El gran maestro del andalusí / Guillermo Fatás


Por Guillermo Fatás
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Zaragoza 
Asesor editorial del Heraldo de Aragón
(Publicado en Heraldo de Aragón) 

   Esta semana ha muerto en Zaragoza, agotado por un morbo invencible, Federico Corriente Córdoba.
     Era, y seguirá siendo, una luz fulgurante en lo que llamaba el “gremio escaso y apartadizo” de los arabistas españoles. Algunos de los más grandes, como él mismo –granadino de nación–, radicalmente vinculados a la Universidad de Zaragoza.

    Estos grandes estudiosos nuestros del mundo arábigo y semítico fecundaron su entorno de forma pródiga y esclarecieron con erudición e inteligencia estancias recónditas y penumbrosas de nuestra lengua común. El profesor Corriente, y son sus palabras, estaba empeñado en la labor de ganar esplendor y preservar la limpieza de la lengua castellana y española, “a la que amamos por madre y maestra, pero también por ser una de la escasa decena de las que han sido estrellas de primera magnitud a lo largo de la historia de la humanidad por su extensión geográfica, sana longevidad, número de hablantes, acervo literario y capacidad de adaptación a nuevos tiempos”. Qué bien pensado.

    No era nacionalismo vano, ni purismo. Como pocos entendía él bien la naturaleza compleja del castellano o español, protagonista de una anomalía histórica que implicaba la “superposición de estratos protoeuropeos, romanos, griegos, germánicos, asiáticos, africanos y americanos”. Qué bien explicado.

    En la espuma de su legado han quedado explicaciones sabias de algunas pequeñas incógnitas del idioma hasta que él las desveló o afinó: a la lima y al limón; matarile, rile, ron; ere que erre, el matiz exacto de ‘ojalá’ (Dios no nos prive), jodo petaca (nada que ver con el sexo), el mestizo alabí alabá alabim bom ba, anda la osa, ángel a María… Qué ingenio.

La lengua andalusí

    En el fondo estaba su conocimiento, inigualado, del árabe andalusí, muy diferenciado del clásico, por estar cuajado de modismos y peculiaridades, como correspondía a su historia: el árabe hablado en Alandalús –así lo escribía– cobró fuerte personalidad por el influjo de modalidades árabes diversas (yemeníes, siria…), por su vecindad –adstrato– con lo bereber y por el sustrato hispanolatino sobre el que se desarrolló. Para tratar circunstanciadamente esa proteica materia conviene manejarse bien en hebreo, y en etiópico, y no ignorarlo todo del neopersa o del turco, lenguas ajenas a lo semita, pero arábigamente penetradas por el islam. Qué amplitud magnífica.

  El andalusí –lengua, entre otras cosas, del prestigioso califato cordobés, de las taifas y de la España amoriscada y que la Real Academia (RAE) no llama así– le debe su estatuto científico en todo el mundo. Sus gramáticas, diccionarios, léxicos y antologías son de reglamento en Riad y en El Cairo, en París como en EE. UU. y se han editado en Egipto lo mismo que en Holanda. Y también siguió su rastro en el portugués, el gallego y el catalán. Qué influencia y horizonte.

    Disfrute el lector de la traducción que nos obsequió del poemario de Ibn Quzman, poeta cordobés del siglo XII, decadente, costumbrista, crítico original, refinado y descarado, transgresor, de cuyo manuscrito –descubierto en Rusia en 1881– sacó Corriente tanto partido. ¿Quién, si no, al escribir Ibn Quzman en lengua popular y rompiendo moldes? Qué gran comprensión.

   Fuerte en gramáticas y léxicos, en fonología y métrica –tradujo al gran Jakobson–, opuso con respetuosa firmeza sus tesis a la de sabios de quienes se sentía deudor, como García Gómez y Juan Corominas, Él precisó, encarándose con un tabú académico, que la poesía andalusí no encerraba un acervo hispánico ancestral, sino que había heredado el ritmo fonológico del árabe clásico, solo que con preferencia por las marcas tónicas (las sílabas acentuadas o no) en lugar de las cuantitativas (sílabas largas o breves), todo ello detectable un siglo antes de la más vieja copla (una jarcha) en la que los sabios querían ver ya lo ‘hispánico’. Aún se discute, qué gran osadía.

    También hizo sociología lingüística; arriesgada, pues no hay testimonios apenas sobre mozárabes cristianos, bilingües o arabófonos, que iban a tierras cristianas, ni de las hablas moriscas, ni datos fiables de por quién pudieron venirnos ciertos iranismos y turquismos.

   La RAE, ayuna de arabistas (lo vuelve a estar), le encargó revisar los arabismos del Diccionario. Lo hizo, de modo gratuito y con poco éxito, según dijo. En 2018 ingresó en la Docta Casa, donde ha durado poco. En el Diccionario de María Moliner (Gredos) le hicieron más caso. Tampoco cobró. Qué alma generosa.

    Se afincó en Zaragoza, por más de treinta años, por ser ciudad que aún usa del ágape, del banquete convivial, imposible sin gente hospitalaria, discreta y un punto socarrona o somarda. Qué bien lo vio.

  Su distante amigo Ibn Quzman pidió morir coronado de pámpanos. Federico Corriente, ha dejado este mundo a los sones entristecidos del ‘Aleluya’ de Cohen, llorados por un solitario violonchelo, acompañado de un puñado de allegados llamativamente escaso, y con las sienes ceñidas de imaginarios laureles. Paz y fama para él. Qué bien ganadas.

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