Un cuento chino


Por Jorge Álvarez 

      Creo que al mundo se le fue la olla. Está convulsionado.

     Diría que sus gobiernos hoy se mueven a espasmos y sin saber qué hacer. Cierran fronteras, la gente queda presa en cárceles de lujo como trasatlánticos, hoteles 5 estrellas o aviones de la línea aérea italiana.

    Son sospechosos y sospechados de portar un virus desconocido y mortal. Como lo desconocido es lo peor que nos puede suceder como sociedad, el pánico y la histeria saltan de continente en continente hasta alcanzar a los cinco gracias a las redes sociales.

    Todavía al margen los extraterrestres, se disparan todo tipo de conjeturas, se reflotan mitos y teorías, como de la conspiración más atroz pergeñada por los chinos. Afirman que crearon el coronavirus, que en un descuido se les escabulló e infectó a toda una ciudad.

   Y como si esto fuera poco “Si toda la Tierra fuera musulmana no habría virus” afirman los seguidores de Alá a la prensa. Una estupidez similar a decir que esto pasó por no caminar como Chiquito de la Calzada, por ejemplo.

     Lo cierto es que como sucede con los gobiernos chinos o con los peronistas en todos los hechos, por más que estos sean evidentes, sólo hay una verdad: la oficial, propalada por el líder o por el partido y nadie está en condiciones de dudar de ella y menos, claro está de poner en dudas su veracidad, por ello nunca se sabrá la verdad.

     Así que no queda otra posibilidad que recordar los dichos del genial Groucho Marx: “usted a quién le va a creer ¿a lo que ven sus ojos o a lo que yo le digo?” Bueno, ahora tómese la temperatura y si no tose, siga leyendo que está bueno El Pollo Urbano.

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