“Ignacio Fortún: Mirada y Relato” en La Lonja


Por Adolfo Ayuso

     Ignacio Fortún ha navegado siempre fuera de las corrientes artísticas. No se ha parecido a nadie. En otros pintores, más o menos de su generación o un poco mayores, he podido presentir influencias que podían venir de rápidas visitas a la bienal de Venecia o a la documenta de Kassel. No parecerse a nadie parece muy molón, pero resulta peligroso. Las familias artísticas, que incluyen también a críticos y galeristas…

LO ESENCIAL ESTÁ FRENTE A NOSOTROS PERO NOSOTROS CREEMOS ESTAR ANTE UNA ANÉCDOTA.

…, recelan de aquellos que salen a la calle de la plástica levantando la tapa de una alcantarilla.Si el pintor que surge del subsuelo se muestra metódico y constante en su trabajo todavía es mirado con mayor desconfianza.

   Ignacio Fortún es un artista organizado. Todas las mañanas baja más temprano que tarde a su estudio de las viejas casas sindicales de Vía Hispanidad. Le acompaña siempre su perro, que habrá de soportar el olor de la trementina y los vapores ácidos que se desprenden de las superficies metálicas sobre las que araña y pinta. Ignacio Fortún ha planificado esta exposición con una milimétrica estrategia que permita al visitante llevarse en la cabeza una idea aproximada de lo que ha sido su evolución artística sin preocuparse demasiado de algunos atrevimientos e imperfecciones de los comienzos. Algo que no resulta fácil, pues una mirada pasajera parece corroborar la existencia de fuertes saltos entre unas etapas y otras. Acrobacias que parecen ir desde las temáticas hasta los mismos soportes materiales de sus obras. Nada más lejos de la realidad. La obra de Fortún se ha caracterizado siempre por su esencialidad ─huyendo siempre de la anécdota─ y por su testaruda coherencia. Desde sus primeros dibujos de obispos, beatas y niñas de primera comunión ya están presentes, en los fondos, muchos de los elementos que luego pasarán a primer plano. Acequias, desiertos, tejados. En una denuncia expectante:  en todos sus cuadros y dibujos se presiente que va a ocurrir algo o que debiera ocurrir algo. Un fenómeno atmosférico o un cataclismo social. Su forma de pintar llamó la atención del cineasta Domingo Moreno en la grabación de una de sus exposiciones ─Paisaje Límite, 1991─, que le llevó a producir muchos años después Vislumbre (2005), una de sus mejores obras videográficas. A caballo entre el documental artístico, el dietario de un poeta y la denuncia social. La idea de Moreno fue magnífica: tres escritores ─Soledad Puértolas, Fernando Sanmartín y Adolfo Ayuso─ recibían durante un mes un cuadro de las series Barrio y Jardín del Obrero en su casa. Luego contaban ante la cámara lo que les había sugerido aquella metalizada pintura. Los cuadros de Fortún siempre dicen. A veces demasiado. Son muchos los que piensan que los cuadros son potentes pero que su eco puede perturbar la tranquilidad de su salón. Un breve repaso por su biografía puede desentrañar algunas claves sobre su obra.

LA BATIDORA ARTÍSTICA: EL PISO DE LA CALLE ALCOBER

   Desde finales de los setenta nos juntábamos todos los días en un piso de la calle Alcober, en una de las zonas más duras de La Magdalena, la escultora Merche Millán, el pintor Pepe Torrecilla, el grabador Mariano Castillo, la titiritera Helena Millán y algunos amigos más que trabajábamos, conversábamos y que al final de la tarde bajábamos a tomar vermut a Casa Paricio, una de las últimas bodegas de Zaragoza. Un día apareció por allí un chico con aspecto romántico a lo Bécquer que lo primero que hizo fue decir que la música que estábamos escuchando era incomestible ─se trataba de un disco de rock sinfónico de Rick Wakeman, probablemente El viaje al centro de la Tierra─ y sin comerlo ni beberlo lo quitó y puso una sinfonía de Beethoven. Lo miramos, quitamos el disco que había puesto y le espetamos: ¿pero tú de qué vas?

