
Por Carlos Calvo
Subdirector del Pollo Urbano
El quiosquero de la esquina es zaragozano de la Magdalena y ya tiene su edad.
Él y los miembros de su familia no frecuentaban la iglesia que da nombre a su barrio y el sacerdote solo los conocía de vista. También de gusto, que del negocio familiar endulzaban (y siguen endulzando) a todos los parroquianos. Que si el tipo que parece un híbrido de legionario y emperador. Que si el tipo barbudo y barrigudo, armado con una tubería, una llave inglesa y camiseta blanca sin mangas en canalé. Que si el tipo con bigote de ballenero y cabeza de patricio asilvestrado. Que si el tipo con cuerpo de pájaro, metro y medio, nariz aguileña y ojos inquietos, con un gesto que subraya su aire de ave. Que si el tipo con el timbre cavernoso en su voz y la fijeza escalofriante de su mirada de escualo. Que si el tipo que desprende la bonhomía zen de los seres que han hecho de su calma una moral. Que si el tipo tranquilo con muchas horas de silencio en sus costados. Que si el tipo con sonrisa de labio fino y la cara con surcos como una tierra labrada. O aquel tipo de mano fuerte, como hecha de fatigas y agricultura.
El quiosquero, ya de muy joven, se hacía preguntas acerca de la vida. ¿Por qué estamos en este mundo? ¿Tiene la vida algún significado? ¿Somos responsables unos de otros? ¿No sería más provechoso darle la espalda a la actualidad y dedicarse exclusivamente a leer, que es vivir doblemente? En ocasiones, me dice, oía alguna reflexión en boca de algún religioso que hacía algún comentario acerca de dios. Nunca llegaba a entenderlo, o por lo menos no significaba nada para él. Ahora, a lo largo de una vida de lecturas y reflexiones, el quiosquero va anotando en una libreta, o en papelitos, todo aquello que le pueda llamar la atención, como si fuera cualquier transeúnte sentimental a la manera de un Julio José Ordovás.
Y escribe de pie. Y en el quiosco. O en las esquinas de cualquier calle. O en las tabernas que visita como un ritual, siempre las mismas. O en el tren, siempre en el vagón cafetera. Y siempre de pie y a mano. Escribir a mano permite calcular con precisión algunas frases o preguntas o palabras. Y detenerse un poco a escuchar la escritura. Cuando escribe a mano puede rumiar mejor algunas ideas. Tampoco el quiosquero tiene interés alguno en escribir un libro, que para escribir mal ya están los demás. Lo suyo, sobre todo, es leer. Porque leer, a veces, es un paseo recóndito. Y le gusta la literatura donde la palabra nunca se ultima. Una literatura escrita por infractores donde las palabras pierden la cabeza y hay algo así como un alcoholismo del idioma, una hoguera. Acaso el misterio del lenguaje está más allá de la vida. Lo advertía Huidobro: “Los verdaderos poemas son incendios”.
La buena literatura discute al daño, regala íntimas lejanías, levanta horizontes de sutileza. No cree, sin embargo, que el amor sea un incendio, que lo mueva todo. En todo caso, nos movemos por el deseo, sentencia el quiosquero, y todo lo que hacemos, absolutamente todo, lo hacemos por conquistarlo. Toda necesidad termina siendo un negocio o una excusa para el roce. El amor ofrece a los seres humanos la ocasión de encontrar la verdad de su condición en la dependencia. Cuando se ama, no se es libre. Cuando se desea, simplemente, estamos más cerca del bien supremo que es, no nos engañemos, la autonomía. A veces quisiéramos recuperar el control, ser dueños de nosotros mismos. Pero no es posible. Y entendemos que sí, una forma de alienación puede ser mejor que la libertad. Es la gran lección de la experiencia amorosa.
El quiosquero conquistó el mundo después de ordenarlo para después descubrir que la vida es caos, hijos que rompen cosas, padres y madres que intentan arreglarlas mientras fingen que saben lo que tienen que hacer: primero tenía el control, ahora la felicidad y una cuenta corriente para echarse a reír. Acaso el truco final del algoritmo sea que ya no tenemos lo que deseamos, sino que deseamos lo que tenemos. Y nos enfadamos cuando nuestros niños gritan, celebran sus cosas, se dan ánimos, se lo pasan en grande y te destrozan la casa en amor y compañía.
El quiosquero piensa que las cosas ordinarias son mucho más interesantes que las extraordinarias y que la vida es todo lo que está ocurriendo fuera del espectáculo, por mucho que nos empeñemos en que la vida sea solo el espectáculo. Umbral contó en una columna setentera que el millonario de verdad era el millonario de horas, aquel que, en lugar de ir en avión a Egipto, decidía subir a Barcelona y allí coger un barco para cruzar dulcemente el Mediterráneo. Y ya llegar, si eso, a Alejandría, que en el fondo era lo de menos. También lo es hoy.
Como debió ser asesino en serie en otra vida, y a lo mejor el karma se lo está devolviendo, el quiosquero, por si acaso, aborrece de los que afirman que no hemos venido a esta vida a disfrutar. Acaso sea consecuencia del postureo identitario, y bastante tóxico, que mueve las redes sociales. Y, también, una excusa cómoda cuando tu vida es un peñazo. Y la diversión es lo que nos llevó al placer de vivir antes de que las miserias adultas nos hicieran mezquinos. La risa de los malditos niños es un indicador de felicidad al que aspirar. La enfermedad no viene de serie, la pillamos con ‘zascas’ y ‘memes’.
El quiosquero recuerda a Walter Benjamin cuando decía que la revolución no es la locomotora que arrastra el tren de la historia, sino la mano humana que acciona el freno de emergencia. Así que cultiva la esperanza, aunque sea débil, de una interrupción de los procesos que hoy nos dominan. En cualquier caso, advierte el quiosquero, el muro de la vida privada aún no ha sido completamente derribado, como ocurría en los totalitarismos o en tiempos de guerra. Por tanto, la felicidad no está descartada y, más aún, el sentido del humor es un asunto muy serio para aprender a vivir.
Sea como fuere, el quiosquero deja su zona de confort del barrio de la Magdelena y pasa el domingo tomando en sol en el chalet de unos amigos, a quienes prepara una paella, mientras luce un moreno naranja triste como de seguidor de la selección holandesa. Y les dice que una paella sin caracoles ni garrofó no es una paella. Es arroz con cosas. Como también les dice que la columna periodística es la anomalía de la literatura. Y ya queda menos para el lunes, que es jornada de escuela para el quiosquero, maldita sea, y en su zona de confort esperará a que vayan entrando todos sus parroquianos, para la dosis diaria de letra impresa.
Que si el tipo que se quita importancia al hablar, y que a veces parece invisible, apenas un susurro o un silencio cómplice o una sonrisa irónica. Que si el tipo con un rostro que habría podido pasar por un húsar de la caballería ligera, de los que acumulaban cicatrices y noticias de alguna expedición. Que si el tipo con una mueca estoica que esquiva la sonrisa por la orilla de la comisura, ahí donde el moflete. Que si el tipo con perfil de clarinete, que cuando habla deja una advertencia flotando. Que si el tipo que parece entregado al fanatismo, cuya razón se convierte en estorbo y su libertad en sospecha. O el tipo con pintas y hechuras de testigo que simplemente pasaba por ahí, entre el despiste y la contemplación, siempre discreto, uno de esos tipos con las manos en los bolsillos que esperan una descripción en una esquina. Y así.








