La felicidad de lo improductivo


Por Dionisio Sánchez
Director del Pollo Urbano
elpollo@elpollourbano.net

      Por fin, aunque con una edad más que preocupante y después de lograr el título de Campeón Autonómico de cánceres diversos, lo conseguí.

    Hace ya unos años que comencé una nueva actividad basada, esencialmente, en el gasto y no en la remuneración, demostrando, con ello, que es posible ir a contracorriente del sistema y ser feliz sin necesidad de que te aporreen la chepa. No soy el primero, por supuesto, pero ya pertenezco, por derecho propio, a un club de privilegiados que vislumbraron el horizonte de lo improductivo mucho antes de que yo, iluso teatrero y periodista, ni siquiera lo atisbara.

   Desde la Universidad de Campinas (Brasil), el profesor y sociólogo Antonio Antunes releyendo a Marx, realizó una aproximación teórica aunque desde parámetros colectivos cuando apuntó que “ el trabajo improductivo es aquel que no se constituye como un elemento vivo en el proceso directo de valorización del capital y de creación de plusvalía. Por esto Marx lo diferencia del trabajo productivo, aquel que participa directamente del proceso de creación de plusvalía. Improductivos, para Marx, son aquellos trabajadores cuyo trabajo es consumido como valor de uso y no como trabajo que crea valor de cambio”.

   Superada y de lejos esa apreciación, los neo-improductivos modernos no tenemos conciencia de clase porque dedicarse a lo improductivo es siempre una decisión personalísima, ajena a cualquier tipo de asociación formal para desarrollar el trabajo y, de hecho, es condición “sine qua non” que el neo-improductivo sea un solitario. Otras características necesarias para poder llevar a cabo el improductivismo es que el individuo ha de estar dotado de conocimientos que le permita adecuar todas sus herramientas a la ausencia de ayuda, es decir, ha de valerse por si mismo en el terreno donde vaya a proyectar su actividad.

    No es fácil ser improductivo. Para llegar a ello, previamente y durante la fase de asalariado o autónomo, ha de dotarse de toda clase de artilugios, herramientas y materiales que luego destine al proyecto. Una vez que uno ha dado el paso, es decir, que ya es un improductivo, no existirá el dinero ni su trabajo lo producirá. Por ello, es muy importante planificar el momento adecuado en que uno pasará a este maravilloso estadio de la “improducción”, ya que si no se ha estudiado bien ese instante, puede uno, fácilmente, caer en una suerte de “neohippismo” sin sentido ni edad para poderlo desarrollar en toda la extensión del recuerdo si es que alguna vez lo tuvo o lo practicó.

    El medio donde fui a realizar mi labor como improductivo son unas pequeñas fincas que me dejó mi padre y un paraje paradisíaco – para mí- llamado “Costálvaro” (donde , por cierto, ya se me ha aparecido la virgen correspondiente varias veces) y todo ello situado en un en un pequeño pueblo de Soria llamado Hinojosa del Campo donde hace más de 20 años años las fincas paternas las acogimos a un plan denominado “abandono de tierras y reforestación” patrocinado por la Junta de Castilla y León. Allí se plantaron cientos de carrascas y robles que ahora ya son de buen ver casi todas aunque sigo replantando insistentemente todos las marras habidas y por haber. Solo en su poda se pasan los días, las noches y las estaciones. Y llegan las agujetas, aunque se utilicen la tijeras neumáticas ¡Y qué decir de la limpieza de las malas hierbas! Pero todo es compensado con las brasas que las ramas de la poda producen al quemarlas y donde, de vez en vez, asamos unas suculentas chuletas de cordero a ritmo de bota (el improductivo profundo ha de ser, además, enormemente paciente, gran bebedor en bota y disponer de una nevera potente enchufada al mechero del tractor para conseguir cervezas bien frías, casi heladas).

    Me compré un mini tractor de segunda mano con aperos y debo labrar todo el contorno para que las fincas estén en permanente estado de revista y que cuando Dios quiera y tal vez yo haya muerto, aseguraremos el fruto de ese improductivismo hasta que mis nietos decidan si arrasar el campo o continuar con la gran obra de su genial abuelo.

    Y allí me paso horas y horas montado en el histórico tractor BJR de 50 caballos, mirando los surcos y consumiendo gas-oil a destajo ¡Qué placer! Y ahora, ¡por fin!, he conseguido el objetivo perseguido cuando me inicié en estas labores: poder plantar legumbres entre las filas de las hermosas carrascas.

    Cada línea que trazo con el cultivador, la analizo y me bebo unas cuantas cervezas heladas mirando la fastuosa y cerealera planicie soriana. Estoy rodeado de elementos productivos pero no hay color al comparar la belleza de un naciente carrascal en medio de la monotonía de los enormes campos de cebada que solo dan dinero ¡Qué horror! Y lo mejor de mi nueva actividad es que -de repente- han aparecido cientos de topillos con lo cual es posible que todas mis carrascas se vayan a tomar por el culo.

     ¡Qué hermosura saber que, casi seguro, tendré que volver a replantarlas y esperar otros diez años para comenzar podarlas! Porque, claro, un improductivo agrícola jamás utiliza venenos ni pesticidas…

   ¡Faltaría más! ¡Fantástico, amigos míos! ¡A caballo! ¡Yihiiii! ¡Salud!

P.D.: Más información: https://www.elpollourbano.es/silvicultura/

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