Historia de una montaña, educación, esfuerzo, naturaleza y armonía


Por Eduardo Viñuales

    El geógrafo francés Élisée Reclus integró hace más de 150 años la visión humanista y la ecológica. La editorial …


Eduardo Viñuales
Escritor Naturalista

http://www.asafona.es/blog/?page_id=1036

…Errata Naturae acaba de publicar una nueva edición en español del libro del geógrafo francés Élisée Reclus dedicado a la montaña, publicado en 1880 por la editorial J. Hetzel, la misma que venía imprimiendo las novelas de Julio Verne.

     Y esta nueva edición de la que ahora hablamos no es la primera en nuestro país –fue en 1910 en Valencia-, ni muy seguramente será la última de tan bello clásico sobre los paisajes de altitud de la Tierra que todos habitamos.

     La obra a la que nos referimos, titulada “Historia de una montaña”, constituye un canto a las ásperas cumbres, los valles superiores y sus pendientes laderas… pero está hecho no sólo desde el rigor científico de la época –cuando aún no se conocía tan, tan bien las montañas-, sino que también destaca porque contiene una buena dosis de lirismo literario. Y es que aquí, en estas páginas, donde Reclus reúne con magisterio a través de 22 capítulos el maravilloso mundo de las cimas, las rocas y los minerales, las nubes, el cielo, la nieve y sus avalanchas, los lúgubres glaciares y su erosión, los bosques, las flores de los pastos, los ágiles animales, los hombres… e incluso igualmente los dioses y espíritus que moran en esas montañas que durante largo tiempo fueron consideradas como sagradas. Nos referimos, por lo tanto, a un completo libro que forma parte destacada de la monumental bibliografía de dicho autor, pero donde así mismo podríamos citar “Historia de un arroyo” (1869) y, por supuesto, su monumental enciclopedia de 19 volúmenes llamada “Nouvelle Géographic Universelle”.

      En el volumen literario que hoy nos ocupa, Reclus describe la montaña con un lenguaje florido, accesible y fácil. Cuando se refiere a un glaciar, escribe: “Con sus grietas abiertas y su terrible silencio, de aparente inmovilidad, es una fuerza lenta que trabaja arrastrando hacia las llanuras los escombros de las montañas. Lo hace sin violencia. Parece como si la nieve allí sea eterna. Se trata de copos de nieve convertidos en cristales que no cesan de avanzar, en un empuje que se desliza. El glaciar se rompe, se agrieta y se divide en bloques que se derrumban unos sobre otros. Su superficie contiene centelleantes arroyuelos que de repente desaparecen en una grieta helada, emitiendo un leve gemido de voz argéntea”. Así mismo, el universal geógrafo es incluso capaz de describir de manera sencilla otros muchos aspectos técnicos que parecen difíciles de explicar, como puede ser un “espectro de Brocken”, al que califica de “sombra proyectada por el sol, con proporciones de gigante, que es reproducida sobre la capa de vapor de una nube. Sombra que camina, se inclina y se agita a su antojo, como se mueve un monstruo espectral”.

     Para Eduardo Martínez de Pisón, nuestro querido geógrafo contemporáneo, el libro “Historia de una montaña” está escrito con un afán didáctico y es a su vez muy literario, pues va más allá de lo académico: “Reclus ha ido recorriendo todos los elementos físicos del paisaje, desde el principio hasta el fin. Un siglo y medio después de haber sido redactado, uno lo sigue leyendo con la misma pasión e interés. Élisée Reclús está, sigue vivo. Para mí fue un maestro en la lejanía del tiempo. Es un geógrafo admirable, porque además de ciencia también tuvo espíritu. Sus escritos de otra época aún continúan siendo muy convincentes, no están desactualizados, y eso es porque él estuvo integrado en la naturaleza. Recuerdo bien un texto en el que el autor forma parte de la furia de una tormenta que se retuerce. Se zambulle en su masa negra de vapores, se moja como un pájaro o como una hierba, y vuelve empapado al sosiego del refugio. Todo lo que cuenta lo vivió, tuvo una conexión directa con el medio natural que, poco después, sabría cómo reflejarlo literariamente de forma espléndida”.

