
Por Carlos Calvo
Subdirector del Pollo Urbano
En la escuela nos enseñaron que dios está en todas partes, pero cuando un cristiano quiere orar …
…acude a una iglesia, que por la herida entra la luz. Algo así ocurre con los letraheridos acérrimos, creyentes o agnósticamente ateos, que su lugar de oración es una feria del libro cualquiera. Ahí estaban, en efecto, los mercaderes de la cosa en sus casetas, durante los nueve días que ha durado la fiesta libresca zaragozana 2026, ubicada una vez más en el parque Grande José Antonio Labordeta: editores, libreros, escritores y algún personajillo de la farándula colocando a los desocupados lectores sus recetas variadas de vida, de voz, de fuego, de herida.
Además de escribirlos, a los libros hay que leerlos y venderlos. Entenderlos sería el clímax, el deseo más sublime en un aquelarre de corrección. Acaso “leer es el acto más contemplativo, junto a la oración”, por decirlo con Fernando Bonete, cuya primera novela, ‘La hija del Fénix’, tuvo excelente acogida en esta feria, una historia sobre la hija ilegítima del dramaturgo Lope de Vega. Aunque no es fácil encontrar, en las novedades editoriales, algún volumen que verdaderamente merezca la pena: novelas, ensayos, diarios o poemarios más previsibles que una película porno. O tan predecibles como el tiempo que hizo ayer. Por no decir tan simples como el asa de un cubo. Como cantos al vacío, maldita sea, puede que no estén del todo mal. Casi todo es fofo, con la misma largura dramática que el rabillo de una boina. Unos libros, en fin, más desnortados en materia literaria que una anaconda en un iceberg. Por eso hay que saber separar el grano de la paja, que siempre surgen artefactos de interés, a pesar de la impostura, el divismo y la parafernalia reinantes.
Siempre me han interesado sobremanera los escritores que despellejan a su ciudad y crean territorios literarios anclados en la realidad histórica y social. Ejemplos hay muchos: Dublín en Joyce, San Petersburgo en Dostoievski, Lisboa en Pessoa, Nueva York en John Dos Passos, Madrid en Cela, Barcelona en Marsé, Bilbao en Félix Mondroño o Málaga en Antonio Soler. Para Julio José Ordovás, ese peatón sentimental que encara las luces y la sombras de esta ciudad inmortal llamada Zaragoza en su postureo posmoderno, “los personajes de Soler son como mis vecinos, entran y salen del supermercado contando las monedas, llevan camisetas de tirantes, se tambalean en el alambre de la supervivencia doméstica y cada uno esconde un monstruo dentro que a veces sale a la superficie y a veces no. Gente que vive en los barrios lentos, donde el deseo, la esperanza y el heroísmo suelen acabar en el contenedor de reciclaje”.
Lo peor que le puede ocurrir a la literatura y a la cultura en general es perder su relación con la realidad. El arte siempre es un ejercicio social, incluso, si me apuran, militante. En cuanto se pierde ese vínculo, se pierde todo. Y estoy convencido de que la única respuesta posible a lo que nos pasa, maldita sea, pasa necesariamente por analizar lo que nos pasó. El tiempo, en mi ideario, antes que solo pasar, pesa. La ficción debe confundirse con la realidad: el presente no es más que otra forma, acaso imaginaria, de nombrar el pasado. Con el tiempo he aprendido que la ficción solo es relevante en la medida en que se convierte en archivo. Por mucho que un autor se empeñe en recrear el pasado jamás alcanzará el grado de autenticidad y verdad de una imagen de archivo cualquiera. Si la literatura existe, o el arte en general, existe como memoria. La realidad, que es el único compromiso de verdad de un creador, solo es comprensible desde la memoria.
