido” de Lang, “La bella durmiente” de Disney o “Los diez mandamientos” de DeMille, pues las tres ofrecen sendas cumbres indiscutibles del cine en lo que al estilismo o la dirección artística se refiere. Personalmente, las considero buenas películas, pero de ahí a tenerlas entre las mejores de toda la historia hay un abismo que ninguna de las tres consigue salvar. Al fin y al cabo, tener el honor de pertenecer a las diez mejores películas de la historia, o “simplemente” a las doscientas, trescientas o cuatrocientas auténticas obras maestras que ha dado el cine, ha de significar mucho más que un envoltorio agradable y una factura irreprochable (no en el estrecho sentido técnico que hoy en día se considera: es algo más complejo que tiene que ver con nociones, antes elementales, de planificación); incluso ha de conllevar más que la excelencia en uno o dos de los muchos apartados de los que consta el cine. Ha de suponer que esa película ha investigado posibilidades inéditas del sonido y de la imagen en movimiento, o que las ha llevado a su máxima expresión, de una forma orgánica, coherente y especialmente inventiva (y en este sentido toda obra maestra, e incluso muchas que por irregulares no lo son, es un film de vanguardia); que ha propuesto experiencias vitales de rara intensidad que sobrepasan lo tópico, y que ha sabido ofrecer una certera visión, de la sociedad o del ser humano, de una clarividencia excepcional; y no sólo eso, ha de ofrecer mucho más de lo que se vislumbra en primera instancia, ha de posibilitar diversos niveles de lectura y nuevos descubrimientos en cada sucesiva visión, sin desgastarse y proponiendo riquezas antes insospechadas. Pongamos por caso: “Historias de Philadelphia” es una buena película, pero una candidata poco plausible para una lista de concepción tan elitista.

Insisto en que no se trata tanto de una cuestión de afinidades electivas como de rigor en la aproximación al hecho cinematográfico. Por poner un ejemplo, el legendario documental “Shoah” logra nada menos que 39 votos, que lo encumbran al puesto 29. En mi opinión, el reconocimiento es excesivo porque, dentro de mi concepción del cine (para algunos, probablemente, demasiado restrictiva), no despliega un uso formal verdaderamente complejo y significante (quítenle el sonido a las entrevistas…), y por tanto, está lejos de ser una gran película; sin embargo, comprendo que es una experiencia impresionante, un documento elaborado, si no en forma de cine puro, con rigor indiscutible, y que ofrece un análisis sin precedentes de un hecho histórico fundamental y llega a alcanzar una profundidad excepcional. Por ello, su presencia en algunas listas, aunque en absoluto compartida, me parece respetable y para nada debida a tintes desfachatadamente subjetivos.

Ahora bien, los sesgos que más determinan el resultado final de estas Top 282 de “Sight and Sound” no son tanto los de los gustos particulares, ya que éstos muy raramente pueden alcanzar un amplio consenso (aunque, ciertamente, con el auxilio de la mítica sí lo consiguen a veces), sino otros más sibilinos que vamos a analizar a continuación.


Tendencias críticas.

Es evidente que a lo largo de los años las apreciaciones críticas pueden cambiar; y de hecho, lo hacen. En ocasiones, las modificaciones se deben a la reconsideración de los artistas, y en otras, simplemente a las corrientes en boga, lo cual conlleva revalorizaciones a veces ajenas a la calidad real de las obras. Esto apenas se aprecia en las Top Ten, pero sí es evidente en la lista de las 282 de “Sight and Sound”. En concreto, las consignas críticas de las últimas décadas parecen ser dos: el quietismo, por un lado, y lo metacinematográfico o deconstructivo, por otro.

Por su parte, la corriente quietista, hoy en boga tanto en la teoría como en la práctica, pues a ella se han sumado muchos de los directores actuales más aclamados y supuestamente inquietos, favorece a los cineastas más austeros, más despojados en sus formas. Con justicia, beneficia a Dreyer, Bresson, Tarkovsky y Ozu. Sin embargo, es dudoso que, por ejemplo, “Cuentos de Tokio”, por lo demás una obra maestra, en otra coyuntura ocupara un lugar tan preeminente (tercera en el podio crítico, primera en el de directores); o si se prefiere, que Ozu hubiera sobrepasado tan holgadamente en el favor general a su compatriota Mizoguchi. Pues, sorprendentemente, mientras el primer título de Mizoguchi en el palmarés, “Cuentos de la luna pálida”, ¡ocupa un mísero puesto 50!, y el segundo, “El intendente Sansho”, el 59, Ozu coloca en lugares de privilegio nada menos que dos películas, la mencionada “Cuentos de Tokio” y, en el puesto 15, otra obra maestra, “Primavera tardía”. Puede dar la impresión de que con Ozu hay menor dispersión en el voto, pues avanzando mucho en la lista, pasado el puesto número 100, Mizoguchi consigue colocar otras dos películas magistrales, “Historia de los crisantemos tardíos” y “Vida de Oharu”…; pero, al fin y al cabo, ésta es la misma cantidad que consigue añadir el cineasta del tatami. Quedan olvidadas, por tanto, algunas cumbres del cine debidas al maestro nipón del plano sostenido, como “Osén de las cigüeñas” (ningún voto), “Elegía de Naniwa” (dos), “Aien kyo” (uno), “Los 47 ronin” (tres), “Llama de mi amor” (ninguno) o “La señorita Oyu” (uno).

Otra cuestión es que las elegidas sean las que verdaderamente más lo merezcan de la obra de cada director. Tan sólo el caso de Dreyer es irrecusable, pues en la lista han aparecido las cinco cumbres de su obra (también cinco de las cimas del cine), esto es, “La pasión de Juana de Arco”, más “Ordet”, “Gertrud”, “Vampyr” y “Dies irae”, por este orden; y aunque personalmente no comparta la distribución, hay que reconocer que la preferencia por una u otra obra del danés es más una cuestión de valoración personal o de aproximación particular al cine, cuando no de instante vital o íntimo, que de diferencias intrínsecas de calidad. Menos compartible resulta, en cambio, ya no que los cuatro Tarkovsky laureados, esto es, “El espejo”, “Andrei Rublev”, “Stalker” y “Solaris” (y en concreto, los tres primeros se encuentran entre los 50 principales), vayan en realidad de menor a mayor excelencia (una buena película, la primera; magnífica, la segunda; y magistrales, las dos últimas), sino que se hayan elegido las obras más relativamente fáciles y asequibles del ruso, y que en cambio, las culminaciones de su excelsa filmografía, carentes de coartadas, políticas, historicistas o genéricas, más puras y menos evidentes por tanto, hayan sido flagrantemente olvidadas: nos referimos a “Nostalgia” y, más sorprendentemente, a la otrora tan prestigiosa “Sacrificio”. Y aún más discutible es que el Bresson preferido sea “Al azar Baltasar”, superando incluso, con gran holgura, a “Pickpocket” y “El dinero”, mientras “Lancelot du Lac” permanece condenada al limbo. O asimismo, que aparezcan, como tercer y cuarto Ozu más votados, “He nacido, pero…” y “El sabor del sake”, excelentes, cierto, pero inferiores a otras obras maestras de su director, al parecer olvidadas, como, especialmente, “Mujer de Tokio”, “El hijo único”, “Primavera temprana” y las dos versiones de “La hierba flotante”, también conocida por su título original de “Ukigusa”.

