Noche de pasión con Díaz Ayuso / Gael Pardou


Por Gael Pardou.

     Son las seis y media de la mañana, veinte de octubre. Amanece de un pulcro blanco inmaculado el despejado cielo de la plaza España, en Madrid, ciudad de todos y todos de su ciudad según me confió mi ahora reciente anfitriona, Isabel.

     Isabel es una mujer que jamás deseo la fama, pero hizo todo cuanto estuvo en su mano por conseguirla. Así me lo hizo ver al principio de nuestra velada, comiéndonos unos croissants de jamón y queso en el Museo del Jamón de la calle Mayor. La señorita tiene buen beber, eso hay que reconocérselo, pues cuando el tintorro de baja estofa cayó en su copa de vino tardó poco menos de dos segundos en decirle al camarero, “José, no me jodas, que soy yo, esta porquería se la das a los turistas que para algo vienen a Madrid, a mí ponme ese Lluna Vella que nos reservas a los buenos…Sí, no me mires así, ya sé que es catalán, pero mientras yo sea presidenta de España los indepes se tendrán que aguantar y asumir que lo mejor de lo suyo es lo bueno de lo mío. Hazte caso José, que no estoy aquí solo por mi cara bonita, ni porque el perro de Esperanza sea tan mono.”

   El caso es que, efectivamente, José respetó las exigencias de la benemérita y vertió el Lluna Vella con generosidad en su copa. Yo, inocente, pedí que se me administrara el mismo castigo, no obstante, Isabel, sabia como sólo puede ser la alcaldesa de una capital, interrumpió el amago de José de regalarme el mismo esplendoroso caldo, “Tú no Gael, tú eres un hombre del pueblo, alguien que debe estar en contacto con las bases, beber algo así sería traicionarte. Hazte caso, un riojita barato es todo cuanto necesitas.” Ante tamaña fuente de sabiduría no supe sino asentir, a lo que despaché mi copa de riojta mediocre con la mayor de las enterezas y el valor de aquel que, consciente de estar en tela de juicio, engulle todo aquello que le sirven para demostrar su compromiso.

    A las dos copas contemplé detenidamente el atuendo de Isabel. Va fina la tía, pensé. Chupa negra de malasañera de ley, pantalones chinos holgados, camisa blanca, bufanda cruzada ocre y botas Dior con un logo muy discreto. Al preguntarle por su atuendo, Isabel me respondió con una encomiable sinceridad, “Antes, cuando vivía en Chamberí, sólo tenía dos armarios. Pero este cargo…Ay, tío, te exige una de ropa…Cada día tengo que estar cambiándome para estar a la altura. Además, me he echado unos kilitos desde hace un tiempo, de restaurante en restaurante…es lo que pasa. He tenido que comprarme mucha más ropa…Que bueno…tampoco me importa eh, ja ja ja.” Le aseguré a Isabel que no se preocupase por el peso, que estaba divina y que, yo, le daría un buen meneo. No obstante, en mí ya reiterada inocencia le pregunté “Isabel, de todas formas ¿por qué le das tantas vueltas a cómo vestir? La mayoría de tus votantes siempre viste igual. Algunos no se quitan los mocasines ni para dormir, y el resto se cambia la ropa de trabajo por un cómodo chándal.” Una vez más, momentos antes de dirigirnos a su recién estrenado apartamento en el complejo Be Mate de Plaza España, Isabel me dio un rapapolvo de realidad, “Mira Gael, la mayoría de los que me votan no quieren verse representados. La mayoría quieren ver lo que les gustaría ser. Madrid es una ciudad provinciana…” Una cara de estupor embadurnó mi rostro, ¿cómo que Madrid es una ciudad provinciana? Joder, me dije, Madrid es la ciudad menos provinciana de España, pero Isabel me deslumbró de nuevo, “No me pongas esa cara Gael. Aunque no te lo creas, y eso que yo nací en Chamberí, sé de primera mano que esta ciudad está plagada de empadronados de otras provincias. La mayoría viene aquí pensando en la gloría y la fama. Se piensan, los muy gilipollas, que por pasearse por la Gran Vía y cruzarse con Paco León algún día serán como él y que, si al menos han conseguido verlo, ya se merecen mayor gloría que los pringados de sus regiones de extrarradio en donde nunca pasa nada. Por eso me adoran, por eso subo aunque parezca que me dedico a olerme las ampollas de los pies, porque soy lo que todos quieren ser y, por si fuera poco, lo conseguí llevándole el Twitter al chucho de Esperanza. Por cierto, un perro de lo más coñazo. No estuve veces ni nada a punto de mandarlo a la mierda por la ventana al puto perrito. “¡Guau!” me hacía escribir la marquesa… ¿Pero alguien se cree que nadie con medio cerebro permitiría que se le relacionase con semejante parida? Joder, Gael, que soy presidenta de la comunidad de Madrid…que es España, por cierto, ¿te crees que me hacía gracia? Anda…”. Contemplaba a Isabel más suelta de lo normal.

