El odio / Javier Úbeda


Por Javier Úbeda Ibáñez 

     Uno de los fenómenos humanos más dolorosos consiste en la aparición de odios que tienen «fundamentos» equivocados e injustos.

    Por ejemplo, cuando se odia a todos los ciudadanos de un país de modo indiscriminado por los delitos cometidos por algunos ciudadanos de ese mismo país.

    O cuando se desprecia a toda la familia de un delincuente cuando el mal fue realizado solo por el culpable, no por sus allegados.

    O cuando se anatematiza a todo un grupo religioso por los errores e injusticias cometidos por algún miembro de ese grupo.

    O cuando se insulta de corruptos a todos los miembros de un partido político porque hay miembros en ese partido que son acusados de corrupción, cuando es más que posible que otros sean honestos y justos.

    La lista podría ser mucho más larga, pero esos y otros muchos casos muestran la irracionalidad de ciertos odios que se convierten en condenas sumarias e incluso en agresiones contra inocentes.

    Desde luego, también el odio «justificado» hacia quien sí es culpable puede ser maligno y provocar daños desproporcionados. Pero el odio contra quien nada ha hecho es tan peligroso que ha llevado, a lo largo de la historia, a masacres absurdas y a lágrimas de víctimas que nada tenían que ver con los delitos de otros.

    Ante tantos odios sin fundamento, y también ante odios excesivos, hace falta una dosis decidida de sentido común, de apertura de mente, y de amor sincero a la justicia, para condenar cualquier agresión sobre inocentes y para curar a quienes incurren en odios dañinos.

    La historia humana está llena de miles de páginas oscuras que surgen de odios irracionales y malignos. Frente al dolor de las víctimas, y frente a la necesidad de justicia, vale la pena emprender con seriedad compromisos eficaces para marginar esos odios, para promover mentes y corazones que sepan respetar a los inocentes, y para buscar caminos que lleven a castigos adecuados para los culpables (y solo para ellos).

    Existe odio. Se lee en insultos en Internet. Se escucha en comentarios entre conocidos. Se ve en gritos de rabia de unos contra otros.

    Ese odio, a veces, entra en la propia vida. Surge ante una injusticia. Se nutre del recuerdo. Se aviva al ver el cinismo de un culpable no castigado.

    En sus formas extremas, el odio lanza sus flechas contra grupos enteros de personas, contra nacionalidades, contra clases sociales, contra categorías profesionales, contra todos los miembros de un partido.

     Otras veces queda circunscrito hacia personas concretas. Es un odio que al menos evita la injusticia: se concentra hacia aquella persona que nos traicionó, que nos hizo mucho daño. Pero no por ello deja de destruir el corazón de quien lo alberga.

    Porque el odio, aunque a veces uno no se da cuenta, corroe a quien lo cultiva, y lo pone siempre en esa pendiente resbaladiza que lleva a los insultos en público, a las agresiones, incluso a la violencia.

   No resulta fácil apagar el fuego del odio cuando ha crecido día a día, sobre todo si ha cristalizado en el deseo de venganza y en actitudes internas de rabia insatisfecha. Además, a veces escapa de uno mismo, contagia a otros, y se convierte en un mal que no termina.

   Muchos conflictos sociales surgen desde el odio y lo alimentan. Conflictos políticos viven del odio hasta «aprovecharlo» para aumentar el número de votos. Incluso llegan a asaltos contra gente inocente o a guerras absurdas.

   Invitamos a perdonar, a no dejarse atrapar por esa rabia interior que destruye a quien la acepta y que abre espacio a heridas mayores.

    Ya hay demasiado odio en nuestro mundo.

   Ni la justicia, ni la política, ni la escuela, ni la familia, ni la convivencia, ni la economía, ni las finanzas saldrán de la situación calamitosa en que se encuentran si las personas que son jueces, políticos, profesores, economistas, financieros, periodistas y cónyuges no cambian. En caso contrario, haríamos bueno lo que el refranero español sentenció con extraordinaria justeza y sencillez de formulación: «Distintos perros con los mismos collares».

   El diálogo es el único camino para romper las cadenas del odio y de la venganza que aprisionan y para desactivar los dispositivos del egoísmo humano, del orgullo y de la arrogancia, raíz de toda voluntad beligerante que destruye.

    Siembra odios y cosecharás tempestades humanas. Y la historia del hombre está llena de esos casos. Y en ellos se ataca a otros, por razones desde familiares, de clase social, raciales, y hasta religiosas y políticas. Sucede a todos los niveles.

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