Discutiblemente, esta tendencia ha supuesto una bendición para Antonioni (nada menos que cinco películas coloca el ferrarés entre las 282 primeras), para Eustache (cuya “La maman et la putain” ocupa el lugar 59), Erice (“El espíritu de la colmena” es la primera película española de la lista, en el puesto 81), Marker (con dos títulos entre las cien de cabecera, la magnífica “La jetée” y la anodina “Sans soleil”), o Kubrick y su “2001”; y de forma decididamente injusta, para otros directores en mi opinión nada insignes, tales como Tarr, Yang o Weerasathakul. Y aquí esta corriente sigue presentando incongruencias: ateniéndonos a dos directores que representan una misma inclinación estética (la narrativa premiosa, los planos secuencia sumamente largos), resulta difícil de comprender, a no ser que nos atengamos a las modas de última hora, que Tarr salga favorecido frente a Angelopoulos, nada menos que por 3 a 1, y que, en concreto, ese ejercicio de estilo tan llamativo como hueco que es “Sátántangó” supere por goleada a la impecable, y mucho más incómoda, “El viaje de los comediantes” (puesto 36 frente al 101).

La boga de la corriente metacinematográfica o deconstructiva también ha dejado su fuerte impronta en la lista de las elegidas, pues cada vez es más evidente que los críticos tienden a valorar más el cine que habla sobre sí mismo que el que se ocupa de la vida “simplemente”; una tendencia que, en España, resulta evidente en las preferencias (y en las reseñas) de algunos cachorros críticos de Caimán, antes Cahiers España (y por cierto, al parecer, Sight and Sound no ha invitado a ningún crítico de la mucho más veterana Dirigido, frente a la nutrida representación de Caimán: esto sí es un señor sesgo). En un principio, la pertenencia de las películas a esta corriente, como a la anterior, no es ni buena ni mala, pero el abusivo peso que han conseguido entre las favoritas de los críticos revela un ombliguismo preocupante en muchos de los electores. Hay tres grandes apartados en esta corriente (aunque, evidentemente, unos se puedan cruzar con otros en títulos particulares), los cuales ordenados de más evidente a menos, de menos complejo a más, serían: aquél que toma el mismo cine como argumento; aquél puramente deconstructivo, bien mediante la exacerbación de las formas, bien mediante la técnica del pastiche; y aquél que propone una reflexión sobre los mecanismos de la recepción del cine por parte del espectador.

Correspondientes al primer apartado, el del cine que trata sobre el cine, hay presencias de todo tipo…, y en relación, no menos reveladoras ausencias. Con justicia, aparece “Ocho y medio” en los primeros puestos, pero, que ninguna de las grandes obras maestras del de Rímini que van de “Toby Dammit” a “Casanova” (excepto la más amable “Amarcord”, algo es algo) encuentre su lugar entre las 282 afortunadas, da que pensar. “El moderno Sherlock Holmes” de Keaton, una obra antológica que asimismo podría adscribirse a la tercera parcela, la reflexiva, aparece entre las cien primeras, pero es una lástima que lo haga en detrimento de la mucho más perfecta “El héroe del río”, e incluso de esa joya olvidada por todos que es su genial cortometraje “Vecinos”, también conocido como “La vecinita de Pamplinas” (tal vez porque su modelo y referencia, como en el caso de “Los clowns” de Fellini, no es el cine sino el circo). También “Histoire(s) du cinéma”, de Godard, aparece en buen lugar (el 48), pero no la absoluta obra maestra del francés, “Elogio del amor”, la cual tiene el “defecto” de no tratar del cine, sino de la vida; ¡y cómo! En cambio, por más estupendas que sean estas tres películas, ya resultan bastante discutibles las presencias de la impactante “El crepúsculo de los dioses”, de la divertida “Los viajes de Sullivan” y, ¡en el puesto 28!, de la hipnótica “Mullholand Drive” (el film de Lynch preferido por los críticos, en desventaja de su extraordinaria “Carretera perdida”). Y es simplemente alucinante, que la tan simpática como limitada “Cantando bajo la lluvia” se coloque nada menos que en el lugar 20…; y gracias que ya ha abandonado, merecidísimamente, su lugar de las Top Ten que ocupó en 2002. Eso, por no hablar de la sorprendente presencia entre los cien primeros puestos de “Close-up” de Kiarostami. En esta coyuntura, raro resulta que la pionera “A girl’s folly” de Maurice Tourneur, o mejor aún, la espléndida “Charlot tramoyista de cine”, no hayan encontrado su nidito en la lista (en realidad, en ninguna lista personal, mientras, en cambio, por no abandonar a Charlot, la muy interesante, pero mucho más limitada “Kid auto races at Venice” sí ha obtenido un voto); o que la extraordinaria “Murió después de la guerra”, de Ôshima, haya sido totalmente olvidada,  ¿por su escasa difusión reciente? Y menos mal que no ha aparecido entre las Top Ten 250 “La noche americana”

