¿De Ordesa al Parque Internacional de los Pirineos?


Por Eduardo Viñuales y Eduardo Martínez

Se cumple el centenario de la promulgación de la primera Ley de Parques Nacionales en España, una bonita historia por la conservación de los mejores paisajes de la naturaleza del país que se inició en las montañas de Covadonga y de Ordesa. Cien después es buen momento de ampliar las miras hacer realidad otra antigua aspiración: el Parque Internacional de los Pirineos.

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Eduardo Viñuales Cobos.
Escritor, naturalista de campo y miembro de la Asociación de Periodistas de Información Ambiental
http://www.asafona.es/blog/?page_id=1036



Eduardo Martínez de Pisón Stampa
Catedrático de Geografía Física de la Universidad Autónoma de Madrid

 

A partir de los relatos de los pirineístas, el valle de Ordesa adquirió renombre por su apartamiento y calidades naturales. Las amenazas a sus paisajes dieron lugar a una campaña para su protección que coincidió con la creación de los Parques Nacionales de España. Se formó un espacio protegido de tamaño restringido pero de fama internacional. Por eso aquí, en el Pirineo de Huesca, al pie del macizo de Monte Perdido, es dónde nos encontramos con otro segundo paso de los Parques Nacionales del país, distinto en su la evolución a lo antes narrado de la Montaña de Covadonga y los Picos de Europa.

De nuevo nos situamos en los más excepcionales y virginales paisajes de la alta montaña, y también con la figura humana de Pedro Pidal, impulsor de la Ley de 1916, quien en este caso y lugar lo que hizo fue tomar buena nota de las reclamaciones que unos años antes hiciera el pirineísta parisino Lucien Briet, quien ya a caballo de los siglos XIX y XX advirtió de las talas salvajes que se estaban produciendo en los bosques de hayas y abetos del Cañón del río Arazas, en el Valle de Ordesa.

Lucien Briet fue quien pronunció públicamente, antes que nadie, hace más de cien años, las dos palabras mágicas que protagonizan este boletín de Europarc, las de “Parque Nacional”. Este viajero decimonónico escribió en sus artículos: “Apremia una solución racional que no debe demorarse. Es imprescindible proteger el valle de Ordesa contra los leñadores, contra los cazadores y contra los pescadores de truchas… El valle de Ordesa llegará a producir el bienestar de la región una vez que en porvenir acaso no lejano quede convertida Torla en centro de excursiones para el Vignemale, el Tendeñera, Panticosa y todo el macizo de Monte Perdido… Expropiar las propiedades privadas y las servidumbres, alejar los rebaños, repoblar los bosques, relegar los hoteles a los pueblos, hacer el valle accesible sólo a sus visitantes… donde las flores, los árboles y los animales queden al abrigo de los caprichos y de las necesidades del hombre…”. Y acto seguido el francés implora: “Si no existe en España una sociedad para la protección de los paisajes, pueden suplir su cometido la Diputación Provincial de Huesca y la Real Sociedad Geográfica, con personalidad bastante para interesar al Gobierno de Madrid a favor del Valle de Ordesa. Si éste impusiera su voluntad, el Divino Cañón se transformaría en la península en un Parque Nacional portentoso, reflejo del creado por los norteamericanos a orillas de Yellowstone, un Parque Nacional donde florecerían las siemprevivas de montaña, donde se reproducirían sosegadamente los rebecos y las truchas, y donde, por último, la venerable selva de los Pirineos sería respetada como una abuela: los soñadores acudirían de todas partes a solazarse en plena naturaleza salvaje, en un asilo cerrado por muros olímpicos, perfectamente conservado, y el cual aparecería ante las generaciones futuras fatigadas por el desarrollo de las artes y de las ciencias como una reminiscencia de la edad dorada o del venturoso jardín del Edén”.

