Marina Heredia, su legado: Los libros del gato negro


Por Jesús Soria Caro

     Si David Bowie afirmaba que coleccionaba personalidades, Marina Heredia coleccionó existencias, tuvo muchas etapas radicalmente diferentes que fueron casi otras vidas: numerosos trabajos, etapas vitales de evolución, y muchas otras facetas ocultas apasionantes de su biografía que se reservaba para sí misma, pero que prometió contar alguna vez a sus hijas.

     Entre todas ellas nos centraremos en la última de estas otras existencias: la de editora y fundadora del sello “Los libros del gato negro”. Hace unos meses Marina nos dejó, parece irreal que alguien que ha hecho posible que veamos el mundo con los ojos de los sueños que los libros iluminan, haya apagado su mirada. Sin embargo, quedará siempre su fulgor, porque su obra es el legado de haber creado una editorial que permite que aparezcan voces que abren caminos de individualidad, escritura libre de las sombras de lo comercial que mata al creador, lo diluye en una industria que busca los gustos del público, la nivelación interpersonal, ofreciendo a la sociedad lo que esta demanda. Estas nuevas voces suponen un ejercicio de libertad, de diferencia frente a la homogeneización del sistema, refrescan la mirada del lector, le hacen despertar otras perspectivas en su visión del mundo. No son las favorecidas por el sistema editorial, que muchas veces adolece de calidad, ya que algunos autores se convierten en una parte más del engranaje de la maquinaria económica de la Literatura, cumpliendo su finalidad primordial: vender, llegar a las masas de un lector con escasa formación y poco bagaje cultural e intelectual, entretener sin despertar la conciencia crítica, adormecer la libertad, el criterio, el desarrollo de su cultura y de su capacidad de reflexión. Destaca nuestra querida Marina ya como uno de los referentes editoriales de poesía en Aragón, habiendo publicado a relevantes voces como José María Micó, Anchel Conte, Ángel Petisme. Además de todo esto, también ha abierto una colección de libros de narrativa, de entre los que destaca el libro de Nacho Escuín del que también hablaremos. Reflexionaremos a continuación sobre algunos de los libros destacados del sello. Hay muchos más de los que aquí presentamos, esta muestra es tan solo una semilla, su labor es de la de un árbol que se extiende hacia el infinito, que tiene muchas ramas, versos, voces y que con el paso del tiempo, bien arraigado en su tronco del buen criterio literario, se extenderá sus sombras de luz crítica hacia el futuro de nuevas generaciones comprometidas y amantes de la poesía de verdad: aquellas que no se someterán a lo establecido, que llevarán a cabo un ejercicio de diferencia y libertad. Pasemos ya a analizar algunas obras destacadas de la editorial.

La caligrafía del bosque (Mar Blanco)

       La caligrafía del bosque de Mar Blanco, es un interesante poemario que ofrece una nueva forma de saber que fue esbozada por María Zambrano en la que la poesía y la filosofía conviven en el interior del hombre; ambas operan en dos niveles que son los que la “razón poética” trata de conciliar, en primer lugar desde la conciencia; mediante la lucidez que el racionalismo le otorga, y en segundo lugar, siguiendo lo que Jung llamó «conciencia eclipsada» que es el saber otro, el del inconsciente, que nos conduce a la aprehensión del misterio y al sueño, a los otros niveles de “verdad” que completan aquello de lo que la razón carece. Esto acontecía en Claros del bosque de Zambrano, ya que pretendía reconciliar la filosofía con antiguas formas de saber relegadas al subconsciente individual y colectivo por carecer de lucidez cartesiana, maneras de conocer que se acercan a cómo la poesía interpreta y recoge la vida. Por eso, la palabra del poeta ansía ser agua, adentrarse en la raíz, comunicar lo natural perdido, sentir ese pensamiento, como decía Unamuno, con la intuición, tratar de nombrarlo desde la “razón poética” de María Zambrano, con su saber unificado que integra también en la verdad la mirada de lo irracional, del sueño, del saber de lo poético; un modo libre de poder acceder a otros ángulos de la verdad más amplios que los que se divisan tan solo desde la razón:

El lenguaje surca

la voz sobre el agua,

fija un camino

de tierra y madreselva. (Blanco, 2023: 22).

     Hay en este libro un proceder similar al de la mística, que para Zambrano constituía un proceso de autofagia, una elevación a esa mirada otra, no racional, que ofrecía como resultado el desvelamiento de la otredad en su interior, un abandono de nuestra conciencia, de la identidad del yo que conduce a la divinidad, a un orden del todo superior al individuo.