El segundo apartado está formado por aquellas películas que, a base de exacerbación formal, acaban poniendo el énfasis en los mecanismos expresivos del cine, por encima de su vocación narrativa. El ejemplo típico de esta corriente es, evidentemente, “Ciudadano Kane”, y pienso que éste es el motivo principal de que durante tantos años copara abusivamente el primer puesto de la lista. De hecho, la segunda película de Welles más votada, la superior “Sed de mal” (en el puesto 57), con sus virtuosos planos secuencia y sus montajes de impacto, persiste, si bien de forma más coherente y controlada, en el terreno de la hipertrofia formal, aunque en este caso la cohesión narrativa clásica sea superior a su precedente (y quizás por ello no ha concitado tanta admiración como el mítico debut de su autor). Significativamente, la magistral “El cuarto mandamiento”, con su mayor discreción estilística, se coloca en el tercer puesto de los Welles más votados (81 en la clasificación general). Hitchcock también pertenece a esta clase de directores, pero va más allá hasta zambullirse de lleno en el tercer apartado, por lo que su caso lo comentaremos más adelante; y también encontramos aquí a Fellini, pero curiosamente, a él, esto sólo le ha reportado beneficios para su obra anterior a “Ocho y medio”, con, por ejemplo, la admirable “La dolce vita” en un notable puesto 39: ¿quizás porque su obra posterior más radical (“Satyricon”, “Roma”, “Los clowns”, “Casanova”) va demasiado lejos en la disolución de las estructuras narrativas? La excepción es “Amarcord” (en el puesto 117), nos tememos que por ser su obra de los 70 más abiertamente nostálgica y popular (por lo demás, extraordinaria), lo que por cierto enlazaría con la cuestión de la mítica. En cambio, el exceso parece haberle beneficiado al ruso Sokurov (para mí, el mejor director vivo de menos de 60 años), cuya deslumbrante “El arca rusa” consigue aparecer en el puesto 202. Y claro está, a Godard, que ha encajado nada menos que cuatro películas entre las 50 primeras (señalemos nuestra preferencia, no ciega, por las magníficas “Pierrot le fou” e “Histoire(s) du cinéma”), aparte de otras dos en lugares mucho más alejados. Es una lástima, insisto, que su obra maestra, “Elogio del amor”, no parezca despertar grandes entusiasmos: ¿quizá, porque, como “Satyricon” en la obra de Fellini, o “Pasión” en la de Bergman, se trata de una obra mucho más radical, más austera y más difícil, que las más votadas?

Dos casos extremos de la hipertrofia formal, casi en las antípodas, son el vanguardismo y los pastiches: el primero renuncia a toda adscripción a los modelos tradicionales de percepción; el segundo se sumerge y reboza en las convenciones genéricas para exacerbarlas hasta lo paródico. Y aquí, si bien resulta agradable, aunque quizá algo excesivo, encontrar la hipnótica “Meshes of the afternoon” de Maya Deren en el puesto 102, no puedo más que mostrar mi contrariedad por los buenos réditos que también consiguen obras tan decididamente mediocres como, en el primer polo, “Wavelenght” de Michael Snow (¡en el puesto 102 también!), y en el segundo, la leonada “Hasta que llegó su hora” (¡puesto 78!), la tarantinada “Pulp fiction” (¡127!) y la kubrickada “El resplandor” (154…). En fin…

Posiblemente se deba al tercer apartado de la deconstrucción fílmica, aquél más sutil y que requiere de mayor maestría, el que se ocupa de los mecanismos de la recepción del cine por parte del espectador, que Hitchcock ocupe el lugar de honor que le corresponde… casi. De hecho, sus obras mejor situadas, la ganadora “Vértigo” y las igualmente antológicas “Psicosis” (puesto 34) y “La ventana indiscreta” (puesto 53, con 28 votos, a uno solo de encontrarse entre las 50 primeras), entre otras muchas cosas, ponen en pantalla, con sabiduría admirable, los deseos más secretos del espectador, así como los mecanismos de identificación y de previsión vehiculados por la narrativa y la puesta en escena fílmicas; y en cuanto a “Con la muerte en los talones”, empatada con “La ventana indiscreta”, lleva hasta el límite el concepto de verosimilitud cinematográfica. Pero esto, que ha beneficiado a Hitchcock en conjunto, ha perjudicado a otras obras maestras suyas más indiferentes a los discursos metalingüísticos: “Encadenados” aún ha conseguido colarse en el puesto 171, pero “Los pájaros” y “Marnie” se han de conformar con el puesto de consolación, el 283, a un voto de entrar en la lista Vip; eso, por no hablar de tres de las cumbres del maestro, lamentablemente olvidadas casi por completo: “La sombra de una duda” (un voto), “Falso culpable” (otro) y “El hombre que sabía demasiado”, la de 1956 (¡ninguno!). Al menos, a “Extraños en un tren” la vota un buen puñado de directores.

También a este apartado pertenece otra de las Top Ten, “El hombre de la cámara”, el inolvidable documental de Dziga Vertov, que, en su caso, reflexiona sobre el hecho cinematográfico desde una perspectiva materialista a la vez que lúdica. Lo más sorprendente no es tanto la presencia de esta pieza magistral, ni tampoco la escasa ventaja que obtiene sobre “El acorazado Potemkin”, sino el olvido absoluto del menos teorizador y más poético Dovzhenko, de cuyas tres obras monumentales, sólo “La tierra” aparece en el podio final en un lejano escalón 171, mientras “Arsenal” e “Iván” parecen hibernar a la espera de tiempos mejores. Ya puestos, podía haber tenido al menos algún voto la magistral “El gran consolador” de Kuleshov; pero no, no tiene ninguno… ¿porque su reflexión se encauza por la vía de la literatura?; ¿o porque casi nadie la conoce?

Asimismo resulta significativo que el Buñuel más valorado sea el que más abiertamente desafía, y en su caso también deconstruye, las convenciones cinematográficas dominantes, “Un perro andaluz” (puesto 93), a tan sólo dos votos, es cierto, de las no menos magistrales “La edad de oro”, “Los olvidados” y “Viridiana” (las tres empatadas con 15 votos en el puesto 110), pero muy por encima de “El ángel exterminador” o de la casi olvidada “Él”. Más extremo es el caso de Bergman: su inolvidable “Persona”, una de las dos cimas de su arte, y en particular de su reflexión sobre el cinematógrafo, se mantiene en un estupendo puesto 17, pero muchas otras de sus obras maestras parecen haber caído en desgracia de los críticos, deconstructivos o no. Se echan a faltar especialmente “Los comulgantes”, “El silencio”, “La vergüenza”, “La hora del lobo” y la impresionante “De la vida de las marionetas”. Aunque la ausencia más sonada es la de la otra cumbre de su cine, “Pasión” (¡ningún voto!), cuya reflexión sobre el hecho cinematográfico, y en concreto sobre el concepto de personaje, es tan radical, o más, que la de “Persona”. ¿Quizá el rechazo de que es objeto se deba a haber introducido las reflexiones de sus actores sobre el mismo film, en el mismo film, como a hachazos? ¿O a que, en su reflexión, acaba anulando la rara vez contestada noción de consistencia psicológica del personaje? Vistas las tendencias críticas actuales, la ausencia en la lista, y en las listas, de “Pasión”, que lo mismo podría encajar en la corriente quietista que en la metacinematográfica, es una de las más inexplicables y lastimosas.

Tendencias nacionales y tendencias nacionalistas.

