¿Para qué sirve un libro?

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Por Carlos Calvo

    “No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo”, decía Oscar Wilde. Las plumas más representativas de la escena literaria protagonizan la feria del libro 2015 que, como los últimos años, se celebra en Zaragoza del treinta de mayo al siete de junio en plena plaza Aragón.

      Ahí pueden encontrar los visitantes las muchas y diversas novedades de las editoriales, porque la palabra, desocupado lector, es el tesoro más grande que tenemos. Escribir, para Umbral, “es la manera más profunda de leer la vida”. Y se puede leer la vida, ciertamente, en infinidad de libros. Incluso los malos libros no dejan de ser, ay, una manifestación incondicional por la cultura, aunque no siempre los intelectuales lo han tenido tan claro, pues personajes como René Descartes, en el pasado, mantenían que “los “malos libros provocan malas costumbres y las malas costumbres provocan buenos libros”, lo cual resulta todo un tratado de filosofía. Y de literatura.

  Entre los escritores, además, cabe distinguir los ‘de toda la vida’ o auténticos y los mediáticos, o sea, los que publican gracias a que trabajan en la tele y son populares y conocidos. Sea como fuere, ¿para qué sirve un libro, ya sea bueno o malo, auténtico o mediático? Con esta interrogación me acerco a esta feria libresca de las vanidades para que contesten, si les place, las ilustres personas a las que abordo. Al abordaje, pues.

Fernando Gimeno:

-Como elemento decorativo. Me explico. Aunque no aparezca reseñado en los manuales de bricolaje, el libro es un excelente motivo decorativo que luce un bonito salón. Para ello, hay que elegir con criterio los tomos de los libros que vayamos a comprar para que hagan juego con los sofás o el mueble del comedor. Esta alternativa es mucho más práctica que comprar falsos tomos de cartón que nos hagan enrojecer cuando invitemos a algún amigo lector y descubra el truco al intentar hojear un presunto libro.

Jerónimo Blasco:

-Como potenciador muscular. O sea: si desea modelarse un cuerpo de culturista y no tiene dinero para comprarse un juego de pesas, utilice sus libros. Comience sus ejercicios con libros de bolsillo y antologías poéticas. Semana a semana vaya subiendo de peso hasta acabar los ejercicios con los ‘Episodios nacionales’ de Galdós. En unos meses lucirá unos bíceps que serán la envidia de sus amigos.

Eloy Suárez:

-Uno de los lugares más tranquilos para leer es el cuarto de baño. Algunos adelantados a su tiempo se han hecho construir en sus viviendas bibliotecas en el excusado para no perder el tiempo cada vez que el vientre aprieta. Pero en los duros momentos en que se sufren dificultades defecatorias, la elección del libro adecuado pueden ayudar a aligerar el cuerpo sin riesgo de padecer hemorroides. Por ejemplo, las memorias de Belén Esteban o el libro de Luis Alegre ‘Cerca de casa’.

José Luis Soro: 

-Como soporte para fijar muebles. Para esa mesa que cojea porque el fabricante no era muy diestro en carpintería o nos la vendió a mitad de precio nada mejor que un libro. Olvide las cuñas de madera que producen molestas astillas y coloque un ejemplar debajo de la pata más corta. Seguro que encontrará en su biblioteca el tamaño adecuado para subsanar elegantemente su defecto.

Arturo Aliaga:

– Como elemento de castigo. A ver. Desde tiempos inmemoriales, los libros han sido utilizados como instrumentos de castigo mucho más efectivos que el tradicional látigo o fusta. Basta con hacer que el castigado coloque sus brazos en cruz y colocar sobre las palmas de sus manos sendos libros, dependiendo su tamaño de la severidad de la punición. Ideal para reconducir la educación de los hijos revoltosos o para añadir un punto sadomasoquista a sus relaciones sexuales.

Martínez Urtasun:

-Dicen los expertos que un pueblo que no se ilustra corre el riesgo de embrutecerse. Pero seamos realistas: un pueblo que no tiene nada que leer no es en absoluto más peligroso que aquel otro que carece de algo para masticar. ¿Alguien duda de que al pueblo llano se le calienta la cabeza justo cuando se le enfría la cocina?

José Ángel Biel:

-Yo no quiero líos. Hablen con mi jefe de gabinete y ya les tramitará lo que sea. Que luego dicen que soy un liiiaaante…

José Luis Melero:

-Yo soy un cazafirmas. Toda mi biblioteca la tengo dedicada. Toda. Por eso, los clásicos no me gustan. La mejor dedicatoria es una que dice: “Para Pepe, con afecto”.

Pepe Quílez:

-Utilizo los libros como papel higiénico. Siempre tengo uno en el excusado, porque no me parece fino que me vean comprar el higiénico papel en el súper. ¡Qué ordinariez! Me hice con una primera edición de un Quijote con grabados de un tal Doroteo o algo así. Lo tengo ya muy delgado. Sólo me quedan 37 páginas. Tengo ganas de empezar otro, uno que compré en el rastro sobre un manuscrito encontrado en Zaragoza o algo así.

