
Por Javier Navarro Chueca
¿Quién no escribió un poema huyendo de la soledad?
¿Quién a los quince años no dejó su cuerpo abrazar?
¿Y quién cuando la vida se apaga y las manos tiemblan ya
Quién no buscó ese recuerdo de una barca naufragar?
Amores se van marchando……
Capítulo 3. Donde empieza el oficio
En el capítulo anterior contaba mi primer trabajo como arqueólogo profesional en el yacimiento de Bílbilis. Fue también el verdadero comienzo de mi aprendizaje, un aprendizaje que no vino de los libros, sino de mis compañeros de trabajo, de su paciencia y de su oficio.
- En el tesoro de Atenas (Delfos 1976), empezando a soñar
La dirección científica correspondía al catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza, el doctor Manuel Martín Bueno, que marcaba las líneas generales de la intervención y visitaba regularmente el yacimiento para supervisar la marcha de la excavación. El equipo de operarios —una docena aproximadamente— lo formaban peones desempleados procedentes de la bolsa de trabajo de Calatayud y alguno de Huermeda. El control técnico lo llevábamos dos arqueólogos de campo: mi compañera Esther Sarría y yo. En el laboratorio, donde se limpiaban, siglaban e inventariaban los restos muebles recuperados, trabajaban Carmen Guíu y Begoña de Rincón. El equipo se completaba con el topógrafo, Dámaso. Todos ellos, de una forma u otra, contribuyeron a mi formación.
Con Esther aprendí a llevar el diario de excavación, pieza fundamental y obligatoria. Allí se anotaba la fecha, la composición del equipo, la cota relativa tomada con el teodolito, las pautas de trabajo del día, las incidencias y, al final de la jornada, los resultados obtenidos. En un yacimiento arqueológico todo hallazgo debe referenciarse según su posición en la cuadrícula general y su profundidad respecto al plano cero. En este aspecto topográfico, del que yo era absolutamente desconocedor, la ayuda de Dámaso fue extraordinaria.
Me explicó cómo en todo yacimiento debe fijarse un punto cero, marcado físicamente —a menudo con un simple clavo—, que ha de ser inamovible. También la importancia de elegir un lugar desde el que cada día pudiera tomarse la referencia de la posición del teodolito, cuya altura variaba según quién montara el trípode o dónde se colocara. Me propuse aprender su manejo, convencido de que me sería útil en el futuro. Al principio tardaba más de media hora solo en equilibrar las patas y nivelar el aparato, pero gracias a la paciencia de Dámaso —y a sus “trucos”— acabé convirtiéndome en un topógrafo competente para investigaciones arqueológicas.
Esther me enseñó también a plantear las cuadrículas y a diferenciar los estratos. En Bílbilis la estratigrafía era relativamente sencilla: superposiciones homogéneas y cronológicamente sucesivas, lo más moderno encima de lo más antiguo. Nada que ver con las excavaciones urbanas de Zaragoza, donde la estratigrafía puede ser un laberinto de épocas, perforaciones y vertidos que generan niveles invertidos. También me enseñó a preparar las etiquetas de los restos muebles —la mayoría, fragmentos cerámicos—: nombre del yacimiento, fecha, cuadro, nivel, cota y descripción del contenido. La etiqueta debía introducirse en otra bolsa de plástico para evitar que la humedad desprendida por los fragmentos la deteriorase. Las bolsas, además, se cerraban solo al final del día, con un nudo fácil de abrir, para evitar condensaciones. Pequeños detalles que evitan grandes males.
Poco a poco fui aprendiendo a distinguir los distintos tipos cerámicos. La cerámica ibérica, con su decoración geométrica en rojo; la campaniense de barniz negro, vajilla fina romana —en realidad itálica, de origen helenístico—, con su superficie negra brillante obtenida mediante un engobe muy depurado; y la sigillata, la vajilla fina romana por excelencia entre los siglos I a. C. y III d. C., con su engobe rojo brillante, sus pastas finas y sus formas estandarizadas. Aprendí a diferenciar la itálica, la sudgálica, la hispánica y la africana por el color del engobe, la textura de la pasta, la decoración y los sellos. Aquello, que al principio me parecía un mundo, se convirtió en un lenguaje propio.
No recuerdo haber localizado ninguna moneda en aquella campaña. Lo único destacable fue un pequeño cilindro formado por una veintena de cospeles de bronce —monedas aún sin acuñar— que la oxidación había soldado entre sí. Aparecieron en una pequeña estancia junto al foro, lo que nos llevó a deducir que aquel espacio debía de corresponder a la ceca del Municipium Augusta Bílbilis.
