Viajando por los Andes: Salta-Uyuni ( y VI)


Por  Eugenio Mateo Otto
Fotos Juan Mateo Piera

 Parte VI 

       El único acceso a Machu Picchu es a través del tren que une Cuzco con Aguas Calientes, en un recorrido que cuesta tres horas. No hay otra ruta.

         Es el año 1458.  Pachacútec, el emperador,  avanza con sus guerreros decidido a conquistar Vilcabamba.  La quebrada por la que trotan es abrupta y el sol apenas se abre paso entre las sombras. El paisaje no pasa desapercibido para el Gran Inca. Manda detenerse a todos. Sudan y tienen sed.

     Mientras los hombres beben, Pachacútec  observa el vuelo de un cóndor sobre las gigantescas siluetas de granito y le sigue, volando a su vez,  por encima de las cumbres, cerca del Dios Sol, su padre. Es su voluntad que él pueda ver por los ojos del ave y también que aquellos dos cerros destaquen su efigie,  como una descomunal representación de sí mismo. Entonces, descubre la planicie que desde  un balcón se abre ante el abismo como una bandeja ofrecida a los cíclopes del cielo.

      La señal de los dioses le llega nítida.

      Ordena a sus hombres ascender las laderas y él se pone al frente. La ascensión es dura pero ellos lo son más. Tras dos días en los que algunos murieron, Pachacútec llega al lugar de su visión. Desde el último recodo, el último aliento se derrama por el lugar en el que se posa la magia que le permite ver las celebraciones de las ofrendas a Wiracocha y  los otros dioses cuando se inaugura su palacio y el templo dedicado  a Inti, unos años más tarde. Pero ahora los augurios aterrizan sobre la realidad del presente. Los valientes que le siguieron sienten temor de la ira de Pacha Mama  por haber mancillado su refugio. Tiene que darles fuerza y para ello les cuenta su proyecto. Picchu se construirá para honrar a los dioses.

     Pronto la eficacia del sistema pone en marcha el sueño del emperador del Tahuantinsuyo  y sus mejores arquitectos manejan con maestría el arte de amansar los ángulos rectos.  Poco a poco, de la manera que  sólo ellos conocían, las cálculos resultaron exactos y el gran milagro se instaló sobre los acantilados convertido en plataforma de encuentro divino. Había nacido Machu Picchu, para gloria del Gran Inca Pachacútec. Para desafiar a los tiempos venideros.  Para maravillar a las gentes por nacer.

     Mientras el autobús ascendía trabajosamente por la carretera Hiran Bingham, (llamada así en memoria del explorador americano que redescubrió Machu Picchu, puesto que el verdadero descubridor había sido el cusqueño Agustín Lizárraga unos años antes, y que se llevó a Yale University la insignificante cantidad de cincuenta mil piezas arqueológicas que aún hoy día el gobierno peruano reclama puesto que sólo fueron devueltas unas trescientas) he imaginado el momento de la decisión de construir esta maravillosa ciudadela litúrgica y sólo apelando a la magia se me ocurren los motivos necesarios para vencer tantas dificultades en pro del Conocimiento.

    Ante la evidencia, estar delante de la unas de las maravillas del mundo no requiere de más palabras. Se trata de aspirar toda la energía que se sea capaz y dar rienda suelta a la imaginación. Lo demás aflora libre y cada uno pensaremos en distintos mundos, algunos incluso en siderales.

    Aguas Caliente vive por y para el turismo. El desordenado crecimiento de la población al amor de los miles de visitantes que llegan hasta aquí cada año, resta importancia a su caserío, que ofrece la estampa hortera de los chiringuitos para turistas pero es lugar de paso obligado. De aquí parten y aquí terminan los buses que suben y bajan del Picchu.  Es una buena ocasión de tomar unas cervezas cusqueñas antes de subir al tren de nuevo.

     Hemos llegado a la meta. Doce días han pasado desde que llegamos a Salta.  Dos mil  quinientos kilómetros bajo nuestros pies y bajo nuestros culos en esos asientos “ergonómicos” de los medios de transporte. Hemos sido invitados de la tierra de los aymaras y quechuas.  Nos hemos visto afectados del mal de altura pero también hemos sentido la respiración a cuatro mil metros de altura.

     Volvemos. Las fronteras se suceden. A pesar de las mejoras en los trasportes elegidos la distancia asusta porque a la llegada a la Argentina habrán sido casi cinco mil los kilómetros que nos han permitido conocer el techo de América. El altiplano de los Hijos del Sol. 

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