
La protección pionera
Por Eduardo Viñuales.
Si en el verano de 1860, en la cumbre del Moncayo se reunían astrónomos venidos de toda Europa para observar un eclipse de sol total, hay que citar que muy tempranamente, en el año 1927 la montaña del Moncayo se declaró Sitio Nacional de Interés Natural. Fue, así, el cuarto espacio natural protegido de España. Un empeño pionero, ya que hoy existen…
…más de 2.000 enclaves protegidos a nivel nacional.
Por Eduardo Viñuales Cobos.

Eduardo Viñuales
Escritor Naturalista
http://www.asafona.es/blog/?page_id=1036
Escritores y naturalistas de campo.
En X: @EduVinuales @rdelvalta
Hoy la sierra del Moncayo forma parte de un Parque Natural de 11.144 hectáreas de superficie. Pero los albores de esta protección hay que buscarlos a principios del siglo XX, cuando el creciente interés turístico de la montaña alienta una campaña en la ciudad de Tarazona para solicitar la declaración de un Parque Nacional, lo cual desembocará finalmente en el año 1927 con la creación de uno de los primeros Sitios Nacionales de Interés Natural de España.
De ahí se pasa en 1978 a la declaración de un Parque Natural exiguo, que en 1998 se ampliará por clamor popular -ante las agresiones urbanísticas-, y que en 2007 vuelve a ganar en superficie protegida hasta la situación actual.
A punto estuvo de ser el tercer Parque Nacional.
Hay antecedentes que se remontan al año 1277. El príncipe Don Pedro, Rey de Aragón, en carta fechada en Játiva, manda a Nicolás Tolares Medino, de la Ciudad de Tarazona, a establecer una dehesa en el Moncayo en la cual no paciesen ganados bajo la pena de diez carneros, ni se cortase leña para ningún hombre, quedando en otro caso incurso en la multa de seis sueldos jaqueses, y establece que la conservación, guarda y disposición de dicha dehesa perteneciera a los jurados y la Universidad de la Ciudad de Tarazona. Posteriormente, será en 1323, cuando Don Jayme I, Rey de Aragón, de Valencia, de Cerdeña y de Córcega y Conde de Barcelona, creerá conveniente amojonar dicha dehesa para una mejor conservación de la misma, y para ello comisiona a varios fieles, corroborando de esta forma la concesión del Rey Don Pedro.
Habrá que esperar cinco siglos, al año 1862, para ver como ese monte llamado “Dehesa del Moncayo” se inscribe en el Catálogo de Montes de Utilidad Pública de la provincia de Zaragoza, y a 1869 para que sea inscrito en el Registro de la Propiedad a favor del Ayuntamiento de Tarazona.
Y ahora, ya, entremos en la historia más reciente. Porque el repaso de las actas manuscritas y los plenos de sesiones extraordinarias del Ayuntamiento de Tarazona entre los años 1926 y 1929 nos permite recordar un desconocido capítulo de la conservación y futura protección de la naturaleza aragonesa, y del hoy Parque Natural del Moncayo.
Fue entonces cuando bajo la presidencia del Sr. Alcalde, D. Juan Muñoz Salillas, se expone la inquietud local de que el Moncayo sea declarado “Parque Nacional”, consultando a este fin a la Jefatura de la Sexta División Hidrológico-forestal sobre si el Monte Dehesa del Moncayo reúne realmente las características exigidas por la ley, y qué merma en los derechos podría sufrir Tarazona con dicha declaración.
Y aunque el naturalista Longinos Navás ya había advertido de que en el Moncayo había espectáculos de gran desolación forestal -debido a la deforestación practicada en algunas zonas por minas de hierro, carboneros y forjas que habían ido pelando el monte de las antaño abundantes carrascas frondosas-, en realidad toda esta pretensión y campaña de protección posterior quizás responde más a título de promoción turística que a título conservacionista, porque realmente la montaña y sus elementos naturales en aquel entonces no sufren de ninguna grave amenaza ambiental que les ponga en peligro de destrucción o alteración, y porque se considera que es así cómo se puede activar la construcción de una carretera que de acceso digno a los parajes del Moncayo con el fin de hacer de este espacio natural uno de los centros de turismo más importantes de España.
En la sesión extraordinaria del 10 de septiembre de 1926, se da cuenta de la rápida contestación recibida a este respecto, y firmada en Biescas por el ingeniero Jefe, Pedro Ayerbe: “A nuestro juicio la expresada opinión se halla perfectamente justificada (…) Pero la razón principal que aboga por la declaración de que nos ocupamos se encuentra en el preámbulo del Real Decreto del 23 de febrero de 1917, cuyos párrafos 3º y 4º, copiados a la letra dicen lo siguiente: No cabe, por otra parte, desconocer que se ha despertado últimamente en España un movimiento de inclinación al campo, altamente beneficioso para la mejora de las costumbres y la práctica del estudio. De continuo sociedades de turismo y grupos excursionistas acometen la empresa, no siempre exenta de peligros, de escalar las cumbres de nuestras escabrosas cordilleras, expandiendo el ánimo en los más dilatados horizontes para olvidar el reducido ambiente de las habituales preocupaciones, y mentísimos profesores apartan del aula a sus alumnos para enseñarles a leer en el abierto libro de la Naturaleza. Deber es del Gobierno fomentar estas inclinaciones y la misma Ley ofrece estímulos poderosos para conseguirlo si se acierta en la elección de los sitios, de modo que el dictado de Parques Nacionales que se les aplique no quede encerrado en el estrecho marco de una declaración oficial sino que responda a la realidad de una naturaleza abrupta y pintoresca, y a las condiciones excepcionales que requiere la Ley para formarlo”.