    Tras otras tres copas de vino, abandonamos nuestro puesto de barra reservado en el Museo del Jamón de calle Mayor y nos dirigimos hacía su piso. Ella, algo bolinga debo decir, no perdió oportunidad para pararse a hacerse fotos con todo aquel que se lo pidiese. Vasile y Florin, los dos guardaespaldas de la alcaldesa intentaban mantenerse al margen. Yo, en mi actitud de inquieto investigador, busqué la conversación de ambos. Tras un par de tentativas frustradas, y un camino por la calle Montera que se tornaba demasiado largo por momentos, Vasile y Florin me confirmaron que eran de origen rumano y que, gracias a sus más de ciento diez kilos y metro noventa y cinco, habían conseguido trabajo a la vera de la alcaldesa. Les pregunté, con toda mi buena intención, qué que pensaban de ella. Ambos, secos y determinantes como solo los hijos del este pueden ser, respondieron contundentes, “Nosotros no tenemos nada que decir.” Rato después conseguí extraerle a Vasile que su hermana había sido deportada de España por un error en su permiso de trabajo y que, ante tamaña injusticia, Isabel había decidido acelerar su deportación bajo una brillante excusa solo digna de la gobernanta de la capital, “Vasile, la situación es muy complicada para los españoles. Cualquier trabajo es una oportunidad para un madrileño. En Rumania no están tan mal, entiéndelo, es un a cuestión de solidaridad.” Isabel, como siempre, me había transmitido Vasile, demostró ser una mujer elevada y capacitada para comprender las perspectivas más inhóspitas de la humanidad.

   Llegamos a su apartamento. Vaya…me dije, no esta mal el local. Más de cien metros cuadrados de una casa que no habría pasado desapercibida por su pomposidad en una película de Sara Yesica Parker. Al igual que Jack Lemmon, yo sabía que el apartamento de Isabel estaba vacío, pero eso no significaba que no tuviese familia. Le pregunté por el bueno de Jairo, “Ah, el churri dices, nada, está de congreso. Esto de la Covid no ha hecho que la gente deje de preocuparse por su imagen. ¡Es más! Todos mis amigos y por ahí se están poniendo como locos por verse guapos porque ahora, como están mucho más en casa, no dejan de mirarse al espejo. Jairo va de culo, pero todo nos va bien.” “Ahm…” respondí con ternura, “Me alegro.” Florin, que había pasado de segurata a mayordomo sacó dos botellas de Tanqueray, vasos, hielo, limón y tónica Schweppes. Servimos dos contundentes vasos de ginebra sobre los que charlamos un rato de política, sociedad y los medios comunicación. Isabel me transmitió sus recelos hacía todos esos periodistas que la dejaban como si fuera tonta, “¡A ver qué se creen esos rojos! Yo sé que decir a cada momento, pero Pablo me tiene atada de pies y manos. Me tiene un discursito preparado y no me saques de ahí…Si me dejarán…ya te digo yo que iba a limpiar este país de bolivarianos… ¡Uy! A lo mejor me estoy soltando. Gael, esto es estrictamente confidencial, eh.” “Claro, Isabel.” Respondí, consciente de que, si al menos el poder nos engaña, que menos que engañar al poder ¿no? Decidí lanzarme a un breve interrogatorio previo a la supuesta llegada de Almeida quien, según Isabel, estaba, “Un poco asustado con la situación porque eso de cerrarle los garitos antes de la una de la mañana lo pone nervioso, “Está muy acostumbrado a la cafeína…¿no sé si me entiendes? Y esos dientes de conejo no se afilan solos ¿sabes?” Total, que decidí preguntarle a la dueña de la ciudad cual era su opinión sobre las bases de su electorado. Isabel, con unos cubatas de más, no tardó en sacar su verdadero lado más empático y caritativo, el mismo que le había valido ser declarada Virgen María en la obra navideña de su colegio de Chamberí y que, le gustase o no, la condujo al encariñamiento instintivo de Pecas, el perro de Esperanza, y su actual carrera política, “Veras, Gael, los obreros que coman piedra,” dijo a una copa de ponerse más mecedora de lo normal, “que para eso son obreros. Este país lo levantan los empresarios y los médicos como mis padres. El resto, a agradecer que el Perro Sánchez les dé esos ERTES de los que tanto se habla. Si por mi fuese, cada cual se busca la vida y a correr. Esto es como los paquetes de tabaco. ¿A ti te afecta de verdad ver a esa tipa desangrándose a tosidos en la portada? No, ¿verdad? Pues ya está. Todos sabemos a qué atenernos, y a quien dude de las consecuencias de su situación que se lo haga mirar.” Isabel guardó unos segundos de reflexión aparentemente vacía. Luego siguió, percatándose de que se encontraba ante un amigo. Alguien quien, mal que bien, iba a presentarla tal y como era. “Quieres otra copa?” Me preguntó risueña. “Si será por Tanqueray… siempre guardo botellas de sobra. La vida política es un sacrificio inconmensurable ¿sabes? Hay que saber encontrar una salida.”