   Aquel chico pintaba con la ineficacia y el tesón del que no tiene otras escuelas que lo que se mueve en la calle y en el interior de su cabeza. La cabeza de Ignacio Fortún parecía una batidora de la que hubiese arrojado cualquier tipo de autocensura. Era verdaderamente salvaje: abuelas desnudas que no tenían el más mínimo pudor en mostrar unas tetas que parecían salchichas de Frankfurt, confesionarios que se convertían en quioscos de tebeos, monjas que parecían hombres y putas que se parecían a nuestras tías, beatas que estaban empeñadas en llevar a su nieta a cumplir la Primera Comunión. Aquella niña con su muñeca aparecía en muchos de aquellos primeros dibujos. Y era inquietante. Como inquietantes resultaron las familias que pintó a continuación. Unas familias donde los niños no eran niños sino temerosos ancianos. Herederos de la miseria económica y existencial a la que habían sido condenados sus progenitores. Un cuadro que no inquieta puede ser bonito, relajante, decorativo. Pero a nosotros nos atraían mucho más Edward Hopper o Francis Bacon. Pintores que hacen preguntas. Mientras otros jóvenes iban a los billares o a las discotecas nosotros visitábamos el Plata, las iglesias y los clubs de putas del Casco Viejo. O bailábamos en bares tan maravillosos como el Barrio Verde o el BV 80. Fue Rafael Ordóñez uno de los primeros que, con indudable perspicacia, se fijó en Fortún y lo colocó junto a otros cinco jóvenes en una colectiva que llamó Seis pintores al Museo Provincial de Bellas Artes (1983). Su olfato resultó providencial.

FREGONAS Y BOMBONAS DE BUTANO

   Es muy difícil ver un camión de reparto de butano en los barrios acomodados. En cambio el sonido de las bombonas naranjas resulta corriente en el hilo musical de barrios obreros como La Magdalena o Las Fuentes. La forma de cocinar o de calentarse ilumina las diferencias de clases. El cuadro El butanero , sin duda una de sus mejores obras, será una frontera antes de pasar hacia el paisaje que ya agobia y rodea a un butanero que parece un cristo y a una niña que parece una mujer a punto de un ataque de nervios. El paisaje los va a devorar.

   En muchas de sus obras iniciales aparecían fregonas con denodada insistencia. Este invento aragonés fue bandera para demostrar que se podía ser pobre y limpio. Por eso, mientras otros las escondían, ellos solían ponerla junto al televisor cuando venían visitas. Las fregonas ponían un ápice de dignidad en sus hogares, en las viejas iglesias, en los destartalados clubs del Casco Viejo. Aparecían también de forma obsesiva, ángeles que eran siempre ángelas. Como si armadas con aquellas fregonas quisieran proteger el alma de aquellas personas que poblaban la “escena” de sus cuadros. Aquellos cuadros coincidieron con algunos aspectos de la movida madrileña, lo que le condujo a publicar uno de sus cuadros, el del hombre cagando, en la mítica revista La Luna. Uno de sus habituales colaboradores, Pedro Almodóvar, que había presentado no hacía mucho su película de monjas Entre tinieblas, se divirtió mucho con la exposición de Fortún en la Galería Ovidio de Madrid en 1986. Madrid será uno de sus puntos de referencia al contactar con la Galería Sen, que contribuirá para que La Caixa adquiera varios de sus cuadros para su colección Testimoni, a su presencia en Arco, a la concesión de una Beca Banesto, donde tendrá que dar la mano al inefable Mario Conde, y a su beca-estancia en Bali. Con ella publicará el libro de artista El verano en una esquina, donde Fortún se pone a escribir su particular visión del barrio donde tiene su estudio y que es una fuente imprescindible para entender la pintura de aquellos años. Siempre le he pedido que escribiera poco. Que los pintores deben ser un poco brutos y pelearse con los pinceles y no con la pluma. Que el mejor relator de la España de Carlos IV no fueron Moratín ni Jovellanos, sino Goya. Y que don Francisco dibujó muchos disparates y desastres.