Un año después de la Ley de Parques Nacionales de 1916, a raíz de una visita a Ordesa del Marqués de Villaviciosa, Pedro Pidal, la revista “Montes” señala que “a pesar de las cortas realizadas, Ordesa tiene todavía el sello de la virginidad realzada con la presencia de los bucardos” y explica acerca de las dificultades económicas para llevar a cabo algunas obras necesarias en el futuro Parque, pues éstas se agravan al tratarse de terrenos enclavados en la zona fronteriza de defensa militar. El artículo citado recoge asimismo el gesto de Pedro Pidal al conceder al Ayuntamiento de Torla tres mil pesetas de su bolsillo para el arreglo de caminos. De hecho, el fundador de los Parques Nacionales fue una persona querida para los montañeses de Huesca. Al menos así lo recoge el diario “El Porvenir” del 5 de diciembre de 1915, publicando una carta avalada por más de trescientos vecinos nacidos en el entorno de Ordesa y residentes en Barcelona que agradecen la labor del Marqués de Villaviciosa. Pidal, dicen, les ha enseñado “a cultivar lo más bello y útil de la Naturaleza, previniéndoles de la ferocidad del hacha y de la conservación del bucardo”. En Torla, incluso, le dan a la plaza mayor del pueblo y a dos de sus calles los nombres del Marqués de Villaviciosa y de sus dos acompañantes, el Diputado Fatás y el Delegado Regio de Turismo, Marqués de la Vega Inclán.

 

Un mes después de Covadonga, le llega el turno a Ordesa

 

El 16 de agosto de 1918 el rey Alfonso XIII dicta por Real Decreto la creación del Parque Nacional del “Valle de Ordesa o del río Ara”, con sólo 1.575 hectáreas –que pronto se ampliaron a 2.175-. El segundo Parque Nacional del país nacía, pues, con unos límites que se reducían al “valle” y que quedaban restringidos a lo que realmente se conoce como “Ordesa”, pues dejaban la montaña circundante sin protección definida.

Dos años después de esta declaración, el 14 de agosto de 1920, el Parque se inauguró de forma oficial. En dicho evento se congregaron numerosos alpinistas que llenan los albergues de la zona y el propio Marqués, quien, contento y lleno de euforia, ordena al fotógrafo que le retrate “haciendo volatines”. La prensa regional del momento echó de menos la presencia del francés Briet y del rey Alfonso XIII que, por el contrario, sí estuvo en el acto inaugural del Parque Nacional de Covadonga. La labor proteccionista fue alabada por todos los medios y personas presentes. La revista “Nuevo Mundo” señaló: “La gloriosa sementera que ha comenzado el noble Marqués de Villaviciosa es la más hermosa labor que pudiera iniciarse en nuestra Patria, donde brotan a millones las fuentes de bellezas… Un paisaje como el de Ordesa impresiona a todos. Por oscuras que sean las aguas, siempre reflejan el cielo”.

Como cuenta el periodista Joaquín Fernández en su libro sobre la historia de los Parques Nacionales, Pedro Pidal amparado en su cargo, en la confianza real y en las aportaciones económicas que cada vez eran más necesarias, puso en marcha sus propios planes de trabajo. La recuperación del bucardo y el rebeco fueron prioridad indiscutible y, en segundo lugar, la construcción de infraestructuras de acceso reclamadas por los vecinos. A ambas tareas se unirían el cuidado de los bosques y las peleas con las hidráulicas en Ordesa, asunto este último que le provocaría al Marqués de Villaviciosa no pocas preocupaciones y dolores de cabeza.

La excepcionalidad de sitios como la Montaña de Covadonga y el Valle de Ordesa hacía presumir que no había espacio en España capaz de igualarlos, y de ahí que surgieran las reticencias del Marqués ante nuevos Parques. Pidal consideró a otros parajes naturales poco relevantes en relación con los dos ya creados. De ahí que las próximas declaraciones de espacios protegidos en España fueran las de “Sitios de Interés Nacional” que protegerían parajes agrestes del territorio nacional merecedores de especial distinción por su belleza natural. El primero de todos ellos fue, en 1920, el sitio de San Juan de la Peña, donde Pedro Pidal responde con las siguientes líneas: “Si el primer Parque Nacional fue Covadonga, el primer Sitio Nacional debe ser el histórico lugar de San Juan de la Peña, y así Aragón tendrá con el Parque Nacional incomparable del Valle de Ordesa el Sitio Nacional imponderable del Monte Pano. Todo se lo merecen los aragoneses, los hombres física y moralmente más sólidos del mundo”.

