Un té o media pinta / Paco Bailo


Por Paco Bailo

Suena con sed de espacio,
viento de junio, tan intenso y libre
que la respiración, que ahora es deseo
me salve. Ven
conocimiento mío, a través de
tanta materia deslumbrada por tu honda
gracia.
Claudio Rodríguez

        Habitualmente para escribir este artículo suelo tener muy a mano los dos tomos del diccionario de la RAE, hay que tener cuidado al manejar este delicado artefacto del lenguaje, un té earl grey templado en taza grande y el paquete de ducados (no sigáis este insalubre ejemplo, infantes) dado que un apreciado amigo y mejor escritor me explicó que la nicotina era neuroconectora, certera conclusión de algún sesudo estudio patrocinado por ciertas tabacaleras sin corazón ni pulmón, del que al terminar estas reflexiones que os comparto suelen faltar cinco o seis cigarrillos al menos, y la ventana abierta a trinos, musas y brisas.

    No es el caso en esta ocasión dado que escribo desde Londres, extensa, intensa e inmensa ciudad, en la que el fumar debe practicarse al aire libre y alejado de parques infantiles, no vayamos a darles peores ejemplos que los que puedan encontrar en sus cientos de cadenas televisivas o juegos de pantallas; el té está más que garantizado y la RAE que me perdone esta vez.

     En la semana que llevo por aquí me siguen sorprendiendo cosas como que hay mucha gente que al bajar del autobús da sonoramente las gracias al conductor, gente que te saluda mientras paseas por la calle sin otro interés que el de desearte un buen día, con mi más que parco nivel de inglés pensaba que me pedirían algún penique, tabaco o una indicación, apañados irían, pero no, una sonrisa suele acompañar el deseo y cada cual sigue su trayecto, con la sonrisa contagiada y contagiosa.

    Por las mañanas me resulta curioso observar enjambres de personas ataviadas con toda suerte de vestimentas, aderezos y tocados que con un vaso humeante en una mano y el móvil en la otra cruzan semáforos a toda prisa mientras hablan ¿con la bolsa de valores, con su madre, con el jefe, con su dios, solos? y hablan y hablan en decenas de idiomas diferentes. Cierto es que los semáforos duran poco en verde obligando a ir a la carrera, me temo que por acelerar al personal y dar paso a todo ese tráfico que sale de donde menos te lo esperas, de la esquina más incierta, de inesperados callejones, trayéndome el recuerdo de mi tocayo Martínez Soria mientras miro a diestra y siniestra.

     La otra tarde en un pub del barrio anunciaban gipsy jazz, tres jovenzanos, un bajo y dos guitarras a las que se sumó un clarinetista que pasaba por allí, y en el descanso tras dos medias pintas salí a saludarlos, dado que en el mundo de las cavas del jazz siempre se fumó, y comentando la acertada versión del “Nuages” de Django Reihnhart que habíamos disfrutado resultó que uno hablaba español porque había tenido una novia gallega, había pasado unos años en León y nacido en París, llevaba siete años trabajando de camarero por estos bares y acabamos hablando cómodamente en francés y compartiendo ¡cómo no! unos gitanes. El clarinetista me comentó entre risas que podía hablarle en hindi, cosa que rehusé, namasté.

    Reanudada la segunda parte de la jam session una amiga me comentó que podía ir el domingo a ver cómo su compañero canadiense y ella lanzaban hachas. Tuvo que enseñarme algunas fotos del lugar donde habitualmente entrenan, con unas dianas de madera con círculos perfectamente rotulados, este por lo visto no tan minoritario deporte. Pensé por un momento en las sesiones de nuestro hemiciclo y los cansinos y constantes lanzamientos de puñales que se practican a cuenta de nuestro bolsillo.

    Como me gusta curiosear por edificios y monumentos otra tarde me encontré tras uno baptista, otro católico y otro evangélico, en un templo anglicano donde una contralto y un pianista, a base de Schubert, Fauré y Britten, festoneaban un concierto a beneficio de un colectivo que se ocupa de chavales y los pasea en una barcaza por el canal. Entrada libre y la voluntad, como voluntario es el trabajo que hermosea jardines y parques por los barrios una mañana a la semana arracimando a un vecindario que entre flor y flor disfruta, charla, opina y elabora de paso primavera y auténtica red social.

    En un mercadillo pruebo, imposible recordar su nombre, un plato uzbeco a base de arroz, verduras y cordero, amén de especias impronunciables, no hay cerveza pues es musulmán el entorno pero me encanta, y a las palomas que al momento se reúnen en torno a algunas migas me temo que también.
Por las aceras cunden los sorrys y thanks cuando cedes el paso o sin darte cuenta interrumpes trayectorias de carritos o andadores recordándome aquel libro de urbanidad de modernistas y bicolores ilustraciones que décadas atrás tuve que empollar para decidir si el día de mañana iba a ser el niño bien o mal educado.

    Ciertamente la cultura es hija del viaje, tanto como la memoria es madre de la imaginación, y siempre se aprende algo cuando sales de tu ecosistema habitual del que añoro estos días no solo al apreciado vecindario y amistades sino el precio de la caña (media pinta: tres libras y media, pordios), la charla distendida y morosa en medio de la calle y un ratito más de sol. Pero no me importaría que florecieran más “gracias” y “lo siento”, más saludos porque sí, más jazz manouche, más Schubert gratis, más Britten o Falla o Albéniz o Halffters por causas que merezcan la pena. Lo del tiro con hacha…igual no es tan urgente.

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