De pinceles, silencios y palmeros / Carlos Calvo


Por Carlos Calvo
Subdirector del Pollo Urbano

  Las dudas del quiosquero de la esquina le empujan a improvisar ideas calladas en clave destructiva.

    No está para bromas. Se le ha muerto, ya hace un tiempo, su primo Miguel Ángel Lahoz Nieto y no da crédito a que ningún miembro del núcleo duro de las artes y las letras de esta ciudad tan inmortal como provinciana lo haya mencionado. Triste despedida para un artista zaragozano del último tercio del siglo veinte, con muchas horas de silencio en sus costados, que no formó parte de ningún rebaño y siempre supo mantener su independencia para seguir siendo él mismo, a pesar de todos y de todo. Su obra queda, desde luego, para próximas generaciones.

  Ese sentimiento de dolor e impotencia ante lo que se corroe y derrumba lentamente en nuestro entorno y ese temblor o vibración de nuestra sensibilidad ante los objetos de su pintura, ocultos símbolos de nuestro subconsciente colectivo, patentes y escondidos –a la vez- en esa realidad perdida, son los que reverdecen y reavivan entrañables vivencias comunes.

  Nuestro íntimo aragonesismo, el que hemos respirado en los silencios de nuestros abuelos sentados bajo la claridad blanda de las solanas, el que hemos bebido en la dureza y acritud de nuestros aires y nuestras tierras, es lo que late en cada una de las pinceladas del primo muerto del quiosquero. Y si el tema -¡esos bodegones y paisajes de la escuela de París de los años treinta y cuarenta!- es un pretexto para el ejercicio de pintar y dibujar, se debe, no lo olvidemos, a un intento de ayuda para ordenar un discurso plástico que es un ejercicio de estilo, una travesía, una vereda que se abre al mar del cuadro.

  Hay muchas maneras de terminar una relación y mil frases para decir adiós sin despedida. En esencia, afirma el quiosquero de la esquina, tendríamos que vacunarnos contra la idiotez. A lo mejor, maldita sea, tendría que cerrar el negocio. Y que le den a la letra impresa, enferma y necesitada ya de cuidados intensivos. Porque, lo decía Albert Camus, la prensa libre puede ser buena o mala, pero es seguro que sin libertad no será más que mala.

  Con la fuerza, ay, de una cocacola abierta hace cuatro años. Hay que espabilar. No basta con apelar a la libertad para resultar imponente y tener la historia de tu lado. Siempre conviene desconfiar cuando las palabras nobles salen de las estancias privilegiadas. Se recuerda que don Quijote le dijo a Sancho aquello tan bonito de que la libertad es “uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, pero no se recuerda cuándo se lo dijo. Fue al largarse del castillo de los duques, donde los banquetes eran sazonados y las bebidas de nieve.

  Ya dijo en una ocasión Dionisio Sánchez que la casa del quiosquero de la esquina “es patrimonio ciudadano y su inquietud propicia frente al mostrador tertulias de cabilas urbanas y críticas feroces a las bandas culturales que operan al amparo del poder”.  La vacuna contra el virus puede terminar con una prensa libre y pasa por unos periodistas que vuelvan a su tarea de informar y opinar sin ser perros falderos o estridentes voceros de nadie. Los palmeros, maldita sea, que se vayan con Manolo Escobar.

  Uno se queda con la obra de Miguel Ángel Lahoz Nieto, ese pintor que siempre vivió en un estado de constante asombro, y en su homenaje reproduzco esta cita de Henry James (que tanto le gustaba): “Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo posible y damos lo que podemos dar. Nuestras dudas son nuestra pasión y nuestra pasión es nuestro empeño. Lo demás es la locura del arte”.

  El olvido que seremos, sí. Como laberintos de luz. Y de sombra.

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