Inauguración de tu tienda erótica en Zaragoza: “El secreto de Ninette”


Por Don Quiterio

     Hace un par de años, los hermanos Nacho y Alejandro de la Cruz inauguraron la tienda erótica “El secreto de Ninette”, nombre que surgió un viernes en una sobremesa con Carmen, la madre de ambos.

    Un nombre, en fin, francés, parisino, glamouroso, para un espacio que hubiese hecho las delicias de Luis Buñuel y sus fantasías eróticas: la iniciación, los besos, el sabor del mordisco, la obsesión mamaria, las sabias caricias, los tocamientos inconfesables, las prendas íntimas, las cadenas y los látigos, el cuero negro, los escalofríos perversos, las torturas delectables, el culto a la virilidad, las orgías, el exhibicionismo, el fetichismo, la morbosidad, las devoradoras de hombres, las perversas Lolitas, el saber desnudarse…



    Dos años después de aquel inicio, Nacho y Alejandro, o Alejandro y Nacho, inauguran otro “secreto de Ninette”, en la misma calle de San Antonio María Claret –ahora en el número 55-, en un espacio más amplio, más seductor. “El secreto de Ninette”, en efecto, es una ventana al arte de seducir, el poder más efectivo. Juguetes, lencería, disfraces, cine y literatura erótica, todo para despedidas, reuniones Tupper Sex…

    Mezclar ilusión y realidad, confianza e incertidumbre, propiciar los primeros mecanismos de la fijación y la obsesión, son algunos de los artificios de la seducción. Unos artificios de tanto arraigo en la historia humana que desde el “Ars Amandi” de Ovidio a “Las relaciones peligrosas” de Laclos han tenido su respuesta en la literatura. España, sin ir más lejos, es el país de “La Celestina”, del mito de Don Juan, de aquellos fandangos del siglo XVIII cuya sensualidad pasmó a un Casanova.

   Al mismo tiempo, no podemos dejar de citar al gran escritor francés Stendhal cuando dijo aquello tan bonito de que “nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones”. En el recorrido de la historia del erotismo y la seducción pasamos de lo galante a lo elegante, de las pompas del rococó a un siglo XIX que entroniza al dandi. Hoy, en estos inicios del XXI, el uso de la erótica es netamente más explosivo que el de antes.



     Y para comprobarlo, aquí está este espacio de la seducción y la ilusión, en cuya inauguración se ofrecieron actuaciones diversas para una velada irrepetible. Jaime Ocaña, el hombre espectáculo, se disfrazó de obispo y se le disparó la lengua al más puro estilo del cómico italiano Leo Bassi. Nos ofreció el monólogo “¡Qué cruz, hermanos De la Cruz!”, buscando la carcajada de los asistentes con su aparición rocambolesca en forma de religioso, personaje a través del cual ofreció su peculiar visión de la vida de una manera divertida y surrealista. Exagerado y macarra, Ocaña se mostró original e irreverente alrededor del mundo de las creencias y las religiones, como si de un actor a un adverbio pegado se tratara. Objetivo cumplido, sobre todo en los tiempos difíciles que corren: divertir al respetable y arrancarle alguna carcajada gozosa con el verbo fluido en la línea de espectáculos suyos como “Locus amoneus” y “La frigidez como manifestación explosiva de la ninfomanía”.

    Dani Clemente, nuestro ínclito Franco Deterioro, tocó y cantó varios temas de su repertorio: “Fíjate tú”, “Espera trinitaria”, “La lombricita y el pez”, “Todos tenemos derecho”. Elena, Alaya y Candela, trío de violines y violonchelo, sorprendieron con piezas de Boquerini, Schubert y otros maestros clásicos y menos clásicos. Y, como no podía ser de otro manera, los que nos dejamos llevar por los misterios de la noche descubrimos, por fin, el secreto de Ninette. ¡Oh!

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