La respuesta del Jefe de la Sexta División Hidrológico-forestal prosigue: “Fácil nos sería glosar estos párrafos haciendo ver cómo el abierto libro de la Naturaleza presenta en el Monte Dehesa del Moncayo tanta amenidad y variedad que de él dijo el sabio naturalista Padre Navás que era el paraíso de los naturalistas. Pero aparte de otras muchas razones que puedan aducirse para obtener la declaración de Parque Nacional, y que tienen su lugar propio en el expediente que con tal objeto se instruya, sería razón suficiente el hallarse situado como lo está en medio de una populosa región que carece casi en absoluto de cualquier otro sitio donde practicar las excursiones de turismo”. Y continúa: “Y respecto a la consulta del Ayuntamiento de Tarazona acerca de si la declaración de Parque Nacional Dehesa del Moncayo traería aparejado algún perjuicio sobre los derechos que Tarazona tiene sobre dicho monte basta con recordar que el artículo 3º de la Ley de Parques Nacionales dice que: El Ministro de Fomento creará los Parques Nacionales de acuerdo con los dueños de los sitios”.
Oída esta lectura de la carta recibida se acuerda en esa sesión, con gran satisfacción, la pronta instrucción del expediente para la declaración del Parque Nacional del Monte Dehesa del Moncayo por parte de la Sexta División Hidrológico-forestal, en el que habrá de presentarse oportunamente este Ayuntamiento aportando cuántos datos y antecedentes estime convenientes para acreditar las excepcionales bellezas y virtudes de dicho monte, así como formular las alegaciones oportunas a fin de armonizar los intereses generales y municipales.
Pocos días después el Gobernador Civil invita al Ayuntamiento a que inste a la Sexta División Hidrológico-forestal para la instrucción del expediente, y la corporación turiasonense así lo acuerda por unanimidad, pretensión que en un futuro final tendrá que reconocer el Ministerio de Fomento.
La prensa local se felicita de este éxito del Sr. Alcalde de Tarazona, “que en su primera gestión es forzoso aplaudirlo como se merece”. “Comenzamos a caminar pues hacia el ideal del florecimiento del Moncayo, no por sendas extraviadas que son muchas veces las ilusiones faltas de fundamento, sino por la vía legal”, dice el periódico El Norte del 10 de septiembre de 1926.
Con fecha 6 de octubre de 1926 el ingeniero Jefe de la Sexta División Hidrológico-forestal informa de la apertura del expediente de información, al que el Ayuntamiento acuerda acompañar un completo dossier sobre bibliografía del Moncayo, con los informes del doctor Antonio de Gregorio Rocasolano del Colegio de Médicos, de los ilustres naturalistas Longinos Navás y Eugenio Saz, y de la Compañía de Jesús acerca de las condiciones sanitarias y las riquezas naturales que encierra el análisis de sus aguas, tratando de aportar también fotografías que pongan de manifiesto tanta riqueza natural y que den muestra de los bellísimos panoramas que desde esta montaña se disfrutan. Igualmente se invitaría a aportar datos para tal fin al Ayuntamiento y la Diputación Provincial de Zaragoza, al Cabildo de la Catedral, a prestigiosas sociedades zaragozanas y a distintas corporaciones, muchas de las cuales responden activamente en pro de la causa al entender que recibir dicho galardón será en beneficio de toda la región.
En noviembre de 1926 el informe realizado es leído ante la corporación municipal. El alcalde, Juan Muñoz, siente que su lectura no pueda ser oída por todos los vecinos de Tarazona para que ellos fueran el mejor juez de cuánto lleva dicho este documento que con la firma de prestigiosas personas detalla las características del Moncayo, sus virtudes intrínsecas y científicas, detallando su constitución geológica, su fauna, flora, hidrología… y acompañando al informe de un apartado bibliográfico así como de las informaciones emitidas por la prensa regional y local acerca de la conveniencia y justicia de que el Moncayo pudiera ser prontamente un nuevo Parque Nacional.