 

EL TEATRO, EJE DE MUCHO

   Unas líneas arriba he escrito “escena” del cuadro, no por casualidad. Fortún concibe cada obra con una patente dramaturgia. Quizá por eso algunos críticos le han asignado la categoría de “pintor literario”. Atributo que según de qué mano provenga puede ser tanto un elogio como una imputación. Afortunadamente ya todo el mundo sabe que lo teatral no es patrimonio exclusivo de lo literario sino que es una conjunción del texto con la plástica ─de la que forma parte la luz─, el trabajo actoral y la música. Elementos todos ellos imprescindibles en su obra.

   Fue actor en la Comedia sin título, de Federico García Lorca, en el montaje que dirigieron Lola Poveda y Juancho Graell en el cabaret Oasis de Zaragoza (1988), que en la práctica fue un estreno mundial de aquella obra inacabada que Lluis Pascual estrenó apenas un año después a bombo y platillo en el María Guerrero de Madrid. Cuando el público accedía a la sala se encontraba que algunas localidades estaban ocupadas por unas figuras recortadas. Un actor vestido de pintor del novecientos les iba dando los últimos retoques de color gris. Eran espectadores de madera que no iban a sentir la emoción de la obra. Un original detalle que hubiera puesto en pie al poeta granadino.

    Ha vivido el teatro en su más cercana cotidianeidad. En las aparatosas fiestas que hemos montado tanto en la calle Alcober de Zaragoza como en las casas que compartimos en Murillo de Gállego y en Anzánigo, Fortún ha tenido un importante papel como actor y director escenográfico. En 1990, en un espacio de una hectárea con escenarios múltiples tal como hacía el teatro tardomedieval, fabricamos un gigantesco dragón de goma espuma, un castillo de cartón inspirado en Loarre, un campamento militar donde se celebraban torneos y un espectacular auto de fe con pira incluida. Otras veces los escenarios eran más improvisados e íntimos como aquel combate de boxeo nocturno en el interior de un bosque.  

   Que los cuadros de Fortún tienen un componente teatral se demostró en la sesión que dentro de aquel lujoso ciclo de Más o menos Juglares, inspirado como tantas cosas por Luis Felipe Alegre, se celebró en 1992 en la Sala Arbolé de Zaragoza. En formato de off y después de unas excepcionales actuaciones del poeta experimental Bartolomé Ferrando y de la cantante Fátima Miranda, presentamos La familia Espejo donde los actores eran los personajes de dos de sus cuadros de la serie de familias. Con unas linternas de foco concentrado iluminábamos la cara de cada uno de aquellos personajes (el padre que dormitaba en calzoncillos, la niña que comía un triste plátano) cuando les tocaba hablar. Algunos asistentes nos recriminaron que nos burláramos de aquellas familias de la clase obrera. La mejor denuncia es aquella que llega de la mano del esperpento. Aquella que puede provocar la risa momentánea pero que la hiela cuando la analizamos con un mínimo de cordura.

   Pintó dos grandes murales en el Parque Pignatelli, con motivo de la celebración del Parque de las Marionetas, y diseñó el portal de tres carpas de teatro de feria para las Fiestas del Pilar. La mayor de ellas, de unos 20 metros de portada, para los números de revista de La Maña que el incombustible Luis Pardos presentaba en el recinto ferial de Valdespartera.

    Cuando Fortún comienza a pintar en superficies de zinc, ya metido en los paisajes urbanos de los barrios obreros donde ha tenido sus principales estudios, va a descubrir el potencial de la luz que incide sobre el cuadro. Su capacidad para quemar o congelar una escena en medio de la noche o de un amanecer. Las ventanas de una casa-colmena pueden reflejar el trajín interior de sus habitantes, pueden pasar casi desapercibidas o convertirse en un pozo de soledad y aniquilación según la intensidad y el color de la luz que emiten unos pequeños focos de teatro situados frente al cuadro. Bajo estos parámetros presentó, sobre 2002, una sesión privada para unas cincuenta personas en el destartalado gimnasio Goju-Ryu, en el barrio de San Pablo, reconvertido en alternativo local de ensayos. Ignacio Fortún al frente de una mesa de luces y con el acompañamiento musical de un saxofonista dio rienda suelta a todas las posibilidades dramático-plásticas de una de sus obras. Algunos años después he sabido que aquello que nos pareció a todos los fascinados asistentes una sesión de absoluta vanguardia y modernidad no era sino el llamado teatro pintoresco mecánico que había entusiasmado y entretenido a los españoles durante los siglos XVIII y XIX. Aquella sesión servirá como base para otras breves demostraciones en el transcurso de algunas de sus exposiciones futuras.

