Por José Joaquín Beeme
Por José Joaquín Beeme
Corresponsal del Pollo Urbano en Italia
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La biblioteca en alacena, altísima, a la que accedía con aquella escalera larguirucha y fatal, la misma que espantó a su madre una mañana de junio. Giuseppe Pellizza pintaba allí, bajo un amplio lucernario que todavía hoy, ayuna la estancia de electricidad, ilumina su vago espectro. Cerca de la plaza donde se concentraba una humanidad desarrapada ante el cacique Malaspina, digna en su hambre de siglos pero determinada a la huelga, un montaje audiovisual recorre las fases compositivas delQuarto stato, desde Embajadores del hambre hasta El camino de los trabajadores pasando por Río humano (Fiumana), e identifica a sus principales protagonistas, todos amigos o coterráneos (del carpintero al albañil, del farmacéutico socialista al campesino que trabajaba los trigos y las viñas), y emociona aún cómo dentro o detrás del más apurado realismo, luchando durante diez años por aferrar la luz en su vibración última, el polvo suspendido en cada gesto, el instante fotográfico de un alba radiante, emerge, descarnado, un grito de rabia y justicia universales. Masa obrera que avanza, incontenible, hacia el sol del porvenir… En el molino del Groppo, luego, las suaves colinas que rodean el río Staffora almohadillando la noche, escucho a Gilberto de Volpedo desgranando estándares del pop para carrozones nostálgicos, a lo peor yo entre ellos, y vuelvo una y otra vez a este extraño pintor de pueblo y del pueblo, culto y viajado, soñador sin suerte, que en 1907, año horrible en lo familiar y en lo artístico, decidió ahorrarse el futuro auspiciado por su admirado Jaurès, el apóstol pacifista de la unidad humana.