Antes de penetrar en el monte en sí, el informe hace de la montaña una instantánea sobre su etimología, altitud, fisonomía y su estratégica situación, cualidades extrínsecas del Moncayo que le llevan a calificarlo de verdadero “templo de la Naturaleza”. Seguidamente se expone su excepcional belleza panorámica, forestal y agreste, su rica fauna, su flora, su geología, su hidrología… además de las virtudes del Moncayo como “sanatorio de primer orden”, comparándolo con el entorno del balneario de Panticosa, pues ya en el año 1910 el ilustre catedrático de la Facultad de Medicina de Zaragoza, Dr. Iranzo quiso construir en el Moncayo un sanatorio para enfermos del aparato respiratorio, neurósicos y niños débiles, dada la acción terapéutica que tiene su clima fresco, lejos del aire viciado de los grandes centros de población y donde uno puede llegar a sentir la grata impresión de poder recuperar el equilibrio perdido.
En el apartado zoológico del Moncayo se habla de la presencia de la trucha asalmonada, de la gineta, del gato montés, del ciervo, del jabalí… pero también de raros invertebrados desconocidos en el resto de España y a veces nuevos para la Ciencia, como es el caso de la especie Piropsyche moncaunella, calificada como “el más brillante y hermoso de los psíquidos europeos”. Y es que según desvela el informe en el plano entomológico, en las excursiones por las laderas del Moncayo siempre se han hallado aspectos de interés.
Por otra parte, el trabajo también expone la amplia riqueza botánica –aún sin abordar en profundidad- de la montaña aragonesa, un jardín donde crecen espontáneamente plantas aromáticas y otras medicinales como la digital, la árnica, la genciana, la drosera, el acónito, la violeta y la manzanilla del Moncayo o camomila, tan codiciada por propios y extraños, por enfermos y sanos del estómago… amén de árboles maderables como el haya, el rebollo, el roble… u otras plantas como “el chordón” con el que elaboran postres típicos y jarabes de agradable aplicación, y que entonces se recogía y vendía a 1’25 pesetas el kilogramo. “El conjunto de la flora del Moncayo forma un oasis típico que sería lástima que se perdiese, y que se conservaría en todo su esplendor si se declarase Parque Nacional”, exponen en el informe encargado por el Ayuntamiento de Tarazona.
Sobre la geología se explica que el Moncayo reúne en una reducida comarca una gran escala de terrenos geológicos, pudiendo observarse desde los materiales más modernos a los del Silúrico, que es una de las épocas más antiguas. Y sobre la hidrología, el informe repasa sus innumerables fuentes naturales, la abundancia de aguas cristalinas, frescas en verano, finísimas, potables y de excelentes condiciones higiénicas, pues al haber sido analizadas química y bacteriológicamente se corresponden a aguas de gran pureza.
El padre Navás dice: “He visitado el tan renombrado valle de Ordesa, declarado ya Parque Nacional y también Covadonga, y sin quitar nada de los encantos de estos dos Parques Nacionales de primera fila en la parte científica tengo por muy superior al Moncayo”. El ilustre padre Sanz también comenta “que pocos sitios hay tan pintorescos y que puedan alegar tantos méritos. Por eso el Moncayo será el verdadero Parque Nacional de España, del que debido a su posición estratégica un mayor número de españoles podrían participar con comodidad relativa, si se construyen las carreteras antes indicadas”.
Finalmente, el municipio de Tarazona, dueño del monte catalogado Dehesa del Moncayo, se muestra así a favor del Parque Nacional siempre y cuando éste no impida el tradicional aprovechamiento vecinal de leñas y maderas para abastecer a los hogares de la ciudad.
Todo ello serviría en 1926 para mostrar la admiración, la afección y el amor que por el legendario Moncayo se siente, y para conseguir el logro de que el monte Dehesa del Moncayo sea el tercer Parque Nacional de España, “para protegerlo como merece”.
El alcalde de Tarazona, Juan Muñoz, escribe en el preámbulo de este trabajo: “Vacila nuestra pluma y empequeñecidos nos consideramos ante la empresa que se nos confía. No resultaría fácil empresa para quienes nacidos en sus estribaciones lo vieron en la infancia, lo contemplaron en su pubertad y hoy, además de amarlo lo consideran como un valor inter-regional, como la más preciada presea de Aragón que brinda a España entera los destellos de su espléndido sol, sus abruptos y pintorescos panoramas, sus inefables deleites, sus riquezas naturales, sus bondades y virtudes asequibles… lo mismo al sportman vigoroso que al científico en activo, o que al hombre depauperado por un consuntivo trabajo”.
El Heraldo de Aragón dice que la protección del Moncayo es un anhelo de Aragón a la par que ratifica su actitud entusiasta por esta declaración. La Voz de Aragón lanza una afirmación profunda de que el Moncayo debe ser Parque Nacional. En el Noticiero del 7 de noviembre de 1926, el padre Navás se pregunta: “¿Tendré que echar también mi granito de arena al edificio que varios beneméritos amantes de Aragón van levantando con constancia para que el Moncayo sea declarado Parque Nacional?”. Y El Norte del 19 de noviembre titula rotundo en su portada: “El Moncayo, Parque Nacional”.
