Nacionalismo e independentismo / Javier Úbeda


Por Javier Úbeda Ibáñez

        Sin el trabajo de los políticos, tantas veces ingrato, no sería posible la construcción del bien común.

    Al mismo tiempo hay que decir que el fundamento y la razón de ser de la autoridad política, así como la justificación moral de su ejercicio, en el gobierno y en la oposición, es la defensa y la promoción del bien del conjunto de los ciudadanos, respetando los derechos humanos, favoreciendo el ejercicio responsable de la libertad, protegiendo las instituciones fundamentales de la vida humana, como la familia, las asociaciones cívicas, y todas aquellas realidades sociales que promueven el bienestar de los ciudadanos. Ese servicio al bien común es el fundamento del valor y de la excelencia de la vida política. Todo ello se deteriora cuando las instituciones políticas centran el objetivo real de sus actividades no en el bien común, sino en el bien particular de un grupo, de un partido, de una determinada clase de personas, tratando para ello de conseguir el poder y de perpetuarse en él. Las ideologías no pueden sustituir nunca al servicio leal de la sociedad entera en sus necesidades y aspiraciones más reales y concretas: el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: son fundamentales e imprescindibles, ciertamente, la dignidad de cada persona, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el bien común como fin y criterio regulador de la vida política.

        Afirma Kenneth Minogue:

        «[…] El nacionalismo es un movimiento político que procura alcanzar y defender un objetivo al cual podemos denominar integridad nacional. Busca la libertad, pero este término puede referirse a muchas cosas. El reclamo de libertad ya implica la sugestión de que los propios nacionalistas se sienten oprimidos. De este complejo de ideas sobre la libertad y la opresión podemos extraer una descripción general del nacionalismo: es un movimiento político que depende de un sentimiento de agravio colectivo contra los extranjeros» (Kenneth Minogue, El nacionalismo, Buenos Aires, Paidós, 1975, p. 38).

        Según Gabriel Rufián, portavoz de ERC:

        «Un partido independentista es aquel que aboga abiertamente por la independencia, mientras que uno nacionalista simplemente quiere velar por los intereses de lo que este considere su nación, sin llegar al extremo de la independencia. Un profesor que tuve lo explicaba así de sencillo: el independentista quiere independizarse y ser completamente autónomo, mientras que el nacionalista busca ser completamente autónomo usando el nacionalismo para tirar de la cuerda y obtener ventajas fiscales, estatutarias y financieras del Estado» (Discurso en el Congreso de los Diputados, 2016).

        Para Pablo Casado, presidente del PP, «los nacionalistas son excluyentes e insaciables en sus reivindicaciones, pero entran dentro de la Constitución, lo que no ocurre con los independentistas» (Rueda de prensa, Pamplona, 6 de marzo de 2019).

        Afirma Mario Vargas Llosa:

        «[…] El nacionalismo es una perversión ideológica muy extendida, porque apela a instintos profundamente arraigados en los seres humanos, como el temor a lo distinto y a lo nuevo, el miedo y el odio al otro, al que adora otros dioses, habla otra lengua y practica otras costumbres, instintos —demás está decirlo— absolutamente reñidos con la civilización. Por eso, el nacionalismo en nuestros días es ya solo una ideología reaccionaria, antihistórica, racista, enemiga del progreso, la democracia y la libertad […].

        »[…] A los actos de fe, como el nacionalismo, hay que oponerles, además de razones, otro acto de fe. Si crees en la libertad, en la democracia, en la civilización, no puedes ser nacionalista. El nacionalismo está reñido con todas esas instituciones y categorías que nos han ido sacando de la tribu y el garrote y el salvajismo y nos han inculcado el respeto a los demás, enseñándonos a convivir con quienes son distintos y creen cosas diferentes de las que creemos nosotros, y hecho entender que vivir en la legalidad y la diversidad y la libertad es mejor que en la barbarie y la anarquía. Somos individuos con derechos y deberes, no partes de una tribu, porque el formar parte de una tribu, ser apenas un apéndice de ella, es incompatible con ser libres. Descubrirlo, es lo mejor que le ha ocurrido a la especie humana. Por eso debemos oponernos, sin complejos de inferioridad, con razones e ideas, pero también con convicciones y creencias, a quienes quisieran regresarnos a esa tribu feliz que hemos inventado porque nunca existió» (Diario El País, diciembre 2017).

