Cinco días intensos en el Líbano


Por Agustín Gavín
Zaragoza 10 de octubre de 2021, 10 de la noche

       El viaje al Líbano previsto para mañana ha estado a punto de suspenderse. Planificado desde antes de la pandemia hemos introducido variantes en la logística derivadas de la excepcionalidad de la situación, aunque lo más urgente sigue siendo la ayuda de primera necesidad y prevenir…

…el coronavirus ante la escasez de recursos sanitarios.

       En el valle de la Beqaa hay más de cuatrocientos mil refugiados sirios, la mayoría cerca de la frontera entre los dos países. El proyecto que vamos a ejecutar ha sido financiado por instituciones aragonesas, incidiendo en la prevención de la pandemia y la adquisición de respiradores para hospitales. Ya antes de la misma conocíamos la disminución de ayudas internacionales en la zona y la gravísima crisis económica por la que estaba atravesando, y atraviesa, el Líbano. Todo va a ser poco.

    Las escasas noticias que llegan desde allí informan de un apagón en todo el país, hablando con nuestros amigos libaneses nos dicen que esas noticias son exageradas. Si bien es verdad que las dos centrales eléctricas más importantes se han quedado sin combustible por la falta de liquidez del gobierno, cuentan que la electricidad no está cortada del todo y esperan solucionar el problema en breve. En los últimos años hemos ido cinco o seis veces y la situación es cada vez peor en los campamentos de refugiados. Hay más de un millón entre seis millones de libaneses y todos están sufriendo la mayor crisis económica y política de su historia reciente, refugiados y libaneses. De momento no han aparecido enfrentamientos bélicos de todos contra todos, como ocurrió entre 1975 y 1990, y eso que la gente se está echando a la calle constantemente reclamando una salida a la grave crisis. No pueden sacar sus ahorros de los bancos, el dinero del exterior, la mayor fuente de ingresos de la economía nacional, no llega tampoco a las entidades finacieras, muchas están cerradas, la moneda local devaluada, un auténtico corralito. El hastío colectivo provocado por la injerencia de las potencias mundiales a través de sus sucursales nacionales de países del entorno, como Israel e Irán, agobian a un país históricamente lleno de contradicciones por su peculiaridad religiosa e interétnica. En el 2017 vivimos con satisfacción jornadas de exaltación del pacifismo en el Maratón de Beirut, donde la gente se echó a la calle en una jornada festiva reivindicando la paz, simplemente la paz, y como contaremos más adelante ahora parece un espejismo, porque la violencia sectaria amenaza con reaparecer. Por cierto, en ese maratón Jesús Arroyo, un corredor aragonés del mundo de las organizaciones no gubernamentales, quedó primero en su tramo de edad. Beirut era una fiesta y durante unas horas las calles podrían haber sido las de cualquier capital europea en una jornada solidaria.

Madrid, 11 de octubre de 2021, 12 de la mañana.

     Después del viaje en AVE de Zaragoza a Madrid nos dirigimos al aeropuerto Barajas-Adolfo Suárez. Por supuesto los teléfonos móviles han estado funcionando desde primera hora de la mañana, tanto recabando información online como “wasapeando” con nuestros contactos en el Líbano. La Embajada Española en Beirut, siguiendo el protocolo, está advertida de nuestro viaje y el avión de la MEA de las Líneas Aéreas Libanesas nos espera a través de los cristales panorámicos de la T1. Llegaremos casi de noche y podremos comprobar in situ el asunto del alumbrado en Beirut. El avión va medio vacío a pesar de ser una oferta, ha costado trescientos euros ida y vuelta cuando en otras ocasiones hemos pagado hasta el doble.

Beirut, 11 de octubre de 2021, 19 horas.

     Llegamos al aeropuerto Rafic Hariri de Beirut. Rafic Hariri fue un hombre de negocios que llegó a ser primer ministro. Muy crítico con la presencia del ejército sirio en el Líbano, fue asesinado con un coche bomba en el centro de Beirut en el año 2015, atentado en el que murieron veintiuna personas. Tanto el gobierno libanés como muchos observadores internacionales culparon del atentado a los servicios secretos sirios, aunque no se encontraron pruebas en el juicio y sólo fue condenado un miembro de Hezbolá. Este magnicidio ha marcado la reciente historia del país.

     Ya cuando sobrevolamos la capital libanesa, observamos que no se ve tanta luminosidad como en otras ocasiones. Al llegar al aeropuerto, después del largo trámite de acreditación donde la policía libanesa inspecciona los sellos de los pasaportes, lo primero que nos hacen es una PCR anotando el número de teléfono y el lugar de residencia durante la estancia. Por supuesto, desde que hemos salido, tanto en Madrid como en Beirut, hemos tenido que enseñar varias veces el certificado de vacunación.