    No hay que olvidar que Élisée Reclus fue, por otra parte, un importante pensador anarquista que, seducido por ideas progresistas y radicales, recorrió Europa y América, peleando contra la esclavitud, el colonialismo y la desigualdad. Ello le llevaría a que, a pesar de su fama y de haber obtenido la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de París, se viese represaliado y despreciado por sus propios compañeros, llegando a ser detenido y condenado a deportación, arribando en montañas donde afirma primeramente estar “triste, abatido y cansado de la vida”. De hecho, en el prefacio de esta edición de Errata Naturae, la escritora Bérengère Cournut, nos cuenta que “la montaña fue para Reclus un refugio de soledad, fuerza y calma del espíritu”. Nos recuerda que estuvo exiliado en Suiza, y que “sus líneas escritas suponen un viaje mental y meticuloso hacia los vapores azulados de las cumbres, donde el autor funde al ser humano con la naturaleza, o donde el abrazo con lo vivo se convertirá en un acto de regeneración”.

    Hace un siglo y medio Reclus también se convirtió en un adelantado de la ecología de las montañas y de la conservación de tan milenaria armonía. Le molestaba ya por aquel entonces que el gran reposo de las montañas fuera perturbado por un turismo de masas que precisaba ya de ascensores mecánicos, funiculares y locomotoras que facilitan los accesos: “Se sientes reyes, amos del mundo, ya que toda la montaña no es para ellos más que un enorme pedestal”. Por el contrario, el autor admiraba al hombre modesto que no ambiciona la gloria efímera de la escalada, a Saussure en el Mont Blanc -por ejemplo-, o al poeta que sabe apreciar la belleza de los valles verde esmeralda, de la nieve inviolada, o de estas pirámides blanco-rosadas que se alzan como un tesoro flotando en el cielo zarco. Élisée Reclus siempre mostró una adoración absoluta hacia la Naturaleza: “Amo la montaña por sí misma. Amo su rostro tranquilo y soberbio iluminado por el sol cuando, estoy abajo y me cubre la sombra. Amo sus fuertes hombros cargados de hielo y reflejos. De la montaña me gusta todo, también lo más pequeño: un musgo amarillo o verde que crece en una roca, o una piedra que brilla en cualquier pradera”.

Reclus en los Pirineos

     El libro “Historia de una montaña” no es una obra dedicada a un lugar en concreto, si bien uno piensa que es el fruto de su exilio los Alpes, o si bien a lo largo de su redacción se van nombrando diversas cimas o cordilleras que fueron conocidas por Reclus a lo largo de viajes por medio mundo y durante sus estudios geográficos: el Monte Olimpo, el volcán Etna, el mítico Meru -en el Himalaya indio-, el Mihintale -en Sri Lanka-, el Ararat, varias montañas sagradas de China… o bien algunos lugares del Pirineo como el pico Anie, que es “hacia donde miran los vascos con orgullo”. Así, por sus escritos, se ha sabido que Reclus nombra o se inspira en precursores pirineístas como Ramond de Carbonnières, o que era pariente –primo- de otro notable geógrafo pirenaico, Franz Schrader, a quien pondría en contacto con Hachette, la misma editorial que publicó su gran enciclopedia. Lo que pocos saben por aquí es que el extenso prólogo de la primera Guía de los Pirineos, de Adolphe Joanne -del año 1861-, es también una obra suya: donde Reclus participaría junto al dibujante de panoramas Victor Petit, que es quien ilustró magistralmente en un grabado los glaciares de la Maladeta y el Aneto desde el puerto de la Picada (Benasque). Pero, a pesar de que Élisée Reclus escaló hasta lo más alto de muchos picos en la frontera, parece probable que nunca pisase el Pirineo de Huesca.

     Otra curiosidad que nos concierne sobre el geógrafo francés es que su obra “El Hombre y la Tierra”, publicada en seis volúmenes en España por la Escuela Moderna de Ferrer i Guàrdia, fue revisada en su traducción por el naturalista aragonés, Odón de Buen, nacido en Zuera.