        Para Isaiah Berlin:

        «El nacionalismo es sin duda la más poderosa y quizás la más destructiva fuerza de nuestro tiempo. Si existe el peligro de aniquilación total de la humanidad, lo más probable es que dicha aniquilación provenga de un estallido irracional de odio contra un enemigo u opresor de la nación real o imaginario […]. Quizás la humanidad viva lo suficiente para ver el día en que el nacionalismo parezca absurdo y remoto, pero para ello deberemos entenderlo y no subestimarlo; y es que aquello que no es comprendido no puede ser controlado: domina a los hombres en lugar de ser dominado por ellos» [Berlin, Isaiah (2019). Sobre el nacionalismo. Textos escogidos. Henry Hardy].

        Según Fareed Zakaria:

        «Durante siglos, los liberales pensaron que el nacionalismo era una especie de apego irracional que se debilitaría a medida que las personas se volviesen más racionales y cosmopolitas y estuviesen más conectadas. Pero Berlin nos advirtió que, por el contrario, dicho nacionalismo sería la previsible respuesta al crecimiento de la globalización» (Fareed Zakaria, The Washington Post).

        En 1862, Lord Acton (historiador y político inglés) dejó escrito que el nacionalismo no busca la libertad o la prosperidad (sacrifica ambos conceptos a las necesidades imperativas de la construcción nacional), sino solo la construcción de una idea abstracta que funcione como norma y modelo del Estado político. Dijo también que todo esto lleva a la ruina, no solo material, sino también moral.

        «Y lo mismo que se convirtió en un defensor de la libertad y en un clásico del liberalismo, podríamos decir de él que lo es del “nacionalismo”, aunque en un sentido, crítico y negativo, bien diferente. Acton vio en la “teoría nacional” y en la práctica del “nacionalismo” una amenaza agotadora contra el devenir de la propia historia de la humanidad. Acton fue enemigo acérrimo de los nacionalismos emergentes del siglo XIX» (Manuel Moreno Alonso, “El problema de la nación y las nacionalidades ante lord acton”, Vlex España).

        Lord Acton dice que el nacionalismo es antidemocrático y «un paso retrógrado en la historia».

        Según Juan Pablo Fusi, «Acton advierte contra las consecuencias que puede tener esa pasión nacional en la cual los nacionalistas están dispuestos a sacrificar la vida, la libertad o lo que sea. Lo que define al nacionalismo es hacer de la nación y no de los derechos del individuo, no del derecho de participación política, no de la idea de justicia distributiva, no del principio de igualdad de oportunidades, el objeto y sujeto de la política; de la nación, que es una especie de reacción emocional abstracta basada en una serie de mitos fuertes, y no del individuo como tal» (Juan Pablo Fusi, La patria lejana, Taurus).

        Para Ernest Renan, «el hombre no es esclavo ni de su raza, ni de su lengua, ni de su religión, ni del curso de los ríos, ni de la dirección de las cadenas de montañas […]. El hombre […] no se pertenece más que a sí mismo, puesto que es un ser libre, un ser moral» (Ernest Renan, ¿Qué es una nación?, Buenos Aires, Elevación, 1946, pp. 85 y 130). Renan establece tajantemente una negación de cualquier determinismo en la conformación de la identidad nacional.

        Sostiene Gabriel Tortella:

        «Lo que persigue el nacionalismo del siglo XXI es simplemente desmembrar o trocear naciones ya existentes. En román paladino, los nacionalistas actuales pretenden hacerse un sayo para ellos con la capa que pertenece a todos sus conciudadanos. Y no se trata de hacerse un sayo que abrigue a todos los miembros de la pretendida nueva nación; se trata de confeccionar un abrigo confortable para la camarilla nacionalista que promueve la separación y que, naturalmente, espera convertirse en el árbitro y gobernante de la nueva micronación por mucho tiempo, o para siempre si es posible» [Tortella, Gabriel (2018). “Nacionalismo en el siglo XXI”. Diario El Mundo].

        Afirma Miguel Martínez:

        «Si hoy estuvieran vivos, grandes figuras que lucharon contra el racismo, el segregacionismo o el nacionalismo como Abraham Lincoln, Martin Luther King, Nelson Mandela o Albert Einstein, entre otros, no dudarían en señalar al mal llamado nacionalismo catalán como racista y supremacista» (elCatalán.es, junio 2019).

