
Por Jesús Soria Caro
Fosfenos es un poemario que asume toda la carga de misterio que anida en la obra de Villagrasa, el Jiloca es fuente constante de inspiración, de retorno a la infancia, es agua que fluye desde el ayer al que se desea volver, a ese paraíso perdido que fue, como así afirmara Rilke, la infancia.
Se busca en la poesía un sendero de intuición directa al pasado, que permita dar sentido al presente a través de la memoria. Este libro es esencialmente meta-poético y meta-vital, es parte de esa mirada a lo inefable, a esa eternidad anhelada del ayer, su misterio poético comprende y tal vez contiene lo que fue ese pasado idealizado.
La poesía es vida, camino del tiempo, también muerte y claridad, como así se intuye en este poema que termina en una cita de unos versos de José Hierro, que se funden concluyendo el sentido del poema en un interesante juego intertextual:
La poesía es un espectro cabalgando al galope.
El poema es un reloj de arena en el frágil desierto.
El verso anda mendigando por los inciertos caminos
y todo, belleza inaudita en la página del resplandor. (Villagrasa,2024:59).
El siguiente poema habla de cómo el lenguaje es el orden interior de quien vive y en el caso del poeta de quien encuentra en él significados nuevos, caminos libres, otras miradas interiores que renueven su ser. El verso libera, permite sentir un orden diferente, opuesto a las verdades establecidas:
La vida es renunciable. La vida es tu página.
Le echas un pulso al lenguaje. La memoria
se bate el cobre con la realidad. El verso
te libera: no hay límites infinitos. Tu huella
es el margen presente de tu niñez… (Villagrasa, 2024: 67).
El yo poético no es dueño de sus palabras, sus ideas surgen de un lugar anterior a él, un orden supremo, ideal. Hay ciertas reminiscencias platónicas, porque el origen de las ideas eleva al ser, en este caso al poeta por encima de su propio ego.
Pues, ni mis escritos ni mis versos son míos. Tal vez
si fuese posible: no ser siendo en la tierra de Paz y Bien. (Villagrasa, 2024: 77).
En la escritura se halla la experiencia de lo imposible, lo inefable; ese territorio de libertad que debe explorar el artista en busca de caminos nuevos del pensamiento:
Camino por la noche del desierto. El Demiurgo me acompaña.
Necesito tener una experiencia de lo imposible, playa adentro. (Villagrasa, 2024 2024 88).
Se ansía poder crear un lenguaje renovado, ser génesis de un pensamiento nuevo, en el que la palabra poética haga posible lo imposible:
[…] Me gustaría escribir
con versos de fuego en la playa y fundir la arena
con su fulgor: mirada, memoria y lenguaje. Es todo.
Descubrir cada día nuevos pensamientos. Aprehender
de la palabra que sufre iluminación. Día tras día. (Villagrasa, 2024: 95).
Hay un resplandor de una idea que no tiene forma, reveladora. El poeta intenta moldear lo informe, captar la esencia de ese mundo que no existe, alcanzar la metamorfosis de lo indecible, de esa intuición que anida en el interior del lenguaje:
La belleza del silencio en viejas y desiertas
ruinas. La palabra que nos habla, la que escuchamos, paso
a paso, no la que escribimos, es la que nos salva. Y locos de
dolor en la noche más rota contemplamos tu arcilla y su desierto.
Crece en nosotros la parte oculta de la nada y su resplandor. (Villagrasa, 2024113).
Hay que bajar a los abismos, el viaje a lo introspectivo en los límites del dolor, dan al que crea, una claridad inefable, hay que descender a los infiernos cual Odiseo que surca los misterios de los mares de la propia alma:
Tal vez el poeta deba ser aquel que bajó
al abismo. Y nunca olvidado, triste o duro
y siempre abierto al afecto de la página
donde derramar versos de lava ardiente
llegados de muy hondo sentir siendo. (Villagrasa, 2024:163).
Y en ese territorio, el del silencio, nos desposeemos de verdad, entonces quien allí anida queda libre del significado, tal vez pueda ser la morada donde todo tiene sentido, al ser la nada, como afirmaba Empédocles, se puede ser el todo. Villagrasa convierte el poema en un viaje por ese desierto: el de las certezas, el de las verdades impuestas, allí más que grandes respuestas interesa cuestionarse la verdad, su lenguaje es el de la pregunta, porque todo poema debe inquietar, despertar en nosotros el cuestionamiento:
¿Dónde se halla el silencio?
¿Dónde el sonido?
¿Dónde reside la poesía?
¿Dónde la sabiduría? […]
¿Dónde el significado perdido?
¿Dónde la escritura
sobre la escritura?
¿Dónde el pensamiento
sobre el pensamiento?
¿Acaso todo es palimpsesto? (Villagrasa, 2024: 186).
El lenguaje del poema es la otra visión, es el ángulo nuevo donde las ideas tienen otra perspectiva, el yo lírico nos advierte de que en ese territorio libre es posible tener algo más relevante que la Verdad; se puede alcanzar la libertad de una mirada renovada:
Quien tiene la poesía, lo tiene todo […]
Pues alcanza la violencia que le hace romper
las amarras
y poder navegar en el nuevo océano
del lenguaje. (Villagrasa, 2024: 188).
Es el lenguaje la patria de ese silencio donde anida el recuerdo, allí el poeta encuentra las capas olvidadas de su interior que le llevan al que fue, a su pasado, a su tierra. El lenguaje es parte del paisaje porque en el poema quedó grabado en su alma algo que nunca se desvanecerá: la eternidad del pasado, la patria de la infancia en Burbáguena.
Bibliografía:
Villagrasa, Enrique (2024): Fosfenos, Huerga y Fierro, Madrid.








