Exposición “Absolutamen excentrique” en el Hôtel-de-Ville de Paris

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Por Manuel Sánchez Oms

    Reflexiones sobre el principio de alienación y sobre lo que de ello nos incumbe a todos, -absolutamente a todos- ya sean excéntricos o no.

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Manuel Sánchez Oms
Crítico de Arte  

            El Ayuntamiento de París ha presentado en el salón de su propio Hôtel de Ville en estos dos meses pasados de octubre y noviembre, una muestra de los resultados de una serie de talleres de artes plásticas que conforman a su vez una red de centros dedicados a la salud mental. Se trata de un conjunto de obras de un total de 163 personas que los medios no han tardado en calificar de artistas dado el título con el que se presenta el conjunto, -“Absolument Excentrique”-, y la visión romántica que cubre de un halo especial y singular a los creadores de objetos banales desde el romanticismo, y que hoy lamentablemente sigue asentada de manera inconsciente, esto es, sin meditación previa- en la mayoría de las conciencias de la población, con lo que pierden –a los diez años de edad más o menos- el derecho a un terreno –el de la gráfica  y el volumen banal- que pueden considerar inminentemente patrimonio de todos.

            Ahora bien, no es un conjunto reducido de handicapés -como dicen aquí- el que se ha apropiado de este dominio esencialmente común a todos. Tampoco todos ellos profesan el arte de la banalidad que es la poesía más allá de los versos y las rimas de la mediocridad. Resulta curiosa la doble acepción –a partir de la idea de obstáculo- que adquiere este término en castellano y en inglés, -entre la minusvalía y la carrera necesaria para alcanzar un reconocimiento profesional o deportivo-, ya que define a la perfección la frustración misma del proceso de formación selectivo de los profesionales por el que son reconocidos o no por la sociedad actual. Todo parece conducir al debilitamiento de las posibilidades sociales del individuo desde el momento mismo en que el capitalismo y la doble moral burguesa que lo sustenta, presentan lo individual y lo social como dos ámbitos del ser humanos contrarios e incompatibles, para lo que han debido, tal y como han procedido con todas las realidades que han heredado del régimen feudal anterior, abstraerlas como si de dos dimensiones de la realidad humana se tratase. Por el contrario, lo individual y lo social son reales, comportan unos gestos hasta definir unas actitudes. Se materializan en una producción concreta, como por ejemplo los electrodomésticos de los hogares surgidos del american dream, o los turismos que, recién salidos de fábrica como los famosos T-34 soviéticos entre la cadena de montaje y el frente, son enviados de inmediato a rodar sobre el asfalto de las autopistas inauguradas por Hitler y su “Gran Europa” hace apenas 75 años.   

            Pero retornemos a nuestro asunto. La confiscación de ese patrimonio en nuestra sociedad, -en el caso que aquí nos concierne plástico-, que da lugar tanto a este tipo de muestras de arte producido por “enajenados”, como a la existencia de unos artistas distinguidos del resto de la gente, consiste en una de las recuperaciones llevadas a cabo por el sistema de mercado, quizás una de las más trascendentales dado que fortalece la contradicción abstracta entre lo social y lo individual hasta prostituir la idea misma de dialéctica tal y como fue presentada por Heráclito. Podríamos pensar que se trata de una pérdida artística, lo que para la mayoría restaría importancia a esta reificación, ya que, al fin y al cabo, y aun si todo el mundo puede aportar ideas geniales, la gente no disfruta de la técnica de los rafaeles o de los vangoghs. En este caso toparíamos con la pregunta primera y más trascendental para artistas, críticos e historiadores: ¿qué es el arte?, ¿un frenesí, una sombra, una ilusión?… a lo que el mundo de las mercancías responde: “y el mayor bien es pequeño, que todo en la vida es sueño, y los sueños, sueños son. Calderón”. ¿Acaso creéis que defiendo yo, humilde escritor, la realidad frente a la ficción? No. La banalidad sustenta la realidad. Ella nos la ofrece para la construcción. El sentido es responsabilidad nuestra. Muere y renace a cada instante, es la única posibilidad con la que contamos para hacer real nuestras ambiciones, y esta banalidad que reposa en los estratos más bajos de todas las actividades del hombre, es lo que –en palabras de Raoul Vaneigem- ha pasado a formar parte del sistema de mercado, de la misma manera que la poesía, aún concentrada en la actividad artística, aún sirve para escindir a una serie de personas para presentarlas como mercancía, es decir, para verlas tras los escaparates pero no tocarlas hasta que el hecho -la venta- no haya sido consumada: “somos excéntricos y estamos orgullosos de serlo”.