        Escribe Ángel Gómez:

        «El nacionalismo es una ideología y un movimiento social y político que surgió junto con el concepto de nación propio de la Edad Contemporánea en las circunstancias históricas de la Era de las Revoluciones.

        »Como ideología, el nacionalismo pone a una determinada nación como el único referente identitario, dentro de una comunidad política; y parte de dos principios básicos con respecto a la relación entre la nación y el estado: el principio de la soberanía nacional, que mantendría que la nación es la única base legítima para el estado; y el principio de nacionalidad, que mantendría que cada nación debe formar su propio estado, y que las fronteras del estado deberían coincidir con las de la nación.

        »El independentismo es una corriente política, derivada generalmente del nacionalismo (si bien algunos movimientos independentistas rechazan definirse como nacionalistas), que propugna la independencia de un territorio respecto del estado o estados en que se circunscribe.

        »El independentismo suele plantear sus tesis sobre el principio de que el territorio que se quiere independizar es una nación, aludiendo básicamente a su historia, cultura, lengua propia, y sobre la afirmación de que dicha nación no alcanzará su máxima plenitud cultural, social o económica mientras continúe formando parte del estado del que se quiere independizar» (Comentario al escrito “No es lo mismo independentista que nacionalista”, de Xavier Andreu Nin, Erepublik. The New World).

        Un interesante artículo de Anna-Clara Martínez Fernández, sobre nacionalismo e independentismo, lo podemos leer en Ideas. Economía digital.

        Afrontar el tema del nacionalismo no resulta fácil, porque la misma idea de nación es compleja, y porque con la palabra nacionalismo unos y otros llegan a entender cosas bastante diferentes, incluso contrapuestas.

        No todos los nacionalismos son iguales. Unos son independentistas y otros no lo son. Unos incorporan doctrinas más o menos liberales y otros se inspiran en filosofías más o menos marxistas.

        Las propuestas nacionalistas deben ser justificadas con referencia al bien común de toda la población directa o indirectamente afectada.

        Es un bien importante poder ser simultáneamente ciudadano, en igualdad de derechos, en cualquier territorio o en cualquier ciudad del actual Estado español. ¿Sería justo reducir o suprimir estos bienes y derechos sin que pudieran opinar y expresarse todos los afectados?

        El nacionalismo discriminatorio, si el nombre parece adecuado, se caracteriza por exaltar todo lo que se considera propio de la propia «nación», y por fomentar juicios negativos respecto de otras «naciones».

        El nacionalismo discriminatorio se construye sobre alabanzas hacia «lo nuestro» y sobre reproches hacia «lo ajeno»; sobre una fuerte adhesión a la propia identidad y sobre el desprecio hacia otras realidades.

        El nacionalismo discriminatorio se caracteriza, así, por una premisa equivocada e injusta. Porque ni las personas ni los hechos se convierten en positivos por surgir en la propia nación; y porque lo ajeno no merece ser tachado como inferior y negativo simplemente por tener su origen en lo extranjero y diferente.

    La historia humana está teñida de páginas oscuras surgidas por nacionalismos discriminatorios que han llevado al desprecio y al odio hacia millones de seres humanos simplemente por no pertenecer a la propia nación.

        Al revés, la historia humana escribe sus mejores páginas allí donde, más allá de los rasgos que distinguen a la propia nación, las personas tienen un corazón y una mente abiertos hacia cualquier ser humano, sea de donde sea, hable la lengua que hable, simplemente porque es parte de la misma familia de los pueblos.

        El nacionalismo se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el bien de su propia nación, sin contar con los derechos de las demás. Por el contrario, el patriotismo, en cuanto amor por la patria, reconoce a todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia y, por tanto, es una forma de amor social ordenado.

        El nacionalismo, especialmente en sus expresiones más radicales, se opone por tanto al verdadero patriotismo, y hoy debemos empeñarnos en hacer que el nacionalismo exacerbado no continúe proponiendo con formas nuevas las aberraciones del totalitarismo.

        El nacionalismo, por naturaleza, por impulso de su propia dinámica, es diferenciador. Es más: tiene en las diferencias (las peculiaridades, las identidades) su razón de ser.

        Hay casos en los que corresponde desobedecer, rebelarse, desacatar o independizar el propio juicio o la propia conducta de una autoridad devenida en tiránica o en mala.

