Italia: Restauración del rey de los clowns

 
Por: José Joaquín Beeme

     En Imperia, ciudad que dio las primeras aguas a De Amicis y Luciano Berio, o al navegante Andrea Doria, se alza Villa Grock.

 

     Encaramada en un laberinto de calles, como es ley en todos los pueblos de la Riviera de Poniente —un día recoletos, hoy hiperconstruidos—, y muy cerca de la frontera francesa, quiere ser un centro catalizador de las correrías del gran bufón Charles Adrien Wettach, más conocido por Grock, suizo del cantón de Berna que arrasó las pistas de circo mundiales en la primera mitad del siglo XX. Sus actuaciones, mezcla de absurdo, poliinstrumentismo y pantomima, y fragmentos de alguna película (Au revoir, M. Grock), circulan por la red para que no palidezca su merecida memoria, pero es en la colina de Oneglia, lugar de francachelas de sus últimos años y pulidero de su fortuna, donde habría de conservarse su huella más directa. La villa cuenta con medio centenar de habitaciones y está rodeada de un parque, con estanque navegable, que se inspira en los jardines históricos de la Riviera (Hanbury, Pallanca…), pero tras su muerte en 1959 la hija adoptiva Bianca, a cuyo nombre intituló la propiedad, lo malvendió todo, incluidos recuerdos personales del cómico que ahora podrían constituir un espléndido, soñado museo. La restauración de las autoridades ligures, luego, ha sido más aséptica que tocada por la gracia de la simpatía. Están ahí, talladas en piedra o forjadas en hierro, las sinuosidades acuáticas en mérito a una añorada fertilidad, pero las bombillas de colores que, como candilejas, ornaban las veredas han sido prudentemente suprimidas. Únicamente fotos y carteles huérfanos, que apenas consiguen amueblar estancias de paredes mondas, y una torre-observatorio que ha perdido toda la intención astrológica de su ideador. Sólo un espíritu burlón, suficientemente delirante y afín, sería capaz de restituir la fantasía de que han sido privados esos espacios: jamás un arquitecto, nunca un aparejador. Yo rodé, piadosamente, algunos metros de vídeo, y luego caí en un restaurante que, bajo el pórtico de Calata Cuneo, junto al mar y sus yates emiratíes, explota su nombre con picantes precios. A este Chaplin oculto —ambos se trataron: se admiraron— le daría yo algo más que el Grock d’Or, que cada año premia a jóvenes artistas circenses; para él sería el mejor abrazo, la sonrisa más fraterna de Fellini.

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