     Es tal la unión que se alcanza en estos poemas con un orden natural, con un absoluto ajeno al ego que, si en lugar de poeta fuese narradora, no podría crear mejor voz omnisciente que se adentrara en lo que siente la naturaleza, que está “personificada”, vista desde el ángulo de su introspección, sentida desde su imaginación creadora de vida:

Por el ojo del bosque

pasan caballos invisibles,

sus patas azuladas

-promesas del pasado-

no dejan de asomarse

en los días blancos,

en los días fríos (Blanco, 2023: 13).

    Ese silencio que se alcanza en el centro, adentrándose en otros niveles del interior, consiste en ser alma solo de lo natural, en realizar un viaje místico, cercano al que intuyó Zambrano. Es el encuentro con nuestro ser, despojado de lo racional, de la identidad del ego. Hay versos que parecen un recuentro místico con el origen anterior a la materia: “la nada cubre con su desnudez/el silencio de la palabra”, un sentir natural del silencio que nos conecta con el Ser, con la unidad superior de la vida, con el todo del que somos un fragmento dolorido de identidad, de necesidad de superar esa escisión.

A despecho del mundo (Daniel Izquierdo)

   En el poemario hay mucho espacio para denunciar aquello que el mundo es en su deformidad, subyace lo que poeta soñó que debería ser, siendo los sueños más justos que la historia, siendo el poeta cómplice de Aristóteles cuando afirmaba: “la historia cuenta lo que sucedió, la poesía lo que debería haber sucedido”. Hay varios textos del poemario en los que se denuncian los totalitarismos. El poeta marca una correlación entre aquellas épocas de la barbarie y la realidad de nuestro mundo actual, aparentemente democrático, pero constituido por dictaduras blandas. “El papá de Irene” relata la deportación de un profesor en el nazismo, como murió en un vagón de tren su mujer dando a luz a la hija de ambos:

Al salir del café bávaro donde se reunía con la palabra

y su contratiempo,

la Gestapo lo detuvo […]

Cuentan las buenas lenguas

(suscriben las malas)

que antes del viaje a Auschwitz

dejó escritas estas palabras.

 

Palabras de cicuta y pan:

“Por fin acabó el miedo. Comienza la esperanza”

Con ella nació Iréne dos semanas más tarde;

con ella murió Edith en un vagón animal

mientras la niña lloraba.

 

Eso pasó hace tiempo

en un rincón del cosmos llamado Alemania.

Para que vayan luego los gendarmes del mundo

levantando muros donde la libertad izó su estatua. (Izquierdo, 2022: 23).

    “Bucle” tematiza la tiranía del poder, de los externos políticos, de las sociedades totalitarias. El título alude a que aquello que históricamente aconteció vuelve a suceder en el mundo actual. Hay otras formas de poder absolutas que nos anulan: la globalización, la dictadura de lo económico; el interés de los grandes organismos internacionales económicos. Ya se presagiaba en el poema anterior y aquí se consolida esta idea: el poder se viste con otros disfraces, pero su piel de tiranía, cuando se desnuda, es vislumbrada de la misma manera opresiva de que la que siempre fue:

Grita la educación pública al caer,

gritan los deseos al despeñarse,

gritan los quirófanos colapsados,

las listas de espera sin esperanza;

los sueños a las puertas del INEM, […]

En la calle gritan.

Estamos en Viena.

Cerca, muy cerca de Viena.

Corre el año 1944.

Andrev ama a una mujer.

Una mujer judía,

dolientemente bella, embarazada… Una mujer.

Llega la Gestapo.

Un día cualquiera llega la Gestapo: todo obscurece.

Detienen a sus padres,

a su hermana pequeña de siete años, la detienen a ella.

Su abuela, envuelta en sucios pañales improvisados,

salta por la ventana

silbando una canción de… cabaret.

Unos soldados jóvenes la han cogido en volandas,

han abierto el balcón y la han hecho volar. (Izquierdo, 2022: 25).

    “La máquina de María” es un retrato poetizado de la música de la máquina de escribir de Zambrano. Están personificadas las ideas de la filósofa. Se retrata cómo era el origen de la vida de sus palabras, acróbatas de lo imposible, de la belleza inalcanzable de la Razón poética:

María Zambrano recuperó la máquina antigua

Y la tornó panal y, con el tiempo, cera. Miel oceánica.

