Italia: Anochece en Milán


Por José Joaquín Beeme

   Yo que me he pateado las calles de Milán en todas las direcciones, que prefiero al metro y a los autobuses la curiosidad andariega, que he fatigado parques librerías museos restaurantes…

Por José Joaquín Beeme
Corresponsal del Pollo Urbano en Italia

…cines y cenáculos, que cada tanto necesito quitarme las algas del lago para enfundarme el ropón colorista de la gran ciudad, he volado con la mirada por sobre esas mismas manzanas nocturnas donde, lejos de un aséptico mapa googleano, se negocian turbios tráficos y se ejecutan feroces ajustes de cuentas.

    Ha sido durante la Última noche en Milán, imposible el juego de palabras original (La última noche de[l teniente] Amore), que recuerda los policíacos italianos de los años de plomo pero en clave actual, es decir, idéntica corrupción e idénticos giros mafiosos, ya sean chinos o calabreses, dentro de unas casas y a lo largo de unas arterias sólo aparentemente más sofisticadas. El protagonista de la película se enfanga, la víspera de su jubilación, en un asunto fácil que degenerará en sangre: jamás en sus años de servicio usó el arma reglamentaria, pero la bala escapa siempre y también los muertos. Diamantes ensangrentados, como lo están todos en sede extractiva. Y un flash-back, que empieza en fiesta de bienvenida y termina en discurso de despedida, nos enseña cómo se precipitó todo en las tripas del Leviatán urbano.

    Es la misma Milán que pulsa desconocida en el subsuelo, surcada por decenas de canales que eran la urdimbre viva del comercio y la comunicación y que fueron progresivamente tapados, ocultados por mor de la higiene y porque venían avasallando los vehículos de motor, esa lepra. Pero que por imperativos climáticos, mejor termorregulación del aire y más espacios hurtados al transporte rodado, podrían volver a ver la luz del día. Leonardo no pondría objeción. Y lo celebrarían en Villa Necchi Campiglio, oasis del Fondo Ambiente Italiano en el “cuadrilátero del silencio”: una mansión racionalista conservada en formol, como recién abandonada por sus exquisitos moradores (reyes de las máquinas de coser y máximos rivales de la Singer americana), donde se recupera el agua de la falda acuífera para el huerto-jardín y para un sostenible condensador geotérmico.

   Aquella Milán donde el señor Guerrini armó mi primera acordeón, donde he aprendido a montar cine, donde duermen algunas de mis plaquetttes para el Pulcinoelefante, donde el arte de los grandes maestros se desnuda a mis ojos, es también ciudad de dobles fondos y de últimas cenas. No estará en mi terna favorita (Roma-Turín-Venecia), pero bien se merece nuevas incursiones.

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