Colchón de púas: ‘Manuel Paso entre sus dos nieblas’


Por Javier Barreiro

        La palabra niebla no me evoca Londres ni la celebrada novela barojiana La ciudad de la niebla ni los maravillosos cuentos oníricos que el último bohemio, Guillermo Osorio tituló El bazar de la niebla.

    Tampoco, la conocida novela de Unamuno, que lleva tal título ni el labordetiano “Polvo, niebla, viento y sol”, en el que el cantautor quiso resumir la esencia climática de Aragón, ni la boira aragonesa ni la garúa argentina a la que Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo dedicaron un hermoso tango…

     La niebla me evoca a Manuel Paso, uno de los más desdichados personajes de la bohemia madrileña, poeta de facto, al que su desastrada vida no le dio más que para un libro, cuyo título fue exactamente Nieblas. Su primera edición apareció en 1886, aunque la más conocida sea la que en 1902 prologó su gran amigo Joaquín Dicenta.

 

 

   La biografía de Manuel Paso (Granada, 1-4-1864-Madrid, 21-1-1901) es emblemática de la bohemia, aunque el abuso del adjetivo por parte de quienes ni entienden su significado, empiece a hacerlo odioso. Un joven granadino de clase media, inficionado de romanticismo y poesía, viaja a Madrid con el propósito de alternar con los maestros, publicar sus versos en medios más populares que los de su provincia natal, tocar con los dedos el ideal y la belleza y, ocasionalmente, acariciar el triunfo. El poeta se matricula a principios de la década de los ochenta en el viejo caserón de Filosofía y Letras en la calle de San Bernardo y va consiguiendo que Campoamor, Núñez de Arce y algún otro consagrado acaricien sus oídos con palabras de reconocimiento y ánimo, lo que años después harán también poetas tan reconocidos como Manuel Machado y Juan Ramón Jiménez, andaluces como él. Publica sus versos en algún periódico, aparece su retrato dibujado en la primera página del diario El Globo (5-3-1885) junto a otros tres estudiantes que encabezaron una campaña económica para socorrer a los afectados por el terremoto que afectó a la provincia de Granada el día de Navidad de 1884.

     En octubre de 1886 publicará Nieblas, su primer y único libro de poemas, que se reeditará en 1900 y en 1902 tras su muerte. Aunque su recepción es relativamente buena y comienza a colaborar en periódicos y revistas, los ingresos no aparecen y la bohemia es el refugio de los muchos que han seguido el mismo camino. Su principal amigo va a ser Joaquín Dicenta, un bohemio en puridad, pero con un carácter combativo, feroz y capaz de destacar en cualquier ámbito, mientras que Paso es hombre tímido, delicado y propenso a la soledad. Ambos vienen a constituir las dos vertientes de Romanticismo: Dicenta el revolucionario tempestuoso y Paso, el lírico y ensoñador. Dos caracteres opuestos que se complementan. Para el aragonés será su mejor amigo y, a partir del éxito de su Juan José en 1895, fue el sostén del granadino y quien escribió las mejores páginas sobre él.

     Vienen ahora las verdaderas Nieblas de Paso. La bohemia, que ya conllevaba rebeldía e inadaptación, se acompañó casi siempre de miseria, mala alimentación, alcoholismo y tuberculosis. Ese fue el tránsito de Paso, pero elevado al cubo en su patetismo. Para describirlo nada mejor que recurrir a las páginas que le dedicó su amigo Joaquín desde el conmovido prólogo de la edición de Niebla en 1902 hasta las páginas de sus memorias.