 

La amenaza hidroeléctrica impulsa un avance protector en 1982

 

Pero en el devenir del Parque Nacional de Ordesa hay que hacer referencia a otro destacado episodio que fue el de la lucha contra la inundación de los valles y gargantas fluviales para la construcción de presas hidroeléctricas.

Pocos saben que incluso después de la declaración del Parque Nacional hubo una seria amenaza que pondría en jaque la supuesta protección recién instaurada. Y es que días antes, en el mismo año 1918, el barón de Areyzaga había recibido por parte del Gobernador Civil de Huesca una concesión para realizar un aprovechamiento de caudales en el río Arazas, y así levantar una presa hidroeléctrica que pondría en peligro el paisaje de Ordesa con sus aguas bravas y alegres saltos hídricos. El 7 de junio de 1921 es Pedro Pidal, quien como Comisario de Parques Nacionales sale de nuevo a la palestra y le escribe una contundente misiva al Ministro de Fomento en la que dice así: “Un Santo Cristo con un par de pistolas, señor Ministro de Fomento, hace mayor maridaje que un Parque Nacional con un salto de agua aprovechado. La consagración de la virginidad de la Naturaleza, de la hermosura y vida de las cascadas en un lugar determinado, es la condenación de presas, canales y casas de máquinas que la destruyen. O lo uno o lo otro. Si hay aprovechamiento, es decir, profanación, no hay virginidad consagrada, ni santuario. Y si la política en España, por debilidad o por falta de carácter, no acertase a mantener la tradición española de supeditar los lucros, los aprovechamientos sanchopancescos a las consideraciones ideales, pues ya se cuidará la Junta Central de Parques Nacionales y el Comisario General que suscribe esta carta de recabar, señor Ministro de Fomento, la desaparición del Parque Nacional del Valle de Ordesa o del río Ara. Todo menos ponerlo en ridículo”.

Este amago de asalto industrial a la Naturaleza que resultó fallido, hizo que el Parque aprendiera pronto a defenderse y, muy posiblemente, también a estar alerta para reaccionar ante un segundo dislate hidroeléctrico que se anunciará en el año 1973, en un sector próximo a Ordesa que es el valle vecino del Cañón de Añisclo. La empresa Hidronitro Española S. A. quería construir un embalse en el hermoso congosto del río Bellós que quedaría anegado. Dichas pretensiones levantarían hace casi 40 años un clamor popular organizado por montañeros, ecologistas, periodistas, universidades y personas comprometidas con los paisajes pirenaicos. Todos juntos tomaron la iniciativa de pedir la paralización de la presa: la Sociedad Española de Ornitología, el club Peña Guara, Montañeros de Aragón, el entonces alcalde de Zaragoza –Ramón Sainz de Varanda- o el malogrado naturalista televisivo Félix Rodríguez de la Fuente que, como cabeza visible de la asociación Adena/WWF, dijo que “si el proyecto se llevaba a cabo, iba a promover un escándalo nacional”. Poco después algunos ingenieros del antiguo ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza), como fueron Emilio Pérez Bujarrabal, Ricardo Pascual o Alfonso Villuendas, desempeñarían un papel trascendental en la elaboración de informes técnicos que justificaron la urgente ampliación y reclasificación del que a partir del año 1982 será el nuevo “Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido”, que pasó a proteger las 15.608 hectáreas de la actualidad, incluyendo los valles de Añisclo, Escuaín y Pineta, además de los macizos calizos mayores -donde desde 1967 existe al otro lado, en Francia, el gran Parque Nacional de los Pirineos-.

