De compras / María Dubón


Por María Dubón
https://mariadubon.wordpress.com/

    Entro en una boutique de lujo en la que no puedo permitirme comprar ni un botón.

     Avanzo con paso firme y seguro por el suelo impoluto, decidida a explorar nuevos mundos. La música suave, envolvente y agradable, no proviene de Radiolé. Seguro que la Filarmónica de Berlín toca escondida en alguna parte. Las prendas están primorosamente colocadas y planchadas en unas perchas de madera brillante. El aire huele a naturaleza hecha perfume cítrico y no a ambientador barato. Miro de refilón una etiqueta, el precio no acaba en noventa y nueve, como en los comercios que yo frecuento. Las dependientas me sonríen desde la distancia. No se acercan ni se ofrecen, no me preguntan si me pueden ayudar en algo, dan por supuesto que me sobro y me basto sola para encontrar lo que busco. Me asomo a uno de los probadores, se asemeja al salón de los espejos de Versalles, amplio, cómodo, con un butacón de diseño que invita a tumbarse.

     Me gustaría probarme esos stilettos de Jimmy Choo con pulsera de pedrería, solo cuestan mil eurillos de nada y lucen divinos. Luego lo pienso mejor. ¿Sin un cursillo previo? Nunca me he subido a unos tacones de doce centímetros y podría dislocarme el tobillo si me caigo desde semejante altura.

  En mi paseo gozoso por el recinto me acerco a la caja. Una señora muy chic acaba de poner prendas sobre el mostrador por valor de varios miles. Abre su cartera de piel y extrae una VISA Diamond Infinite Credit. Si seré pobre que es la primera que veo. La dependienta, con sonrisa discreta y emoción contenida, seguro que tiene comisión por ventas, alaba su buen gusto y le augura un éxito rotundo en la boda a la que asistirá como invitada.

   Una punzada me solivianta el ego y despierta mi conciencia de clase obrera. Hay gente pasando calamidades que tiene que recurrir a la beneficencia para comer y vestirse. Con lo que se ha gastado esta señora en ropa come una familia modesta un par de meses.

    Finalizo mi incursión en este reducto de fantasía donde el suelo de mármol es otro espejo más, los maniquíes son negros y carecen de rostro, las vitrinas expositoras relucen sin una sola huella y todo se me antoja. Lástima que no vendan nada de mi talla, que diría Esopo.

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