Con ella pegó, en la espalda “icariana” de la prosa

filosófica, las alas “dedalianas” de la poesía:

su poética ancha.

No pudo derretirla el sol, gracias al escrache de su viejo

teclado. Su voz revolucionaria. (Izquierdo, 2022: 61-62).

     Se cierra el libro, como se hacen las casas que fueron abandonadas, tema tan bien poetizado en el último poema del libro. Lo cierro, lo abandono con la promesa de volver. Sé que el silencio en blanco de la página fue sembrado de ideas, de sueños y yo como recolector, agricultor de recuerdos, amo a quienes nos precedieron, amo los libros, y a la poesía de Daniel Izquierdo. Me marcho de este libro, pero prometo volver, lo haré porque su último poema me trae ecos de la película Qué verde era mi valle de John Ford por su amor al pasado, a quienes lo habitaron, pero yo regresaré. Siempre se retorna al paisaje de los sueños, de quienes amamos, de la belleza inmortal de las ideas, porque todo esto es eterno …

Compás y Tierra (Rosendo Tello)

     Si Wallace Stevens despersonalizaba su poesía, carecía de referencias emocionales a la angustia del poeta, pero la naturaleza era un instrumento para simbolizar el dolor del paisaje de nuestro interior, de sus idas y venidas con la esperanza, el hastío, el vacío existencial y el sol de lo trascendental, en la poesía de Rosendo Tello sucede a la inversa; el paisaje que fue parte del amor hacia los padres, es también el material con el que pinta la eternidad, la poesía de aquellos momentos infinitos. Su proceso es el mismo que el del artista que toma arcilla, tierra, para mezclarlas con otros pigmentos naturales y con cromatismos artificiales. Tello usa como materia de su retrato todo aquello que formó parte de ese tiempo: “Ojos que se encendieron en la brasa/de estas agrestes lomas no han de temer la sombra desgarrada”. Lo más hermoso es que el poeta, no sea solo el pintor sino también el paisaje. Se haga parte de lo creado, reviva el pasado en la transformación idealizadora de lo poético: “y ser en llano piel de luz rendida/cuerpo mío mi tierra/voz de arcilla que vuela”. En todo este retornar, dar forma al paisaje, recomponerlo desde lo informe, crear la belleza con las formas del tiempo del recuerdo, el yo lírico tal vez sea como el alfarero, quiera domar la forma del tiempo, hacerla escultura de la eternidad de lo vivido, de su amor a los que vivieron. Es el poema la materia con la que esculpir el alma, regresar a ella, volver junto a los seres amados que ya no residen en el tiempo: “por las sendas dormidas que van a la montaña,/cantando río arriba hacia la luz del alba./Para subir al bosque por gradas encantadas,/para llegar del mundo al fondo de tu alma”. Los colores que se dispersan en el verso son los mismos que el paisajista encuentra en el mundo, solo que en ellos reside la luz de su alma, la proyección de su introspección. La obra poética de Rosendo, Coleridge y Wordsworth, miran con el ojo interior, con el de la imaginación, como afirmaba William Blake que en The mental traveller aludía al viaje por nuestra mente.  El yo lírico, acuarelista del paisaje del pasado en el lienzo del presente da forma, con esa visión; la de memoria, a ese contínuum que es nuestra percepción temporal, porque el tiempo de ese pasado es también el del ahora, constituyendo un devenir eterno: “Conozco ya mi sueño por ese fuego opaco/que tienes en los ojos, alma ausente./Conozco mi llegada por esa brasa azul/que aún cuelga de tus manos./Poco traerte puedo si no es aquella llama/que prendiste en mis ojos/y me salva en tu muerte el amor a lo claro”. Si lo vivido es agua, también es el instante una gota del río del tiempo que todo lo lleva en su transcurrir, lo que fue, lo que es y lo que será. Así el yo poético es el mar de todas sus aguas en la mirada final, sabedor de que aquellos que se fueron, los padres, los amigos, forman parte de esa corriente eterna. El río del ahora los lleva en sus aguas, las de la poesía, que recorrerán siempre ese paisaje pintado por el poeta.

