Lilian y la jauría


Por Esmeralda Royo

   Dicen de Lillian Hellman que fue una mujer que se comió el siglo XX.  Algo tiene que haber de verdad, cuando necesitó tres volúmenes para escribir su autobiografía.  También dicen que era como el colestersol: bueno y malo.

     Lo cierto es que esta periodista y dramaturga ajustó cuentas con todos los que le amargaron la vida y, así, mucho de lo que le ocurrió quedó para siempre en los escenarios y en sus guiones.  Solo las criadas negras, que le acompañaron en su infancia, quedan a salvo de sus críticas.  Fueron, según sus palabras, las únicas que velaron su niñez.

    Su primera obra de teatro es toda una declaración de intenciones.  “La hora de los niños” pone al espectador de 1934 ante  una falsa acusación de lesbianismo, maledicencias, mucho tiempo libre en una sociedad “perfecta y feliz” y unos niños que, lejos de ser inocentes y carentes de maldad, apuntan las maneras de lo que serán de adultos: crueles.  El público salió conmocionado.  Les habían puesto ante el espejo y tenían que gestionar la imagen que veían.  Fue tal el éxito que años más tarde, cuando la censura lo permitió, fue llevada al cine bajo el título “La Calumnia”, con Shirley MacCLaine y Audrey Hepburn.

    Si su acaudalada familia de Nueva Orleans pensaba que iba a salvarse de la quema, es que no la conocían.  Para ellos tenía algo especial: “La Loba”, con Bette Davis comiéndose la pantalla.  Avaricia, herencia, prejuicios, machismo y un ambiente tan sofocante y arraigado que Lillian solo da una posibilidad de remisión: huir sin mirar atrás.

    Lillian Hellman fue una mujer que jamás volvió la cabeza ante lo que ocurría a su alrededor dentro y fuera de su país y  cuando, como periodista, tuvo que cubrir la guerra española, allí estuvo para compartir trinchera con los republicanos españoles y las Brigadas Internacionales.  Imagino su desdén por aquéllos que la habían criticado por ser una intelectual “liberal” (en España la hubieran llamado “pija progre”), y que leían sus crónicas sobre aquella guerra y el papel de los jovenes norteamericanos que habían ido a combatir a un país del que tan poco sabían.

   Con todo este bagaje, no es de extrañar que cuando el Senador MacCarthy decidió en la década de los cincuenta que quería pasar a la historia, no como el pobre hombre que era sino como un paranoico que soñaba con comunistas, ella fuera llamada a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, en lo que se llamó La Caza de Brujas.  Entre que era la mujer de Dashiel Hammet, comunista confeso, y que la actriz protagonista de la obra de teatro “La hora de los niños”, Tallulah Bankhead, la había delatado, la astracanada estaba servida.   En un paripé anticonstitucional e ilegal, las mejores plumas norteamericanas  fueron enviadas a la cárcel y/o silenciadas.  Lillian Hellman se negó a comparecer, (a pesar de que Dashiel Hammet y sus amigos, Dalton Trumbo y Arthur Miller, estuvieron entre los damnificados), con esta frase de desprecio hacia un tribunal que no tenía competencia alguna para hacer lo que hizo:  “No puedo recortar mi conciencia para ajustarla a la moda del año”.

    Lo que sí le dolió fue ver cómo desfilaban ante el Comité amigos que habían reído, cenado y bebido con Dashiel y ella, y ahora no tenían el menor rubor en declarar contra ellos.  Y entre todos, uno:  Elia Kazan.  Aterrorizado por si le porhibían trabajar, no solo delató a sus amigos, sino que hizo una película para explicarse y defenderse: “La Ley del Silencio”. Marlon Brando es el chico, que arrepentido de su vida pasada, delata a sus antiguos compañeros pues ha comprendido que son unos mafiosos.  Y así, siguió con su vida. “Si al menos se hubiera limitado a decir que se arrepentía de haber pertenecido al partido comunista”, dijo Lillian.

    Si alguien pensaba que por ser defensora de los derechos civiles, iba a ser condescendiente con el pueblo norteamericano, estaba confundido.  “La jauría humana” está ambientanda en el mundo rural de EEUU, pero sería extrapolable a cualquier sociedad. Opresión, hipocresía y una muchedumbre histérica, ventajista y manipulable que se deja llevar por los que más gritan e insultan.   

     Su relación con Dashiel Hammet, intermitente durante treinta años y muy condicionada por el alcoholismo de éste, queda reflejada en una deliciosa película al mas puro estilo de humor negro, con guión de aquél: “La cena de los acusados”, protagonizada por un matrimonio de detectives, Nora y Nick Charles, tremendamente snobs y aburridos con la adulación que les brindan sus amigos neoyorkinos.  Cuando no están con un dry martini en la mano, van directos a procurarse uno.  Todo ello con su perra Asta, que se esconde cuando oye un disparo pero ha desarrollado la habilidad de parar en la puerta de un club cuando sus dueños pasean por la calle distraídos y conversando.

    Pentimento, segundo volumen de su autobiografía, fue llevado al cine con el título de “Julia”.  La amistad (siempre la amistad) de dos adolescentes.  Una de ellas, Julia (Vanessa Redgrave) es enviada a estudiar a Viena.  Cuando la soñadora Lillian (Jane Fonda) recuerda aquellos momentos, decide ir en su busca para encontrarse con que Austria ya no es país para intelectuales sino para soldados, intolerantes y racistas. “Lo cierto es que esta película me ha sacado muy favorecida”, dijo Lillian.

     Dashiell Hammet murió en 1961.  Me imagino al Senador MacCarthy revolviéndose en su tumba porque el autor de “El Halcón Maltés” fuera enterrado con todos los honores, como veterano de las dos guerras mundiales, en el Cementerio Nacional de Arlington. A Lillian Hellman, que le sobrevivió veintitres años, le quedaba energía para manifestarse contra la guerra de Vietnam y escribir sobre Richard Nixon, el mentiroso.

– ¿Hemos sido muy felices, verdad?, le preguntó Lillian a un enfermo Dashiell

– Al menos, más que la mayoría, le contestó.

     La herencia de Hellman y Hammet es administrada por Human Right Wacth para subvencionar a escritores víctimas de persecución política y con necesidades económicas.

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