   A eso le siguieron varios gin-tonics y una importante retahíla de anécdotas. La primera sobre la trama púnica, en la que Isabel me confesó que metió un poco la cabezita, pero nah… un pijín, 4200 pavetes al mes por gestionar Madrid Network; una empresa bananera de su querida Esperanza Aguirre (mira tu por donde, en eso sí que los del PP madrileño se parecen a los de Vox, todos sus presidentes están donde están porque Aguirre tiene buen ojo para los buitres). Luego siguió con algún asuntillo más al que le había echado tierra de por medio con Ignacio González, y que el tema de la pandemia me confesó como, sorprendentemente y ante mi más sincera admiración, no solo no lo había pasado tan mal, sino que incluso se había divertido. Al parecer desde los comienzos de la crisis Covid, Ignacio Aguado, el vice de la comunidad, el buen zascandil de Almeida, alcalde de España, e Isabel habían hecho una apuesta. Algo parecido a la película De mendigo a millonario, de Eddie Murphy, solo que en esta ocasión sus protagonistas se parecían más a los actores de una película de Alfredo Landa, que a un monologo de Richard Pryor. La apuesta consistía en ver cómo afectaría a sus encuestas si cada uno de ellos se convertía en una de las tres cánticas de la Divina Comedia: el infierno, el purgatorio y el paraíso. Aguado, templado cruzado del centro político se posicionaría en medio, dando por culo, pero poco, yendo de caballero cabal que no dejará de defender a la virgen ni aunque se entere de que es puta, él sería “El purgatorio”. Almeida, en su condición de heredero del jorobado de Notre Dame, y sufriente mártir en defensa de la cultura occidental tan atacada hoy, se posicionaría en la santificación comunicativa, ¡un nuevo Jesús caía en la tierra! Almeida sería “El paraíso”. Y, por último, y para mí la más importante ya que es quien me susurró estas indiscreciones, Isabel… ¡Lucifer! Maligna ramera, reina de Sodoma y Gomorra quien abandonaría a los pobres, los ancianos, los desfavorecidos y se abstendría de preocuparse de la salud de los madrileños para tentarlos con el mal, la libertad frente a la enfermedad, la supervivencia de los bares de chupitos y las dotaciones millonarias a los toros, qué si algo hay que salvar que sean los toros porque ya hay mucho muñequito, poster e imán de refrigerador repartido por el mundo como para ponerse a cambiarlos ahora. El caso es que, a estas alturas de la pandemia, la apuesta sigue en marcha, según me dijo Isabel, pero ella va ganando. Aguado y Almeida habían apostado fuerte por que los madrileños se revelarían frente a la absurdidad de sus comentarios y la gilipollez cognitiva de sus intervenciones, pero se equivocaban. Isabel, madrileña como ninguna, psicóloga de región capital de renombre, sabía perfectamente que si algo le gusta más a un madrileño que “De Madrid al cielo” es; “De Madriz al infierno” que, si bien la canción de Kaos Urbano a Isabel no le mata, el titulito le viene que ni pintado.

    Conclusión, que alcanzadas las cinco de la madrugada Isabel, quien ya se había puesto a gustazo, empezó a ponerse tierna. Hizo varios amagos de acercamientos a mis partes, que yo rechacé ¡claro! porque no es de persona honrada aprovecharse de los borrachos, aunque esos borrachos se aprovechen de todos. Le dije que pensase en Jairo, que les iba todo bien y que yo, por desgracia, solo le traería problemas más allá de un par de orgasmos que, bien mirado, a lo mejor le hacían falta. Alcé entre mis escritores brazos a Isabel, y la llevé como una niña de firme culo hasta su cama King Size donde admito que me tentó meterme. No quise desnudarla por respeto, aunque si le quité las botas de Dior y, bueno, ya de paso eché un ojo por la pernera del pantalón chino a ver como se veían esas piernas macizas. Lujosas y muy legales, la verdad. Me despedí de Isabel con un dulce beso de princesa en la frente. Antes de irme del todo hablé, con otro gin-tonic, con Vasile y Florin (ahí me confesó la historia de su hermana) y a las seis y media, tal que ahora, salgo de una velada muy ilustrativa. Una noche de pasión con Diaz Ayuso que debo admitir ha sido excitante y fabulosa y que espero, si no llega a leer este artículo, que no tardaremos mucho en repetir. Lo único que debo añadir es…: Gracias, Isabel.

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