
Por Alfredo Boné Pueyo
Escribo este artículo, pensando en los miles de aragoneses que sueñan cada día con un Aragón mejor.
Hablar del futuro de Aragón es hablar, inevitablemente, de aragonesismo. No como etiqueta partidista ni como nostalgia identitaria, sino como una conciencia política y social de defensa de los intereses propios de una tierra históricamente situada en un espacio estratégico, pero permanentemente tensionada por fuerzas centrífugas muy poderosas.
El aragonesismo no es una ideología coyuntural. Es la expresión contemporánea de una vieja necesidad histórica: la de preservar la capacidad de decisión de Aragón sobre su propio destino.
Aragón fue durante siglos un sujeto político de primer orden en la historia de España y de Europa. La Corona de Aragon no fue solo una estructura territorial; fue una forma de entender el poder basada en el pacto, el equilibrio institucional y la limitación de la autoridad.
Frente al modelo uniformador que acabaría imponiéndose tras los Decretos de Nueva Planta promulgados entre 1707 y 1716 por Felipe V y que acabaron con las leyes institucionales propias de la Corona de Aragón y de todos los Reinos que la integraban. La corona de Aragón representaba una tradición política propia, con instituciones sólidas, derecho propio y conciencia de autogobierno
La pérdida de ese poder político no fue solo jurídica. Fue también económica, demográfica y cultural. Desde entonces, Aragón ha vivido en una tensión permanente entre centralidad geográfica y periferia política.
Aragón está en el centro del mapa, pero muchas veces fuera del centro de las decisiones. Esa contradicción sigue vigente hoy en día.
Hoy Aragón vuelve a encontrarse en una encrucijada histórica:
La transición energética, la digitalización, la nueva logística europea y la reconfiguración industrial colocan a Aragón en una posición estratégica inédita. Produce energía, atrae infraestructuras, dispone de suelo y conecta los grandes corredores económicos de la península y con Europa y además es una tierra acogedora y una tierra de pactos.
Pero la pregunta esencial sigue siendo antigua:
¿Será dueño Aragón de ese proceso o mero soporte territorial del mismo?
Porque la historia de Aragón enseña una constante: “cuando el territorio pierde capacidad política, otros ordenan su economía”.
Y eso tiene consecuencias. Hoy más de 266.000 aragoneses (casi el 20%) viven fuera de Aragón y de ellos más de 210.000 viven en otras regiones, la mayoría en las CCAA de Cataluña, Madrid o Valencia. La cifra es significativa no solo por lo que representa cuantitativamente, sino por lo que simboliza: una diáspora silenciosa, constante y estructural. No se van solo personas; se va el capital endógeno y la energía social. Se va juventud, formación, emprendimiento y capacidad de relevo.
Mientras tanto, Aragón envejece…
La concentración en Zaragoza se intensifica y amplias zonas del territorio corren el riesgo de quedar reducidas a espacios de explotación energética, de tránsito logístico o de reservorios para Centros de Datos si tienen energía, agua y territorio poco poblado.
El viejo problema de la despoblación se transforma así en algo más profundo: la desvinculación progresiva entre territorio y comunidad. Un país puede mantener sus límites administrativos y, sin embargo, perder su proyecto colectivo. Ése es el riesgo.
Sin aragonesismo, Aragón puede convertirse en una pieza subordinada dentro de dinámicas decididas en Madrid, Barcelona, o Bruselas.
Puede ser rico en recursos y pobre en poder. Puede exportar electricidad y seguir importando oportunidades. Puede atraer inversiones sin generar arraigo.
A modo de ejemplo diremos que Aragón genera actualmente unos 22.000 GWh y tiene un consumo interno de 10.600 GWh, si se ponen en funcionamiento todos los centros de datos previstos, la demanda podría dispararse hasta superar los 21.000GWh adicionales anuales, lo que triplicaría el consumo actual de toda la región, o sea habría que producir más de 30.000GWh. Todo ello con un enorme consumo de agua y de ocupación territorial. En una estimación aproximada, el valor en el mercado mayorista de esos 20.000 GWh (a 0,15€/kWh), superaría los 3.000 millones de euros anuales, (energía suficiente para abastecer las ciudades de Madrid y Barcelona durante 1 año) y el ICIO (impuesto sobre construcciones, instalaciones y obras. Máximo el 5%) que cobrarían los ayuntamientos ascendería a 750 millones de euros por una sola vez, mientras las instalaciones de generación renovable tienen una vida media de 25 años. Es decir un beneficio de 75.000 millones de euros por el que se habría pagado al territorio 750 millones de euros.
Vamos con la pregunta del millón: ¿en Aragón se generarían 75.000 millones de euros y se le compensaría con el 1% (750 millones)?
Y vamos con la segunda pregunta: ¿Quiénes han diseñado este sistema de expolio territorial?
Y vamos con la tercera pregunta: ¿Quién va a defender a Aragón y a los Aragoneses de este expolio, que acabará despoblando Aragón para enriquecer a otros territorios?
Porque hay otra máxima que no hay que olvidar y que la historia nos ha enseñado: “Detrás del agua y la energía, se va nuestra gente y lo que es peor, nuestro capital de futuro?
Y esto es, en términos históricos, una nueva forma de dependencia.
Y quien puede evitar este expolio: yo lo tengo claro, EL ARAGONESISMO.
El aragonesismo del siglo XXI no debería plantearse como resistencia sentimental, sino como inteligencia estratégica.
Defender Aragón hoy significa exigir retorno económico por su aportación energética, garantizar equilibrio territorial, retener talento, fortalecer tejido empresarial propio y proteger la capacidad de decisión política. No es una cuestión identitaria en sentido estricto. Es una cuestión de soberanía funcional. De supervivencia histórica.
Porque los pueblos no desaparecen solo cuando pierden población.
Empiezan a desaparecer cuando dejan de decidir sobre sí mismos.
Y Aragón, que una vez fue constructor de historia, debe decidir ahora si quiere seguir siéndolo o resignarse a ser simplemente escenario de la historia de otros.
Terminaré diciendo que si muere el Aragonesismo, morirá Aragón y si hemos llegado hasta aquí es porque los responsables institucionales o no lo han entendido o no lo han querido entender, aunque como dicen en una película de Bruce Willis, intentar meterles estas ideas a algunos responsables políticos igual les estallaba la cabeza o como dice el Nuevo Testamento, es como intentar “hacer pasar a un camello por el ojo de una aguja” (Mateo 19:24). Pero bueno, vienen nuevas generaciones, nuevas gentes y si hacemos bien nuestro trabajo, Aragón tiene futuro y capacidad de decisión propias. Como siempre, el futuro lo tenemos en la escuela… y en el aragonesismo.