Esa misma publicación del 27 de octubre de 1926 opinaba: “Obras como esta triunfan siempre por su propia fuerza. Nuestra acción es impulsora: de aceleramiento y, en estos momentos, Tarazona es todo Aragón. No desmayaremos ni abandonaremos la empresa emprendida hasta verla realidad. Recuerde usted uno de nuestros lemas tradicionales, aun cuando la expresión sea excesivamente gráfica: Tarazona no… aunque lo mande la bula”.
El 4 de marzo de 1927 el Alcalde de Tarazona, Juan Muñoz, se dirige a diversas entidades y fuerzas vivas de la ciudad en una misiva en la que pide la participación a favor del expediente instado para que el Moncayo sea declarado Parque Nacional, estando pendiente del último informe a realizar por parte del Comisario de Parques Nacionales, Sr. Marqués de Villaviciosa de Asturias. El Alcalde solicita la colaboración y auxilio mediante telegramas, en un momento tan crítico, para que el Sr. Presidente del Consejo de Ministros y el Sr. Ministro de Fomento de entonces sientan el vivo interés que Aragón entero manifiesta porque a su Moncayo se le dispense y otorgue la protección y el honor que en razón a su justicia se pretende. “De esta manera se lograría la protección de la joya de su patrimonio natural y se abrirían aún más las puertas al turismo, al científico y a aquellos otros que se ven atraídos por tanto encanto y virtud, atravesando las laderas del monte por un interminable camino de herradura pródigo en tropezones”, dice el Alcalde.
A esta petición se sumarían y acudirían espontáneamente la Diputación Provincial, el Ayuntamiento de Zaragoza, la Sociedad Económica de Amigos del País, la Comisión Provincial de Sanidad, la Sociedad Aragonesa de Protección de los Animales y las Plantas, el Sindicato de Iniciativa y Propaganda y otras muchas sociedades zaragozanas que tenían el deber o la pretensión de velar por el enaltecimiento del suelo aragonés, amén de medios de comunicación como El Sol, Heraldo de Aragón, El Noticiero o La Voz de Aragón, que publican informaciones suplicantes y razonadas para que el Moncayo sea Parque Nacional.
El Alcalde, Juan Muñoz, el secretario del Ayuntamiento, Constancio Núñez, y el canónigo encargado del Santuario del Moncayo, Gregorio Modrego, se dirigen a Zaragoza a visitar a diversas personalidades e informarles “de la magna transformación del Moncayo en Parque Nacional, que traerá bienes sin cuento, materiales unos, e inmateriales otros”
Las gestiones realizadas por el Alcalde de Zaragoza, el Sr. Allué Salvador, serían reconocidas en pro de dicho monte. Y en los primeros días de julio de 1927, el Alcalde de Tarazona, Juan Muñoz, recibe de Allué Salvador un telegrama con la buena nueva que dice que se confirman las noticias de que el Director General de Agricultura firmará pronto el asunto del Moncayo. El editorial de El Noticiero del 14 de julio afirma que el Moncayo será declarado por Real Orden uno de estos días Sitio Nacional, por lo que tendrá desde luego igualmente la protección del Estado.
- Se declara el Sitio Nacional de Interés Natural.
En la Gaceta de Madrid del 4 de agosto de 1927 sale publicada la Real Orden número 178 por la que se declara el Sitio Nacional de Interés Natural del monte “Dehesa del Moncayo”, de Tarazona, antes inscrito en el Catálogo de Montes de Utilidad Pública de la provincia de Zaragoza con el número 251.
Sería una protección ya efectiva, una distinción especial que se firmó el 30 de julio de 1927 por el Señor Director General de Agricultura y Montes, el Sr Vellando, y en la que se afirma que S. M. el Rey lo realiza de acuerdo con lo propuesto por el Comisario General de Parques Nacionales, teniendo en cuenta el expediente instruido al efecto por la División Hidrológico-forestal de Zaragoza, a instancia del Ayuntamiento de la ciudad de Tarazona, y cuya petición ha sido apoyada con unánime y fervoroso entusiasmo por las Autoridades, Corporaciones, Sociedades y Organismos de dicha provincia.
Y aunque no llegó el deseado Parque Nacional -la figura de protección más alta de cuántas existen y existían-, sí que es cierto que una parte sustancial de la Sierra del Moncayo pronto pasó a formar parte de la historia en la protección de la naturaleza de España al ser protegido el monte como Sitio Nacional de Interés Natural. Por aquel entonces en España sólo existían tres espacios naturales protegidos precedentes: el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga (1918), el Parque Nacional de Ordesa o del río Ara (1918) y el Sitio Nacional del Monte de San Juan de la Peña (1920). Por lo tanto, el Monte Dehesa del Moncayo fue el cuarto de España y el tercero de Aragón.
Esta figura legal de protección otorgada, y hoy desaparecida, reconocía así a modo de título honorífico a aquellos parajes agrestes del territorio nacional que merecían ser objeto de especial distinción por su belleza natural, lo pintoresco del lugar, la exuberancia y particularidades de la vegetación espontánea, las formas especiales y singulares del roquedo, la hermosura de las formaciones hidrográficas, o la magnificencia del panorama y el paisaje.
