Que pase el público

Por Javier López Clemente

       Lorca inició la escritura de ‘El público’ en Nueva York pero la terminó en España durante el verano de 1930. Una obra que el propio autor consideraba como un teatro imposible….

…porque, más allá de su vanguardismo y la temática que aborda, la verdadera dificultad era el tratamiento escénico. Ese es precisamente el primer acierto de la versión que ha realizado el Teatro Clásico de Sevilla cuando, olvidándose de las acotaciones originales que sitúan la acción entre rosales, ruinas romanas y la portada de una universidad, crea un espacio escénico nuevo, sintético y rebosante de belleza en el que fluyen sentimientos e ideas para dar forma dramática a las palabras de Lorca.

   Un elemento primordial es la movilidad de un telón de flecos que modifica el espacio, a veces lo amplía y otras lo achica para ejercer de frontera, la pared que separa un teatro amarrado al capricho de la repetición, o la representación libérrima que rasga nudos. El muro es una osmosis flexible sobre la que emulsionan audiovisuales que potencian narración y facilitan la inmersión física y emocional de un drama construido sobre dos temas fundamentales: En primer lugar la reflexión entre representar la verdad en el escenario o doblegarse a los gustos del público y, a partir de esa decisión narrativa, mostrar la expresión del sentimiento amoroso.

   El debate se inicia con el vestuario de color negro. Negro como símbolo de la representación tradicional que dora la píldora al respetable. Negro de barbas oscuras como la culpa de las sepulturas y el ruido en las filas de las butacas. El blanco se reserva para la exposición verdadera del amor en una tierra de flauta y agua pero… ¡Alerta! También hay un amor de luna y cuchillo. Amor que parece un baño pero en realidad ahoga.

     Este simbolismo representa la dualidad de lo que Lorca define como un teatro al aire libre y el teatro bajo la arena. El primero atado a las cadenas de lo convencional. El segundo con el aroma de la verdad. La visualización de estos dos mundos narrativos se consigue a través de una potente una carga poética que, más que una denuncia al pasado clásico, aspira a diseñar la puerta que se abre al futuro de la imaginación. Ese es su propósito fundamental, que la representación teatral canalice el espíritu creativo del dramaturgo hasta exprimir toda su fuerza narrativa. Por eso a lo largo de la función, esos dos mundos simbolizados por el negro y el blanco van a terminar fusionados, confundidos y contaminados. Ha llegado la hora de la verdad y el debate cambia de pantalla. Ya no se trata de decidir la manera formal con la que se muestra la expresión del sentimiento amoroso, ahora se trata de radiografiar como el público, el verdadero protagonista de la tragedia, recibe lo que ocurre sobre el escenario.

   La deriva de la función termina en un combate entre la creatividad del autor y la tolerancia del público. El ritual ha dejado de ser simbólico. Director y actores están dispuestos a perder la vida por la gloria de mostrar la verdad sobre el escenario. Ese grado de entrega es insoportable pare el público que, ahogado en las butacas o perdido en el hall, permanece varado en la otra orilla, al refugio de la nueva situación mientras el espacio físico de destruye ante sus ojos asombrados. Las paredes son un calvario y las ruinas echan raíces. Todo ha cambiado. La nueva poética del conflicto abandona el surco y la tierra, la blonda y la pena; y se sitúa en el terreno de las ideas libres, imaginación de celuloide y un nuevo estado de conciencia para los personajes que, lejos de ser seres absolutos como los personajes de cualquier drama, ahora son tormenta de desdoblamientos, paraíso del disfraz, vida real bajo los focos del teatro.

    La brillante propuesta de Alfonso Zurco tiene la virtud de una cuidada traducción escénica con varias capas: Un gran impacto visual y estético gracias al buen hacer de los elementos técnicos y artísticos que, consiguen una escenografía en perfecta sincronía con vestuario, iluminación, música y coreografía. La dramaturgia es un ejercicio de clarividencia a la hora de fijar en el escenario la compleja idea argumental. El resultado final consigue generar una potente conexión entre los espectadores físicos y reales que asistimos a la representación, y que observamos ese tránsito que va desde el mundo objetivo vestido de frac hasta la ficción de un amor que forcejea en una pareja, o resucita inmortal en la Julieta de Shakespeare hasta que todo se resuelve con una tonada que pone en danza las máscaras blancas, carne de veleta que se pudren y se llena de fango porque… ¿Qué es la vida, más allá de esa ilusión escondida detrás del giro de todas y cada una de las caretas que nos ponemos cada día?. Quizás el teatro nació para eso, para que cada uno pueda mostrarse tal cual es, sin importar su forma externa.

     El trabajo de la compañía de Teatro Clásico de Sevilla es un logro mayúsculo. Una aproximación luminosa al universo de Lorca para extraer su esencia, traducir todo su peso lírico y ponerlo al servicio del público. La soberbia formalidad exterior de la obra alcanza su plenitud cuando, como ocurrió en la dramaturgia se condensa en las butacas desde donde los espectadores seguíamos la respiración de lo que ocurría en el escenario. Esa es la mejor prueba del magnífico trabajo actoral. Un deslumbrante juego que enamora a la platea con transformaciones externas y vocales hasta caer en la tentación. Es una gozada observar la realidad que se vislumbra detrás de cada uno de los personajes hasta intentar descifrarla. Un ejercicio peligroso porque, una vez que te asomas a la la barandilla de la curiosidad es muy fácil descubrir tu verdadera mirada, esa que escondemos detrás de la máscara.

   La representación del 11 de marzo de 2023 en el Teatro de las Esquinas fue una comunión entre la compañía y un público militante que sabe que, cuando algún día se quemen todos los teatros en los que reina la impostura de la falsedad y se instale el frío de los copos de nieve que caen como guantes blancos, siempre quedarán gentes del teatro dispuestas a dar un paso adelante y decir: El frío es un elemento dramático como otro cualquiera. Que pase el público.
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El Público’

Autor: Federico García Lorca. Compañía: Teatro Clásico de Sevilla. Producción: Noelia Diez y Juan Motilla. Dirección Escénica y Dramaturgia: Alfonso Zurro (ADE). Diseño de Escenografía y Vestuario: Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán (AAPEE). Diseño de Iluminación: Florencio Ortiz (AAI). Videoescena: Fernando Brea. Música, Espacio Sonoro: Alejandro Cruz Benavides. Coreografía: Isabel Vázquez. Maquillaje y Peluquería: Manolo Cortés. Cartel y Diseño Gráfico: Ángel Pantoja. Realización Escenografía: Mambo, Sfumato, Peroni, Pascualín Estructures, TCS. Realización Vestuario: Rosalía Lago. Equipo Técnico: Tito Tenorio, Fernando Brea, Valentín Donaire, Enrique Galera. Ayudante Dirección: Verónica Rodríguez. Ayudante Escenografía y Vestuario: Mar Aguilar. Distribución: Noelia Diez. Comunicación: Noelia Diez.

11 de marzo de 2023. Teatro de las Esquinas.

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