Mari Cruz Soriano:

-Un libro sirve para leerlo. Acabo de leer los diarios de Belén Esteban, que ríase usted de los de Tolstoi. Con prosa que ya quisieran escritores planetarios y algunos con sillón, mi amiga Belén repasa su aprendizaje de la vida en plan trapiella, con ingravidez de diva del pasado levitatorio.

Ricardo Berdié:

-Para una vez que salgo, me tienen que importunar con preguntas. ¡A usted qué le importa lo que yo piense de un libro!

Manuel Pizarro:

-Hay que dejarse de libros y pasarse a las tabletas. El papel, solo para envolver. La tableta que más me gusta es la de chocolate con leche. La de chocolate puro y negro, para ciertos momentos. Y si tienes el día goloso te puedes comprar tabletas de chocolate con avellanas. O con almendras. O con pistachos, que las hay. O, si la economía no va muy boyante, de cacahuete repelado frito. ¡Vivan las tabletas!

Hipólito Gómez de las Roces:

-A la pregunta que me pregunta añadiría otras preguntas. ¿Leen los críticos literarios todo sobre lo que escriben? ¿No hay mucha miopía en la crítica literaria? ¿Las malas novelas mejoran con el traqueteo del tren? ¿Leen los peces los mensajes en la botella? ¿Se puede considerar la lectura de la mano como un subgénero literario? ¿Tienen palabra los escritores? ¿Por qué muchos aficionados a escribir se consideran escritores? ¿Por qué tenemos que leer? ¿Cada lector reescribe un libro? ¿Todo (buen) lector debería escribir en algún momento?

Alfredo Romero:

-Yo estoy leyendo ‘El conde de Montecristo’, que es de uno que se escapa de una prisión de Marsella y se hace rico. Les he dicho a mis abogados que me localicen a ese tal Alejandro Dumas, al que le voy a regalar todos los catálogos que quiera, porque ese tío sabe cómo se sale de las cárceles y saber eso siempre es útil.

Juanjo Vázquez:

-A ver si puedo terminar de leer ‘Las aventuras de Tom Sawyer’. Es que lo empecé en el colegio y entre tanto ajetreo con esto de trepar, no hay manera de acabar los capítulos.

Ricardo García Becerril:

-Estoy haciendo una lista de los libros que voy a tener tiempo de devorar en Zuera, con la que me va a caer. Es que calculo y me llevo una biblioteca, oye.

Alejandro Molina:

-Estoy leyendo ‘Tratado del cultivo del boniato y otros tubérculos indispensables para la supervivencia’, de varios autores. Hay que ver cuántas propiedades tiene el boniato y lo digo porque hasta ahora solo conocía los pastelitos.

Mariví Pinilla:

-Yo siempre leo el evangelio. Es fundamental. A mí me resulta imprescindible para preparar mi defensa jurídica ante los procesos en los que me han metido los rojos bolcheviques. Ya lo dice Lucas (capítulo 2, versículo 4): “Como brotes de olivo en torno a tu mesa, Señor, así son los hijos de tu iglesia”.

Teófilo Rodríguez:

-Con libros como el último de Soledad Puértolas, una serie de relatos anecdóticos, monótonos, previsibles, convencionales, planos, decepcionantes, me involucro en su pregunta, reportero, y me hago otras: ¿Para qué sirve la literatura? ¿Qué servicio le hacemos? ¿A quién pedirle piedad? ¿Qué sacamos de todo esto? ¿Tiene sentido publicar ‘El fin’? ¿Tenemos algo que decir siempre que escribimos? ¿Tenemos algo nuevo que aportar? Afortunadamente, hay mucha gente que sí, que da en el clavo cuando analiza un acontecimiento, un hecho cotidiano, una anécdota, cualquier cosa. Hay que saber elegir.

    A mi modo de ver, todos tenemos algo que decir. O deberíamos. Es algo inherente al ser humano. Pero hay momentos en que no los sientes así, en que crees que ya está todo dicho, que no tienes nada (nuevo) que aportar. Y, a pesar de todo, escribes. Y lees. Por eso aprovecho esta feria de las vanidades y hago acopio de un buen puñado de libros. Estos libros que he comprado dejan definitivamente las calles para ir hacia su nuevo hogar. Mi hogar. Son unos recién llegados que primero pasarán unos días en la mesilla de noche, cerca de la butaca, encima de la mesa del despacho. Después, hojeados o leídos, encontrarán su espacio en estanterías siempre llenas, esperando otro momento para hacer aquello que, mientras nos cambian los días y los sentidos, justifica su existencia: distraer, enseñar, comprender, concienciar y, si son buenos y auténticos, ensanchar la vida de los lectores. Y, así, el primer libro que hojeo es un ‘muñozmolina’. Abro al azar y me encuentro con un ejemplo de mal estilo, de prosa pedante e hinchada, de cursilería sin paliativos, capaz de escribir cosas como “un celofán de belleza ilusoria” o “una embriaguez acústica de promesas”. Empezamos bien…

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