No se trata de un juego de palabras, pues ambos conceptos remiten a una naturaleza de distinta índole (mal que les pese a algunos políticos españoles émulos de los reinos de taifas que intentan convertir una ideología nacionalista en una realidad nacional).

En lo que a las listas críticas se refiere, las tendencias nacionales no presentan, en principio, connotaciones negativas. Simplemente, hay obras que encuentran un mayor eco en algunos países, aunque no sean el suyo de origen, quizás por cierta formación compartida por sus habitantes, o por ciertas reivindicaciones más presentes en unos países que en otros, o tal vez simplemente porque han calado más hondamente en determinados lugares. Sorprende para bien comprobar que, mientras el Lang americano parece no existir internacionalmente, ya que sus tres películas presentes en la lista pertenecen a su primera etapa alemana (“Metrópolis”, “M” y “El testamento del doctor Mabuse”), en España, sin embargo, se le aprecia más, con justicia, por la recta final de su carrera: los escasos votantes de “Los sobornados”, “Moonfleet” y “El tigre de Esnapur” son en su mayoría españoles, seguidos por los franceses. Otro tanto sucede con el que para mí es el mejor Renoir, “El río”, 8 de cuyos 13 votos provienen de nuestro país…, y ninguno de Francia (las legiones galas prefieren, faltaría más, “La regla del juego”). Y asombra y pasma que esa majestuosa cima que es el “Tú y yo” de McCarey, el de 1957, sólo consiga valedores en España, con cinco votos que la dejan en un irrisorio puesto 323. Parece que el cine de los sentimientos no está de moda, pero, al menos en nuestro país, sí hay una corriente crítica que lo valora en lo que se merece (hablamos, claro está, de sus mejores exponentes)… Y si bien es cierto que mejor parado ha salido en la encuesta el rey del melodrama canónico, Douglas Sirk, que sólo tenga dos filmes entre los 250 primeros tampoco acaba de hacerle justicia. Lo más curioso del caso Sirk no es que su película más votada sea, con razón, esa summa sirkiana que es “Imitación a la vida” (en el puesto 93), sino que la siguiente sea la también magistral, aunque menos compleja, “Sólo el cielo lo sabe” (en el 235), por encima de, por ejemplo, “Escrito sobre el viento” y “Ángeles sin brillo”; y sobre todo, que mientras la primera recibe votos de todo el orbe, de la segunda, seis de sus siete votantes sean anglosajones, lo que da a entender que en ese ámbito se valora “Sólo el cielo lo sabe” más que en el resto del mundo, donde los estudiosos suelen preferir otros Sirk, y no sólo, como es palpable, “Imitación a la vida”. Otro tanto sucede con el musical de Minnelli “Meet me in St. Louis” (puesto 127), que, pese a ser una de sus películas menos interesantes, encuentra una nutrida cantidad de partidarios casi en exclusiva en Estados Unidos y Reino Unido, en perjuicio de muchas películas suyas superiores a ella.

En cuanto a las tendencias nacionalistas, o directamente patrioteras, esto ya es otro cantar, hasta el punto de que diríamos que no tanto sesgan los resultados como que los deforman. Pues hay críticos que, directamente, deciden elegir como mínimo una película de su país. Sólo así se explican los votos a esa mediocridad sin paliativos que es el egipcio Youssef Chahine: ¿quiénes, si no sus compatriotas, iban a votarle? De hecho, sólo ha recibido esos tantos aislados. Lo cierto es que en eso del chauvinismo en España salimos, en conjunto, bien parados, pues incluso los escasos votos a ese redescubrimiento que es José Val del Omar o los contados a Berlanga (que no parece existir fuera de los países hispánicos), por excesivos que parezcan, se justifican mucho mejor que otros que llegan a caer en lo degradante: ¡los australianos no tienen ningún empacho en votar a “Mad Max”! Tampoco los británicos se quedan atrás en esto del autobombo. Es inaceptable que el dúo formado por Powell y Pressburger, poco más que correctos directores, se convierta casi en el que más películas coloca entre las 282 del listado: nada menos que 6, tan sólo superados por Bresson (7) y empatados con Godard, Hawks y Buñuel. La explicación es evidente: como quiera que “Sight and Sound” es una revista británica, una proporción importante de los críticos entrevistados son anglosajones, y bastantes de ellos han optado por votar unas cuantas películas de la madre patria, las cuales, sinceramente, fuera de su ámbito, están lejos de alcanzar tan gran repercusión y significación. Por cierto, que también hay teóricos británicos que prefieren votar a algún que otro Hitchcock inglés antes que a sus obras maestras americanas. En fin, una cosa es que Powell y Pressburger tengan algún buen film, o que el Hitchcock inglés tenga muchos excelentes e incluso alguno magistral, pero de ahí a considerarlos como obras capitales del cine hay un trecho.

Aparte, hay participantes japoneses, incluso indios, y sobre todo franceses, que reservan la mitad o casi, ¡a veces incluso más!, de su lista para obras de su país. Vale que Francia y Japón son primeras potencias cinematográficas (India no: hablo en términos cualitativos), pero tamaño porcentaje de obras capitales está muy lejos de corresponderles: queda claro que la reputación chauvinista de los franceses la tienen bien merecida.

Y otra tendencia que casi llama a la sonrisa, si no al franco despiporre, es que algunos votantes parecen recién venidos del festival de Eurovisión y eligen primordialmente películas de países de su entorno geográfico y cultural; estrategia especialmente llamativa en los países del Este europeo, en los centroasiáticos, en los del Lejano Oriente y en los del África negra (incluida Sudáfrica). De entre todos estos críticos de vocación festivalera se lleva la palma el japonés Tadao Sato, siempre poco de fiar, que tan sólo ha votado películas asiáticas y se ha quedado tan pancho (un sesgo más tendencioso que si hiciera lo propio un occidental, por la sencilla razón de que, aparte de que durante la época de oro el cine occidental fue la locomotora principal de este arte, también alcanzó mucha mayor difusión mundial, incluida Asia, que su correspondiente oriental). Esto ayuda a explicar la relativamente nutrida presencia de Bela Tarr (es su gran ventaja sobre Angelopoulos: los griegos sólo tienen la minúscula Chipre como país “hermano”), así como del cine asiático no japonés en los resultados finales. ¡Si hasta “Chungking Express” y “El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas” han conseguido su lugarcito en la lista! ¡¡Si hasta “A brighter summer day” y “Sátántangó” figuran entre las cien primeras!! Y que “Marketa Lazarová” haya alcanzado un inmerecidísimo puesto 154 es simplemente demencial, pues de esta mediocre película de Frantisek Vlácil sólo se explica su presencia porque los críticos checos (y eslovacos) han decidido votarla en masa, apoyados por algunos británicos, los cuales, no lo olvidemos, han sido los valedores internacionales de este film “redescubierto”. Ya puestos en plan reconstrucción histórica, más lógico resulta votar a otras películas con un punto de partida similar, como son “Andrei Rublev” y “Dies irae”, ambas en la lista, sólo que la última en un escandaloso, por bajo, puesto 183.

