Vudú, Santería y Política / Manuel Medrano

PmedranoArtes1
Por Manuel Medrano

    Por todos los dioses, la situación actual, en mi desconocimiento, me abruma. Necesito asesoría espiritual extraordinaria. Así que, decidido como soy, me hago con un puro, una botella de ron y un gallo negro. Coloco los programas electorales sobre una mesa, inhalo humo de mi Cohíba Behike y lo expulso sobre ellos, ahuyentando los malos espíritus. Luego comienzo a danzar con ritmo acelerado y sincopado hasta que entro en trance y mi ser es poseído por Damballa, el principio masculino de la naturaleza. Menos mal que fumo y que soy varón.

    Veo desde las alturas, sin que mi ánimo se altere, la campaña de las elecciones europeas, las zancadillas y triquiñuelas, eludo los programas (¿y Putin qué piensa de ellos?), observo los resultados y las reacciones. Pero, especialmente, compruebo que la desgana de la militancia de los partidos y la desafección del público en los actos de campaña, no fue proporcional a los que finalmente votaron. Lo hicieron bastantes más de lo previsible en esta ocasión, aunque muchos se lo ahorraron.

    Las encuestas sirvieron de muy poco. O la gente mintió, o estaban amañadas, o de tanto cocinarlas se quemó el guiso, según los casos supongo. Bipartidismo sí, bipartidismo no, al bipartidismo madre te lo bailo yo. Y, como fondo insoportable, el ruido tertuliano en todos los medios, las editoriales parcialísimas, los artículos de opinión rarísima vez sinceros, es decir, como publiqué hace dos meses, la “Verborrea mortal” (pulsa https://www.elpollourbano.es/opinion/2014/03/verborrea-mortal-manuel-medrano/).

    Continúo mi rito, bebo ron (extra viejo) y rocío con él al gallo, que se pone histérico. Pero Damballa me hace partícipe de nuevas visiones. Y vuelvo a ver candidatos que no han dado un palo al agua en su vida, otros que tienen intereses económicos incompatibles (o los representan) con el cargo al que optan, bolivarianos españoles (que, de pronto, son los malos según los tertulianos, y la izquierda comunista pasa a ser “del sistema”), partidos cuyo programa no dice nada de nada (si lo sé me ahorro desperdiciar con ellos el humo del cohíba), otros que sí dicen pero que hablan de utopías (y sólo de eso).

    ¿Y qué piensa el españolito de a pie? Pues sí, va y piensa, y lo de acertadamente o no que lo diluciden los tertulianos y opinadores, porque el ciudadano está en su derecho de pensar lo que quiera aunque sólo sea una vez cada 4 ó 5 años.

    ¿Qué falló? Para algunos nada, les ha ido de coña. Para otros la comunicación con el votante potencial. Para un tercero que sus votantes no votaron. Para un cuarto que la imagen de renovación no llegó al electorado (bueno, como no la había, era difícil hasta con trucos, pero claro, al final, no hubo trato).

    Pero los defectos tradicionales, me muestra Damballa, ya no se ocultan al común de los habitantes de la piel de toro, salvo a algunos aparatos políticos extra rancios (y sin filtro). Repetir que “mis candidatos son los mejores posibles” es un mensaje que, dentro de un partido, puede o no calar, pero fuera de él el ciudadano puede pensar que, si esto es lo mejor que tienes, me voy a comprar a otro puesto del mercado. Decir que se han hecho tropecientos actos electorales sirve para el Libro Guinness de los Récords, pero cuando las mismas caras se repiten hasta la saciedad en muchos de ellos, se desmorona el montaje. Alardear de que a un mitin o similar han ido miles de personas, cuando hay que acondicionar la sala para que no se vea la pobre asistencia, se ven además muchas de las caras “reincidentes” de otros actos, y las fotografías e imágenes televisivas permiten dividir por cuatro o cinco la cifra oficial de público entusiasta, ¿a quién estamos engañando? ¿Al aparato dirigente de tu propio partido? Eso, amigos y amigas, es deslealtad grave y el engaño se descubre en las urnas.

    Me muestra Damballa el juego de los porcentajes de voto. Sólo diré que eso es como cuando juegas a la lotería y dices que “no me ha tocado por un número”. Vale, vale, pero no te ha tocado, y lo demás fuegos artificiales.

    Finalmente, veo otra escena no por insulsa menos aterradora. Contemplo un último argumento para conseguir el consuelo y amparo que alguno quiere dar a los suyos: nos recuperaremos gracias al carisma de Fulanito (o Fulanita) de Tal. Sin duda, chaval, sin duda, ¿tú vives en la Transición todavía, verdad?

    Salgo de mi estado de poseso. Pero aún tengo ganas de saber más. Y lanzo los “huesos oraculares”. Y lo que me responden es un mensaje claro: se terminó el estado zombi de las gentes. A partir de ahora, todo clarito y transparente, “por sus obras los conoceréis”, por los frutos de su trabajo (si lo hubo alguna vez) antes de ser responsables públicos  y por los resultados de su gestión institucional. Lo demás son palabras, palabras y más palabras, que se las lleva el viento.

Artículos relacionados :