    En colaboración con Helena Millán, directora de los Títeres de la Tía Elena, presentará tres excelentes escenografías para las obras Cristóbal contra el ladrón de sueños, Cajal, el rey de los nervios ─ en la que Fortún se infiltra en la dirección teatral y la construcción escénica y con la que se obtienen destacados premios en FETEN (Gijón), a la mejor producción de teatro aragonés y finalista de los Premios Max─ y El regalo del río.

EL ZINC: EL PAISAJE, EL TRÁNSITO, LOS NADADORES.

    Recuerdo cuando fuimos a buscar las primeras planchas de zinc a un polígono industrial. Las colocamos sobre las barras del techo de mi coche atadas con unos cordeles. Cuando volvíamos al estudio, el viejo Ibiza parecía un avión a punto de despegar.

   Fortún había declarado su interés en escapar del lienzo y pintar sobre nuevas superficies, pero no acaba de decidirse. La oportunidad vino cuando la Escuela de Artes programó en 1996 una exposición en la que hacían parejas un poeta y un pintor trabajando sobre un mismo tema. Fortún pintaba entonces Desiertos. Presentaríamos un poema y un cuadro que se titularían Dessert y que tenía que hacerse sobre una plancha de zinc. Le propuse que jugáramos con el doble significado de esa palabra, que en castellano se asemeja a Desierto y que en francés significa Postre. La apuesta era que en una sola mañana, los dos en su recién estrenado estudio de Las Fuentes, yo escribía y al mismo tiempo él iba pintando. El tema era una pareja que ya no tenía que decirse nada y que a la hora del postre se hundían en la sal de la ausencia. Había que pintar ese mantel como si fuera un paraje monegrino. Guardo ese cuadro en mi casa de Anzánigo. Cuando alguien lo ve, me dice que es un paisaje, cuando doy la vuelta  y leo el poema que lleva detrás pegado empieza a descubrir en el cuadro un tenedor, las migas de pan y la ceniza de unos cigarrillos ensuciando un plato. Aquella experiencia fue una de las tormentas creadoras más fantásticas que he vivido.

   Tras aquella primera experiencia, Fortún irá reduciendo la presencia del óleo y haciendo asomar cada vez más el metal. Acabará pintando con clavos y trozos de metal envueltos en ácido que deposita sobre el cuadro y deja que muerdan la superficie con lentitud. La materia pictórica queda reducida a presencias mínimas pero imprescindibles para matizar los negros y los óxidos, las heridas provocadas por el ácido. El aumento de la superficie metálica provocará que la luz que incide sobre el cuadro sea reflejada con mayor o menor intensidad, con mayor o menor frialdad o calidez.

   El zinc, luego aluminio, ha demostrado ser una superficie ideal para soportar sus obras. Desde los cetrinos paisajes de los barrios obreros a las personas que aguardan estoicamente que el autobús reemprenda la marcha, quizá sin saber  cuál es su destino real pero sí cuál es su autobús (Tránsito), o que nadan en un agua metálica cuya consistencia les va a impedir el dar la siguiente brazada (Los nadadores). Lo que he podido comprobar en mi casa es que cuando uno de esos cuadros está cerca de un radiador o cuando recibe sobre sí la luz solar, su superficie se calienta. La frialdad caliente es algo que produce desasosiego. Se puede notar hoy en algunas películas de Lars von Trier, colega de generación y, casualmente, pintor muy monocromático además de cineasta.

