Las memorias de un interno en el psiquiátrico del Paraíso

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Por Eugenio Mateo

     Ha sido un viaje largo. La ambulancia que me trasladó desde el infecto lugar donde me pudría ha debido recorrer las cuatro puntas del infierno, pues no de otra manera podría reconocer tan desiertos andurriales en los que no es posible casi ver el cielo de tanto árbol que lo cubre.

    Hace mucho que no nos hemos cruzado con ningún vehículo en esta angosta carretera, pero al final un enorme caserón que pretende ser blanco ha aparecido en un gran claro en este bosque por el que seguro transitaran las brujas. He pasado de ser un loco peligroso a un deportado al infinito verde donde aunque grite, nadie escuchará mis súplicas.

    Se confunden las horas y me confunden con sus lentas espirales hacia una cumbre que vela desde arriba por el lugar en el que los marginados como yo pueden serlo sin casi molestar a los cuervos que acechan un descuido para vaciarnos los ojos.

    He aprendido a recorrer largos pasillos en el camino a la terapia. Oigo a veces, voces que me asaltan en el devenir a la habitación del electroshock. No las veo, acaso su presencia habita en las paredes monocromas, pero sé reconocerlas. Alguna  cuenta de su muerte y me previene de la mía. Es un juego arriesgado porque no quiero saber nada de mi fin pero me asisten sin embargo en la defensa frente a los fantasmas reales que visten de blanco. Hay enfermeros más anajenados que los internos, todos lo saben pero se callan, es el sistema que se perpetúa, imposible ir en contra, excepto los espíritus, a los que nada importa. Reconozco al menos cuando llega el viento directamente de las gleras de granito, que brillan si levantas la mirada.

    Es un lugar bonito, huele bien, a ese olor de resina y moras, pero en las salas comunales huele a hombre que se desintegra. Podría vivir al relente del frío montañero pero no me dejan para protegerme, dicen, aunque creo que creen que quiero morir y no es cierto. Si la vida me costase, la arrojaría ladera abajo hasta donde pastan los rebaños, o donde imagino pastarán, por la yerba que crece sin esfuerzo.

    Cuidan de mi propio enemigo y todos sus intentos van en el sentido de aleccionarme sobre el peligro que habita en mi cabeza. No estoy más loco que todos los que me miran cuando asisto a misa en una iglesia que quiere parecer románica e imagino a unos descreídos jugando a la guija enfrente del altar. Algunos de fuera que vienen de visita nos miran con suspicacia, pero nunca miran a los ojos. En las noches, los gritos de los neurasténicos se confunden con las lechuzas y las ánimas de los muertos tililan como fuegos fatuos. Un compañero de bañera me cuenta que este lugar acogió a tuberculosos y está sembrado de presencias con las que querría hacerse amigo. Me explica que son ellas las que eligen cuando quieren conversación y yo no le cuento que conmigo hablan. Lo considero necesario para mantener alejada su cordura. 

     Todo parece indicar que el personal se ha olvidado de mí en la celda que llaman habitación. Algo debe de pasar porque ni siquiera me han traído el rancho que sabe igual cada comida, las paredes no permiten que mis gritos las traspasen y la ventana parece que no diera a ningún sitio. He perdido la sensación del tiempo y eso me preocupa porque no puedo calcular desde hace cuánto tiempo no veo a un ser humano. Un ruido que parece ser un derrumbe me sorprende. Se cae la puerta y el muro con ella y salgo de estampida, como un toro de corrales.

    Nadie me pregunta si estoy bien hoy, ni acaso me esposan a las barras de la zona de reposo. Están las dependencias muy descuidadas, tendré que quejarme del servicio y de paso me apuntaré a los voluntarios para cortar las hiedras de la fachada. Me extraña tanto que nada se oponga a mi carrera, que al final una idea fija de escapada toma forma libre. La cerca está rota y se ha acercado un coche por la pista. Les pediré que me lleven, pero descienden unos hombres que pasan a mi lado como si no me vieran. Uno pregunta a los otros si notan algo raro y aquellos contestan que no han sentido ningún escalofrío todavía. No entiendo  lo que hablan y eso me mosquea.  Ellos, a lo suyo, sacan sus cámaras y fotografían este maldito sanatorio, del que voy a escaparme escondido en su coche cuando vuelvan por donde han venido, porque estoy seguro de haber recuperado la razón y quiero volver a casa.

 (Fragmento de  “Memorias de un interno en el paraíso” de Eugenio Mateo) (Fotografías del Sanatorio de Agramonte)

Fuente: http://eugeniomateo.blogspot.com.es/2014/12/las-memorias-de-un-interno-en-el.html

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