Italia: Roma o morte

Por José Joaquín Beeme
Corresponsal del Pollo Urbano en Italia
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     Lejos de la disolución moral ultramoderna, del derrotismo cultural berlusconiano, del retrato de una cierta dolce vitaagra, la discutida Grande bellezza ensaya una mirada poéticasobre las ruinas del presente. Ni siquiera Roma es el centro, pero sí su antiguo aroma, bajoimperial, eterno, pues que de exequias barrocas se trata: neobarrocas. Luz espectral, nocturna, vánitas en descomposición, crepúsculos últimos. 

    Pero Italia, sintiéndose aludida, se ha dividido: como en los tiempos de Andreotti y el neorrealismo (“los paños sucios hay que lavarlos en casa”), han dicho unos que la oscarizada película romanea con impudicia, y del lado napolitano para más inri, coqueteando con la gran fealdad pero perdiendo el golpe de la crónica; recuerdan otros que el discurso de la decadencia (romana / burguesa / intelectual / izquierdosa / clerical) está muy gastado, y que dónde la Roma trabajadora; a algunos exaspera el manierismo onanista que canibaliza a un Fellini satiricón y grotesco (y a un Scola que ponía a sus políticos charleros en La terraza); los hay, todavía, que reducen la cosa a film de exportación, más de efecto que de afectos, envuelto en complaciente nihilismo. Y sin embargo… Hay algo que trasciende en esta tremenda radiografía contemporánea: italiana, sí, pero al cabo fieramente humana. Vida intolerable, blanda desesperación, mentiras escasamente consolatorias, repetitiva indolencia, trucos no future, fantasmas del tiempo y la ilusión, abismo de la razón cínica. Gran belleza por contraste entre un mundo perdido, el individual o el histórico, y la mundanidad inane y grotesca (nosotros diríamos esperpéntica) del día a día. Détour existencial, despego y esplín, inocencia irrecuperable. Almas muertas, palabras en trance de anulación propia y recíproca. Simulacro, falsedad. Jep Gambardella, simpático looser sin voluntad ni representación, escritor “de respuesta breve, centrometrista, de respiro corto” como mandan hoy los cánones, es primo-hermano del Guido Anselmi de 81/2 y, a su vez, se recorta en el molde de otro magnífico bribón, el cantante Tony Pagoda que calca los pasos del Sorrentino novelista. Porque ésta es, también, una novela: una novela sobre la nada que, riéndola, enlaza con la educación sentimental de Flaubert, con la delicuescencia morbosa de D’Annunzio, con los despropositados leones / vitelloni de La Capria, con la dolorosa memoria de Proust, con el viaje puramente imaginario, más alláde la vida, de Céline. O con la beauté convulsive de la Nadja bretoniana, autobiografía al borde de la locura. Exuberancia y vacío. Patético bacanal de cuerpos y humores. Broncíneamediocritas. Por entre las purísimas notas de David Lang, aguas del Tíber abajo, se consuma un fuego fatuo donde no falta siquiera la balbuciente puerilidad del viejo arte moderno (una performer se descrisma porque sí, una action-painter embadurna la tela de su rabia púber). Nulidad a todo trash. Y un director valiente que ha sabido mirarla de frente, aun a riesgo de ser llamado (¿nos suena?) Anti-Italia.

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