El cóctel de la identidad nacional: Historia, política y patriotismo.

 

Por Javier López Clemente

“La mayor estafa está en el elevado precio que los políticos nos obligan a pagar por conceptos al parecer sagrados, la patria, la bandera, la unidad, la independencia, que si se pesaran se vería que no pesan nada, porque las grandes palabras en que están envueltos son puro flato” (Manuel Vicent. El País. 24 de marzo de 2019)

Muchos analistas aseguran que el medio ambiente de la campaña electoral que precede a las próximas elecciones generales del 28 de abril se va a dividir en dos tipos de narraciones: Mientras el bloque de izquierda luchará por centrar el relato en las cuestiones sociales, el bloque de la derecha alentará la cuestión identitaria en torno a la idea de nación, esta estrategia es fácil que provoque una acentuación nacionalista para que símbolos y banderas sean el velo que cubra las diferencias sociales, la corrupción y cualquier otro debate que tenga como objetivo definir el tipo de país y de sociedad que queremos para el futuro.

Al nacionalismo le pasa como a la paja, que estamos muy listos para verla en el ojo ajeno, pero somos incapaces de ver la viga en nuestra propia mirada. Por eso me ha parecido interesante acudir a las palabras de Álvarez Junco que, como catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Políticos y Sociales, ha estudiado en el primer capítulo de su obra «Dioses útiles» todo lo que hasta ahora conocemos sobre el pensamiento nacionalista desde un punto de vista histórico, o en las palabras del catedrático de Historia Contemporáneo Josep María Fradera, refrescar las ideas sobre la formación nacional, el nacionalismo, sus usos y abusos.

La clave esencial para comprender el concepto de nación y de nacionalismo consiste en alejarlos de los fenómenos naturales para situarlos en el terreno de las creaciones históricas. De esta manera la discusión se desplaza y podemos preguntarnos si el fenómeno nacional es reciente o se ubica en las revoluciones liberales que establecieron la soberanía como un atributo de la colectividad y, de paso, provocaron que el concepto de nación triunfara sobre cualquier otro tipo de identidad colectiva. Pero este triunfo de la pertenencia nacional hay que relativizarlo porque  durante la mayoría del tiempo pasado no era un concepto esencial dentro de organizaciones políticas tan diversas como imperios burocratizados y centralizados, el feudalismo, las ciudades-estado o las monarquías patrimoniales que, sin embargo, tienen en común que ni sus fronteras ni sus súbditos coincidían con el sentido que actualmente asignamos al término nación. Las personas que componían esos conglomerados, lejos de sentirse parte de ellos, se sentían miembros de comunidades más pequeñas como aldeas, parroquias o gremios insertados en grandes mundos culturales como la Cristiandad o el Islam. Fue con la llegada del romanticismo cuando se asentó el principio de nacionalidad en un intento de adecuar las fronteras políticas con las realidades étnico-culturales.

Por lo tanto, y como primera conclusión, las identidades naciones, lejos de ser eternas, naturales, objetivas y estables, son construcciones que surgen en algún momento histórico del pasado y, como cualquier otro proceso histórico, tienen una vigencia durante un determinado lapsus de tiempo.

Para alcanzar la segunda conclusión tenemos que situarnos en el ámbito político y la mala costumbre, cada vez más generalizada, de que el Estado y las élites nacionalistas instrumentalizan la identidad nacional para reactivar sentimientos de autoestima y solidaridad con lo cercano mediante un plan que consta de tres fases: El primer paso consiste en abordar el nacionalismo cultura desde el ámbito de los estudios históricos y lingüísticos que no derivan en reivindicaciones y concienciación política hasta una período intermedia que culminará en una fase de expansión con el objetivo de convertirse en un movimiento popular y de masas.

Más allá de estas consideraciones históricas y políticas, Álvarez Junco nos invita a detenernos en un factor tan volátil como la casualidad que ilustra con dos ejemplos: el príncipe don Juan, como único heredero varón de los Reyes Católicos, estaba predestinado para reinar sobre territorios castellanos, aragoneses, americanos e italianos,  sin embargo, su muerte temprana posibilitó que la dinastía se derivara hacia la rama germano-flamenca de los Habsburgo. Otra muerte, esta vez la del hijo que Fernando el Católico tuvo con Germana de Foix, evitó la separación de los reinos de Castilla y Aragón, tal y como estaba previsto en las capitulaciones matrimoniales firmadas por los Católicos y que dejan bien a las claras que las intenciones de Fernando estaban muy lejos de crear una unidad nacional española.