Así es cómo y porqué hace 34 años se amplió nuestro Parque Nacional hacia las otras laderas y valles del sector meridional de Monte Perdido. Y de nuevo en este episodio apreciamos una evolución acorde con otros tiempos en todo lo que se refiere a la conservación del patrimonio natural, a la normativa y los usos, a los límites –aunque tímida y corta, para lo que es el entorno existente- y también al conjunto geográfico o paisajístico –incompleto a día de hoy-. Sin embargo, en todo este tiempo, como pérdidas de calidades naturales también debemos señalar dos hechos negativos: el trazado de la pista de las Cutas y la penosa extinción del bucardo, subespecie de cabra montés de los Pirineos.

Nos felicitamos de que el Parque Nacional de hoy goza de buena salud, y de este carácter excepcional dan crédito otros títulos añadidos de protección como son los de ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves), LIC (Lugar de Importancia Comunitaria), Reserva de la Biosfera… y Sitio Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco.

 

Un problema de extensión, que no de calidades

 

Y ahora ¿hacia dónde deberíamos de avanzar en este Parque Nacional histórico? Para dar respuesta partiremos de tres supuestos: primero, el sector central del Pirineo tiene alta calidad natural que merece una igualmente alta protección. Segundo, esa alta calidad puede estar amenazada por futuros proyectos de estaciones de esquí, pistas o carreteras, e incluso por más presas. Y, tercero, esa protección adecuada a la calidad y a tal amenaza es, al menos, la de un amplio Parque Nacional español. Y mejor sería aún, si éste pudiera comprender ambas vertientes en conexión con el Parque Nacional francés de los Pirineos.

Por eso hemos de plantear una opción de futuro bajo la premisa de que a Ordesa le falta aún evolucionar y avanzar hacia dos metas que recientemente se plantearon en una mesa de debate celebrada en Zaragoza por el Consejo de Protección de la Naturaleza de Aragón: la de ampliar el Parque Nacional actual -que se ha quedado exiguo para lo que es el concepto territorial de los nuevos Parques Nacionales de España, máxime vista la calidad de su entorno que lo haría posible-; y la segunda fase es que esa meta anterior fuera el preámbulo para la creación de un Parque Internacional en los Pirineos.

Es evidente que el Parque Nacional se ha vuelto a quedar pequeño, máxime cuando se solapa al norte, en Francia, con el Parque Nacional de los Pirineos de 45.707 hectáreas protegidas. Y más si consideramos que además existe como base un Patrimonio Mundial de la Humanidad, el de “Pirineos-Monte Perdido”, que es un espacio común repartido, sin fronteras, entre España y Francia.

Con los Picos de Europa y con Sierra Nevada se modificaron también notablemente las proporciones otorgadas a la conservación mediante nuestra norma de Parques Nacionales. Incluso la declaración en 2013 del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama -33.960 ha, más otras 7.011 ha de Valsaín- sigue contrastando con  la limitada extensión del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, pese a la considerable magnitud geográfica de la cordillera pirenaica. De este modo, las desiguales superficies de los Parques Nacionales peninsulares españoles de montaña dan las siguientes cifras: Parques extrapirenaicos de montaña, 191.839 ha en total; Parques  pirenaicos, en total, 29.727 ha. Existe por tanto un problema de extensión, que no de calidades naturales -que sí que las hay-.

Si el Parque de Ordesa se ampliara a una cifra de algo más de las sesenta mil hectáreas, por ejemplo, vendría a equilibrarse hoy en día con el avance que experimentó en su momento el de los Picos de Europa. Sería una expansión que mejoraría la delimitación actual, diversificaría la naturaleza protegida hacia la zona axial pirenaica en continuidad espacial, cubriría las excelentes zonas occidentales españolas al actual Parque hoy carentes de protección, concentraría y unificaría las figuras de conservación en una dominante de mejor gestión, y se yuxtapondría al Parque Nacional francés, dando lugar en su conjunto a una notable superficie coherente y complementaria de protección.