En otro sentido, llama también la atención que en ciertos países iberoamericanos algunos críticos con conciencia de tercer mundo se inclinen no sólo por películas de su zona geográfica, sino también de otros países descolonizados con los que sus naciones guardan ciertas afinidades socioeconómicas, y sobre todo, de concepción del cine como arma política. Sinceramente, más allá de las buenas intenciones, a veces loables, es a todas luces tendencioso darles semejante importancia como expresión artística a unas películas militantes cuyo objetivo principal era avivar las conciencias, a veces de forma muy poco sutil y con escaso dominio de los resortes más profundos del cinematógrafo. Quizás, de todos, estos críticos anticolonialistas sean los más trasnochados, y a su modo, el de entonar la Internacional, patrioteros.

Tendencias académicas.

Es evidente que en este tipo de encuestas pesan lo suyo las aproximaciones académicas que han ido sedimentándose, o más bien momificándose, a lo largo de la historia del cine. Ciertamente, quizá sin ellas sería más peliagudo alcanzar un consenso, pero es lástima que de poco hayan servido las aproximaciones críticas más fructíferas, más exigentes también, basadas en análisis rigurosos puramente cinematográficos, frente a los apoltronados e inmortales críticos de guión o a los académicos consuetudinarios. Una prueba concluyente: de las películas que han conseguido ubicarse en las Top Ten desde el inaugural 1952 tan sólo dos han desaparecido definitivamente del amplio mapa de las 282, “Louisiana story” y “Le jour se lève” (añadimos que merecidamente), mientras casi todas las demás siguen ocupando puestos entre las 50 más destacadas.

Desde esta perspectiva, muchos teóricos se limitan a votar a los autores hoy en día reconocidísimos…, aunque su autoría, desde un punto de vista esencialmente cinematográfico, a veces, como son los casos de Kubrick o Scorsese, sea bastante roma. Así, Welles sigue siendo un valor seguro, como también lo son Eisenstein (dos títulos clasificados), Renoir (cuatro), Kurosawa (tres), Rossellini (cuatro), Bergman (cinco), Antonioni (cinco), Satyajit Ray (dos) y en los últimos años hasta Scorsese (¡tres!) y Kubrick (¡¡cinco!!). Esto conlleva algún que otro dislate, como la aparición, entre las 282, de las mediocres “El resplandor” y “La naranja mecánica” (en ambos casos, es posible que incluso más por mitomanía que por adoración “autoral”). Igualmente, los integrantes de la Nouvelle Vague parecen ser, en general, valor seguro, y así, figura una generosa cantidad de filmes pertenecientes a Godard, Rivette y Marker, aunque aquellos integrantes de la ola que no encajan en un cine de autor apropiable académicamente, como Chabrol o Rohmer, parecen haber sido borrados del mapa, con la única excepción de Truffaut, sólo que él entra de lleno en el territorio de la mítica. Inopinadamente, es más, pasmosamente, la figura de Resnais ha sufrido una notable devaluación, con tan sólo dos títulos presentes a partir del puesto centésimo, muy por debajo de los primeros clasificados de sus colegas Godard, Marker y Truffaut. Sus magistrales “El año pasado en Marienbad” e “Hiroshima mon amour” han de conformarse con puestos intermedios (102 y 127), mientras queda totalmente olvidada, entre otras, su no menos olímpica “Te amo, te amo”. ¿Tal vez, la pérdida de valor crítico de Resnais se deba a su final abandono de los rasgos más reconocibles de su primer cine y a su progresivo abrazo a un cine cada vez más asequible y popular, sin por ello entregarse a la facilidad? Habría que reflexionar sobre ello.

Ahora bien, las injusticias no sólo tienen lugar por agravio comparativo con otros directores, sino incluso restringidas a las filmografías de esos cineastas concretos. Tan sólo en el caso de Eisenstein se ha conseguido un resultado plausible, con sus, para mí, dos mejores títulos en la lista, clasificados en orden razonable: “El acorazado Potemkin” e “Iván el terrible”. Quizá también en lo que atañe a Ray, cuya “Pather panchali”, no obstante, ocupa en mi opinión un lugar demasiado elevado (el 41). Sin embargo, ya el caso de Welles es discutible por el abusivo predominio de “Ciudadano Kane”; y aun así, hay otros absolutamente rebatibles. Es el escandaloso caso de Bergman, del que, salvo “Persona” y “Fresas salvajes”, los críticos han preferido elegir sus películas más fáciles y evidentes, como “El séptimo sello” o ¡“Gritos y susurros”!, en perjuicio de sus abundantes obras maestras de los 60 y su coda “De la vida de las marionetas”, mucho más densas e incómodas.

O, cambiando de continente, es el caso del más célebre cineasta nipón. Pues, ¿cómo es posible que esa buena película que es “Los siete samuráis” aparezca en décimo séptimo lugar, en detrimento de tantos extraordinarios Kurosawa; por ejemplo, la magistral “El trono de sangre”? ¿O es la excelente “Rashomon” tan superior a otras obras del director como para conseguir el vigésimo cuarto puesto? Ítem más: ¿por qué, entre los muchísimos votantes de esas películas, no hay ninguno japonés, ya que, curiosamente, prefieren votar otros títulos patrios? Respuesta más que probable: “Rashomon” y “Los siete samuráis” fueron las primeras películas de Kurosawa, y de las primeras niponas, distribuidas fuera de Japón, y desde entonces han sido consideradas, más bien excesivamente, como clásicos del cine mundial… ¡Y han sido tan votadas tradicionalmente!

El caso de Rossellini también muestra la pervivencia del conservadurismo crítico, y eso a pesar de que su primer título clasificado es, no sin justicia, “Te querré siempre”. Pero resulta machacón que sus otras tres películas presentes en la lista (mucho más allá del lugar 150, es cierto) sean las que constituyen su sacrosanta trilogía neorrealista, hitos en cualquier manual de historia del cine respetable, esto es, “Roma ciudad abierta”, “Paisà” y “Alemania año cero” (por la segunda de las cuales, en concreto, siento escasa simpatía: las otras son magníficas); y no deja de ser sospechoso que la reivindicación de su ciclo con Ingrid Bergman se limite siempre a ese tótem de la intelligentsia cinematográfica que es “Te querré siempre”, en perjuicio de la magistral “Europa 51”. Aunque más claramente demuestra hasta qué punto muchos críticos se orientan por los prestigios heredados el cotejo de la situación de Rossellini con la del otro ídolo del cine neorrealista, de Sica, pues es a todas luces improcedente que la sempiterna y más bien limitada “Ladrón de bicicletas” le saque ventaja a todas sus compañeras de movimiento, colocándose incluso por delante de Te querré siempre” (puesto 33 frente al 41).