Sin embargo, la novela histórica más chata parece que ha cogido carrerilla, de un tiempo a esta parte, en el mundo editorial local, nacional e internacional. También la manoseada literatura policial. Se escriben muchos crímenes, sí. Hay autores, sin embargo, que no son precisamente tan duchos en la materia como creen y, al tocarlo de forma tangencial, echan mano de algo tan trillado al género como las improbabilidades y coincidencias argumentales, aunque esas trampas no llamarían tanto la atención si las novelas, al menos, gozaran de una narrativa mucho más enérgica. Pero, en la mayoría de los casos, ni eso, por mucho repique de campanas de los interesados. Un subgénero literario, el policial, en donde el artificio y la banalidad campan a sus anchas. Los misteriosos asesinatos parecen adueñarse de los prosistas. Y de la misma feria libresca zaragozana.
¿Por qué leemos misterios de asesinato? ¿Por qué un asesinato es algo que nos parece horrible y repugnante, pero un asesinato en las páginas de un libro es un entretenimiento? También hay libros sin crímenes pero con trampa, que acumulan un poco de todo: unas gotas de osadía ‘descará’ y otro tanto de cubilete fullero. En cualquier caso, según la organización de la feria, sigue habiendo un público fiel que viene todos los años a buscar los libros de sus autores y autoras favoritos, sean de asesinatos o no sean. Pero más allá de los Javier Cerca, Lucía Solla Sobral, David Uclés, Fernando Aramburu o Siri Hurstvedt, y de los locales (o casi) Juan Bolea, Antón Castro, Miguel Mena, Sergio del Molino, Begoña Oro, Irene Vallejo, José Luis Corral, Magdalena Lasala o Fernando Lalana, el autor que más libros despachó fue, sin hacer presencia, León XIV con la encíclica papal ‘Magnifica Humanitas’, de la editorial San Pablo. Nadie pudo con el santo padre y la euforia vaticana, ni siquiera un premio Cervantes como Eduardo Mendoza, quien consigue volver a hacernos reír con su enésima novela, ‘La intriga de un funeral inconveniente’. De esto se dieron cuenta los caseteros, que por la herida entra la luz. Que se lo pregunten, si no, a nuestra querida Cristina Grande: “Firmé un único ejemplar de ‘Diario del asombro’ a un viejo amigo”…
Quien dude del resurgimiento espiritual de la sociedad solo ha de fijarse en la lista de libros más vendidos de no ficción. En un momento en que la inteligencia artificial y el mundo digital parecen haber puesto patas arriba todas las certezas sobre el futuro de la humanidad, la reacción parece haber sido buscar consuelo y seguridad en la fe. Con la encíclica del papa superventas, la sociedad parece haber confirmado la tendencia al alza del catolicismo. El pontífice, en apenas 180 páginas, cita constantemente a sus antecesores para realizar una llamada a la reflexión y la solidaridad ante los nuevos paradigmas tecnológicos. Sea como fuere, ese libro religioso líder en ventas lo podría haber escrito el Mago Pop y así averiguar dónde está el truco, que la sotana del papa todo lo tapa.
En Zaragoza hay quien se dedica a pasear enamorado en medio de todo y de todos, quien asume el goce del discreto encanto de la burguesía o quien se limita a sobrevivir, angustiado por si encontrará piso o cómo llegará a fin de mes. Pero también hay quien se dedica a pensar la ciudad, a mirar más allá del día a día, de las dádivas y los dramas inmediatos de la urbe, para escudriñar su historia y descubrir en ella mecanismos, procesos, desarrollos y evoluciones, y acaso hasta lecciones. Una de esas personas capaces de mirar bajo el velo de la pura facticidad, el presentismo y la apremiante actualidad es, otra vez, el escritor (y panadero) Julio José Ordovás. Porque hay autores que irrumpen como los vinagres, para hacer que escuezan. La intensidad de ciertos escritos hiere e incomodan como un desgarro. Que por la herida entra la luz, maldita sea.
