Bardenas reales, viaje a ninguna parte de tres fotógrafos

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Por Eugenio Mateo

    Para los visitantes extranjeros que vienen hasta el desierto de las Bardenas Reales debe ser ciertamente un choque emocional cruzando la verde Navarra desde los Pirineos hacia la Ribera del Ebro.

    Para los habitantes de Aragón, nada nuevo. Estamos acostumbrados a los amaneceres sobre infinitos sin árboles, a la tierra erosionada, al cierzo arañando las arcillas y calizas. Sin embargo, este paisaje, por lo familiar, me gusta, siempre me ha gustado como contrapunto a la opulencia, en la austeridad de lo básico. Cielo y tierra, sin decorados, salvo los propios que el tiempo moldea y se encarga de destruir.

   Los cabezos, barrancos y torres que se mantienen en equilibrio con fecha de caducidad componen un mundo más cerca de Marte que del planeta que nos acoge. 

 

     Hemos venido con la bendición de una primavera alterada por las calimas del desierto de verdad, ese permiso que mantiene los veinticinco grados, Hace unos días, con cerca de 40º, no sería igual recorrer estas pistas polvorientas. Simple cuestión de suerte.

    Tras el centro de interpretación y del almuerzo con una excelente tortilla, made in Trini, abordamos el encuentro con el monumento natural más emblemático del Parque, el Castildetierra o la Chimenea del Hada. Dicen que le quedan cuatro telediarios, vete a saber, igual dentro de doscientos años todavía resiste erguida, como ese falo gigantesco que se vislumbra desde otra perspectiva, recorriendo el Barranco de las Cortinas, que a nosotros nos ha recordado las Aguarales de Valdemiraz, en Valpalmas, no demasiado lejos si te pones a pensar en las distancias.

     El espectacular promontorio tiene varias caras y millones de reproducciones aunque admitimos que estos desafíos a la física aceptan mejor la luz del atardecer. En el barranco la erosión ha esculpido tantas formas como el tiempo permite y todavía un rastro acuoso de las últimas lluvias de esta sequía amenazante, resiste obstinado. En estos parajes, las pistas recorren la linea recta sin temor a equivocarse y la melodía siniestra de los motores de los cazas de media Europa descienden y vuelven a ascender, seguros de haber hecho blanco. Es el Polígono de tiro aéreo donde juegan a la guerra aviones de la OTAN. Mejor que sigan jugando a la guerra pues debe ser tremendo sentirse blanco de esas carísimas máquinas volantes.

    El paseo nos lleva a los pies de un imponente cabezo, el de Cortinillas, por el que se asciende a través de unos centenares de escalones que ponen a prueba las rodillas. Son apenas 500 metros pero la vista nos lleva de viaje, desde el Moncayo, al sur, a las crestas pacíficas de los promontorios a los que hay que transitar en bicicleta, ése es el esfuerzo a juego con el ambiente. Esta parte de las Bardenas es la Blanca, hacia las Cinco Villas aragonesas está la Negra, por sus bosquecillos de sabinas y coníferas. Cerca, las instalaciones militares, cuyos guardias de servicio han salido rápido a cortarme el paso conforme me acercaba a la valle sin otro motivo que la curiosidad. -“Negativo”- me han dicho los chavales de camuflaje en el mejor estilo de los ejércitos chicanos.

     Dejamos que el mediodía sacuda a los guiris que se ponen a ascender el cabezo a hora poco apropiada, aún suavizada como hemos explicado. Nosotros llevamos las cámaras llenas de paisaje marciano y la tripa excitada por las ganas de comer. En Arguedas pudimos probar unas soberbias pochas de Tudela. Lo demás está a la vista.

 Fuente:  http://eugeniomateo.blogspot.com.es/2015/05/bardenas-reales-viaje-ninguna-parte-de.html

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