Sin embargo, quizá el caso más revelador sea el de Fritz Lang, cuya película más votada, nada menos que en el puesto 37, sigue siendo, como siempre y por desgracia, “Metrópolis”, uno de los filmes más irregulares, fáciles y discutibles de su distinguida obra, mientras sólo otros dos (por fortuna, fuera de serie) consiguen colarse en la lista, pasado el número 50: “M” y “El testamento del doctor Mabuse”. A ello aún cabe añadir la presencia, en el puesto 235, de la película expresionista por antonomasia, reticente a abandonar definitivamente este tipo de selecciones: “El gabinete del doctor Caligari”. Pues bien, da la casualidad de que las tres películas de Lang pertenecen a su primera etapa alemana, normalmente adscrita, muchas veces a la ligera, al movimiento expresionista, lo que significa, por tanto, que la intensa labor de reivindicación de su obra americana que tuvo lugar pasada la mitad del siglo XX ha quedado en saco roto. Es lamentable, pero parece que la mediocridad domina en colectivos ingentes de la crítica: los analistas no tienen empacho en aplicar sin descanso la politique des auteurs, ésa que acuñaron los primeros Cahiers du cinéma, pero parece que no entienden nada de ella (o en realidad, que no entienden nada de los mecanismos significantes del cine), pues, precisamente, el último Lang fue uno de los caballos de batalla de la revista gala para la construcción de la politique, por la soberbia elaboración formal (aunque, por lo visto, invisible para muchos) y por la riqueza de sugerencias y significados de los mejores títulos del austriaco.

Y ya que hablamos de pereza crítica y de Lang, una lista que ha resultado inesperadamente grata es la de Noël Burch, analista tan brillante e influyente como discutible en muchas de sus apreciaciones. Es cierto que Burch vota a la alemana “El doctor Mabuse” y que siempre ha mostrado su desagrado por la obra americana del vienés, pero, al menos, esta estupenda película es netamente superior a “Metrópolis”. Sin embargo, el asombro, en realidad, llega por otros flancos, pues, aunque algunas de sus elegidas podían ser predecibles, hay un par que, muy posiblemente, habrán hecho rechinar los dientes a sus muchos epígonos, ebrios de utilizar sus famosos conceptos de “grado cero de escritura” y de “modo de representación institucional”, alias MRI, hasta desproveerlos de sentido: Burch vota a la olvidada obra maestra de Hitchcock “La sombra de una duda” y a una extraordinaria película del aún más olvidado King Vidor, “Más allá del bosque” (aparte de, otros dos toques simpáticos, a las mejores películas de Pabst y de Ripstein: “La caja de Pandora” y “Principio y fin”). No se le han caído los anillos, por tanto, por seleccionar dos películas del Hollywood clásico y mainstream, lo que, unido al resto de los títulos elegidos (salvo quizá el de Decoin, que siento desconocer), significa que su sentido del cine es mucho más agudo y saludable que el de su legión de mediocres imitadores, que usan conceptos como el famoso MRI sin, por lo que se ve, entender mucho de ellos, o sin importarles elegir para el Olimpo a, digamos, “El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas” o a “A brighter summer day”, filmes que, estos sí, por muy poco “institucionales” que sean, son perfectos ejemplares del grado cero de escritura. Toda una lección para los aprendices de brujo.

Tendencias elitistas.

Hay casos puntuales de tradicionalismo irredento que dejan en mantillas a los más generales anteriores. Aunque parezca mentira, todavía hay quien vota ¡alguna película de los Lumière!; por ejemplo, la inaugural “La llegada del tren a la estación”. Sinceramente, desconfío de alguien que elija un Lumière entre las diez películas capitales del cine, pues los inventores oficiales del cinematógrafo nunca se plantearon, ni mucho menos en sus primeras películas, crear tanto un medio de expresión como una forma de registro de la realidad, una obra de arte como un mero documento. ¡Como si el cine no hubiera avanzado en cuanto a medios expresivos y profundidad de discurso! Y no hace falta irse demasiado lejos: basta con llegar al maestro Griffith…, del que, por cierto, si nos remitimos a la importancia histórica de los filmes seleccionados, para ser consecuentes, siempre debería figurar “El nacimiento de una nación” (ausente, por cierto, entre las Top 282).

No obstante, exhibiciones de mayor pedantería se dan con cierta frecuencia entre los archivistas, para los cuales, las mejores películas suelen ser tesoros ocultos que no ha visto casi nadie, salvo sus guardianes: ellos, naturalmente. Y si el lector alguna vez llega a acceder a alguno de estos arcanos, por muy simpáticos que sean, ya puede prepararse para el inevitable chasco. Por poner un ejemplo, la primitiva “The big swallow”, votada por alguien, es una película de gran frescura y originalidad, pero de ahí a alcanzar una complejidad y hondura tal como para ser ponderada como una de las contadas cimas del cine, hay un abismo. Algo similar sucede con aquellas listas que votan casi exclusivamente al cine considerado de vanguardia, o cuando menos minoritario, como si cualquier obra que hubiera tenido una mínima acogida popular, por ello, careciera de todo mérito, y las películas verdaderamente valiosas sólo pudieran ser degustadas por una minoría. Evidentemente, por pasar a un caso concreto, está bien llamar la atención sobre la interesante, que no más, “Dog star man” de Brakhage, pero no creo que se le haga un gran favor asignándole unas expectativas que luego difícilmente satisfará.

Al menos, hay que reconocer que en ambos casos se intenta reivindicar unos tipos de cine que no merecen el olvido en que se encuentran; y que, por compensar, tal vez no esté mal defender frente a aquél que se venera simplemente por su aceptación masificada durante generaciones, haciendo caso omiso de su auténtico valor. A él vamos ahora.

Tendencias mitómanas.