Y así es como aparece la “Cumbre y el bosque del Moncayo, en Tarazona (Zaragoza)” en la que fuese la primera “Guía de los Sitios Nacionales de Interés Natural”, publicada en Madrid en el año 1933 bajo la dirección de la entidad oficial que era la Comisaría de Parques Nacionales, y en especial de su delegado Eduardo Hernández-Pacheco. Este volumen tercero de la Comisaría de Parques Nacionales destaca que el Moncayo “es la más alta cumbre del gran conjunto montañoso del sistema orográfico ibérico y constituye un excelente miradero del amplio valle del Ebro y de gran parte de Castilla”. El Moncayo compartirá espacio y protagonismo ya entonces con otros nuevos lugares pintorescos y monumentos naturales protegidos como la Ciudad Encantada (Serranía de Cuenca), el Torcal de Antequera (Málaga), la Sierra de Guadarrama, la Pedriza del Manzanares (Madrid), Sierra Espuña (Murcia), el promontorio del Cabo Villano (La Coruña)… o el Palmar de Elche.
Gracias a la majestad de su paisaje, la riqueza de su flora, las fuentes y cursos de agua, la transición entre la vegetación atlántica y la mediterráneo-continental, además de las tradiciones que envuelven a la montaña, el Moncayo había entrado ya en la lista de los parajes donde la naturaleza se muestra con su característica más extraordinaria y con sus bellezas más exuberantes. Lugares protegidos todos ellos en los que hay que evitar la destrucción y la transformación de los parajes y de su excepcional hermosura, evitando la desaparición de los animales y la alteración de su ornamento de lugar agreste, de selvas, roquedos y luminosas crestas montañosas. “Son los bellos paisajes, ornato de la Tierra, lo que se trata de proteger, como asilos de tranquilidad y de paz en este turbulento y angustioso vivir de los tiempos modernos; pero no como lugares reservados a uno solo, a unos privilegiados, sino como lugares abiertos a todos los ciudadanos. Por eso debe ser el Estado el que cuide de ellos, el que los proteja y el que los tenga a disposición de todos”, explica el catedrático de Geología, Eduardo Hernández-Pacheco.
En sesión del 25 de agosto de 1927 del Ayuntamiento de la Ciudad de Tarazona y bajo la presidencia de un nuevo Alcalde –Saturnino Alonso Madrano-, se procede a dar lectura de la real Orden del 30 de julio, constando en acta su satisfacción, y manifestando gratitud al Ministro de Fomento, al Director General de Agricultura y Montes, y al Alcalde de Zaragoza por el interés con el que acogieron la petición de Tarazona a favor de que el Moncayo sea reconocido solemnemente en sus grandezas.
Pero aunque la noticia de la declaración del Sitio Nacional alegró mucho a la población entera, y sirve de satisfacción y agradecimiento en todo Aragón, hay quien todavía reclama que el expediente iniciado para la declaración del Parque Nacional siga su curso y que al Moncayo aún le sea concedida la jerarquía superior inmediata de protección, “la que se merece en su cuidado y atención del Estado, y en la conveniencia de recabar la construcción de la carretera de Tarazona a Moncayo, primer efecto natural y obligado de esta designación del tercer parque nacional de España”, escribe la portada de El Norte del 5 de agosto de 1927 en un artículo titulado “Del Moncayo”. Declaración de Parque Nacional que, obviamente, no llegaría nunca a pesar de que en ese verano el periódico “El Sol” también alberga esas esperanzas no confirmadas de que el asunto aún podía llegar al próximo Consejo de Ministros.
De nuevo en el periódico “El Norte” de la Federación Agraria y Diocesana de Tarazona y Tudela, dos años más tarde (19 de abril de 1929), se rememoran esos tiempos pasados de gran entusiasmo colectivo, 1926 y 1927, en los que se “hizo de este Monte la propaganda más intensa y clamorosa de cuántas el Gigante conserva en su memoria con relación a sí mismo y a cuántos montes, sitios y parajes excepcionalmente pintorescos tienen su asiento en nuestro territorio nacional, rindiendo un elocuente homenaje espiritual al Moncayo, estudiándolo y apreciándolo en sus grandezas, sus estrategias, sus agrestes visiones, su profusa flora, su misteriosa geología, interesante hidrología, variada entomología…”.
La ciudad de Tarazona aspira a partir de ahora a promocionar de manera turística la belleza pintoresca del sitio, construir un número creciente de hoteles y realizar una buena carretera de acceso… Eran otros tiempos.
En el año 1935, José María Sanz publicaría la primera guía monográfica del Moncayo, detallando el interés científico, turístico y religioso que posee esta montaña tan cantada por los poetas, de gran importancia histórica y donde uno puede escoger entre variadas excursiones. El autor de este volumen explica que “aunque no se confirmaron los optimismos de que el Moncayo fuera finalmente Parque Nacional hubo que contentarse con la declaración obtenida, dedicando los esfuerzos al logro de mejores vías de comunicación que sacarán al Moncayo de su espléndido aislamiento”.
