Más lobos / José Joaquín Beeme

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Por José Joaquín Beeme

     El zoo humano, avisa Desmond Morris, no difiere demasiado del resto: en lo esencial, o pura supervivencia, y en muchos de los ritos que nos adornan.

      Esa mirada refleja es la que JJ Annaud propone a través de su personal cinezoo, por el que husman tigres y osos al lado de las bestias teológicas de Eco, o de los neanderthales apabullados por el fuego (en interpretación de Morris). Toca ahora a los lobos, totémicos también en España sin perjuicio del lince, que campean las estepas mongolas como míticos relieves de un paisaje herido, rojo sangre, por el progreso o acaso revolución insuflados desde un poderoso Comité Central. Un activista Tiananmén que viene del frente Ciencias Políticas, tan de moda, había colocado en todas las estanterías de la vasta China, junto al libro rojo, este apólogo-denuncia del fin de una época, la de los pastores nómadas que comulgaban con su entorno, casa y a la vez sustento. Este Jiang Rong, pequinés-pequeño-burgués, es como tantos urbanitas un nostálgico de las soledades vírgenes y, por qué no, un tropelista arrepentido: cuenta salvajadas como aventar cachorros a molinete, no precisamente desconocidas en nuestros pueblos, o reventar adultos con dinamita, y no lo digáis a nuestros mastuerzos del cebo envenenado, para justificar su toma de conciencia y su defensa encendida, interespecífica, de ecosistemas amenazados. WWF, que apadrina la película, ha ido recuperando, gracias a la “Operación San Francisco”, la menguadísima población de esta criatura en Italia, y es auspiciable que lo propio ocurriera con el lobo ibérico. A mí basta saber que el rey Cloudy, macho guión de los peludos actores, lameteaba cada mañana la cara toda de Annaud en expresión de cariño, de gratitud y alegría de vivir y convivir que no sabe, ni falta que le hace, de fronteras zoológicas.

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