
Por Jorge Álvarez
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Mire hay días, como hoy, que no sé de qué escribir.
No es por apatía, no lo vaya a creer. No. A veces es porque hay tantos temas lindos que no sé por cuál optar, como ahora. Pero quiero que se acuerde hoy de cuando aprendió los números y las letras. Y sí hace mucho, en mi caso pero le aseguro que no jugaba solo porque ya había otros niños. Le sirvieron y me sirvieron para insertarnos en la vida. O sea que valió la pena prestar atención a la maestra en la escuela. Pero nadie se hubiera imaginado que lo que veíamos en las películas de espías de antaño formarían parte de nuestra vida. El espía llegaba a un lugar y tenía que saber una clave, aprendida de memoria, para iniciar el diálogo con su interlocutor. “La mujer que lleva el bolso salta el foso” podía ser la frase usada por el actor Don Adams al interpretar al Superagente 86 para presentarse al 18. Y hoy nuestra vida nos exige, sin ser espías, memorizar claves y contraseñas varias. Vea en mi casa la computadora tiene una clave, que es distinta a la contraseña de la oficina y a la de mi tarjeta de débito, por ejemplo. Y por supuesto a la de la del teléfono celular y la del que me permite ingresar a mi cuenta sueldo en internet y a la del cajero del banco. Números y letras que no deben ser ni de nuestro cumpleaños o de nuestra pareja ni números correlativos. Ni hablemos si opera con tarjetas de crédito vía online. Sumadas a las billeteras virtuales. Ya no sé dónde llevarlas por temor a perderlas. Estoy a punto de hacerlas tatuar en el antebrazo izquierdo… Puede combinar la fecha de nacimiento de su hijo o nieto más las iniciales de su nuera o el día que se recibió más las dos primeras letras del nombre de su hermana. Y como números los del año que salió campeón su equipo de futbol. Más el token. No es vida la que llevamos para estar más seguros.