     Todavía el poeta continuó unos años en el periodismo, colaborando sobre todo en medios radicales, como El PaísEl Resumen y La Democracia Social. También estuvo adscrito a grupos como Germinal y Gente Nueva, de similar ideario y actitudes. Su amigo Joaquín le instó a colaborar con él en obras teatrales, para que así le llegara un amparo económico que le compensara más que las miserias del periodismo. Así ocurrió con el drama lírico Curro Vargas (1898) y la zarzuela La cortijera (1900), ambas con música del maestro Chapí. La primera tuvo éxito, la otra pasó inadvertida. Cuando Manuel la firmó con 36 años ya sentía cerca el fin. Su alcoholismo lo describió con desolación y fiereza su amigo Joaquín un año después de su muerte:

   No eran sus borracheras tumultuosas (…) entre voceríos de amigos, chacharacheo de mujeres fáciles y espolazos del buen o mal humor propio sumándose al buen o mal humor ajeno (…) No, eran solitarias, ariscas (…) Beber solo, sin más compañeros que la copa de aguardiente, apurada de un sorbo y el vaso, casi nunca apurado, constituía su programa. Las copas apuradas en comandita le servían como el vermout a los gastrónomos, para prepararse. El banquete venía luego cuando despidiéndose de todos echaba camino de su casa por la calle abajo, recorriendo, una tras otra, veinte o treinta tabernas y embaulándose otros tantos vasos de veneno, hasta caer en la cama, como él quería, muerto el cerebro para el recuerdo y acorazado el espíritu contra el pesar.

   Estas fueron las verdaderas nieblas de Manolo Paso, cuando el cerebro pulula entre espesuras, destellos, arranques de lucidez, sombras de depresión, y el cuerpo se desmadeja entre tumbos que no permiten apoyo.

Es dramático también el relato de sus compañías nocturnas:

     Cuando camino de su casa (vivía en barrios bajos) encontraba a las altas horas de la noche, cuatro o cinco infelices, que faltas de lecho, de parroquia y de pan, rondaban la calle tiritando de frío, bostezando de hambre y distrayendo su desamparo con blasfemias, Paso iba a su encuentro y las invitaba a acompañarle ¿para proporcionarse un serrallo económico? No; para ofrecerles asilo y darles un mendrugo; para seguir bebiendo y entretener su falta de sueño con el relato que de sus desdichas hacíanle aquellas sin ventura.

(…) muchas veces fui a despertarle y sentí asombro doloroso frente al cuadro macabro que la habitación ofrecía. Paso en la cama, solo con el aniquilado cuerpo dibujando angulosidades sobre la sábana y la cabeza hundida entre los almohadones con pesadez de plomo; y ellas sobre el sofá, sobre las butacas, sobre el duro suelo (…) allí estaban dando al sol sus cuerpos vestidos por traje y de jirones por la miseria, sus rostros embadurnados de albayalde; allí estaban entonando un estrepitoso coro de ronquidos a la botella difunta y a los restos del festín nocturno.

    En las breves memorias que Dicenta entregó a Eduardo Zamacois para su colección Los Contemporáneos, bajo el título de Idos y muertos (1909), el capítulo VI es un canto a la figura de Manuel Paso y a la fraternal amistad que los unió desde el principio de la década de los ochenta hasta su muerte.      Allí sugiere alguna razón oculta, probablemente un brutal desengaño amoroso, que desató la dejación del poeta de su propia vida y su entrega a los deliquios del alcohol:

     ¿Por qué lo hizo? ¡Ah, por qué! Algo muy duro, muy terrible hirió su espíritu, como un hachazo; y el poeta, en vez de resistir el golpe, de contener la sangre, de seguir luchando, se cruzó de brazos, y no sólo esperó, ayudó a la muerte con melancólica pasividad.

    ¿Cuál fue ese algo terrible?… Difícil es que lo sepa nadie. La historia vive encerrada para siempre entre dos tumbas: una es el sepulcro de Manuel Paso, mi corazón la otra. No hay cuidado que el muerto y el vivo revelemos ese secreto.

    Fuera como fuese, Manuel Paso es una figura que forma parte de esa nutrida alineación de literatos que pasaron gran parte de su vida en torno a las mesas de pino o apoyados en los mostradores de cinc de las tabernas, pertenecieran a la bohemia misérrima de los Eliodoro Puche, Pedro Barrantes, Martínez Cubero, Cornuty, Pedro Luis de Gálvez… o a la de quienes palparon el triunfo social y literario como sucedió con el propio Dicenta, Manuel Machado, Mariano de CaviaSolana o el mismísimo Rubén Darío.

