
Por Julio José Ordovás
Me conmueven esos viejos rockeros que, parapetados tras sus gafas de sol, todavía mantienen un rictus de arrogancia.
Las gafas de sol no solo son el antifaz de los rockeros. Un rockero sin sus Ray-Ban está tan desnudo como un tuareg sin su turbante o un mago sin su chistera. En invierno y en verano, tanto de día como de noche, el auténtico rockero jamás se desprende de sus gafas de sol porque son consustanciales a su identidad.
Las primeras gafas de sol que tuve no me las compré ni me las regalaron: me las encontré en el parking del Acampo de Utebo. Eran unas gafas baratas, cutres, macarriles, de punki vallecano, pero yo no me las quitaba ni para dormir. Se puede decir que con aquellas gafas cambió mi visión del mundo, puesto que con ellas entré en el túnel de la adolescencia.
Uno ha ido evolucionando, transformándose, a medida que cambiaba de gafas de sol. Con las primeras gafas de sol que compré con mis ahorros me sentía Sonny Crockett, aquel poli guaperas de ‘Miami Vice’ que no me inició en la conducción de Ferraris pero sí en el consumo de Budweiser; con otras me miraba en los espejos y me parecía ver a Lou Reed, y con otras -ya había empezado mi decadencia- tenía la sensación de ser un ayudante de sheriff de algún lugar inhóspito de Texas.
A mi padre le quedaban muy bien unas gafas de sol con los cristales verdes que llevaba siempre en el salpicadero de la furgoneta. Lo recuerdo pidiéndole a mi madre que le limpiara el polvo de las gafas cuando salíamos del pueblo hacia Zaragoza. Mi padre tenía los ojos azules, como mi hijo. Mi padre conducía su Renault Express como si manejara el volante de un Porsche por aquellas carreteras del pasado, con más curvas y baches que el camino del infierno.








