Hermosos vencidos / Esteban Villarrocha

Por Esteban Villarrocha

    Los fracasados y los autodidactas, las más de las veces, adquieren conocimientos; los triunfadores y los especialistas, siempre, tienen el poder.

     Soy de la generación que vivió la adolescencia cuando se producía una trasformación política; pasábamos de una dictadura militar a una democracia burguesa. Soy producto de ese vaivén político que fue el consenso del 78, un nuevo contrato social que favoreció a triunfadores y especialistas, a arribistas desideologizados y que, de alguna manera, cambió las normas de juego permitiendo generar ilusiones diversas. Soy un fracasado autodidacta, fruto del desasosiego ácrata que produce el sistema capitalista, soy consecuencia de un modelo que pretendía poner el bien común por encima del interés particular y que desde el principio unió progreso y éxito, pervirtiendo la ética política y favoreciendo la corrupción.

     Sin ocultar lo que supuso este proceso que permitía pasar del gris al mundo en colores, estuve siempre cerca de hechos transversales fruto de la inquietud cultural, de la pasión por conocer, de la necesidad de divergencia, de la insobornable necesidad de pensamiento crítico, en una palabra, del fracaso. Curiosamente, eran estos los valores que había aprendido en una sociedad llena de miedos. En aquel tiempo decidí, como otros muchos de mi generación, dedicar mis esfuerzos al cambio de mentalidades, a intentar ideologizar el pensamiento, luché contra los que querían el fin de la historia y teorizaban a favor del pensamiento único. Pero tengo que decir que las esperanzas se desvanecían con el trascurrir de los acontecimientos políticos. La acción cultural pasó a ser la última barricada, una forma ácrata de existir y dignificar una profesión. Fuera del poder y la función pública.

     Entonces comprendí que el cambio no siempre supone una acción a favor del bien común, que el cambio anunciado camuflaba la falta de objetivos colectivos, que era un cambio a favor del modelo individualista que representa la codicia, el éxito social, el inmovilismo. Muchas veces, ya se encargó la filosofía y la literatura de constatarlo, hablar de cambio supone mantener todo como esta, pero con otros protagonistas; la filosofía y la literatura perdieron su valor de uso, pasaron a la marginalidad.

    Hoy todo esto lo constato al ver el aumento brutal de la desigualdad y en el devenir de la sociedad del espectáculo, que vivimos con cierta autocomplacencia. La representación trágica de una enloquecida farsa política que ha llegado al último acto, donde todo se repite más deprisa, donde huele a podrido.

    Creo, porque me lo dice la experiencia, que los verdaderos y únicos cambios, siempre los producen los que no aspiran al poder, los que en su fracaso y su inquietud por saber generan expectativas sociales diferentes, formas de organizarse distintas, y las más de las veces utilizan el hecho cultural para manifestarse; los que saben que para cambiar hay que modificar las mentalidades, las formas de convivencia, las maneras de relacionarse, la idea de conocimiento, etc. Los verdaderos cambios se producen porque hay ideas que los sustentan y gentes que creen en la utopía, en la arcadia social, porque hay lugares marginales donde la divergencia se acepta en tanto y cuando produce conocimiento, significa aprendizaje y enriquece el patrimonio cultural.

     Asisto, a veces perplejo, a un cambio generacional. La generación mejor formada de nuestra historia suplanta a los triunfadores y especialistas del 78, contemplo un discurso lleno de lugares comunes y gestos para el común, un discurso falto de acción y compromiso concreto con la sociedad civil. La generación mejor preparada ha degenerado con el poder en sus manos, repite un discurso ilustrado que, por jacobino y rancio, pierde el contexto y se aleja de lo cultural, no oye a fracasados y autodidactas, se retroalimenta de vanidades y se cree en posesión de la verdad, cuando todos sabemos que esta no existe. La cultura vuelve a ser la última barricada para limitar, ordenar y corregir a la confundida conciencia.

     Siempre me han asustado las gentes que en su autocomplacencia generan falsas ilusiones por el cambio y vuelven a repetir la historia. Mi experiencia genera, y lo siento, mucha desconfianza. La práctica política no me ha sido nunca ajena y la primera vez que lo viví, lo presencié como una comedia de enredo. Espero que esta vez no sea una tragedia burda, aunque, por lo que veo cada día a mi alrededor, no dista mucho de ser una astracanada para entretener al pueblo, un vodevil intrascendente.

    Nada por aquí, nada por allá, pero hago aparecer un discurso de lo vulgar a medida del pensamiento débil, que solo sirve para ampliar el ego de algunos que por un momento son protagonistas de la farsa. El poder corrompe, las leyes injustas embrutecen, y solo una sociedad civil que apuesta por una educación en libertad, por una cultura de la diversidad y un amplio sentido crítico alejado de los poderosos que genere una apuesta por la divergencia y el sentimiento ácrata, podrá conducir a la trasformación.

    Me ratifico, una vez más, que será la sociedad civil la única que puede producir un cambio, ocupando y generando espacios de convivencia al margen de instituciones políticas, espacios que no responden a banderas e himnos solemnes. Y para conseguir estos espacios necesitamos una sociedad más culta y donde los mecanismos para educarse sean igualitarios y no respondan a dirigismos políticos.

   Fracasado y autodidacta continúo, pero a mucha honra.

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