Medio siglo del salvamento del ‘Tubo’ / Guillermo Fatás


Por Guillermo Fatás
Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Zaragoza 
Asesor editorial del Heraldo de Aragón
(Publicado en Heraldo de Aragón) 

    La feliz restauración, recién inaugurada, del Mercado Central de Zaragoza empezó por su salvamento en 1973.

     Fueron años destrozones. Pocos meses antes, el arzobispo demolió la iglesita mudéjar de San Juan y San Pedro, con su torrecica; y la desidia de las autoridades del Ministerio de Educación consintió, si no propició, la ruina completa de la hermosa capilla tardogótica construida por Pedro Cerbuna para la Universidad, en su solar fundacional, lindante con la iglesia de la Magdalena.

    Se arrasaron unas casas dieciochescas construidas en serie en el siglo XVIII, sitas en el límite norte del barrio de San Pablo y todo aquello parecía una pesadilla, inserta en la serie de arrasamientos que se llevaron por delante el modernismo del paseo de Sagasta (Mola, entonces) o la linda traza de chalés ajardinados y con verjas de la plaza de Aragón. Fueron años en los que la Zaragoza caníbal se daba festín tras festín, todos cruentos.

    Algunos mirábamos con envidia el destino del Círculo Oscense, antiguo cenáculo de los liberales en la capital altoaragonesa y orgullo de su arquitectura modernista, que nadie pensó en destruir. Fue salvado, por iniciativa pública, de un destino oscuro y, luego, repristinado con acierto.

   Lo que se anota porque ahora se cumple medio siglo de un éxito de la Zaragoza sensata sobre la agiotista y bárbara: se detuvo la destrucción de todo el arranque del Tubo. El plan, intentado varias veces, consistía en prolongar el paseo de la Independencia hasta la plaza del Pilar, lugar sin salida. Ello exigía la destrucción de vías que hoy se encuentran entre las más típicas y paseadas de la ciudad.

    Algunos de los defensores de aquel proyecto, que hacía mangas y capirotes de casi todo, escribían asiduamente en el diario El Noticiero. Se puede imaginar el tono de su retórica: prosperidad frente a pobreza, lo elegante contra lo cutre, novedad contra vejez, higiene contra inmundicia, negocio frente a inercia, etc.

     El mayor defensor (visible) de la causa, que era concejal (y agente inmobiliario), exhibía argumentos aplastantes, entre los cuales descolló este, tan revelador: “Donde no hay especulación no hay progreso”. Había más: “Las razones de tipismo no dicen nada”. “El Tubo está pidiendo que lo tiren”. “Lo único que tiene el Tubo de romano son los calamares a la romana”.

El alcalde Alierta

    El proyecto era un riesgo cierto. Por fortuna, el alcalde Cesáreo Alierta no lo veía claro y planteó en público serias objeciones. Por ejemplo, la “intempestiva” operación financiera. Y añadió, retador, sobre los supuestos fines sociales de la operación: “Nos gustaría saber qué cooperativas podrían adquirir los solares que resultasen y el precio final del metro cuadrado urbanizado”.

    La ley daba al alcalde facultades casi omnímodas –y hoy también las da–, pero Alierta prefería allegar apoyos ciudadanos y, por vía indirecta, reclamó ayuda para su posición minoritaria.

    Cinco vecinos, en comandita, dieron el paso al frente y aceptaron opinar “metiéndose en esa m…” (en expresión de Alierta). Dos de ellos serían luego munícipes (de Zaragoza y de Sos), otro dirigió años más tarde un importante servicio técnico provincial, el cuarto acabaría dirigiendo un periódico y el último fue profesor universitario.

   Redactaron un texto largo y taxativo de oposición al proyecto para cuya publicación requirió el director de El Noticiero la venia expresa del alcalde, que la dio sin dificultad. Se publicó, en fin, a doble página y con una ilustración expresiva de la pretensión destructora, dibujada sobre el bonito plano en perspectiva que Antonio y Rafael Margalé habían ejecutado en 1965 por encargo de la CAZAR. Así se veía todo, casa por casa, manzana por manzana.

   Esa y otras iniciativas menos visibles ayudaron a desvanecer la amenaza. Sus promotores llegaron tan lejos en sus pretensiones que, hasta hace pocos años, en la plaza del Pilar, en la esquina del entonces Gobierno Civil, podía leerse este rótulo viario en azulejos: Avenida de la Independencia. Con todo el descaro.

     Aquello causó una inflexión en la consideración conceptual de la ciudad: el trazado y los ambientes cobraron valor. Muy poco a poco se fueron ganando posiciones. Hubo un retroceso peligroso tras la muerte del alcalde Sáinz de Varanda (descatalogación masiva de edificios protegidos, aniquilamiento subrepticio de un templo romano de treinta metros y otras atrocidades semiocultas), pero el rumbo ya había variado.

   Muy poco después, el inolvidable Gonzalo Borrás –de cuya muerte hará un año este jueves¬– dedicaba, en la revista Aragón (SIPA), cuatro textos divulgativos a la defensa de diversos edificios sitos en el casco antiguo de Zaragoza. El título era prudentemente temeroso: ‘El penúltimo réquiem’. Más valía guardar el miedo, porque aquí nunca se sabe cuál será la ocurrencia siguiente.

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