Además, hay que recordar que existen otros Parques Nacionales como Doñana o como el de la Sierra de Guadarrama que se rodean en su zona periférica de protección de un Parque Natural o Regional. En Ordesa eso ni tan siquiera sucede, a pesar de tener altas calidades paisajísticas y geográficas, biológicas o naturales en su entorno más inmediato: el Vignemale, Tendeñera o la Munia, por ejemplo. Y aunque es cierto que hay presencia de otras figuras de protección más “light” como son la Reserva de la Biosfera, varios LICs o ZEPAs, también es evidente que lo que merecen las montañas y los valles que abrazan al actual Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es realmente una protección continuada de prestigio como sólo la ofrece un “Parque Nacional”.

Con estas miras, merecería la pena hacer un rápido balance de lo que habría podido ocurrir en Ordesa si no hubiera existido el propio Parque Nacional. El Parque dio lugar a la contención de todo ello, lo imaginario y lo real, a la detención del deterioro, al progreso de la vegetación noble y, en general, de los elementos naturales vivos. Al mismo tiempo ha permitido una visita cualificada para goce e instrucción de muchas personas.

 

El último paso a dar: la creación del primer Parque Internacional

 

Respecto a la idea añadida de crear un Parque Internacional de los Pirineos, ésta no es nueva, ni mucho menos. La iniciativa ya la tomó prontamente Alberto I de Mónaco tras una estancia en Yellowstone -guiada nada menos que por Buffalo Bill- y tras otra en los Pirineos franceses. Según sus propias palabras su intención sería la de salvaguardar las montañas pirenaicas de “la indiferencia y el abuso que pueden hacer desaparecer una fuente de alegrías sanas, de sosiego y de fuerzas reparadoras”. Pedro Pidal retoma esas ideas y metas en 1917, el club Peñalara publica un artículo en 1926 donde a este respecto recoge la cita del conde Saint-Saud donde dice que “los ríos pueden separar a los pueblos, pero que sin embargo las montañas los unen”, en 1929 Victoriano Rivera aboga también por un Parque Internacional y, más tarde, en 1933 el científico Eduardo Hernández-Pacheco apuntaba que la superficie de Ordesa era menguada, menor aún que la del casi simultáneo Parque Nacional de Covadonga, por lo que existía el “proyecto de ampliar la zona protegida, declarando Sitio de Interés Nacional a toda la zona de cumbres, hasta la frontera con Francia”.

Todos estos pioneros e intelectuales eran conscientes de la necesidad de una ampliación de Ordesa, e incluso Pidal llegó a pedir que “la frontera hispano-francesa no dividiera un hecho natural valioso”. El impulsor de la Ley de Parques Nacionales del año 1916 escribió: “La naturaleza es siempre la que manda. España no podrá tener mejor aspiración que la de estrechar las manos de su hermana Francia en una labor conjunta de cultura sobre los Pirineos”.

Desde entonces, un siglo después, nadie con poder político ha dado ese paso valiente, un ideal conservacionista tan sólo retomado por grupos ecologistas y por naturalistas de Aragón. El Parque Internacional de los Pirineos es un proyecto que, de llegar a buen puerto y de crearse, supondría el primer espacio natural protegido transfronterizo de Europa, muy similar en su concepto general a los que ya existen en América del Norte o en América Central, como pueden ser los Parques Internacionales de La Paz -entre Estados Unidos y Canadá- o el de la Amistad -entre Costa Rica y Panamá-.

Ese Parque Internacional de los Pirineos -junto a una completa y coherente ampliación previa del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido- sería el paso firme de gigante que bien merece la conservación de las montañas de los Pirineos y de su patrimonio natural en el centenario de los Parques Nacionales españoles. Sería el primero de la Unión Europea, de esa comunidad de países que ya dispone de una moneda común pero que, sin embargo, no ha sabido aún ponerse de acuerdo para crear un espacio común de alta calidad en el que proteger lo mejor de la Naturaleza más allá de las fronteras políticas.