Sorprende que en la lista de las favoritas de los críticos figuren en abundancia películas cuyo mayor mérito es el de haber contado con un favor popular desmedido en el momento de su estreno o con posterioridad, pues da la impresión de que el supuesto analista fuera incapaz de generarse un criterio que sobrepasara el veredicto de las masas. Evidentemente, en tal casuística las películas elegidas provienen mayoritariamente de Hollywood, que siempre ha sido, en parte por propios méritos, en parte por su dominio de la distribución, la única filmografía capaz de alimentar a nivel mundial, continuadamente, eso que se ha dado en llamar el imaginario colectivo. Pero lo cierto es que el asombro se transforma en estupor cuando los títulos son de alcance más bien alicorto: por limitarnos a las cien películas más votadas, que figuren algunas tan limitadas como “Cantando bajo la lluvia”, “El tercer hombre”, “Casablanca”, “Taxi driver”, “Los 400 golpes”, “Jules et Jim”, “Blade runner”, “A vida o muerte”, “Barry Lindon”, “Chinatown”, cuando no tan mediocres como “Grupo salvaje”, es una injusticia que clama al cielo (de las películas). ¡Si hasta la infame “El mago de Oz” conquista el puesto 144 con 12 votos! Pero el agravio todavía es mayor cuando se constata el desdén que han sufrido otras películas que sí contaron con el aplauso popular, sin por ello renunciar a la profundidad y al estilo: “Ha nacido una estrella” (versión Cukor), “Rebeca” y “La mujer pantera” sólo consiguen votos residuales (tres la primera, uno las otras), e incluso ese ídolo de la cinefilia que es “Johnny Guitar” se queda a las puertas de las selectas (puesto 283, con seis votos), por no hablar de la obra maestra del mismo Ray, “Rebelde sin causa”, que no recibe ni un solo apoyo.

Pero quizá lo que más llama la atención del voto mitómano y revela que ni siquiera es consecuente con sus propios presupuestos, es el discreto lugar que ha conseguido el mito más perdurable de todo el cine, el que más lo ha sobrepasado para instalarse, esta vez incontestablemente, en el imaginario mundial: “King Kong”, la elaboración definitiva del tema de la bella y la bestia, la encarnación de la gran depresión, de la libido, de lo primitivo, del deseo, del subconsciente, ha de conformarse con el puesto 171. Otra cuestión sería si ésta es la película más perfecta del mejor tándem de la historia del cine, Schoedsack y Cooper (muy superiores a los votadísimos Powell y Pressburger), pues, en mi opinión, aunque no haya calado como ella en la sociedad del siglo XX y del actual, todavía es mejor “El malvado Zaroff”.

Al igual que en las otras corrientes que hemos analizado, el voto mitómano también ha posibilitado la subida al podio de otras películas y cineastas que sí lo merecían; no tanto por los casos de Coppola o Wilder, excelentes directores, pero cuya presencia, con cuatro y tres títulos entre las Top 282 resulta excesiva; ni por los casos, algo más plausibles, de “El maquinista de la General” o de “París Texas”; ni siquiera por el caso de Hawks, cuya película más votada es la impertérrita “Río Bravo”, mientras de su obra maestra “Scarface” sólo se acuerda un votante…, aunque, ciertamente, la irresistible “La fiera de mi niña” es su segunda película más votada. Pensamos más bien en Chaplin y Lubitsch, presentes con cuatro y tres obras respectivamente. Al menos, ellos aportan a la lista de las “elegidas” un par de obras maestras indiscutibles por cabeza: “Luces de la ciudad” y “La quimera del oro”, por un lado; y por otro, “Un ladrón en la alcoba” y “Ser o no ser”.

Los olvidados.

¿Y qué sucede con los directores que no han hollado los territorios del metalenguaje, del quietismo o de la vanguardia? ¿Aquéllos que no han sido ídolos de la mítica oficial ni cánones de la academia de más rancio abolengo? ¿Los que no reciben los votos de los nacionalistas? De los más grandes, tan sólo dos salen bien parados, Murnau y Ford, aunque, ciertamente, en ambos casos conservan un estatus legendario como cineastas profundamente representativos de su país de origen: Ford es el director americano por antonomasia, Murnau es el director alemán (y además, se suele añadir, aunque sea falso, expresionista). Ambos consiguen colocar cuatro títulos, aunque en mi opinión debiera haber algunas permutas. Aparte de “Amanecer”, aparecen las obras maestras de Murnau “Nosferatu” y “Tabú”, sólo que sigue estando presente la sobrevalorada “El último”, nos tememos que, más que nada, por su significación académica (ya se sabe, es la película que “desató” la cámara), mientras continúa ausente la cumbre de todo su cine alemán, “Fausto”. En cuanto a Ford, figuran tres de sus obras capitales, “Centauros del desierto”, “El hombre que mató a Liberty Valance” y “Pasión de los fuertes”, pero la magnífica “Las uvas de la ira” debiera haber cedido el puesto a la magistral “¡Qué verde era mi valle!”, o incluso a “Wagon master”. También ha logrado escapar de la quema Renoir, a buen seguro incluso más por su tradicional prestigio académico que por ser el director nacional de Francia. De hecho, las tres primeras películas suyas en la lista, entre las cien primeras, “La regla del juego”, “La gran ilusión” y “Una partida de campo”, pertenecen todas a su consensuada obra gala de los años 30, quedando olvidada toda su obra americana, salvo, relegada al cuarto puesto de su autor (107 de la lista general), la que en mi opinión es su obra maestra: “El río”.

Pero Murnau, Ford y Renoir son excepciones, y vemos que su presencia se puede justificar por su significación nacional, y también académica. Sólo comprendiendo que muchos críticos se han plegado absolutamente a alguna de las tendencias analizadas con anterioridad, se explica el olvido casi absoluto de tantos grandes directores. Solamente parecen ser recordados Ophüls y Visconti, que han conseguido una representación plausible con, cada uno, dos de sus obras maestras: respectivamente, “Madame de…” y “Carta de una desconocida”, en puestos intermedios, y “El gatopardo”, en un destacado puesto 57, y “Rocco y sus hermanos”, ya hacia el final. Pero las ausencias señaladas son muchas. Llaman poderosamente la atención, principalmente, debido a la gran calidad media de la obra de sus integrantes, dos ausencias colectivas: la del conjunto de directores americanos que debutaron en los 40 apodados como “generación de la violencia” (Mann, Fuller, Fleischer, Boetticher…; tan sólo Ray aparece lejanamente con “En un lugar solitario”) y la de la Noberu Bagu japonesa (Ôshima, Imamura, Yôshida…), el más productivo de los nuevos cines junto a la Nouvelle Vague. Por contra, el nuevo cine alemán, pese a su inferioridad respecto a su correlato japonés, ha demostrado mayor capacidad de arrastre, con “Aguirre la cólera de Dios” y “Todos nos llamamos Alí” entre los cien primeros puestos, más dos títulos de Wenders y otro de Fassbinder en lugares posteriores, aunque su presencia parezca deberse más a su fuerza mítica entre cierta cinefilia “progresista” que a su calidad real, como bien pone en evidencia el inmerecido olvido del mejor integrante de dicho movimiento, y también (y esto revierte en su contra), el más severo: Alexander Kluge.