    Nos esperan nuestros compañeros de la organización local Al Abrar y sin perder tiempo nos dirigimos hacia Chtoura, en el valle de la Beqaa – una hora de viaje por carretera – en cuyo entorno, y al lado de la frontera con Siria, se ubican los campos de refugiados en los que trabajamos desde hace cinco años. La mayoría de estos refugiados son de los primeros que salieron, muchos viudas con hijos de los primeros combatientes contra el régimen de Al Asad que tuvieron que huir con lo puesto y no tuvieron la posibilidad de moverse hacia otras zonas con más expectativas y dinero para acceder a países europeos o Turquía. En Idomeni, en Grecia, ya vimos como los refugiados que se quedaron colapsados en la frontera con Macedonia aún podían pagar medicamentos en farmacias, taxis y tiendas de campaña con tarjetas de crédito, después de pagar en efectivo a las mafias en Libia. Turquía, el país que más refugiados tiene per cápita, recibe grandes cantidades de dinero de Europa para atender a los más de quinientos mil refugiados, uno por cada cuatro ciudadanos turcos. Eso le permite al presidente Erdogán amenazar a la Unión Europea con abrir sus fronteras y dejar salir a los refugiados a pesar de los fondos que recibe; y es que, como miembro de la OTAN, quiere entrar en Europa en el 2023, parece un chantaje condenado al fracaso. 

    Efectivamente predomina la oscuridad en Beirut y las luces de las afueras, de los barrios periféricos, marcan diferencias sociales. La poca gente que circula por la calle se alumbra con las linternas de los teléfonos móviles o aprovechando los focos de los coches. En los edificios altos la oscuridad es predominante, a excepción de los pisos que tienen generador o velas que tintinean a través de las ventanas. La luz también puede ser un elemento clasista. Muchas gasolineras están cerradas debido a la escasez de combustible, eso sí, los hoteles, las tiendas de lujo y algunos restaurantes tienen sus letreros de neón encendidos como si la crisis no fuera con ellos. El Líbano es algo más que un país de contrastes y no es un eufemismo.

    Nos cruzamos con algunos convoyes de camiones cargados con combustible y vemos que llevan matrícula iraní. Hezbolá ha conectado con sus protectores y están entrando casi como ayuda humanitaria, las autoridades quieren poner en marcha las centrales en tres o cuatro días. Irán está sometido a un bloqueo económico por parte de EE.UU. y para la Casa Blanca Hezbolá es un grupo terrorista, pero esta vez han debido de mirar para otro lado, ya que en poco tiempo barcos de combustible iraní han atracado en los puertos libaneses con camiones incluidos e Irán está ganando enteros entre la opinión pública del país. La carretera que lleva de Beirut a Damasco apenas tiene tráfico, nos dicen que la gente que viaja lo hace sólo por necesidad. Llegamos al hotel Delora en Chtoura y preparamos el trabajo de los tres días que vamos a permanecer allí.

Chtoura, 12 de octubre 2021, 11 de la mañana.

      Los refugiados de la guerra de Siria, que dura ya diez años, no madrugan. Por eso los repartos de lotes de ayuda humanitaria empiezan sobre esa hora, y es que en los campamentos no hay nada que hacer, están mano sobre mano salvo algunas excepciones, sobre todo de mujeres que han conseguido efímeros trabajos en los campos de cultivo de los alrededores o en las granjas de vacas. Visitaremos cuatro campos de refugiados al día repartiendo dos tipos de lotes: uno higiénico, con material para prevenir el coronavirus, y otro de alimentos de primera necesidad. Nuestra “contraparte” lo ha preparado todo perfectamente, como ya ha hecho en anteriores ocasiones. Aun así, la gente lo que nos solicita es combustible para el invierno que se avecina, la subida de los precios y la escasez están generando una angustia colectiva que no habíamos visto nunca antes. Hay que pensar que la mayoría de las desvencijadas tiendas están en unas cotas de altitud parecidas a las de nuestro prepirineo y en invierno el calor se esfuma demasiado rápido por las rendijas de las paredes de arpillera.

12 de octubre de 2021, 16 horas.