    Unos y otros bebieron entusiásticamente y casi todos murieron jóvenes, pero a los primeros la pobreza, el hambre y la falta de higiene los condujo a la tuberculosis, la enfermedad del siglo que empezó con la bohemia de Murger y se fue disolviendo en los años veinte. Sus víctimas literarias arrasaron toda una generación de periodistas sólo entre el comienzo de siglo y el fin de la Primera Guerra Mundial: Joaquín Adán, Prudencio Canitrot, Ricardo J. Catarineu, Prudencio Iglesias Hermida, Rafael Leyda, Félix Limendoux, Félix Méndez, Joaquín Montestruc, Antonio Palomero, Ricardo Royo Villanova, Antonio Sánchez Ruiz “Hamlet Gómez” y muchos otros, que ya no suenan a nadie. Manuel Paso estuvo entre ellos, mientras que los más privilegiados socialmente como Dicenta, Alejandro Sawa -que gozó de sus días de gloria, aunque muriera en la pobreza-, Mariano de Cavia, Solana, Rubén Darío y otros sucumbieron a efectos de la cirrosis.

    Dicenta también fue testigo presencial de la muerte de su amigo:

     Desplomado sobre la cama; mostrando en sus ojos enmatecidos por las proximidades de la muerte valerosa resignación, aguardaba el poeta el último beso de la vida y la caricia primera del no ser. Rasgaba el aire su garganta con ruido estridente de bisturí, rompiendo la estirada piel de un tumor; sollozaban dos mujeres al pie del lecho; sollozaba un hombre, inclinándose sobre el moribundo; eran cada vez más fuertes los sollozos; era el estertor cada minuto más lento y más débil… Por fin, nada: ni estertor, ni sollozos, una pausa trágica, durante la cual se vidriaron las pupilas del agonizante y se detuvo la respiración de sus queredores, y luego tres figuras pálidas, un cuerpo muerto y un rayo de sol, empeñándose en calentar lo que estaba frío para siempre. (…) Dije antes que Paso se dejó morir; he dicho mal. Paso se suicidó. Sólo que su congénita debilidad no le permitía suicidarse de pronto, por un procedimiento rápido. Perezoso en todo, hasta para suicidarse lo fue, encargando al alcohol lo que otro hubiese encargado a un revólver.

     La escasa contextura física de Paso, su hipersensibilidad y falta de coraje, las decepciones amorosas y la negación del reconocimiento paralizaron el empuje del granadino y también su inspiración, pues durante dos décadas, paseó los poemas de Nieblas con muy escasas adiciones, desde la fecha de su composición hasta la de su muerte. Y tampoco debemos pasar por alto que desde el principio hubo en Paso una suerte de fascinación, casi genética por el alcohol. Terminemos con uno de los poemas que ilustraron las tres ediciones de su obra poética.

¡VINO!

¡Llena de vino el vaso! Y en loca contradanza

que bailen mientras tanto la pena y el placer;

el vino me da siempre la dulce bienandanza

que la razón codicia, pero jamás alcanza.

Y el ser feliz es esto: ¡Beber y más beber!

¡Llena de vino el vaso! Con falsas alegrías

quiero tejer la tela que vista mi dolor;

quiero olvidar aquellos esplendorosos días;

no recordar aquellas tranquilas lejanías.

¡Aquellas santas horas de fe, de paz y amor!

¡Llena de vino el vaso! Sus tonos encarnados

serán la fiel imagen de aquella que perdí;

son sus mejillas rojas, sus labios sonrosados;

son sus divinos ojos, por el amor velados,

que en el color del vino renacen para mí.

¡Llena de vino el vaso! Deja que me recree

que algo sangriento hierve flotando en el cristal.

¡Llena de vino el vaso! Deja que me maree

y así seré el fantasma que llora y ama y cree,

¡borracho impenitente que aún busca un ideal!

El blog del autor: https://javierbarreiro.wordpress.com/

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