
Por Eugenio Mateo Otto
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La cultura de la guerra es una de las manifestaciones humanas más atávicas
Late en el sentimiento como una necesidad de eliminar al adversario cueste lo que cueste, no se sabe si por supremacía o por instinto, y se da en distintos grados, todo depende de la crueldad y ansias de beligerancia, para demostrar lo imperfecto de la Creación o simplemente para dejar constancia de la maldad intrínseca de la que los seres humanos somos capaces. Sin embargo, hacer la guerra es cuestión de intereses varios, económicos o coyunturales, pero, siempre de dominación. Decía Jean Paul Sartre que cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobre los que mueren. Los muertos son los únicos que ven el final de la guerra, en palabras de Platón, y todo asunto guerrero se resume en destruir y no ser destruido. “Si vis pacem, para bellum” como síntesis de la paradoja de la disuasión. También, hacer el amor y no la guerra forma parte del imaginario de tanto ser descarriado.
Los tambores de un nuevo orden tocan a redoble y no se sabe qué cultura saldrá de todo esto. La cultura como modo de vida de las distintas sociedades es el legado que se hereda en cada generación y de la guerra ya se tienen demasiados datos para saber que es una cultura de la que conviene alejarse, sabiendo que es imposible y que se puede morir en el intento.
Es curioso, cuando menos, ver que hablar de cultura se centra en cualquier manifestación artística, que siendo fructífera y necesaria, no deja de ser una consecuencia de los valores y comportamientos de la sociedad, preferiblemente libre. Ocurre así, que en este universo cultural nadan a favor de la corriente especímenes de todo tipo que intentan cultivar el espíritu, como Cicerón, de modo diletante. No es fácil ser profesional del arte, de ahí que sean bienvenidos los que lo practican por placer, como buen amateur, pero que deberían rebajar el caché y no dar importancia a los cantos de sirena en su viaje a Ítaca.
No se sabe lo que ocurriría si en cada individuo no anidara un poeta. Serlo es fruto de la postura existencial del minuto de gloria, aunque es posible que uno de cada mil sea merecedor de ese fulgor. Es verdad que no hacen daño a nadie, como ese artista plástico que no pasó del autodidactismo mal entendido. Se puede ser entusiasta y siempre encontrarán almas generosas a las que sorprender. No hay daño porque no hay medida de la excelencia de la cultura practicada por afición. Es una cultura de exhibición, siempre preferible a la del odio, otro elemento cultural muy consabido, que tiene a la rivalidad como campo de operaciones. Importa el tamaño del ego, pero mucho más el tamaño del ruido y se teje una tela de araña que amortigüe el coscorrón de la opinión ajena.
Los cambios que han llegado de la mano de personajes, cuando menos, siniestros, y definitivamente mamarrachos, incapacitan para el criterio razonado sobre la situación actual. Cuando este texto pueda ser leído, no soy capaz de discernir sobre la situación entonces. Habrá que confiar en que el recuerdo de los muertos y la destrucción haya pasado como el humo de las explosiones. Probablemente, seguiremos necesitando los combustibles y será señal de que continuamos consumiendo materiales perecederos, o sea, viviremos respirando la cultura de seguir siendo los mismos, pese a nosotros.
Cuando la cultura de una sociedad peca de pesimismo no es sencillo encontrar salida a tanto desatino. Volver a encontrar las mentes que piensen por los demás es un ejercicio suicida habida cuenta de que habitar la propia piel faculta para ser protagonista del recorrido, lleno de patriotas que entienden la coyuntura para aplicar a sus propios intereses. Una de las facetas más importantes de nuestra cultura es la culinaria. Comer es cultura y cada día se pone más difícil seguir con la dieta del sentido común que animó a los ancestros a diferenciar nuestra cocina y nuestros hábitos. La subida de precios aboca a los alimentos procesados y lo natural, lo que da la tierra y los animales, se encarece como un cruel sarcasmo de unos productos que desde el árbol, la huerta o el establo, sufren de vértigo del margen indecente por el precio de origen al del que se acaba pagando. Ninguna relación de causa-efecto a no ser la especulación de los que llenan su boca con la patria, como si nos dejaran comer al amparo de su codicia. Los traidores forman parte del atrezzo habitual del escenario que toca en cada era y lo son todos aquellos que aprovechan las circunstancias para ir en contra de los intereses de sus conciudadanos, o que son capaces de animar a otra potencia extranjera para hostigar a la propia. La alta traición supone anteponer los intereses políticos del traidor a los intereses de la generalidad en forma de conspiración contra el sistema, libremente elegido. Hay muchos; también van incluidos en la cultura del no hay mal que por bien no venga y hay que temerlos, como a la peste, pues no se sabe bien hasta donde son capaces de llegar.
Al final, todo este frenesí cultural supone un sin vivir. Hemos aprendido, por suerte, que todo lo que reluce no es oro y surgirán alquimistas dispuestos a la magia de mentiras de plomo y níquel, pero, de alguna manera, hay que esperar una compensación a tanto fuego cruzado. El culto al agua hizo que la herencia musulmana demostrara que no hay culturas menores. Hacer un vergel del erial no es cuestión baladí y ya se experimenta con buscar agua en la luna, que nunca es tarde darle sentido a nuestro satélite. El que domine el agua tendrá la llave del mundo. Al ritmo del cambio climático, la fuente de la vida será el arma más temible, mucho más que los combustibles fósiles y la tecnología de la salud. Los tres juntos suponen la supremacía planetaria y alguna gran multinacional norteamericana hace tiempo que mueve sus influencias en ese terreno. Siempre quedará la tradición para agarrarse en la caída. Siempre se podrá acudir a las costumbres pese a quien pese, pero será sólo un mensaje en la botella que vaga por océanos procelosos.
Entonces, cultura sí, esa que nos ayudó a llegar hasta aquí en cualquiera de sus mil y una formas. Al fin y al cabo, siempre es mejor escuchar versos malos que el chirrido espeluznante del misil cuando sale de su silo subterráneo a vengar afrentas que hunden su raíz en el arca de los tiempos.