La canción lógica (Miguel Ángel Longás)

     La canción lógica contiene la música de silencio que hace resonar en el lector el pensamiento de Mark Strand, que concebía la poesía como un viaje introspectivo hacia el dolor, siendo simbólicamente nuestro referente el viaje de Odiseo al Hades, donde se encuentra con quienes amó y ya habitan al otro lado. Esta misma idea aparece en este poemario que sugiere que la vida es un viaje de descenso a nuestros infiernos, pero como Ulises debemos encontrar allí la fuerza para emerger de nuestras propias llamas. Descender a “los mundos subterráneos de la vida” y renacer cuando el fuego de la luz del alma descienda “al inframundo a fin de rescatarlo”.

     El cíclope, que es la sombra de nuestro interior siguiendo las teorías de Jung, nos destruye, pero como Odiseo solo alcanzaremos la libertad si podemos derrotarlo. “Mi nombre es nadie” respondió Ulises y tras esto pudo vencer al Monstruo. En igual batalla el yo poético vence al dragón, sobrevive al fuego de su autodestrucción, derrota a su propia oscuridad: “a la manera de héroe mitológico/acogiendo en su seno la letal sacudida/del veneno inhalado al tiempo que expulsándolo”. Ese desaparecer, habitando en el nombre de nadie es “auto-inmolar” la identidad. Lo que nos recuerda a Empédocles, que al fundirse con el Etna dejó de ser su yo para, al desaparecer, formar parte del todo. Así la voz lírica se funde con la totalidad de la trascendencia, alcanzando muchos elementos del cristianismo, siendo así la fe, las creencias, parte de la luz con la que vencer a su propia autodestrucción.

     Manteniendo la isotopía del naufragio, la Esqueria, sería el desierto de la realidad, el dolor, la injusticia. El héroe arrojado por su particular Poseidón (que metafóricamente serían las dificultades personales) logra salir victorioso: “soportar lo que con ánimo/de prestar atención al instante/sin hacer de la vida naufragio”. Atenea, diosa de la sabiduría que adoptó la piel de Mentor, el consejero de Telémaco cuando este partía a la búsqueda de su padre, es el fuego de la voz poética que va acompañándonos en nuestra odisea vital de hombre moderno, similar a la vivida por Leopoldo Bloom en la novela de Joyce El Ulises. En el viaje hacia lo más destructivo nos habla de cómo hacer arder lo más doloroso para transformarlo como fuente de origen de una epifanía hacia un nuevo yo cuya luz sea el renacer desde el fuego del interior: “La energía así no se crea/ni se destruye al transformarse”

     La canción que hay que oír es la de lo más luminoso de nuestra introspección, no se debe escuchar a las sirenas cuando estas canten la destrucción. Si Ulises logró sobrevivir es porque ordenó a sus hombres taparse los oídos con cera, también debe ser este nuestro propósito. El canto de nuestro interior no debe ser oscuro. Hay que sobrevivir a su mensaje, transformarlo, esta es la función de la canción de la lógica; la esperanza de unos cantos interiores que metamorfoseen el dolor de la oscuridad en el fuego de una luz de la que se renazca: “Nueva canción de inocencia es la vida/lógica hallada en la perdida infancia/de un paraíso original que enseña/a obrar por ello con criterio práctico”.

Clase baja (José Antonio Conde)

     En este libro se poetiza la lucha del individuo común contra la realidad, del hombre que lucha por salir adelante teniendo en contra todas las circunstancias económicas y sociales. En nuestro mundo tan solo aparentemente se defiende al débil, porque la praxis desnuda la mentira de dicha ilusión; así es porque en todo sistema de poder siempre ha habido clases que están por encima del desvalido, que se saben en mejor situación y se creen por encima del desheredado. Ni los privilegios heredados, ni el origen, ni la capacidad económica, justifican que un ser humano se crea superior a otro. Deberíamos a este respecto recordar el poema «Si» de Rudyard Kipling: «Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud./O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común». El ser que se considere alguien con valor deberá ser capaz de mirar al éxito y a la derrota como a dos impostores y mirar a quien está en mejor o en peor situación social como lo que es: un igual.

     Dicho todo esto hay algo en este libro que, estando teñido de dura experiencia personal corporeizada poéticamente en unos magníficos versos, recuerda a Las uvas de la ira de Steinbeck y a la adaptación fílmica de John Ford. Al igual que ambos referentes de nuestra cultura, se fundamenta en la defensa del hombre común, del hombre trabajador frente al poder, frente a la economía y quienes la controlan que pierden cualquier sentido de justicia social hacia el trabajador. Se plantea una crítica al “aparente” progreso tecnológico, a los datos macroeconómicos, a la lectura de los tecnócratas que crean el relato de un mundo donde su discurso habla del crecimiento económico, pero que, en el día a día, en la realidad de los recursos de la gente común, dicho “aclamado” bienestar se muestra en la realidad inexistente, se debilita y está cercano a su muerte:

Nadie acude a las parroquias,

a la zona contigua de los dones,

nadie sabe cómo salir de la desdicha,

ni por qué se desperezan los demonios

ante la flor embustera del beneficio. (Conde, 2023: 23).

