Menina. Soy una puta obra de Velázquez


Por Javier López Clemente

       María Bárbara Asquin entró al servicio de Felipe IV en 1651 en calidad de «Enana de la Reina», y como una de las damas de compañía de la Infanta Margarita.

    Conocida como Maribárbola cobraba una paga, tenía un sirviente y durante el verano gozaba del lujo de disponer de cuatro libras de nieve al día. Su presencia en palacio estaba directamente relacionada con su condición de acondroplástica. La Casa de los Habsburgo seguía la moda de otras cortes reales y disponía de personas con taras físicas o mentales. La historiografía se decanta por explicar esta costumbre desde el punto de vista culturalista. Fernando Bouza pone el acento en la carga simbólica que tiene unir en el mismo espacio figuras consideradas deformes de ridículas desproporciones junto a personas reales, principescas o aristocráticas para resaltar su perfección y galantería.

    Velázquez pintó ‘Las Meninas’ en 1656 y de la multitud de significados que tiene la obra nosotros nos vamos a detener en uno de ellos. Maribárbola y el enano Nicolasito Pertusato están situados en el mismo plano de importancia visual que la infanta y sus damas de compañía.

     La primera lectura de ‘Menina. Soy una puta obra de Velázquez’ es una declaración de intenciones para denunciar el incremento de casos de bullying en el ámbito de la escuela. Sin embargo la función también apela directamente al espectador para que reflexione cuál es su posición personal y moral frente a dos posiciones muy diferentes que, situadas en el siglo XVII, reconocemos inmediatamente en la actualidad. La vanidad de la corte española y su contra punto horrendo, o por el contrario la mirada de un pintor genial que decide situar en un plano de igualdad la belleza del canon real y la diversidad física.

     La idea inicial que puso en marcha el proceso creativo partió de una experiencia personal del productor Juanma Holguera. J. P. Cañamero, Pedro Luís López Bellot y Sergio Ardillo escribieron un texto caracterizado por los diferentes tonos. El monólogo interior, la frialdad rabiosa de los datos, un desenfadado humor costumbrista, y una intención poética para recorrer algunos cuadros claves que nos ayudan a comprender como el canon de belleza se modifica con el tiempo.

   La dirección acierta al colorear estas diferentes formas de narración modificando los estados en los que se emite la voz de la actriz. Profunda suavidad de sentimientos pregrabados. Rabia en movimiento que salen de las tripas y una frialdad descriptiva que corta las carnes detrás del micrófono. Variaciones de volumen, densidad y ritmo de una voz natural que brota del corazón. Todos estos cambios formales se sintetizan en las tres primeras piezas, un puzle temporal para anunciar todo lo que nos queda por ver: el miedo de la víctima, la dimensión en cifras del problema y el cachondeo malaje o bien intencionado que utiliza una palabra como el martillo pilón del insulto: Gorda.

    Gorda como señalamiento en el ámbito de la escuela justificado con el tradicional son cosas de niños. Mirar hacia otro lado cuando gorda aparece entre los estudiantes que ya tienen móvil para viralizar la broma en unas redes sociales siempre dispuestas a la risotada, hasta ampliar el campo semántico a ballena, foca, zampabollos y ojalá te mueras cerdita. Así funcionan los depredadores. La misma especie que ataca a negros, putas mujeres y maricones. Depredadores en acción protegidos por el velo silente de quienes no queremos ni ver ni oír.

   La escenografía se viste de blanco y negro. En esta historia no hay grises ni paños calientes. El escenario vacío y dos formas de medir el tiempo. Un lienzo blanco e impoluto gira para medir el devenir colectivo que necesitamos hasta comprender y empatizar con la víctima, mientras la imagen del cuadro de Velázquez que no podemos ver, se agiganta con toda su carga artística y simbólica. La metamorfosis del vestuario marca el tiempo vital de la protagonista. El tiempo necesario para desprenderse del luto de la humillación y que la vida brille en cada pliegue de la piel.

    La dramaturgia de Pedro Luís López Bellot tiene las características de anteriores producciones. La brocha gorda de la parodia con la que quitaba el polvo al mito de los ‘Conquistadores’ se ha cambiado por el pincel fino para dibujar emociones que se esconden detrás de cada vejación. Si el espacio diáfano de ’Maquiavelo’ le permitía dividir el escenario en tres esquinitas por las que el protagonista se movía con destreza utilizando pequeños detalles que modificaban el peso de la dicción y la gestualidad. El espacio todavía más vacío de ‘Menina’ aumenta el valor del trabajo actoral de Nuqi Fernández que, con una interpretación cimentada en la verdad y la honestidad, es capaz de fusionar el doble concepto teatral sobre el que se construye la función: una deliciosa sencillez visual y un discurso complejo. El resultado sobre el escenario consigue un sobresaliente equilibrio entre emoción, denuncia y esperanza.

     ‘Menina. Soy una puta obra de Velázquez’ es un buen ejemplo de como el trabajo en equipo que aúna escritura, dirección y representación garantiza el éxito de un patio de butacas puesto en pie con una larga y sentida ovación.

 

‘Menina. Soy una puta obra de Velázquez’.

Producción: Proyecto Cultura y Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Idea original y producción: Juanma Holguera. Autores: J.P. Cañamero, Pedro Luis López Bellot y Sergio Adillo. Dirección, dramaturgia y escenografía: Pedro Luis López Bellot. Intérprete: Nuqui  Fernández. Voz en Off: Cecilia Lag y Nuqui Fernández. Iluminación: Pedro L. López Bellot y Jorge Rubio. Espacio sonoro y música: Álvaro Rodríguez Barroso. Vestuario: Rafael Garrigós.

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