Ahora bien, hay injusticias aún más lamentables, incluso indignantes, como las que atañen a Stroheim, Griffith, Dovzhenko, Tourneur y McCarey, que sólo están presentes con un título, y gracias: “Avaricia” en el puesto 84, “Intolerancia” en el 93, “La tierra” en el 171, “Retorno al pasado” en el 183, y “Sopa de ganso” en el 202, respectivamente (y este último, nos tememos que más debido a la presencia de los Marx que al deslumbrante trabajo del director). Menos afortunado todavía ha sido el gran King Vidor, que se queda a las puertas de las elegidas con “…Y el mundo marcha” en el puesto 283 (en la lista de Dirigido de 1992 figuraba, con justicia, entre las ocho primeras), siendo ninguneadas el resto de sus obras maestras, con “El gran desfile” y “Guerra y paz” a la cabeza. Y qué decir de Sternberg, que, pese a haber firmado películas de la envergadura de “Los muelles de Nueva York”, “El ángel azul”, “Marruecos”, “Anatahan” o la excelsa “Capricho imperial”, ha de conformarse con escasos votos muy dispersos. O de Anthony Mann, que cuenta con solamente un triste voto para “Winchester 73”, ¡y ninguno para “Horizontes lejanos”, “Colorado Jim”, “La pequeña tierra de Dios” u “Hombre del Oeste”! Hablamos aquí de algunos de los más grandes directores, pero todavía podríamos mencionar más olvidos flagrantes: Stiller, Sjöström, Borzage, Pabst, Shimizu, Preminger, Jerry Lewis… ¡Y qué decir de esos “pobres” directores cuyo gran “pecado” es no haber sido autores decididos, pero en cuyas películas, quizá no en las peores, pero sí en las mejores e incluso en las medianas, hay mucho más cine que en los mejores títulos de los Kubrick, Scorsese, Tarantino, Tarr, Yang, Scott, Leone, Truffaut o Marker presentes! Pienso en directores a los que yo nunca seleccionaría para una lista tan restrictiva, pero que atesoran muchos más merecimientos que otros más adorados: Dwan, Wellman, Walsh, Harold Lloyd, Browning, Kuleshov, Cukor, Leisen, Mamoulian, Dieterle, Mankiewicz, Monicelli, Fisher, Clayton, Becker, Franju, Rohmer, Delvaux, Ruiz, etc. Al menos, Minnelli y Naruse han conseguido colocar, cada uno, un título entre las 282.

Un cierto sentido del cine.

Recapitulando, el panorama que dibuja la encuesta no parece demasiado alentador y pone en evidencia que el cine, como arte, necesita una aproximación más rigurosa a la imperante hoy en día. Demasiados críticos siguen aireando enfoques sesgados, cuando no tendenciosos; demasiados críticos parecen seguir moviéndose por fobias y filias personales; demasiados críticos parecen tener un criterio inseguro y ser recipientes de ideas y valores heredados. Parece imposible entonces que, en lo que al cine toca, se logre construir una historia que le haga justicia como medio de expresión y que, por tanto, resalte sus mayores logros artísticos. Otras artes, más veteranas desde luego, lo han conseguido, y aunque todo puede ser opinable, no valoran a sus grandes maestros por su alcance popular (como los mitómanos en el cine) ni por sus temas (como los críticos de guión), y muy rara vez por sus capacidades metalingüísticas. Los Conciertos para violín de Bach, o mejor, el Arte de la Fuga, nunca han sido realmente populares entre amplias capas de la población; la Anunciación de Tiziano de la iglesia de San Salvador de Venecia no representa, ni de lejos, un tema original (al contrario, es de lo más manido); pero en ambos casos se las considera justamente obras maestras de sus respectivas artes, por su perfección de ejecución, por sus insospechados hallazgos formales, por la profundidad y complejidad de las emociones que suscitan. El cine resulta más problemático; en parte, por ser demasiado extenso, tanto en sus recursos como en sus receptores; en parte, por la escasa formación que tradicionalmente ha requerido de sus estudiosos. Es, por ejemplo, impensable, o cuando menos no excesivamente frecuente, un crítico de música clásica que no sepa leer un pentagrama; o uno de poesía que, atendiendo a la utilización de las figuras literarias, no sea capaz de hilvanar significados ocultos de un poema; sin embargo, son muchos los de cine que son incapaces de obtener, prescindiendo de los diálogos, un sentido preciso de la planificación de una película, incluyendo aquí montaje, sonido, movimientos de cámara, iluminación, atrezzo, elección de objetivos, dirección de actores, etc. (evidentemente, ridículo sería buscarlo en las medianías, pero todas las grandes películas incardinan, de manera deslumbrante, los múltiples elementos del cine para generar sentido). Quizá, por ello, casi cualquiera se cree capacitado para ejercer la crítica cinematográfica…

La sensación es de que los verdaderos críticos son, en realidad, una minoría frente a las legiones autoproclamadas. Al menos, por fortuna, en esta encuesta de “Sight and Sound”, frente a tantas preferencias discutibles, hay unos cuantos analistas que, independientemente de que se esté de acuerdo o no con su elección, revelan una comprensión profunda del hecho cinematográfico en su pureza o especificidad. Cada cual podría elegir títulos distintos, pero en estas listas es evidente un sentido real, no impostado, del cine: el de la imagen en movimiento y el sonido elocuentes, el de los recursos formales como generadores de sentido. Es lo que se desprende, aunque en ocasiones ninguna de sus diez películas elegidas coincida con las mías, de listas como las de, entre otros, Patrice Rollet, Tag Gallagher, Dave Kehr, Sabine Hake, V. F. Perkins, Robert Beeson, Piers Handling, Catherine Gautier, Miguel Marías o, muy especialmente, José Luis Guerín. Aunque las listas más defendibles de todas me resultan, personalmente, la del español Enrique Bolado y la del peruano Isaac León Frías, los cuales, cada uno, escogen tan sólo una película que no me parece absolutamente magistral, pero a la que, aun así, poco le falta (“Alemania año cero” y “Pierrot le fou”, respectivamente), más otras nueve obras maestras irrebatibles.

http://explore.bfi.org.uk/sightandsoundpolls/2012/critics/

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