Los Machados


Por Dionisio Sánchez

    Cuando me tuve que hacer coordinador temporal de la sección Escenarios de “El Pollo Urbano”, me propuse ir asistiendo, poco a poco,  a las diferentes propuestas escénicas de los grupos aragoneses, a pesar de que intuía lo peligroso de tal decisión.

    El teatro es una actividad que he ejercido con pasión (como autor, adaptador, actor y director)  y cuyos entornos y barrizales no me son ajenos. Sabía, pues, a lo que me iba a enfrentar, máxime cuando nuestra provinciana ciudad es un nido de camarillas culturales tal y como , excelentemente, apuntó  Enrique Gómez en uno de sus últimos artículos polleros: https://www.elpollourbano.es/opinion/2021/05/camarillas-enrique-gomez-armas/

   Pero como la obligación me exigía cumplir con parroquia  comencé mi actividad “critica” acudiendo a ver una obra al Teatro de la Estación donde oficiaba de actriz una mujer llamada Cristina Yáñez y que es tenida por la camarilla correspondiente como una de las “damas del teatro aragonés”, y que –como Dios manda-  está al frente de un grupo llamado Tranvia Teatro, y que, a su vez,  es la maquinista-propietaria de dicho  teatro. La obra en cuestión se llamaba “Reglas, usos y costumbres en la sociedad moderna”, de Jean-LucLagarce  y estaba interpretada y dirigida por la susodicha “gran dama”.

    Bueno, el asunto fue que, tal y como imaginaba, asistí a un bodrio incomparable y que posteriormente y ante las reacciones operadas por las camarillas de la paletonia labordetiana, una vez publicada la crítica me obligó a escribir este artículo que queda guardado en la hemeroteca pollera: https://www.elpollourbano.es/opinion/2018/05/comentario-al-respecto-de-una-critica-teatral-dionisio-sanchez/ para ilustración de la afición teatrera zaragozana.

    Después quise ver otras obras: me atraía el Quijote de José Luís Esteban, pero no coincidíamos y yo, mientras otros colaboradores aportaban sus críticas a la sección, prefería irme a cuidar de mis árboles y garbanzos en Soria. Finalmente, leí que un dúo local levantaba un texto de uno de los mayores cerebros provincianos recubiertos de corcho llamado Alfonso Plou y que dice ser autor de teatro. La obra se llamaba “Los hermanos Machado”. Uno de los habituales colaboradores de la sección había escrito unas comedidas impresiones sobre la obra y de ellas deduje que el panorama era sombrío. Esta percepción se hizo negra noche cuando uno de los habituales de la camarilla teatral zaragozana, el plumilla teatrero Joaquín Melguizo, estampó su firma en las páginas del “Heraldo de Aragón” esquivando todo atisbo de crítica y tirando flores a los actores y, ¡cómo no!, alabando la gran idea de poner “unas pinceladas de violín en directo”. Es decir, nada de nada. Tras la lectura de está ¿“crítica”? decidí no ir a perder el tiempo viendo otra bazofia templaria y continuar con el cuidado de mis carrascas y limpiando los cardos de mis boliches.

     Mientras, la gran compañía El Temple decide viajar   a Madrid para recibir el aplauso nacional y así quedar consagrada y subvencionada a perpetuidad por la casposa dirección general correspondiente de nuestro gobierno que tiene, muy ceca del culo,  su criterio teatral. Pero las “camarillas de provincia”, no tienen bula en las correspondientes matritenses. Y, hete aquí que una chavala, llamada Raquel Vidales, por más señas, publica en “El País” una crónica al respecto de “Los Machados”, que titula sin cortarse un pelo como: “Un biopic sin emoción”. Del gran director, Carlos Martín,  nos dice que su puesta en escena “es poco imaginativa e igualmente plana”. Y acaba la moza diciéndonos que la obra acaba resultando “…un tanto plomiza”. Es decir, hablando en plata: un desperdicio escénico.

    Ahora, queridos amigos, comprenderéis porque me da tanto miedo ir a ver obras de las compañías consagradas aragonesas y por qué hablamos de  camarillas. Yo no he escrito nada sobre El Temple. Aquí quedan incrustadas críticas ajenas. Pruebe y compare. Pero yo  ya se me sé la película y el trato que los “melguizos” y compañía dan a sus camarilleados. Por suerte, el mundo es enorme y las camarillas, una vez se ha pasado Guadalajara, quedan convertidas en simples cuadrillas de ególatras aldeanos.

    Queridos amigos, compañeros y camaradas: ¡A caballo! ¡Yihiiii! Salud

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