Por lo tanto, y volvemos a la clave esencial, cualquier referencia al concepto de identidad nacional debería tener en cuenta que es una construcción cultural con cambios constantes que es manipulada por los intereses políticos del momento.

Aunque también es cierto que la construcción de un proyecto nacional se asienta en unos rasgos culturales previos y caracterizados por una alguna peculiaridad frente a otras identidades nacionales, dos factores imprescindibles para que los revolucionarios de finales del XVIII inventaran los conceptos «pueblo» o «nación» y así asignarles la legitimidad de la soberanía. Este cambio conceptual significó un giro radical porque permitía que rasgos de una comunidad imaginada se adueñase de los criterios para crear identidades grupales y de paso, sustituir a la religión que durante milenios había sido el criterio de identidad para familias, linajes, clanes o pueblos. Es entonces cuando se produjo la eclosión de símbolos con la invención de banderas, himnos y otros elementos identitarios que partían de elementos culturales previos como la lengua, la religión o el folklore. Es el momento en el que la nación se hace con el papel protagonista del relato histórico y las élites políticas aprovechan para alimentar la creación de mitos fundacionales e imponer una versión del pasado histórico que suministre identidad y valores nacionales.

Este uso político del relato histórico provocó la reacción de los historiadores que apostaron por un nuevo enfoque para que la definición de las identidades nacionales tuviera en cuenta la enorme diferencia entre los mitos y la Historia. El mito tiene un carácter fundacional caracterizado por personajes extraordinarios cargados de simbolismos y lecciones morales que eleven la autoestima en torno a una identidad sobre la que construir marcos políticos y culturales, sin embargo, la Historia se basa en hechos documentados diametralmente opuestos a un relato de ficción y, aunque termina  siendo un artificio literario sustentado en datos interpretables y subjetivos, tiene la obligación de ceñirse al ejercicio científico de la objetividad. Por eso la función primordial de la historia, en lugar de utilizarse para generar identidad y autoestima, consiste en entender las naciones como «objetos» históricos autónomos y diferenciados de otras estructuras políticas de siglos pasados como imperios, monarquías, ciudades-estado o jerarquías feudales.

De esta manera y a modo de conclusión, mientras los políticos nacionalistas se bañan en las mitologías fundacionales de la nación para excitar el sentimiento patriótico; el historiador, y sería aconsejable que también lo hiciera el ciudadano, tiene la obligación de buscar una explicación histórica del pasado lo más científica posible y, en ese afán, es muy importante adaptar el esquema narrativo y su valoración al periodo histórico y a los protagonistas colectivos del relato. Es una tarea imprescindible pero muy difícil de realizar por el empeño que se pone desde algunos ámbitos políticos para utilizar los acontecimientos históricos como la pátina que acompaña a las legítimas aspiraciones del presente,

Por eso, y frente a la lógica nacionalista que pone énfasis en los elementos de diferenciación histórico-cultural y una constante criminalización del otro mediante lazos amarillos o neo reconquistas rojigualdas, les invito a reflexionar sobre una legitimidad política  sustentada, y vuelvo a Álvarez Junco, en un conjunto dispar de individuos que aceptan una misma estructura institucional de ciudadanos libres e iguales. Una idea que nos lleva hasta las orillas del Patriotismo Constitucional de Habermas: La democracia de una sociedad compleja debería alejarse de principios étnicos, lingüísticos o culturales propios del nacionalismo, y  apostar por una integración política que se aleje de los vendavales racistas y xenófobos que se extienden desde los Estados Unidos a la vieja Europa hasta aterrizar en España con la intención de tomar asiento en las instituciones. Frente a los patriotas a la antigua usanza y sus lecciones morales, hay que reclamar un patriotismo y una convivencia respetuosa con la dignidad de todos los seres humanos más allá de sus simpatías políticas.

 

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