Kluge, el Godard teutón / Carlos Calvo


Por Carlos Calvo
Subdirector del Pollo Urbano

   Actualmente, en estos tiempos de las nuevas tecnologías, la experiencia cultural se reduce a lo rápido, lo breve, lo disperso, lo superficial.

    Atrás quedó, maldita sea, la concentración, la profundidad, la calma. Lo que no se practica, se pierde, como ocurre con los idiomas o la música. Todo es, hoy, comodidad y propaganda. Y se ha perdido la creatividad, la investigación, la reflexión. Todo es, en efecto, frivolidad cultural. Porque se puede ser serio sin ponerse trascendente. El propio ritmo de las artes y las letras se ha acelerado para responder a esa velocidad que exigimos como lectores o espectadores y a la que nos hemos acostumbrado. Y así no hay espacio para el descubrimiento. La revelación, ya saben.

   Hubo un tiempo, esto es, en que aprendimos a ensanchar el alma (y el cerebro), o por lo menos tuvimos el tiempo y los recursos para hacerlo. Pero el tiempo pasa tan rápido que parece que hayamos estado soñando, acaso porque las décadas filtran la luz y matizan la perspectiva de lo inmediato. Pero ahora, demonios, jaleamos a este o a ese otro aunque poco signifiquen, al menos en el ámbito estrictamente intelectual. Es lo mismo siempre. Y la realidad siempre acaba siendo el más cruel de los espejos. Es el nuevo mundo del espectáculo, del negocio y de la higiene. El nivel mental acaba condicionando todas las demás dimensiones. Y cuando la excusa y la provincia se te instalan dentro, todo en tu vida acaba teniendo sabor de verbena.

   Fallece recientemente Chuck ‘Hostias’ Norris y toda la prensa escrita le dedica páginas y páginas a su arte de repartir manteca. Fallece Bud Spencer, otro que tal, y todos los periódicos se hacen eco al glosar su figura. La misma ecuación ha sucedido con Mariano Ozores o con Fernando Esteso o con tal y tal. Pero se muere el gran Alexandre Kluge y las páginas culturales de todos los diarios nacionales (no llego a los otros) hacen mutis por el foro. Decimos que la gente no lee y los que leemos no sabemos quién es Kluge, un escritor alemán finísimo además de filósofo y cineasta. Se nos escapan las sandeces por la boca y no sabemos que hay más imprentas que lectores. Tendríamos que revisar todo el espectro cultural de fin de siglo y poner las cosas en su sitio, desde la música a las artes plásticas, desde la literatura a la cinematografía.

   Los aficionados al cine que estén acostumbrados a ver solo películas de Hollywood puede que se sientan algo incómodos cuando vean una película del director alemán, no tanto por los subtítulos sino por el estilo de puzle y la forma de las tomas en las que se explican el estado de las cosas, no necesariamente de un modo que muchos espectadores entiendan enseguida. Las películas de Kluge no se ajustan al esquema habitual, ni en su desarrollo ni en su duración. A diferencia de este realizador, el Hollywood clásico es un cine excesivamente obvio. ¿Qué pasa si Kluge no dirige la mirada en formas conocidas? Es posible que algunos espectadores rechacen el cine complicado del teutón, que no tengan el bagaje ni los patrones de bases de datos necesarios para entender este tipo de filmaciones. Cuando ven un filme de Kluge, maldita sea, son unos auténticos principiantes, tienden a la frustración y no les gusta esa sensación. ¿Acaso, por ello, la crítica oficial evita el enfrentamiento a estas propuestas?

   Salvo ‘Una muchacha sin historia’ (1966) y ‘Fernando, el radical’ (1976), vistas por las antaño llamadas salas de “arte y ensayo”, sus películas nunca se estrenaron comercialmente en España. Sin embargo, la filmoteca de Zaragoza, cuando al cargo de la programación estaba Leandro Martínez, dedicó una retrospectiva de prácticamente la totalidad de su obra. De esto hará tres lustros. Pero, claro, la prensa local ni se inmutó. De hecho, en la sala de proyecciones de la Casa de los Morlanes, con el ciclo dedicado al alemán, estábamos cuatro y el de la guitarra (que tampoco vino). La prensa local, salvo ‘El Pollo Urbano’, ni se molestó en visionar las películas para luego enjuiciarlas. ¿No es esto dejadez de las funciones que corresponden? ¿No será la dificultad que se tiene debido a una cuestión de hábitos de cognición y percepción visual? ¿Tendrá que resetear la crítica su percepción? No todo el mundo está abierto a la pintura abstracta, pongo por caso, o a las difíciles y precisas películas de Kluge, pero, quizá, parte de esa resistencia se deba, esto es, a un hábito cognitivo, en lugar de a lo que se suele denominar ‘gusto’. Con un poco de esfuerzo, los espectadores -y la crítica, porque es su obligación- deberían acercarse a estas películas, en su mayoría desconocidas, y aprenderían a desentrañar sus significados.