     El grupo se ha dividido. Nuestra compañera planificadora de proyectos se ha ido a las oficinas de Al Abrar a ajustar todo el proceso económico de compras y los otros dos hemos vuelto al hotel para acabar de cuadrar el calendario del viaje. Sobre las siete se hace de noche. En dos kilómetros a la redonda casi todo es oscuridad, en torno al hotel hay una cafetería Starbucks, dos o tres sitios de comida rápida, una gasolinera cerrada, una farmacia – seguramente con escasez de medicamentos como nos han contado – y dos bancos donde la cantidad de basura acumulada detrás de las verjas denota la falta de actividad y los cajeros automáticos están llenos de polvo, tierra y hojarasca. Los letreros de neón están rotos y es que muchos comercios cerraron, algunos por la presión de EE.UU. sospechosos de pertenecer a Herzbolá, otros porque simplemente no tenían ninguna función. El primer ingreso de la economía libanesa es el dinero que llega del exterior, de la diáspora, y después de la agricultura. Hubo un momento en el que hasta las oficinas de Western Union se quedaron sin liquidez porque era la única forma de que llegara dinero desde fuera. Ahora funcionan con una cadencia caótica, un día se puede mandar dinero y cuatro no. La devaluación de la moneda, la libra libanesa, está en el ochenta por ciento respecto al dólar, han tenido que hacer papel moneda – nuevos billetes más grandes para incorporar ceros -, los productos de primera necesidad cuestan lo mismo que en España y hay gente que continúa acudiendo a trabajar sólo para mantener su empleo. La otrora carretera Beirut-Damasco que pasa por la puerta del hotel y que era un caos circulatorio, ahora se ha convertido en una calle con tráfico normal. Desde las ventanas del hotel predomina la oscuridad, pero en su interior la recepción, la cafetería y el restaurante, son un auténtico derroche de luz y la gente, en su mayoría hombres, fuma yerbas aromatizadas en cachimbas llamadas narguile o shisha, en un ambiente muy similar al de aquel Líbano al que denominaban la Suiza de Oriente Medio, antes de 1975: gente comiendo, bebiendo y sobretodo llaman la atención las pipas con personal que las va atendiendo para que no falle la combustión. La crisis no es igual para todos, nos dijo el traductor.

13 de octubre 2021, 13 de la mañana

     Seguimos con los repartos en otros cuatro campamentos, mientras nuestra compañera y un miembro de nuestra “contraparte” se van a buscar jabón de Alepo que nos llevaremos a España. El jabón de Alepo tiene propiedades beneficiosas para la piel, de hecho varios ejércitos de la zona lo llevan en sus neceseres como único jabón, se puede usar también como champú y como jabón para afeitar tiene propiedades para mitigar enfermades de la piel como la psoriasis. Lo elaboran las refugiadas guiadas por una profesora también refugiada de la propia ciudad de Alepo, la capital económica de Siria prácticamente destruida por la guerra. El dinero que se obtiene con su venta se reinvierte en ellas mismas y sus familias.  Tantos años de exilio forzado no son óbice para constatar la ilusión con que lo fabrican, es un aliciente en las largas y tediosas jornadas, además consiguen ingresos para comprar en las tiendas de los alrededores de las acampadas.

     Nos han comentado que mañana se ha convocado una manifestación ante el Ministerio de Justicia en Beirut, organizada por Hezbolá y el partido político ASLA. La judicatura está interrogando a mucha gente en un intento de delimitar responsabilidades por negligencia, si es que las hay, respecto al almacén que estalló en el puerto de Beirut en agosto del año pasado que provocó más de doscientos muertos, muchos heridos y grandes destrozos materiales. El juez que lleva el caso está siendo acusado mediáticamente de excesiva politización y parcialidad por los medios próximos al mundo chií. Todo apuntaba a que la explosión se debió a un almacenamiento antiguo de abonos agrícolas, pero la instrucción del sumario está siendo muy polémica por parte del juez Tarek Bitar, según dicen próximo a la mayoría cristiana.

    Y es que la composición interreligiosa del país después de guerras civiles y atentados ha desembocado en un Estado con una constitución absolutamente secularizada y donde las élites de las diferentes religiones, en muchos casos corruptas, se reparten el poder. Los cristianos, sumando maronitas, ortodoxos, católicos armenios, drusos y coptos suman el 30 por ciento más o menos de la masa electoral. Los musulmanes sunnís y chiís, opuestos entre ellos, junto con la minoría alauita serían más, pero su división hace que en el reparto de la última constitución, el Jefe de Gobierno tenga que profesar la religión maronita. Es Michel Aorun, un veterano general de 86 años, retirado y héroe de la guerra contra Siria en el 2006, llega con facilidad a acuerdos con Hezbolá. El primer ministro debe ser sunní y en éstos momentos, después de muchos meses sin gobierno, es Nayib Mikati, el empresario más rico de el Líbano. Por último, el portavoz del parlamento compuesto proporcionalmente a las confesiones es Nabib Berri, que es chií, tal y como determina la constitución.

