Manolo Rotellar: Apuntes desde mi fila / Dionisio Sánchez


Por Dionisio Sánchez
Director del Pollo Urbano
elpollo@elpollourbano.net

     Se acaban de cumplir cien años del nacimiento de Manolo Rotellar, un hombre bueno, un investigador heterodoxo que, llevado por su afán…

…de espectador cinéfilo en butaca de la tercera fila (se tenía que poner tan cerca porque grababa en un magnetofón del pleistoceno el sonido de las películas que veía y, a la vez, tomaba sus diminutos apuntes), nos tuvo que descubrir a Florián Rey cuando todavía estaba vivo, lo cual nos da idea de la desmemoria y el desapego de los aragoneses por sus cosas, y, pese a ser cuasi apartado por los culturetas de salón que entonces y siempre han pateado la ciudad, ahora chupando groseramente de la ubre institucional, fue infiltrado en la afamada Tertulia Niké y  sacó tiempo de su trabajo como mecánico textil y , entre finales de la década de 1950 y principios de la de 1960, participó como actor en algunos de trabajos realizados por José Luis Pomarón, entre ellos ‘El rey’ (1959), ‘El corazón delator’, ‘Sic Semper’ (1961) o `La conquista’ (1962). También intervino puntualmente desempeñando labores diversas en algunas de las obras de la productora zaragozana Moncayo Films.

   Y, guiado por su tenacidad, también rascó precioso  tiempo  para escribir, ya en la década de los 70, un abundante número de escritos cinematográficos dedicados a la historia del cine en Aragón (‘Cine aragonés`, 1970), a la trayectoria de profesionales del cine nacidos en esta región (‘Aragoneses en el cine’, 1973) , al cine español en general (‘Cine español en la República’, 1977 ) y un novedoso y pionero libro, ya en 1981, dedicado al ‘Dibujo animado español’. Participó en múltiples trabajos colectivos  y ejerció como crítico cinematográfico en ‘Equipo’, `Oriéntese’, `Amanecer’, ‘Aragón/Express`, ‘Andalán’, la ‘Revista de Zaragoza’, ‘El Día’ o el diario ‘Pueblo` en su edición aragonesa y ‘Aragón 2000’ (Zaragoza). Sus críticas también saltaron el círculo provinciano llegando a ´Otro Cine`, `Terror Fantastic’, `Nueva Dimensión` y `Film Guía´(Barcelona); ‘Positivo` (Valencia); `Mundo Hispánico´, ‘Cineestudio’ y ‘Cinema 2002’ (Madrid). Y ‘Pantallas y escenarios’.

     Fuimos muy amigos y compartimos nuestro amor por el teatro en una época en que nuestro grupo ‘El Grifo’ hacía estragos por donde quiera que representara. Nos entendíamos y siempre que podía acudía a nuestros ensayos a beber a morro vino con gaseosa. Su primer reconocimiento lo tuvo  en el muro derecho de ladrillo rezumante por la humedad de la lúgubre escalera de bajada a la cueva de Predicadores 70, que era nuestro local de ensayo:  “Callejón de Manolo Rotellar”, en airosa cerámica de Muel; lo nombramos en presencia del abuelo Labordeta en Casa Emilio, “Miembro de Honor de la OMA” (Organización Morube Aragonesa) y asistía a las presentaciones de la revista en papel de ‘El Pollo Urbano’ que también allí mismo se hacían con la asistencia y los recitados poéticos de Emilio Gastón. Nos hemos reído hasta la saciedad porque su sentido del humor, aunque normalmente somarda, en buena y joven compañía se disparaba hasta el desternille.

 

   Ayudó a mucha gente que ahora lo tiene en el olvido y hasta le llegaron a robar buena parte de sus archivos, aunque, menos mal, una mínima parte aún queda a buen recaudo en la Sección de Investigación de la Filmoteca de Zaragoza.

    Le nombraron director de la misma y cuando comenzaba a disfrutar de una bien merecida nómina, el destino quiso truncarle la travesía, mientras que, por un lado, le espiaban sus conversaciones, compañeros mediocres de su propio trabajo y aspirantes inmerecidos al culo de su silla, por otro, algunos compartíamos con él su plato preferido y que mi esposa le hacía con cariño inusitado y harta frecuencia: borrajas con patatas y una “chorradica” de aceite. Mientras disfrutábamos del manjar (en su casa solo le preparaban habitualmente salchichas de frankfurt con tomate de bote), repasábamos cuando tocaba  los diferentes papeles que Antonio Artero había decidido adjudicarnos en  su próximo e inmediato rodaje en el Simposium de Hecho: `Pleito a lo sol’ (primer mediometraje hablado en aragonés). Él era el notario padre de la bellísima Concha Orduna y yo un Saputo incapaz de memorizar un texto tan extravagante. ¡Cómo lo pasamos! Y, a partir de entonces, comenzó a ser asiduo a nuestros ensayos teatrales. Tanto que le propuse participar en un proyecto que nos había ofertado Camilo José Cela tras haber visto en su casa de Mallorca, una caja de zapatos llena de diapositivas de su obra ‘María Sabina’ y que recientemente habíamos estrenado con gran éxito en el Teatro Principal de Zaragoza. El proyecto en cuestión era el estreno mundial  de ‘El Carro del Heno o el inventor de la Guillotina’ y, efectivamente, Manolo se apuntó. Le ofrecí la dirección de la obra a Alfonso Azcona (puesto que era un director al que admiraba, además de ser mi amigo y haberme dirigido en ‘La cabeza del dragón’ de Valle-Inclán), quien -por supuesto- aceptó y realizamos unos cuantos ensayos hasta que  todo hizo aguas al no conseguir una ayuda miserable para llevar adelante el increíble texto del futuro Premio Nobel. Pero Manolo, mi esposa y yo seguimos comiendo regularmente borrajas con patatas y “pasando revista” al elenco ciudadano y a los chascarrillos habituales de una ciudad cada vez más metida de hoz y coz en no salir de su cateto provincianismo. Y , cómo no, hablando de cine y, sobre todo, conmigo,  de teatro

      Su quehacer investigador fue distinguido con numerosos premios (Inmortal ciudad de Zaragoza ‘Caesaraugusta’, Galardón Paramount-Pictures por sus trabajos en ‘Andalán’, entre otros). Además, se convirtió en el primer director de la Filmoteca de Zaragoza y, una vez muerto, le colocaron la triste calle de rigor.

   Hasta que un desgraciado tumor cerebral se lo  llevó al séptimo cielo con tan solo 61 años. Ya no le tuvieron que espiar pero por seguir en el empecinamiento hacia su persona  le robaron hasta un libro sobre el teatro español del Siglo de Oro que un día antes de morir  le dejé en su mesilla de la habitación del  hospital.

    Rápidamente, una cuerva se  apresuró a proponer  hacer un documental sobre él con pasta flora de la Administración y me pidieron mi colaboración para el mismo. Conociendo a Manolo, me negué en redondo. Nuestra amistad y, sobre todo, su vida privada estaban por encima de gilipolladas de bienquedas, bustos parlantes y documentales sobre los que  él, jamás, se hubiera dignado verlos y, ni siquiera, hubiera escrito una sola línea sobre semejantes paparruchas.

    Triste centenario, pues, que los responsables de cultura de la Comunidad y la ciudad han obviado como les es propio dada su ignorancia de todo lo que no son sus amigos, sus sectas  y sus trinques habituales con lacito de sabidillo cultureta. ¡A tomar por el culo, cabrones!¡Viva Manolo!

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