            Esta solución parece contentar a todos: a aquellos que subvencionan los centros para unas personas que no encuentran lugar en el mercado laboral debido a unas “enfermedades” de las que poco o casi nada se sabe; para aquellos que encuentran una salida profesional atendiendo estas “calamidades del destino” como diría la mayoría; y aquellos que padecen en sus propias carnes esta realidad social, aún si en el fondo sienten como una astilla clavada en la garganta la insuficiencia de su argumento. Los medios y la propia exposición en algunos de sus puntos, no duda en apostillar esta muestra como “arte bruto”. No voy a exponer de nuevo el proceso por el que, desde Dubuffet hasta la versión anglosajona del “arte outsider” de Roger Cardinal, este concepto surgió como afrenta a las instituciones artísticas y a la existencia de una profesión artística, así como a las predisposiciones innatas para cualquier otra profesión hoy reconocida, lo que pronto fue absorbido y aceptado como la capacidad artística de un grupo concreto presentado como los herederos de aquellos artistas y escritores decimonónicos que según la tradición sufrieron pobreza e incomprensión por culpa de sus temperamentales genios y de las incapacidades del populacho para comprender semejantes grandezas.

Alivia, pero no soluciona nada. Mientras tanto contribuye a que todo quede como está. Ese amasijo de bohemios y dandis que tanto han alimentado el imaginario colectivo, no son más que las virutas resultantes de haber tamizado a través de la mercancía una antigua profesión como es el arte después de haber luchado durante siglos por su reconocimiento como ejercicio intelectual y no manual. Ansió la nobleza y ésta se desplomó de golpe ante la máquina de vapor y la guillotina. Tan sólo le quedaba al arte lamentarse y regocijarse en la poca sangre azul conquistada, aún si ésta había perdido su calidad. Y, sin embargo, ¿por qué insistimos en conservar la genialidad del artista? Excéntrico por un lado, arte bruto por otro, mientras que aquél parece contradecir el “arte del hombre común” propuesto por aquel que se erigió en la historia como el mentor del arte bruto: Jean Dubuffet.

            A pesar de estas reflexiones que profundizan las implicaciones ideológicas del arte bruto, al menos en lo que a las instituciones artísticas implica, esta contradicción es bien visible en la muestra de la exposición “Absolument excentrique” que aquí nos ocupa. Se trata de un décalage entre las agrupaciones formales y temáticas de las obras expuestas, y la espontaneidad que implica el concepto de arte bruto que, tal y como fue concebido, se trata de un arte que se “encuentra” por azar, pues no olvidemos que fue André Breton –líder del surrealismo y teórico del azar objetivo contemporáneo- uno de los que contribuyeron muy activamente a la primera colección de arte bruto. Se trata de un arte del descubrimiento más que de la ejecución y, en cambio, en “Absolument excentrique” resulta sencillo rastrear los talleres y las pautas que guiaron las actividades plásticas de la mayoría de los que ahí han expuesto. Ello no ha impedido que hayan obtenido primeramente por parte del comisariado de la exposición la categoría de artistas en el sentido más complaciente de la palabra, ya que no es nuestro propósito, y aún menos aquí, defender la pureza de esta profesión ya extinta y obsoleta, sino todo lo contrario, porque más bien debemos hablar en este caso de “arte-terapia” que de arte bruto, referido este último en un primer momento al “hombre del común” que no han alcanzado el estatus de artista precisamente, en lo que se enardece facultades propias de los niños o de los enajenados sin más. El arte terapia pertenece a la esfera de la psiquiatría, algo de lo que, por su relatividad, no participa el arte bruto, tal y como han señalado especialistas en este arte como Michel Thévoz. Aún así, no dejamos de ver en esta exposición, aún más que en el arte bruto dedicado a los enajenados, una vertiente terapéutica muy interesante que puede darse de manera muy eficaz en los talleres siempre que éstos sean autogestionados y sustituyan la dirección que ejercen los monitores por el trabajo conjunto con el fin de buscar lugares de encuentro de las impresiones de los participantes sobre los objetos y la realidad en general, con el fin de experimental y compartir experiencias en este sentido, ya que, al fin y al cabo, desde el siglo anterior el interés por las obras acabadas tan sólo inquieta a un puñado de marchantes, mientras que es el fluido experimental y la aportación técnica y teórica del arte lo que en verdad anima a todos.