14 de octubre de 2021, 9 de la mañana

    Nos vamos a ir a Trípoli. Se han beneficiado de los repartos 800 familias a un promedio de tres personas por familia, en unos 11 campamentos, es un parche en una rueda que pierde aire por muchos más sitios, pero el coche tiene que rodar, algo es algo.

    En Trípoli visitamos una antigua fábrica de jabón en uno de los zocos más importantes del Levante mediterráneo. Vemos que la gente habla en voz muy alta excitada, parece que discuten y se advierte crispación. Como no entendemos árabe hemos pensado que podía tratarse de algún partido de fútbol, pronto sabremos que están hablando de la manifestación en Beirut delante del Ministerio de Justicia. Nuestros compañeros libaneses no tienen ninguna prisa en regresar a la capital, donde pasaremos la última noche antes de regresar a España. Nosotros, en cambio, queremos ver cómo quedó el puerto de Beirut y queremos llegar con luz solar, porque intuimos que por la noche será difícil ver algo. De hecho, lo comprobamos siete horas más tarde. En el restaurante en el que comemos en Trípoli vemos en la televisión las duras imágenes de la manifestación. Gente abatida por disparos, gente muy joven disparando, fusiles de asalto con granadas en las bocachas y tanques recorriendo el centro de Beirut, de momento van cinco muertos, al final serán siete. Se han matado entre miembros de Hezbolá y partidarios del controvertido juez Tarek Bitar, que estaba llamando a declarar por presunta negligencia a cargos públicos del partido chií moderado Amal en relación con la explosión del puerto del verano pasado. Como siempre se acusan unos a otros de empezar la refriega. Leemos en la prensa local que la noche anterior se han movilizado las fuerzas libanesas cristianas y que se han preparado para disparar a la manifestación desde edificios próximos. Como Hezbolá también llevaba sus correspondientes kalashnikov se produjo la tragedia y durante unas horas se temió lo peor, el todos contra todos que ensangrentó al país durante quince años y que debía ser lo que preocupaba en el zoco de Trípoli. Fue una tarde noche de llamadas a la calma de todos los dirigentes políticos en la televisión. La vuelta a Beirut, con sus correspondientes controles a la entrada y salida, nos costó el doble de tiempo que a la ida.

Beirut, 14 de octubre de 2021, 6 de la tarde.

     Las calles están casi desiertas, aunque hay comercios abiertos y curiosamente no se ve mucha policía. Acudimos al puerto para ver como quedó después de la explosión y el panorama es desolador. No hace tanto tiempo estaba lleno de yates y barcos de lujo de ciudadanos de países como Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí, que se alojaban en los lujosos hoteles del paseo de cuatro kilómetros de La Corniche, también muy castigada por el inmenso estallido.

     Nuestros amigos nos dejan, como en otras ocasiones, en el Hotel Mayflower, al que ya sabíamos que no había afectado la onda expansiva, tuvo más suerte que otros hoteles del centro. Nos reconoce y nos saluda efusivamente el encargado de los equipajes, nos despedimos de nuestros amigos libaneses y entramos en el bar del hotel decorado como un pub inglés, “El Duque” por el duque de Wellington, y nos apresuramos a tomar la primera cerveza en cuatro días. El anterior camarero se debió de jubilar y el que hay ahora nos asegura que no va a pasar nada, que el tiroteo ha sido una acción para marcar territorio político. Sí, pero con armas, muertos y heridos. Me viene a la cabeza la famosa frase recurrente que escuchamos al histórico corresponsal de la Vanguardia en el Líbano, Tomás Alcoverro: “Si alguien te explica el problema del Líbano y lo has entendido es que te lo ha explicado mal.”

15 de octubre de 2021, todavía Beirut.

      Llegamos al aeropuerto y no sabemos si se debe a los acontecimientos del día anterior, pero hay largas filas para embarcar; podría ser también por las ofertas económicas ya que hay vuelos a Londres, París, Bucarest…  muchos niños, mucho equipaje…

    Lo cierto es que ya en Zaragoza leemos que el viernes 15 Beirut se había convertido una vez más en un lugar de luto y entierros, pero al parecer, por lo menos de momento, esos muertos no iban a traer más muertos.

El trabajo solidario:

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