   Los críticos de los periódicos denigran e ignoran, de forma sistemática, el cine de autor o experimental, porque renuncian al deber de informar a los lectores y no se dignan a ver este tipo de cine. Solo se molestan en acudir a los circuitos comerciales y escribir unas planas reseñas, casi siempre elogiosas y con palomitas. A la vista de los hechos, conviene preguntarse: ¿no será el cine la víctima del que regula las secciones del periódico? Al parecer, algunos periodistas culturales se avergüenzan de su tema de trabajo, la cultura, y procuran esconderla bajo un lenguaje tabernario, lo más impreciso posible. Por eso, desgraciadamente, la mayoría de lectores de diarios desconocen quién es Alexander Kluge y, encima, los críticos no consideran necesario ofrecer la información adecuada. Es decir, se miente, se presume de ignorancia y desprecian sus obligaciones con los lectores. En consecuencia, sería el momento de ir poniendo ciertas barbas a remojar…

   Licenciado en Derecho, Historia y Música, un joven Kluge se ocupa de publicaciones políticas, sociales y literarias, y escribe junto a Helmunt Becker varios ensayos científicos. Antes de debutar en el largometraje, en 1966, con la adaptación de su propia obra ‘Una muchacha sin historia’, sobre las andanzas de una joven judía huida de Berlín oriental que se enfrenta a una sociedad libre que la rechaza y la hunde, Kluge realiza un buen número de cortometrajes, algunos en colaboración con Peter Schamoni o Paul Krumtorad. Por esas fechas, y junto a otros realizadores, firma el famoso manifiesto de Oberhausen en apoyo a la constitución de un nuevo cine alemán.

   La cinematografía alemana, desde el fin de la segunda guerra mundial hasta mediados de la década de 1960, es una de las más pobres muestras culturales no solo del país sino del continente europeo, enmarcada entre relatos criminales de baja estofa, cine de aventuras de nulo interés, erotismo de mala calidad y rememoraciones edulcoradas del antaño esplendoroso imperio austrohúngaro. Ese viejo cine va muriendo por su propio impulso y surgen una serie de autores jóvenes que comienzan a filmar con ideas concretas de tipo intelectual, formal y económico, frente a los convencionalismos usuales de la profesión. Aparecen productoras independientes y nombres como Strobel, Schlöndorff, Reitz, Straub, Schaaf, Erler, Herzog, Lemke, Fassbinder, Ehmck, Verhoeven, Zadek, Gosor, Klick, Vogeler, Praunheim, Syberberg, Schoeter, Herbst, Schumann o, por supuesto, Kluge. Y comienzan a preparar sus proyectos, concebidos desde una perspectiva social y, a menudo, basados en obras de escritores conocidos por sus ambiciones críticas: Christian Geissler, Hans Noever, Günter Seuren, Von Kleist, Günter Grass…

   De todos ellos, Alexander Kluge es el más intelectual y político del grupo, como un Godard teutón. Con una filmografía prolífica, su cine, vital y directo, representa uno de los más valiosos y rigurosos análisis de la sistemática de la violencia que preside una sociedad y a los miembros que la componen. Porque tendríamos que recordar que, con trece años, en abril de 1945, sobrevive al bombardeo masivo que acabaría con gran parte de su ciudad natal, Halberstadt. Encontramos en el teutón a un narrador de la ruptura interna, una ruptura donde el juego de claves y enmascaramientos no hace sino dar una nueva dimensión analítica a su cine. Ese mismo juego de ambigüedad y apariencia es el que le lleva a un lenguaje que puede llegar a adquirir un carácter poderosamente incisivo. El juego de imágenes, de escenas entrecortadas, de comentarios que puntean la acción en modo acronológico, va ensamblándose en un lenguaje propio que irá desde la constatación de una trama hasta la divagación o el simbolismo.

   Así lo demuestra en las dos partes de ‘Artistas bajo la lona del circo: perplejos’ (1967-1968), en ‘Der grosse verhau’ (1970), en ‘Willi tobler und der untergang der 6: flotte’ (1971), en ‘Trabajo de ocasión de una esclava’ (1973), en ‘Peligro de extrema necesidad: el justo medio acarrea la muerte’ (1974), en ‘La patriota’ (1979), en los filmes colectivos ‘Alemania en otoño’ (1978), ‘El candidato’ (1980) y ‘Nom Standpunkt der infanterie’ (1982), en ‘El poder de los sentimientos’ (1983), en ‘El asalto del presidente al futuro’ (1985), en ‘Vermischte Nachrichten’ (1988), en el mediometraje ‘Ich war Hitler Bodyguard’ (1999) o en los capítulos de la serie ‘Noticias de la antigüedad ideológica: Marx-Eisenstein-El capital’ (2008), por no citar sus abundantes cortometrajes y sus otros trabajos para cine o televisión.

   A veces, las sátiras que propone no encierran mayor relevancia, debido, tal vez, a la sublimación de la individualización psicológica como principal camino narrativo. Sin embargo, su cine siempre se impone a estas puntuales carencias, trascendiéndolas, al afirmar con contundencia la soledad del hombre contemporáneo, la inadecuación entre él y el conjunto de ideas y relaciones que le propone la sociedad. Kluge, que interviene también como actor en sus películas, intenta descubrir la mentalidad típica de su generación y demuestra el malestar y los problemas de la emancipación de la mujer burguesa en la sociedad del bienestar. Al mismo tiempo, expone, con minuciosidad y sensibilidad, cómo alguien vende su agresión al sistema o las formas en que se llevan a cabo los ascensos políticos en Alemania. Utiliza, en fin, un sutil entramado de relaciones variopintas para enfocar un análisis de la sociedad alemana. Un verdadero cineasta, casi mítico (o ‘de culto’, por ponernos pedantes), comprometido y radical, en el fondo y en la forma.

   Quien olvide que el compromiso (o la radicalidad) no es la ausencia de la comprensión, el mero grito, sino una ira cargada de poderosas razones, estará condenado a no entender apenas nada de cuanto ocurre a su alrededor. Y para concluir, un aviso a los críticos y comunicadores culturales en general, de aquí o de allá: para progresar hay que visionar más allá de las películas puramente industriales, evitar la propaganda, entender lo visionado y, si me apuran, emplear estas obras para aprender lenguas universales y cultivar la cultura, sin divertirnos con tonterías varias. Contra lo que decían los Luthiers, con fina ironía, todos sabemos que ‘cultura’ no se escribe con K. Con K de Kluge, evidentemente.

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