A partir de la protección ya realizada y con la Guerra Civil de por medio, diversos autores aseguran que luego ya sólo hubo un posterior período de olvido y ralentización en el proceso de protección de casi todos los espacios naturales. La ley de Parques Nacionales de 1916 no quedaría derogada hasta el año 1957 con la aprobación de la Ley de Montes, que contendría artículos sobre los Parques Nacionales.
El Monte Dehesa del Moncayo, incluido en el Catálogo de Montes de Utilidad Pública de 1862, e inscrito en el Registro de la Propiedad a favor del Ayuntamiento de Tarazona en 1869 –en base a un documento expedido en latín por el Rey Jaime II de Aragón, con fecha 15 de marzo de 1323-, sufriría alguna revisión de los límites en 1934, siendo administrado hasta 1956 por la 6ª División Hidrológica Forestal, pasando su gestión en esa fecha al Distrito Forestal de Zaragoza. Debido a los problemas de sobrepastoreo y a causa de una accidentada topografía del monte, en 1959 se inicia un Proyecto de Ordenación del Monte 251 realizado por el ingeniero Cal Casals y redactado en colaboración con el botánico Pedro Montserrat. Un estudio que ya propone nuevas medidas conservacionistas como la de “crear una reserva de unas 30 hectáreas en el hayedo del barranco de Castilla, donde el hombre no entre ni intervenga para conocer la evolución natural de las especies y facilitar el estudio de los naturalistas”.
En 1960 se aprueba por Orden Ministerial el deslinde del Monte 251 del Catálogo de Utilidad Pública de la provincia de Zaragoza, reconociendo distintas servidumbres (Sanatorio de Agramonte, líneas eléctricas, carreteras forestales, la Ciudad Montaña del Moncayo, el Campamento y explotaciones mineras). En 1964 se aprueba el amojonamiento del mismo monte, señalando sus límites. En 1966 se redacta un nuevo proyecto de revisión de la Ordenación del Monte “Dehesa del Moncayo” que contempla la desafección de una parcela en la catalogación proteccionista para levantar la Ciudad Montaña del Moncayo –por el que el Ayuntamiento de Tarazona vende parcelas a 5 pesetas el metro cuadrado para urbanizar-, aprobándose su planteamiento urbanístico, y prevaleciendo allí el interés turístico sobre el forestal.
- La creación del Parque Natural. Su ampliación.
Y ya llegamos a 1975, el año en el que se aprobaría una nueva Ley de Espacios Naturales Protegidos, con ocho Parques Nacionales ya declarados y diecinueve Sitios Nacionales de Interés Natural, estableciendo otras nuevas figuras de protección legal como son la de Parque Natural y la de Reserva Integral de Interés Científico.
Es a partir de entonces cuando se iniciaría el proceso de reclasificación de las 1.388 hectáreas ya protegidas del Monte Dehesa del Moncayo -todas dentro del término municipal de Tarazona-, que pasarán de ser “Sitio Nacional” a ser consideradas “Parque Natural” en virtud del Real Decreto 3060 del 27 de octubre del año 1978, el cual trae una nueva visión de la protección, quizás ya menos estética y recreativa que al principio, con juntas rectoras o patronatos para favorecer la participación pública, y con planes de gestión e inversiones económicas en el Parque y sus zonas circundantes.
En ese momento el entonces Ministerio de Agricultura, a través del ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza) con oficinas en Zaragoza, adecúa las instalaciones de uso público como fuentes, áreas recreativas -mesas, barbacoas-, caminos de acceso… y la casa forestal para favorecer a la par la conservación y el uso y disfrute de los visitantes. Este organismo será el encargado de establecer las normas y reglamentaciones oportunas para salvaguardar los elementos naturales que han motivado la declaración del Parque Natural, así como para facilitar el estudio, contemplación y disfrute del lugar protegido. Se crea también una Junta Rectora con representación de los distintos Ministerios, de la autonomía regional, de la Diputación de Zaragoza, de los propietarios, de la Universidad de Zaragoza y de las asociaciones de defensa de la naturaleza. Un folleto de esos años rezaba: “Su conservación depende de todos”.
En las últimas décadas diversos técnicos, funcionarios, ingenieros de montes y directores del Parque Natural han ido dedicado sus esfuerzos a la conservación de la montaña, la ordenación de los montes, y la gestión del patrimonio del Parque Natural del Moncayo: Agustín Iturralde, Mariano Fernández Rodríguez-Martínez, Enrique Arrechea, Carlos Ontañón, Eliseo Martínez, Jorge Crespo…
Pero el verdadero gran reconocimiento para la sierra del Moncayo como espacio natural digno de completa protección en realidad sucederá en los últimos años -de finales de los 90 a esta parte- gracias a las notables ampliaciones de los límites del Parque Natural que se han venido produciendo, pasando de las 1.388 hectáreas a las 11.144 actuales, así como con las actuaciones desarrolladas más recientemente para el estudio, uso público y gestión del Parque Natural ya en manos competenciales del Gobierno de Aragón.