        Ir a la independencia viene a ser como ir a la guerra: última ratio. Ir a la independencia solo es lícito si está justificado por unas causas ciertas y muy graves, que en modo alguno se dan hoy en España. El independentismo sin tales causas es gravemente ilícito, incompatible con la conciencia de cualquier ciudadano.

        Jon Juaristi, ex etarra, euskaldún y catedrático, afirma: «Hay que hacer saber a los engañados vascos que jamás hubo una patria vasca ocupada y destruida por España» (cita, muy elocuente, publicada en el diario La Razón, 24-V-2002).

        Algunas frases de Sabino Arana Goiri (1865-1903), fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV), que nunca lo ha repudiado, en las que expresa su odio hacia España y su repugnancia hacia los españoles no vascos en unos términos verdaderamente incalificables:

        «Nosotros odiamos a España con nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de la esclavitud» (Bizkaitarra, nº 16). «Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración interna o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas […] el que España prosperara y se engrandeciera». «Cuando el pueblo español se alzó en armas contra el agareno invasor y regó su suelo con sangre musulmana para expulsarlo, obró con caridad. Pues el nacionalismo bizcaíno se funda en la misma caridad» (ib., 28). «Gran número de ellos [los maketos] parece testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila» (ib., 27).

        Los vascos han sido españoles desde hace muchos siglos, son cofundadores de España, la formada plenamente por los Reyes Católicos, y siempre han sido especialmente activos en los altos puestos de la dirección de España.

        Albert Boadella (Barcelona, 1943) actor y director de El Joglars, autoexilado de Cataluña a causa del nacionalismo, declara en una entrevista: «Hay dos generaciones educadas en el odio a todo lo español», desde que los nacionalistas, después de la Constitución española de 1978 —que votaron masivamente—, lograron gobernar la Generalitat. «Son 35 años de adoctrinamiento en las escuelas, desde los parvularios […] Todo ha estado impregnado del mensaje de que España es el enemigo» (prensa, 8-X-2017). 

        En varias décadas se ha logrado inculcar en una buena parte del pueblo catalán la convicción de que Cataluña está «ocupada y oprimida» por España (!). Y que, por tanto, hay razones de sobra y causas justas para procurar su propia soberanía e independencia.

        Podemos preguntarnos: ¿y cuándo se produjo esa ocupación de Cataluña? ¿Antes de la Constitución del 78? No se explica entonces que la aprobaran, y con tanta mayoría. ¿Después de la Constitución? Es muy increíble, manteniendo los nacionalistas el gobierno desde el 78 hasta hoy, y forzando su catalanización implacablemente y cada vez más. Simplemente, es la falsificación de la historia y del presente para justificar una independencia pretendida de modo gravemente injusto.

        Esta mentira, aun siendo tan obviamente falsa, ha conseguido una profunda y extensa difusión incluso entre personas cultas y de honesta vida.

        El nacionalismo adoctrina: es una religión laica de la imposición que rechaza la libertad.

        En Cataluña lo que ha ocurrido en estos años es una manipulación y una imposición del nacionalismo, contraviniendo los mandatos constitucionales.

        Las ideologías nacionalistas son religiones laicas de la imposición, que rechazan al que piensa en serio y en libertad.

        Prat de la Riba, padre del nacionalismo catalán, apuntó que «la religión catalanista tiene por Dios a la Patria» (Jorge Vilches, “El catalanismo como religión”, El Español, septiembre 2018).

        «Cambó, del que alguno se acuerda ahora, también lo expresó en 1911 al decir que el “problema regionalista” era una cuestión de fe, de creer en cada patria particular» (op. cit.).

        «Ya escribió Durkheim que lo estrafalario del nacionalismo convertido en religión política es que son naciones que se rinden culto a sí mismas. Al sustituir a Dios por la Patria, usando palabras de Prat de la Riva, los independentistas hacen de la nación un ser superior, por encima de los individuos, que exige devoción, sacrificio y lucha. El caso del nacionalismo vasco ha sido más doloroso en esto» (op. cit.).

        «Sin vínculo con lo trascendental, sino como mero instrumento, el catalanismo político se ha convertido en una religión sustitutiva» (op. cit.).

        La independencia, como la libertad, no son bienes absolutos, ni fines per se.

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