23F del anterior milenio / Eugenio Mateo


Por Eugenio Mateo
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   La perspectiva que el tiempo da a las cosas hace mirarlas de muchas maneras. Por ejemplo, el 30 aniversario de un fallido golpe no puede venir a nuestro recuerdo si no es acompañado de un baúl de imágenes donde queda guardando lo vivido y que a veces exige una búsqueda más atenta porque los propios acontecimientos del día a día se van amontonando unos encima de otros en función de la huella que nos dejan, para finalmente desaparecer la mayoría.

   En este caso, la primera impresión de aquella fecha es que éramos tan jóvenes que prevalece la añoranza de los años que no volverán. Después, la sensación de que en ese año 81 todavía vivíamos al son de la pandereta por muy modernos que nos creyéramos. Alegra saber que nunca supimos del todo la subida de ventas de carajillos, puros y pastillas para los nervios, porque la sorprendente estadística daría datos curiosos. Ejemplo: Si aquella noche se vendieron más habanos que de costumbre, significaba la gran cantidad de afectos de salón o de domicilio privado que siempre podían apagarlo si la cosa no prosperaba. Lo de los carajillos ya es un dato más social, pues su ingesta predispone a tirarse al monte, aunque sea para esconderse, en animada euforia. Las pastillas no necesitan de más aclaración.

   Hoy se han levantado datos reservados y nos hemos enterado de las lifaras que se metieron los asaltantes del Congreso en el bar, reservado a sus Señorías. Me caben varias dudas: ¿no les habían dado de cenar en los cuarteles? ¿Falló la intendencia del bocata de “choper” tan socorrida? ¿Pensaron que ésa sería su última juerga y decidieron que por si acaso, para saltar parapetos es mejor el Moët Chandón o el whisky que el vinazo peleón? ¿Decidieron vengarse de Hacienda, que les rebajaba sus haberes, comiendo y bebiendo con cargo a su presupuesto? ¿Ó quizás pensaron que todo estaba pagado ya que nadie iba a reclamárselo?

    Más de uno de aquellos militares iría un poco bebido, a tenor de lo que se dice que bebieron, para entender las ordenes; por eso, a lo peor, se explican mejor algunos de los mensajes que se dirigían los de dentro hacia los de afuera y viceversa.

    Pero menos bromas, que me acuerdo de algunos que enseguida se plantaron en Canfranc. O sin ir más lejos, un vecino mío se pasó la noche limpiando pistolas y esperando órdenes.

   Un golpe de estado tiene épica. El tinte marcial le hace más bizarro. Un correaje bien lustroso da prestancia. Aunque todo cambia, ¡ay! en estos tiempos.

   En este siglo, por las coyunturas socio económicas, las tendencias van hacia la optimización , que no quiere decir que sean optimistas sino que pretenden ser óptimas, mejor cada vez. Ahora, en este nuevo milenio, los cambios los hace la gente echándose a la calle a pesar de los tanques o las escopetas de última generación. Ya no hace falta un líder sino una buena red social que prepare las citas en tal o cual plaza céntrica. Asombran los medios porque no se suponían y asustan los resultados porque no se sabe hasta dónde alcanzan.

   Por ser prácticos, en estas asonadas populares que no tienen jefe, cualquiera puede serlo. Si yo fuera actor en estos hechos, iría buscando a todos los corresponsales extranjeros que llevaran cámara y gritaría tanto que todos me fotografiarían. Luego, con un buen marketing, a trepar, que son dos días. Todo limpio, sin golpe ni golpes.

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