Pero no todo libro impreso es literatura. Ha habido productos y subproductos a lo largo de la historia que han tenido gran éxito de lectores y que hoy no forman parte de la recopilación de obras que han elevado el lenguaje o así. Lo malo es que nos confundamos nosotros mismos pensando que todo lo que se publica es literatura. La literatura es otra cosa. Pero que se lea está bien, aunque sea el prospecto de un medicamento. Siempre ha habido un público que antepone la carne al espíritu y que no tiene inquietudes intelectuales más allá del entretenimiento. De todo hay en la viña del señor, ay. Como aquella mujer que le sonaba la sonrisa como la piedra de un afilador, que preguntó en una caseta si estaba todo en venta. Cuando le dijeron que sí, se interesó por el precio de una pequeña estantería de madera de ciprés que sostenía los ejemplares.
A su lado se levantó un escándalo de gritos histéricos que colapsaba el tránsito ferial. ¿Será el papa? No, era un creador de contenidos que desataba el delirio de las fans. La fama, hoy, está tan sectorizada que hay gente famosísima que poca gente sabe quién es. Los ‘youtubers’, los célebres, los presentadores de la tele, con sus nutridas colas, suelen generar la animadversión de los más letraheridos, pero la feria, maldita sea, es del libro, no de la alta literatura. El gentío, por lo general, compra libros absurdos, naderías, propaganda. Escribir (y leer) en serio sobre lo hondo nos deja a solas con nuestros monstruos. Pero el gentío alborota, incordia, y la espontaneidad ha devenido en grosería. El escritor, ya se sabe, es parte de la sociedad y empuña el poder de la palabra. Pero una cosa es ser novelista, y ahí hay muchos, y otra muy distinta es ser un gran escritor.
La buena escritura se resuelve en la idea, el texto y también la vida. Es explicar por dónde se rompen las personas y las cosas, y cómo lo trágico nos devora. Muy pocos están dispuestos a ver la luz de las criaturas extrañas. Y ni la música, a veces, puede sustituir a las lágrimas. También hay gente que no sabe vivir si no es poéticamente. Y algunas de esas personas que también ríen y lloran, gritan y susurran, seducen y tosen, consiguen igualmente aceptarse como poetas en un mundo que, al cabo, nunca ha dejado de ser extraño, también en tiempos de Dylan Thomas. Entre la vergüenza y la verdad sigue habiendo gente, acaso usted mismo, desocupado lector, que apuesta por la autenticidad.
Las probables lectoras, mucho más numerosas que sus opuestos masculinos, recorrían arriba y abajo la pequeña avenida libresca del parque Grande, comprando o rebuscando, preguntando o provocando, como ‘ordovasianas’ peatonas sentimentales. La seductora jovencita de voz grave que me altera y que luce falda corta y muestra sus rodillas de formas redondas y brillantes. La veterana atractiva y elegante, de pelo negro largo recogido en una bonita coleta que le cae sobre el hombro y enmarca uno de sus turgentes pechos. La pareja que muestra su desatada pasión, ajena al tropel de gente ajena. La mujer huesuda y arrugada, con la nariz azul y los dientes de metal. La anciana con una sonrisa de mucho diente, delantal, alpargatas de caña y una gorra con una estrella en el frontal. La mujer con un güipil puesto, de grandes flores de color rojo suntuoso y concentrado. La joven que me mira con unos ojos de oliva negra muy mojados, de buen tamaño, que recuerdan a los de Picasso o a los de Buster Keaton.
La adolescente que se mece de izquierda a derecha con la armonía de un campo de trigo al que acaricia el cierzo al atardecer. La cincuentona con voz chillona, acaso de su soltería mal llevada. La mujer de olor peculiar, a sábana recién planchada, a jabón, a pan tostado. La chica algo rarita, escondida bajo un flequillo abundante y gafas de pasta, que intenta pasar desapercibida y, sin quererlo, termina metida en problemas al sugerir a un paseante de bigote dinámico a lo Adolphe Menjou que devuelva el libro que ha robado: un Félix Romeo Pescador de dibujos animados, aquel escritor de Las Fuentes al que tanta cancha dan todavía los del núcleo duro de las letras zaragozanas.