Pero antes, diversas amenazas medioambientales empujan a la sociedad aragonesa a pedir una mayor y más extensa protección de este bello monte. A finales de los años 80 del pasado siglo XX las talas forestales a matarrasa en Talamantes y en Añón, los incendios forestales, la proliferación de pistas abiertas al tránsito rodado y, muy especialmente, el proyecto de urbanización “Villa Cumbres del Moncayo” en el encinar de Añón de Moncayo para la construcción de 207 chalets, genera una gran inquietud entre ecologistas y vecinos del Somontano, lo que levanta una movilización y una voz popular para reivindicar de la Diputación General de Aragón una mejor protección de la montaña y de la sierra en su conjunto, tan apenas protegida legalmente en sus límites y dimensiones, pues tan sólo estaba amparada la parte del monte de Tarazona correspondiente.
En el otoño de 1986 una inmobiliaria lanza en el País Vasco una intensa campaña publicitaria que dice: “Su chalet en el Moncayo. Junto al Parque Natural. Manantiales, hayedos, pinares. El nacimiento del río Huecha. Doscientos siete chalets unifamiliares con chimenea, terraza y jardín. ¡Precio ecologista!”. Pero pronto se despierta una fuerte reacción social, pues en 1987 se produce una temprana protesta de rechazo frente a la sede de la Diputación General de Aragón, constituyéndose la Coordinadora para la Defensa del Moncayo.
Una fría mañana de cierzo de septiembre de 1989, en el camino de acceso a las obras de la macro urbanización “Cumbres del Moncayo” un equipo de activistas -tipo Greenpeace- excava cinco hoyos en la pista de acceso a las obras de los chalets, a pocos metros de la maquinaria. Inmediatamente después y antes de despertar la alarma en la obra, se introducen otros tantos activistas en los agujeros y se rellenan de cemento armado de fraguado rápido. José Luis Martínez, ecologista involucrado recuerda esos instantes: “Cuando la guardia civil hace acto de presencia, avisada por el capataz del tajo, el hormigón que medio sepulta a los activistas del grupo ecologista llamado Ecofontaneros éste ya ha fraguado. Los agentes, estupefactos, no saben qué hacer y montan guardia al lado de tan peculiar plantío humano. Una pancarta, que se convertirá en mítica, ilustra la caricaturesca escena. SOS Moncayo, Stop obras, dice la misma. Y así queda sellada la declaración de guerra contra el expolio de un paraje, pura seña de identidad aragonesa”.
Un perplejo Iñaki Gabilondo, desde los micrófonos de la cadena SER, mantiene constantemente informada a la audiencia del desenlace de tan desparramada protesta. El veterano locutor no daba crédito a la información que transmitía la corresponsal de Radio Zaragoza desde la Dehesa del Moncayo. “Nace entonces, en el Moncayo, un frente de lucha en defensa del territorio y de rechazo a la especulación urbanística que agrupa a vecinos afectados por la amenaza de expolio de unos recursos hídricos escasos, ecologistas, movimientos ciudadanos y partidos de izquierda”, explica José Luis Martínez. El clamor popular se extiende. Los periódicos toman nota de una lucha social que desgasta al propio presidente de la Diputación General de Aragón, Hipólito Gómez de las Roces y al Consejero de Ordenación Territorial, Joaquín Maggioni. Los ecologistas inician una huelga de hambre, cinco jóvenes emprenden una marcha andando de Zaragoza a Añón en señal de protesta, el alcalde de Añón defiende la legalidad de las obras mientras los regantes de Aguas del Huecha solicitan a la Confederación Hidrográfica del Ebro que no se conceda permiso de vertido a los promotores, el tema se debate en las Cortes de Aragón, interviene el Justicia de Aragón, miles de personas se manifiestan varias veces en las calles de Zaragoza solicitando la ampliación del Parque al grito de “Salvar el Moncayo” -convocados por los ayuntamientos de Vera y de Alcalá de Moncayo-… y a la puerta del Edificio Pignatelli -sede del Gobierno regional- se levanta un chalet simbólico para trasladar el problema a la puerta de la misma DGA. Los periódicos, radios y teles recogen el clamor popular que finalizará con la paralización de parte del proyecto inmobiliario.
Otra polémica surge poco después, en los años 90, por la construcción del embalse del Val -en Los Fayos-, una obra de regulación hidráulica que será presentada por la clase política aragonesa como un proyecto emblemático de arranque del Pacto del Agua. La construcción de dicha presa y del pantano cuenta pronto con la oposición de los vecinos y, muy especialmente, de los grupos ecologistas que denuncian desde el primer momento la utilización de maquinaria pesada que arrasa la vegetación, deja el suelo desnudo y altera el hábitat de especies de fauna y flora protegida… además de por la inundación de paisajes naturales y de terrenos o fincas privadas.