Por su parte, en el laboratorio mis maestras fueron Carmen —que se incorporó con cierto retraso y me abrió un mundo inesperado: el de la pintura mural romana— y, sobre todo, Begoña, que me enseñó los fundamentos del dibujo arqueológico. De Carmen aprendí a distinguir los pigmentos, a reconocer el rojo pompeyano sin dudar, a entender cómo la cal, los aglutinantes y los estratos pictóricos se combinaban para dar vida a un muro que había sobrevivido dos mil años. Me enseñó a mirar de cerca, a apreciar la sutileza de un estuco bien bruñido, a identificar la línea firme de un trazo preparatorio. Gracias a ella descubrí que la arqueología no era solo tierra y cerámica: también era color, luz y una cierta delicadeza casi pictórica.
Y luego estaba Begoña, que me reveló —casi como un truco de magia— cómo un fragmento cerámico podía recuperar su forma completa sobre el papel. Con ella comprendí que el dibujo arqueológico no era un simple complemento, sino una disciplina con sus propias reglas, su propio rigor y su propia belleza. Me enseñó a observar la curvatura de un borde, a seguir con el lápiz la geometría que el tiempo había mutilado, a reconstruir mentalmente el volumen perdido antes de atreverme a trazar la primera línea. Bajo su guía, el laboratorio se convirtió en un pequeño taller de precisión donde cada fragmento tenía una historia y cada línea debía ser fiel a esa historia.
Recuerdo la primera vez que vi utilizar el perfilador de púas metálicas. Aquel instrumento, tan sencillo en apariencia, reproducía con exactitud la curvatura de un borde o de un fondo. Begoña lo presionaba suavemente contra el fragmento, y las púas se adaptaban a su perfil como si lo abrazaran. Después lo trasladábamos al papel milimetrado y, con un compás, trazábamos dos arcos desde los puntos más separados del fragmento. Allí donde ambos arcos se encontraban aparecía, casi por arte de geometría, el centro de la circunferencia original. De ese modo, un fragmento parcial de un recipiente podía reconstruirse idealmente a escala 1:1, devolviéndole la forma que había tenido siglos atrás.
Aquella revelación —que la arqueología también era dibujo, precisión, paciencia y un cierto sentido del equilibrio entre lo real y lo ideal— me acompañó durante toda mi vida profesional. En el laboratorio aprendí que cada línea trazada debía ser fiel, que cada curva tenía una historia, y que el dibujo arqueológico no era un adorno, sino una forma de pensar los objetos, de comprenderlos y de devolverlos al mundo.
El director científico, el Dr. Martín Bueno, me encomendó también la documentación gráfica, más que nada porque yo mismo había comentado mi afición a la fotografía. Así que me hice cargo de las dos cámaras con las que trabajábamos entonces: una para copias en papel y otra para diapositivas. Era 1985 y aquel era el estándar. Más adelante llegarían otras tecnologías, otros formatos y otros modos de mirar, pero en aquel momento la arqueología seguía dependiendo de la luz, del pulso y de la paciencia.
También en este terreno tuve que aprender y reciclarme. Descubrí pronto que no bastaba con ser un aficionado entusiasta para obtener buenas fotografías arqueológicas, especialmente de los objetos muebles. Fotografiar un fragmento cerámico, un pequeño bronce o un vidrio no era lo mismo que fotografiar un paisaje o una reunión familiar. Había que controlar la luz, evitar brillos, buscar el ángulo exacto, mantener la escala, y sobre todo entender que la fotografía no era un recuerdo: era un documento científico.
Ese aprendizaje lo hice, como tantos otros, a costa de algunos fracasos. Recuerdo más de una imagen velada, mal iluminada o inútil para su publicación. Pero también recuerdo la satisfacción de ir comprendiendo que la cámara era una herramienta más del oficio, tan necesaria como el paletín o el teodolito. Y que, bien utilizada, permitía fijar para siempre aquello que la tierra nos devolvía solo por un instante.
Al finalizar aquella primera excavación “profesional” me sentí, por fin, un poco más preparado para lo que venía después. No era una intuición vaga ni un presentimiento romántico: Manolo Martín Bueno me había confirmado que mi candidatura había sido aceptada para formar parte de la Misión Arqueológica en Jordania. Gerasa —ese nombre que para cualquier arqueólogo suena a promesa, a sueño antiguo— dejó de ser un deseo para convertirse en mi próximo destino. Pero esa historia pertenece ya a otro capítulo, y aún no ha llegado su turno.
estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
- 1986, en Gerasa (Jordania), viviendo el sueño de ser arqueólogo