O esa anciana encorvada y con el pelo cubierto con un pañuelo negro, acompañada de un cincuentón de bigote severo, manos peludas y voz de trueno, como si saliesen, otra vez, de la prosa detectivesca y peatonal de Ordovás, ese escritor que da voz a Zaragoza en unos textos de muchas voces juntas, al modo de un peatón sentimental que escruta como nadie a la ciudad más gastada y menos glamurosa, sin nunca abandonar al elegíaco medio rural de sus orígenes, Almonacid de la Cuba. Unos escritos donde coloca el territorio bajo el flexo y coge unas pinzas y un cuchillo y divide en testimonios varios, calles y callejuelas, plazas y plazuelas, manzanas lombriceras, barrios lentos, edificios quemados por el sol, tascas, departamentos y personajes, o así, ese bulbo amoroso de metrópoli, que extraña y descubre según la escribe.
En una ciudad que no se detiene jamás, tan pagada y tan perdida de sí misma, hay un hombre que sabe permanecer quieto ante ella. No es una renuncia ni un gesto de excentricidad. Se trata, sencillamente, de un método muy particular de trabajo. Julio José Ordovás entiende pronto que Zaragoza no se revela a quien se limita a atravesarla, sino solo al que se demora ante ella para captar su esencia: en la barra pegajosa de un bar, en la voz gangosa de alguien que habla sin que nadie le escuche, en la mirada del río Ebro desde cualquier puente, en los vagabundos obstinadamente obstinados, en cualquier peatón (o peatona) sentimental de una feria libresca cualquiera…
Sus escritos muestran a protagonistas alejados del foco mediático para escribir historias con páginas invisibles, la densidad de lo real, sin estrategias ni cálculo. Es su manera de estar con los habitantes del mundo, por extravagantes que parezcan. Sus textos desprenden frescura, hallazgo y frivolidad, que es lo que tiene que desprender un buen texto. También el azar hace que un lugar sea el que es y no sea otro. Una suerte de impresionismo literario cuya paleta se junta en la pupila. “En los lugares bendecidos por el sol y el dinero”, escribe Ordovás, “las sombras son más profundas de lo que parecen”. Sus desocupados lectores asisten a la capacidad de gozar con el oído, la vista, el tacto, el olfato. Esa sensualidad que aparece en su literatura se echa cruelmente de menos en la mayoría de las letras coetáneas, más encaminadas hacia las ideas y abstracciones en vez de a los olores y texturas. Ya afirmaba Pla que “es mucho más difícil describir que opinar. En vista de lo cual, todo el mundo opina”.
Julio José Ordovás recupera la prosodia del relámpago interior, mirando al mundo a los ojos y dejando fluir el talento de una personalidad desapasionada. Zaragoza es la ciudad que recorre sin prisa pero sin pausa, con una atención paciente, como quien explora un terruño desde sus mismas entrañas, y logra algo muy difícil: mostrar una forma distinta de mirar y de contar la realidad que le rodea. Porque para Ordovás cada historia tiene un límite, y saber dónde está el punto exacto para no cruzarlo constituye la verdadera medida de su creatividad. Y lo hace con una cadencia hecha de pausas, desvíos y silencios. Su método es discreto pero exigente, en una búsqueda constante de la frase justa, sin resultar nunca forzado, hasta el punto de que el desocupado lector no aprecie el esfuerzo, aunque sí distinga, a la vez, una voz nítida.
El arriba firmante es agnósticamente ateo, maldita sea, y cuando quiere orar literatura acude a ese escritor y cronista que tiene el músculo cardiaco acondicionado a la imperfecta estructura de Zaragoza. Ordovás observa como nadie. Le pone al periodismo crestas rebeldes. Hace de su manera de narrar un asombro y escribe con osadía punk, buscando que las palabras choquen y sean verdad y en su colisión se cuente algo. Ordovás es una manera de contar Zaragoza sin casticismo mal entendido, mestizo, cruzado de poemas y gritos, de tardes tontas y de planes grandes.