            Dejemos el arte bruto por un momento para aquellos aún empeñados en mostrar a sus amigos burgueses su gabinete de curiosidades despreocupados por los orígenes de las piezas que los componen, de sus cuernos de unicornio, sus rinocerontes y sus colmillos de nervales. La experimentación de los talleres de ciertas personas puede adquirir una dirección terapéutica siempre y cuando no vaya dirigida hacia sí mismos sino al conjunto de la sociedad. Por esta razón la exhibición pública resulta tan importante, e incluso su reconocimiento, siempre y cuando sea por sus verdaderas aportaciones y no para recibir paternalmente el título de artistas y ocultar así la distancia que la sociedad desea mantener frente a ellos.

            Me explico. Han sido muchos los autores que se han referido a la relatividad histórica del término “locura”, sin ir más lejos Michel Foucault. En este sentido creo poder afirmar sin problemas la naturaleza histórica de la locura y de la normalidad. No es difícil pensar que los chamanes y profetas de antaño poseyeran ciertas facultades propias de lo que luego se ha denominado esquizofrenia. Conocemos el caso de Juana la Local en la Edad Media, o la neurastenia (término hoy rotundamente desechado) tan habitual en los círculos intelectuales a principios del siglo XX. E incluso son muchas las coincidencias entre los pasajes del Nuevo Testamento y las actitudes propias de un esquizofrénico (cambios temperamentales, inclinación por la comida y el consumo libre, las actitudes mesiánicas en general, la dependencia materna, su sacrificio para la salvación social, etc.). Por ello, debemos comenzar analizando las características de la época y el comportamiento de todos antes de abordar presuntuosamente las actitudes de un grupo estigmatizado. En este sentido Marx lo tuvo muy claro. Lo podemos ver expuesto en el tomo I del Libro I del Capital, en el capítulo dedicado al “fetichismo de la mercancía”. Y es una pena que esta aportación tan importante y acertada en la contemporaneidad de la Revolución Industrial y tecnológica bajo el dominio del capitalismo, haya sido embardunada de tanta basura ideológica, e incluso demagógica, olvidada sobre todo por quienes han justificado sus miserias políticas y sus incompetencias personales con tanta filosofía marxista de garrafón.

            No ha sido la producción en cadena la que ha hecho de la mercancía un ente desconocido que sustituye la anterior naturaleza hasta confundirse con ella, sino la sustitución del uso que damos a los objetos por el valor de cambio por el que entran en el mercado. Mediante el uso somos capaces de recuperar el conocimiento del objeto, aunque se trate de un conocimiento constructivo y no explicativo tal y como reivindicó el propio Marx en La ideología alemana en concordancia con la era industrial que se avecinaba y el futuro dominio obrero. Siendo desplazado el uso por el valor de cambio, la realidad se nos presenta tras los escaparates de manera incógnita, sin poder ser apreciada más que a través de la virtualidad de la imagen, sin su peso, sin su presencia física. Con ello el hombre retornó de golpe a un nuevo estado primitivo a pesar de los avances científicos, cosificados en objetos de estudios de un conocimiento cada vez más diseminado en diversas materias ansiadas por alcanzar el estatus de la objetividad y la exactitud abstracta de las matemáticas (el positivismo). El objeto de consumo que no alcanzamos a adquirir tal y como ocurre con la inmensa mayoría, se nos presenta tan extraño como las tormentas eléctricas para los hombres prehistóricos, y aún si lo adquirimos, su tiempo es demasiado inmenso como para que podamos disfrutarlo en su totalidad, porque el fetichismo de la mercancía no reside tanto en la producción como en el reino del consumo, siendo estos dos ámbitos las dos caras de una misma moneda.

            En este contexto y frente a las etiquetas ideológicas que podamos adoptar, la esquizofrenia junto con aquellos que la soportan, desarrolla medios de conocimientos alternativos para una realidad que no sólo ellos la perciben extraña sino todo el mundo. Ellos la han interiorizado hasta desdoblar la voz de su reflexión. Han asimilado en sí mismos el misterio de la contemporaneidad. Visto de esta manera, la locura en nuestra época consiste en una toma de conciencia involuntaria por la que ésta se inmola a sí misma. Cada día es alcanzada por más y más gente como consecuencia de un ritmo de consumo y de frustración y de éxito y de fracaso cada vez más intenso, con el fin de desplazar hasta el borde del precipicio la intensidad misma de la vida definida precisamente por lo desconocido. El propio sistema de mercado generalizado nos brinda esta posibilidad siempre que sepamos tergiversar sus aportaciones tal y como procedían los situacionistas de Debord, tal y como hemos dado la vuelta a este “arte terapia” que, en algunas ocasiones durante la visita a la exposición, nos ha hecho sonreír muy sinceramente.    

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