 

      El poemario tiene la capacidad de reflejar en sus imágenes poéticas décadas de miedo, carencias y opresión de los más necesitados. Son versos que captan el alma de lo cotidiano, sus luchas, la injusticia; el dolor de quienes deben luchar por su dignidad contra el poder, un enemigo sin rostro fortalecido a través de generaciones:

Bienvenidos a esta familia

sin más dominios

que la noche y sus celadas.

Aquí encontraréis una señal,

un retrato en blanco y negro,

un plato caliente de amargura

y el arte de multiplicar en silencio la escasez […]

Bienvenidos a esta familia

que enciende la luz como refugio

y que sabe estirar el jornal y la parva.

Hay aquí una insurrección en marcha,

lo que se espera de nosotros

cuando el sustento

no llega a fin de mes. (Conde, 2023: 25).

     Parece un sueño, algo inverosímil, la vida con tanta injusticia social, con su suciedad. Se nos muestra como la pesadilla de las dificultades para quienes luchan contra todo, quienes están fuera del lado de la victoria, las influencias y el poder. De ahí que el poeta nombre la realidad como algo de lo que se debería despertar, porque parece imposible en su deformidad:

Donde habita la mengua,

la vida es un sueño,

un sueño premonitorio

con voces extrañas,

delincuentes,

voces en bancarrota,

una multitud de voces

que atraviesan la decadencia

rumbo a su despertar. (Conde, 2023: 33).

     Es interesante cómo en el poemario se sitúa también desde dentro de la mirada de quienes ostentan el poder, en este caso el yo lírico corresponde a la voz de un agente de bolsa, con este ejercicio de perspectivismo lírico se trata de ser un espejo de su alma, de su oscuridad, que abre el libro al otro lado, al de quien ejerce el poder, siendo una crítica de su mirada deshumanizada:

Está en peligro el edén,

nuestro seguro de vida,

y todo por soltar lastre,

por alimentar de expectativas

la conciencia de los vainas,

de los que están marcados

por el drama,

gente corriente,

inútiles de larga duración. (Conde, 2023: 46).

Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost (Nacho Escuín)

     La auto-ficción goza de buena salud, sin embargo, la novela de Nacho Escuín es mucho más, hay un juego de desdoblamientos, parece que el autor esparce en algunos de los personajes su mirada desengañada sobre los oscuros juegos de oscuridad sobre los que el poeta o el escritor hacen un ejercicio de supervivencia, de funambulismo sobre sus propios abismos:

Qué tiempos aquellos en los que éramos unos auténticos salvajes y solo queríamos escribir por encima de todo y contarnos historias. En aquellos días al menos leíamos un libro de poemas al día, leíamos novelas sin parar y tratábamos de hacer alguna reseña que pudieran pagarnos para ir trampeando a la vida y ocuparnos del alquiler, unas cuantas cervezas y poco más, pero aquello era suficiente y éramos bastante felices.

    Después, como siempre sucede, todo se fue complicando y nos equivocamos tanto que ya era imposible recuperar todo lo anterior, y no me refiero solo al amor, también me refiero a leer tanto como pudiéramos y tratar de entender que lo material no era lo importante…(Escuín, 2025: 14).

     Pueden contener Roberto o el narrador rasgos que él ha experimentado, algunos elementos biográficos son reconocibles para quienes hemos conocido al autor, pero ahí está el juego: ¿Dónde queda la realidad de la ficción o la ficción de la realidad? A veces parece que lo real fuese como un sueño imposible, duro, del que hay que salir vivo, sobrevivir a sus suciedades, ser capaz volver a Ítaca, siendo esta quienes fuimos, pero ese peaje por la muerte interior hace que sea difícil recuperar lo que éramos antes de partir:

     Me siento fuera de sitio hasta en casa cuando estoy solo, que ya me dirás tú cómo puede pasar eso. Pues sucede, vaya que si sucede, me sucede casi cada día. Hay días que me soporto menos, hay otros que me llevo mejor, pero en realidad creo que la mayor parte del tiempo vivo en una espera de algo que ha de llegar y no va a llegar pues nunca nada llega si no se va buscando y yo estoy casi todo el tiempo en el sofá tumbado o en la mesa intentando hacer como que escribo o trabajo en algo. Como en el relato aquel de Below, ese hombre suspendido en una espera interminable. (Escuín, 2025: 17).