   Lo que une las primeras etapas de Nacho Fortún (Supra-Naif, Familias) con estas últimas es, entre otras cosas, que el pintor no inventa, sino que ve, siente y, por lo tanto, interpreta. Él mismo ha estado de tránsito en esa parada que los autobuses que hacían el recorrido entre Zaragoza y Madrid, efectuaban en Esteras de Medinaceli. Fortún es un pintor de Incómodo y lento autobús. Donde siempre hay tiempo para mirar, reflexionar o para quejarse del poco espacio que queda para las piernas. No hago sino hablar de pintura y de pintores, por si alguien se despista y piensa que entro en anécdotas íntimas o deshilvanadas.

  Tras sus metálicas series de los barrios obreros y de las zonas rurales, donde siguen sin  aparecer personas, estas van a reaparecer con otra de sus mejores obras: Bar El Pozo. Una dramática declaración de desamparo. Fortún descubre la potencia que tiene el color rojo sobre la superficie de zinc. El color rojo corresponde a un ama de casa que bebe en un bar donde no hay nadie más, el camarero parece no querer mirarla. Detrás de ella  un carrito de bebé. Reaparecen también las personas en la serie Tránsito, para mí, una de las más compactas de su obra. Las personas están de pie y no se miran.

   Dentro de esa serie se encuentra la instalación Crisálida que montó en el Centro de Historias de Zaragoza en 2008. Delante de uno de sus cuadros de la serie Tránsito, sobre un banco, dormitaba un maniquí-transeúnte metido en un violento saco rojo. La instalación resultaba sobrecogedora. La violencia plástica, con aquel contraste de colores, hacía más evidente lo que se pretendía denunciar. ¿Pintor literario?, quizá sí. Quizá por eso han escrito sus catálogos escritores como Antón Castro, Carlos Castán, Fernando Sanmartín, Félix Romeo, Ángel Petisme, Alejandro Ratia o Miguel Mena. Quizá por eso uno de sus primeros cuadros fue adquirido por Antonio Altarriba. Como la de este escritor, la literatura de Fortún no es blanda, ni dócil. Y es, además, muy plástica.

    Así lo percibió Pepe Bofarull que le adiestró en sus primeras serigrafías de papel y junto al que experimentó la superposición de colores y el cómo pasarlos al zinc. Bofarull ha sido uno de los lujos artísticos que esta ciudad ha disfrutado. Aparte de su maestría y de su arte, también es una especie de confesor de muchos de los artistas aragoneses. Conoce, pero calla, muchas de sus virtudes y de sus defectos.

Los viajes con Pilar Blas por la cornisa cantábrica han inspirado su ultima deriva temática. Hace convivir a los hombres con vacas o bueyes. Los nadadores han buscado rincones marinos y se bañan junto a los pesados rumiantes. Si a una primera vista parece reflejarse cierto orientalismo zen, una segunda mirada nos vuelve a infiltrar la inquietud. El excepcional cuadro de los hombres montados en vacas circulando con majestad al lado de unos apartamentos playeros, que curiosamente no aparece en la exposición, me tiene sumergido en un mar de dudas. Habrá que esperar hacia dónde va ahora. Puede ser que hacia algo ya iniciado en los talleres de grabado de Fuendetodos: trabajar la misma obra en soporte de aluminio y en soporte papel. Las enseñanzas de su amigo Mariano Castillo le han servido para trabajar la plancha metálica como si se tratara de un aguafuerte con la que produce en el tórculo una tirada de grabados. Proseguirá luego trabajando pictóricamente la plancha, con lo que la inutiliza para otra tirada y la convierte en cuadro. Los cuadros que presentó en la exposición Flora y Fauna en Las Cortes ya había seguido estos derroteros. Pero la temática está por definir. Seguro que pasado un poco de tiempo descubriremos que tiene contacto con todo lo anterior. Porque su obra es un hilo continuo. Y muy pocas cisuras. Ignacio Fortún es un pintor tranquilo y esencial. Que escribe desde la pintura. Y que buceando en lo esencial no suele quedar atrapado por la anécdota.

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