El insoportable olor a fascismo / Miguel Clavero

Por Miguel Clavero

     Ya disculparán la  rotundidad del título en este artículo pero soy de los que piensan que el lastre fascista pesa, creo, bastante todavía en los  designios y evolución política de este país.

    Esta afirmación no obstante, que yo defiendo como tal,  no debería considerarse exclusivamente como una verdad absoluta, porque considero que nadie debería creerse poseedor de la misma. A la hora de analizar y definir a la sociedad hay que considerar múltiples factores.  Opiniones contrastadas (taberneras o autorizadas), análisis sociológicos, definiciones, han de  tenerse en cuenta si uno pretende aproximarse a ella con un mínimo de rigor. O como dice mi amigo Andrés: “a discutir…” (desde el buen rollo, claro) .  Medítenlo.

    La radicalización de la política española muchas veces la vemos reflejada en nuestros ámbitos más cercanos: intolerancia ante lo que opina el otro en nuestros puestos de trabajo, en el bar, con el vecino…  En las redes sociales y en los foros de amigos de guasap, —a mí me pasa— ya no se puede ni hablar de política, no vaya a ser que alguien del grupo se ofenda.  Y me pregunto: este reduccionismo a qué responde?

     Pero bueno, al margen de cuestiones más íntimas que no son objeto del presente artículo de opinión pues analizaré, en este caso, la reforma educativa.

     Todos estamos viendo cómo se está  gestionando en este país, pero es fundamental para madurar como seres humanos libres y capaces, ante el “despendole” reinante, propiciado por la ultraderecha.

     Me adhiero así a la opinión de mi antiguo profesor de Trabajo Social, Miguel Miranda, cuando afirma: “aconsejo leerse el proyecto, no tragarse las mentiras y falsedades que las derechas están proclamando y luego fórmense su opinión sin intermediarios.  Hay un populismo reaccionario que nunca acepta perder aún a riesgo de quebrar la cohesión social y poner en riesgo las instituciones democráticas”

    Las derechas españolas han dejado muy claro porque están en contra de la nueva Ley de Educación: no extiende aún más la enseñanza concertada; no concede importancia académica a la asignatura de religión católica; no discrimina las otras lenguas existentes y no evitan la coeducación entre niños y niñas, como cuando se prohibió tras la guerra civil.  Estos argumentos, en sí mismos, podrían considerarse un borrador de una ley que las derechas de este país desarrollarían con gran entusiasmo, perpetuando así un viejo modelo educativo rancio y caduco.

   Vuelven ahora a invocar  de nuevo a la Constitución para justificar esos conciertos educativos pero, efectivamente, el Artículo veintisiete menciona la libertad de enseñanza y la creación de centros docentes, pero no dice nada al respecto que deba cumplirse mediante subvenciones del Estado.  Un recurso que sirvió hace cuarenta años para asegurar la escolarización, se ha convertido en un acicate político para acercarse a la clase media, que a menudo, no puede asumir los precios de un centro totalmente privado pero quiere distinguirse de grupos sociales más desfavorecidos.  

    Con la nueva reforma educativa, no se pretende eliminar esos conciertos. Lo que se plantea es subsanar  ciertos errores de la ley Wert que se desviaban de una trayectoria hacia modelos  educativos más racionales.  En ese sentido, por ejemplo, se buscaría, como ya hemos dicho, superar la arcaica separación de sexos en las aulas fomentando la igualdad efectiva desde los primeros años de escolarización.  

    La mayoría de estos centros pertenecen a órdenes religiosas que otorgan absoluta importancia a la religión católica, incluso en el bachillerato y la Universidad y, es frecuente, verlos enzarzados en postulados insostenibles,  cuestionando así los principios más elementales del pensamiento científico. 

    Con las leyes de las derechas de este país, las ciencias se sitúan al mismo nivel que la religión ya que son contenidos evaluables para el acceso a la Universidad.

   Las derechas de este país,  —increíble cómo son capaces de darle vuelta a la tortilla y tergiversar el mensaje: parece que el enemigo, el que hace las cosas mal, es el otro—  a los que enseñan valores éticos o Ciudadanía son acusados de “adoctrinar” al alumnado, mientras ven “normal” que la educación se lleve a cabo bajo prismas católicos exclusivamente, en un país donde según la Constitución española es aconfesional.

    No obstante, no se pretende suprimir sino ampliar el abanico de posibilidades de pensamiento, dando  más perspectivas educativas.

    Por ese motivo, con la próxima reforma educativa  se rescata  la asignatura de Filosofía.

    Como no podría ser de otra manera: educar desde la pluralidad y no desde el oscurantismo; en valores, si creemos en la cooperación y el entendimiento de la sociedad y desde la libertad y la igualdad.

   Paradójico resulta ver en las bancadas del Congreso de los Diputados a los del PP, Ciudadanos y VOX gritar “libertad” tras la aprobación del anteproyecto de la ley de educación, ofreciendo una  patética y triste pantomima. Aquellos mismos que redujeron el pensamiento a un enfoque unidireccional. El mundo al revés.

    La ampliación de la enseñanza concertada, además, como señala Jorge Casal en un artículo del  Periódico de Aragón —Doctor en Historia y profesor del IES Río Gallego de Zaragoza—: “busca, deliberadamente, la segregación escolar y social con el objetivo de crear dos trayectorias paralelas: la privada-concertada para las familias que lo puedan pagar y la pública, muy saturada, para quienes no puedan permitirse esos gastos”.  Por lo tanto, el argumento que esgrimen las derechas de la libre elección de centro vuelve a ser erróneo ya que son los colegios los que eligen a las familias a través de sus cuotas: “se trata de aceptar el principio de reproducción social y cultural y estimularlo sin complejos con el que Bourdieu criticaba el sistema educativo”.

   Finalmente, la defensa del castellano como única lengua vehicular está basada en argumentos poco sólidos, basados en la instrumentalización política nacionalista. 

    Que los autoproclamados defensores de una lengua hablada por casi quinientos millones de personas protesten como si   estuviera  en peligro de extinción, vuelve a recordar ese casposo pasado en el que el castellano pretendía ser la lengua del cristianismo y del “imperio” (faro que orienta los designios de occidente y todo eso…). 

    Insulta a la inteligencia que estas derechas no cuenten las cosas como son, bajo exaltaciones (y sus, por todos conocidos, berrinches públicos)  a la patria, a la moral y al cristianismo. Y aquellos que pactan con la ultraderecha fascistoide de VOX saben, por acción u omisión, lo que están haciendo al aprovecharse del populismo autoritario que estos fomentan,  aunque se definan como recatados conservadores  de “las buenas maneras españolas” y “el buen hacer como dios manda”.

    Juzguen ustedes mismos pero estas derechas huelen fatal, a aguas pantanosas, a siniestras criaturas acomodadas en los cenagales de otra época.

     Pero para que no venga ningún charlatán a vendernos el “último grito en crecepelos” (o la moto) hay que dar soluciones a los problemas de la gente:  informarse adecuadamente y emprender las medidas necesarias, empezando desde la educación para que, desde nuestras aulas, no sólo salgan técnicos competentes sino ciudadanos cultos y amantes del progreso: este debería ser el objetivo de esta nueva ley educativa.

     Al final eso es lo decisivo, la educación, como mejor vacuna contra los populismos, la ignorancia y los “salvapatrias”.

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