    Sin embargo, la heroicidad reside en quien ha sobrevivido a la realidad, al dolor, a la muerte que asola a la verdad, y como un náufrago de sí mismo quiere contar, desde la isla de su silencio, la intimidad de quien conoció el rostro y la voz de sus propios gritos interiores, de quien habla con el alma para mostrar el juego sucio que anida en lo literario, en la política, en la gestión cultural: sus hipocresías, rivalidades, su nihilismo que mata los sueños:

    Roberto llegó a codearse con los políticos profesionales, aunque estos tampoco lo tomaron nunca en serio, como “uno de ellos”, y hacían referencia siempre a él como “el poeta”, por supuesto en tono despectivo. “El poeta dice” o “el poeta hace” o “el poeta va”, pero siempre acompañado de cosas de las que luego reían. Roberto acabó bien escaldado de ellos y esas amistades nuevas que había hecho y que pensaba que lo llevaban a algún lado lo arrojaron finalmente a lo más profundo de un pozo que él terminó de cavar. (Escuín, 2026: 70).

    Desde lo que más ama, la literatura, debe ser cantado y contado ese viaje a las profundidades más dolorosas de su alma, a su “Corazón de las tinieblas” en el que Roberto y el narrador son las dos voces de sí mismo: una con capacidad de discernir, la otra que ha sido engañada por las mentiras y falsedades de ese mundo despiadado.

    Hay algo que emparenta esta novela con La náusea de Jean-Paul Sartre, nuestros dos protagonistas se asemejan a Antoine Roquentin, quien sufría un vacío existencial devastador, lo encontramos en su falta de esperanza, en su nihilismo, en su dolor, en su renuncia a que el yo y su interioridad hayan tenido que transitar por un mundo tan oscuro, que mata la verdad, que se impone en el teatro de las grandes falsedades. El pasado para el protagonista de la novela de Sartre no existe, y sus aventuras vitales tan solo eran reales en el momento en el que se contaban, aquí el narrador se siente irreal, piensa que lo que él recuerda le pasó a otro, es testigo desde fuera de un desdoblamiento desde el que observa lo que fue como algo irreal, que parece un sueño:

     Ahora resulta que he visto con una claridad que asusta que el que en realidad no existe soy yo. No sé cómo explicarte esto ni el porqué. Solamente sé que he soñado eso, de repente yo no había existido y estaba presente en una situación que, sin duda, he vivido, pero no era yo. Es decir, era otra la cara que había en mi lugar, otro cuerpo. Yo lo presenciaba desde fuera, como un mero espectador […] Aunque si te digo la verdad hace mucho tiempo que no soy capaz de diferenciar aquello que sé que he vivido, lo que me han contado, o lo que dicen por ahí que he vivido y yo ya no recuerdo. (Escuín 2025: 247).

    Finalmente, agradecer, como lector y autor, que existan editoriales como Los libros del gato negro, que hayan existido seres como Marina Heredia: llenos de bondad, capaces de contagiar su pasión por los libros. Nuestra Marina amaba a cada una de sus criaturas, porque ella era alguien que las hacía posibles, si no existieran personas como ella no existirían los libros. Es necesario que alguien dedique su vida, su pasión para luchar por las ideas, la cultura, la capacidad de soñar, de pensar, de mirar desde otro lado, el de la poesía, para tal vez así divisar un horizonte mejor, o por lo menos para empujar, desde lo invisible de los sueños de la literatura y sus ideas, para que alguna vez sea posible…

 

BIBLIOGRAFÍA:

Blanco, Mar (2023): La caligrafía del bosque, Los libros del gato negro, Zaragoza.
Conde, José Antonio (2023): Clase baja, Los libros del gato negro, Zaragoza.
Escuín, Nacho (2025): Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost, Los libros del gato negro, Zaragoza.
Izquierdo, Daniel (2021): A despecho del mundo, Los libros del gato negro, Zaragoza.
Longás, Miguel Ángel (2023): La canción lógica, Los libros del gato negro, Zaragoza.
Tello, Rosendo (2024): Compás y tierra, Los libros del gato negro, Zaragoza.

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