Finalmente, la aprobación en 1998 del Plan de Ordenación de los Recursos Naturales dará lugar a la ampliación del Parque Natural del Moncayo que suma nada menos que 9.848 hectáreas de superficie, abarcando a partir de ahora terrenos de los términos municipales de Añón, Calcena, Litago, Lituénigo, Purujosa, Trasmoz, Talamantes y San Martín de la Virgen del Moncayo, además de Tarazona.
Otro paso más en la protección del Moncayo viene a ser la aprobación del nuevo Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Natural en el año 2002… pero el Moncayo experimenta de nuevo en 2007 una nueva ampliación de superficie protegida, al incorporarse voluntariamente nuevos terrenos municipales de Talamantes y de Purujosa, así hasta sumar en la actualidad un total de 11.114 hectáreas protegidas como Parque Natural. Hoy el Parque Natural cuenta con un Patronato -órgano consultivo que favorece la participación en la gestión por parte de los distintos sectores sociales- y dispone de un nuevo Plan Rector de Uso y Gestión, aprobado en noviembre del año 2014.
Durante los últimos años se habla también de que la vertiente soriana del Moncayo se podría sumar en breve a la catalogación y protección homónima de la que ya se disfruta en Aragón, trámite que se inició en el año 2015 con la redacción previa de un Plan de Ordenación de los Recursos Naturales en Castilla y León a iniciativa del Ayuntamiento de Ágreda, el cual cuenta con el 50% del territorio a este lado del Moncayo. Una iniciativa que con el apoyo de los municipios de Vozmediano, Ágreda y de La Cueva de Ágreda está a punto de llegar a buen puerto en breve.
La constitución de un Parque Natural parejo y unificado en límites y nivel de protección efectiva en la parte castellana de esta montaña sería un paso más en la verdadera protección integral del monte más allá de los límites administrativos y de las ideas políticas que puedan regir a un lado o a otro de lo que es para todos una misma sierra, un mismo paraíso natural.
Felizmente, hoy la lista de espacios naturales protegidos en el Estado Español crece y crece. Según datos de Europarc, existen unos 1.700 espacios naturales protegidos que suponen más de 6 millones de hectáreas terrestres, un 12 % de la superficie española, y más de 250.000 marinas. Ello conlleva que más de 1.000 municipios contribuyen con su territorio a la superficie de los parques. Y cerca de 30 millones de personas recorren anualmente nuestras áreas protegidas. Pero sobre todo no hay que olvidar que todo comenzó en Covadonga y en Ordesa, o en espacios “menores” que no tuvieron tanto reconocimiento pero que sí que fueron protegidos prontamente con otra figura legal como San Juan de la Peña o el Moncayo.
Pero a pesar de los avances y de ser un gigante entre montañas, la naturaleza moncaína no está exenta de nuevas amenazas que se ciernen o que pueden en un futuro próximo herir la biodiversidad, la conservación de las aguas y el paisaje o de los procesos ecológicos de los que depende. Especies de fauna en franca regresión como la perdiz pardilla o el águila-azor perdicera, o de flora como Viola montcaunica o Armeria biguerrensis, no están a salvo y su desaparición paulatina es un síntoma de que algo no va bien.
Algunas de estas amenazas ambientales en el entorno más próximo al Moncayo siguen latentes en el tiempo y en el espacio próximo, y podrían rebrotar como las pesadillas en los sueños peores:
– La urbanización salvaje y desmedida en los alrededores del Moncayo.
– La construcción de parques eólicos en las cumbres de las sierras cercanas, como atentado al paisaje y a la destrucción del mismo mediante la instalación de pistas, líneas eléctricas, subestaciones… como ha sucedido en el parque eólico de la Sierra del Toranzo, a caballo entre los términos municipales de Borobia y Ólvega… o los que se proyectan en buena parte de esta zona de Aragón.
– La apertura de la mina de magnesitas de Borobia.
– La contaminación fluvial de las aguas de los ríos Val y Queiles a la altura de la piscifactoría de Vozmediano.
– Los grandes incendios forestales en el Moncayo, que de manera cíclica se vienen produciendo y están afectando a grandes extensiones, como el de fecha del 27 de agosto de 2012 que calcinó más de 4.700 hectáreas en Talamantes y Calcena.
– La masificación de visitantes a determinados enclaves del Moncayo en época estival y su necesaria regulación.
– La necesaria y justificada ampliación del Parque Natural del Moncayo hacia la vertiente soriana, incluyendo terrenos de Beratón, La Cueva, Ágreda y Vozmediano.
Conservar el Moncayo plenamente vivo, en su estado actual o incluso mejor, es el reto de quienes de forma directa o indirecta están vinculados al uso, gestión, disfrute o simple contemplación de este monte, estas sierras y lo que es hoy el Parque Natural. Este debe de ser el sentimiento que ha de prevalecer por encima de cualquier otra consideración entre los hombres de hoy y los de mañana, tal y como lo han hecho quienes nos han precedido en este patrimonio natural que es de todos. Para legarlo así, tan bello y salvaje a los que vienen y vendrán detrás de nosotros… ajenos a los intereses privados, personales o partidistas.


















