
Por Jorge Álvarez
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En nuestra vida se presentan situaciones difíciles de explicar.
Y hoy le voy a contar a usted de una. Pero para ello hoy necesito de su inestimable colaboración. En realidad, de su imaginación. Porque sólo así podrá tener una dimensión cabal de ella. Le propongo que cierre los ojos por un instante y piense cómo se sentiría si estuviera internado en un centro médico y viera entrar a la habitación al empleado con la camilla para llevarlo al quirófano.
Está descrito como uno de los momentos que generan más incertidumbre, estrés y miedo. Ve a sus seres queridos que le besan el rostro, le estiran sus manos despidiéndose y augurándole que todo va a salir bien. Recorre el pasillo que termina en esa puerta doble que desemboca en una sala iluminada a día escuchando el ruido de las ruedas.
De seguro que la presión arterial se le disparó a pesar de la voz pausada de la enfermera que intenta calmarlo. Pero es imposible porque ve, levantando la cabeza, ingresar al cirujano y a sus ayudantes con anteojos oscuros y bastón blanco. El corazón se le quiere salir por la boca, sus manos están empapadas de transpiración y escucha de boca del anestesista “sí, ellos son ciegos pero son los mejores se lo aseguro. Tranquilo, tranquilo, tranquilo.” Instante en que usted cae en un sueño del que no sabe si va a despertar ni cómo. Ni cuándo. Terrible ¿no le parece?
Bueno esto es la descripción de lo que siento yo y unos cuantos millones de compatriotas cada cuatro años al momento de elegir al presidente del país. Porque desde un lejano 1966, cuando un golpe militar derrocó al gobierno, sucede lo que usted acaba de leer salvo hasta ahora porque los ciegos de la familia Milei que lo van a operar también tienen problemas mentales severos.
Bueno, pero inexplicablemente somos un pueblo de ovejas, manso, dócil y que cree que el que llegó a la presidencia es mejor que el que se fue. Y así nos va: seguimos “disfrutando” de una inflación interanual alta, se crearon o aumentaron más impuestos y los servicios de luz o gas tuvieron aumentos que orillan el delirio.
Se siguen recortando presupuestos universitarios y de la educación en general; los medicamentos y los alquileres tuvieron un incremento surrealista y los viejos que aportaron toda su vida para jubilarse miran asqueados cómo este gobierno anarco-liberal los ignora y los ningunea. Hoy tenemos los ingresos más bajos de toda América y tal vez el índice de corrupción más alto de la región.
Y las ¿cuarenta y ocho millones de ovejas mansas que habitan la Argentina qué opinan? Nada. Niente. Por lo único que saldrían y tomarían las calles es porque el gran Leo Messi les regalase otra Copa en el Mundial de fútbol.








