Joan Manuel Serrat ha sido investido doctor honoris causa por la Universidad de Zaragoza


Por Lucho Gasca

 La Universidad de Zaragoza celebró el pasado , 28 de febrero  la investidura como doctor honoris causa a Joan Manuel Serrat en el Paraninfo Universitario. La iniciativa parte de la Facultad de Filosofía y Letras, cuya Junta de Facultad la aprobó el 9 de octubre pasado.

A su vez, el Consejo de Gobierno de la Universidad de Zaragoza aprobó por unanimidad el 4 de diciembre de 2019. El rector le entregó esta distinción acompañado de sus padrinos, Gabriel Sopeña y Eliseo Serrano

   Serrat, uno de los artistas españoles en activo con mayor proyección internacional de las cinco últimas décadas, cuya familia originaria es de Aragón, ha recibido importantes premios nacionales e internacionales, como la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo o la distinción de Caballero de las Artes y la Letras en Francia.

     Es doctor honoris causa por otras once universidades. Su relación con la Universidad de Zaragoza incluye el impulso y la participación en varias muestras y exposiciones, como la organizada en 2011 en torno a la figura de Miguel Hernández o la exposición de finales de 2017 e inicio de 2018 sobre los vínculos entre Aragón y Cataluña. En su vertiente social, Joan Manuel Serrat ha destacado por su defensa de los valores éticos y democráticos a lo largo de toda su trayectoria.

Ceremonial

    El acto comenzó con la reunión del claustro togado y autoridades a las 12:00 horas, momento en el que se ha formado la comitiva académica. Esta, precedida de los maceros, se ha dirigido al Paraninfo mientras el coro ha interpretado obras de su repertorio. Una vez en sus estrados, han permanecido en pie con la cabeza descubierta mientras el coro interpretaba el “Veni, Creator Spiritus”.

       A continuación, el secretario general de la Universidad de Zaragoza ha leído el acuerdo del Consejo de Gobierno en el que se nombraba doctor honoris causa a Joan Manuel Serrat. Tras esta lectura los padrinos, precedidos por los maceros, han ido a buscar al candidato, que esperaba en el exterior de la sala. Tras la presentación ante el rector y pronunciado el elogio por el padrino se ha procedido a la investidura del nuevo doctor honoris causa, que ha recibido el birrete de manos del padrino principal y ha jurado su cargo.

      Por último, el rector ha impuesto la medalla y entregado el título de doctor honoris causa al músico quien, precedido de los maceros, se dirigirá a la cátedra para pronunciar su discurso. Nacho del Río y Beatriz Bernad han cantado un repertorio de jotas para Joan Manuel Serrat y a continuación, el rector ha pronunciado su discurso y se ha entonado el “Gaudeamus Igitur”, himno universitario. El acto ha finalizado con una actuación de la Banda del Canal.

 Joan Manuel Serrat

      Autor de más de sesenta discos y con numerosas versiones de sus canciones en los más diversos idiomas del planeta –desde el francés al hebreo, pasando por el portugués o el euskera-, en una trayectoria profesional de más de cincuenta años, ha convertido a la canción, a la canción popular y otras formas musicales y poéticas de índole y campos contemporáneos, en un arte mayor en la Europa de finales del siglo XX. Su cancionero, que ha hermanado el castellano y el catalán, ha conseguido ejercer una indeleble influencia sobre la vida de millones de personas durante varias generaciones. Su álbum Mediterráneo (1971) figura entre los más importantes de la música de nuestro país. En una vertiente social, debe resaltarse muy vivamente la constante defensa de los valores éticos y democráticos universales. Su vinculación con profesores y departamentos de la Universidad de Zaragoza viene de lejos, colaborando con la Facultad de Filosofía y Letras. Ha recibido el doctorado honoris causa por once universidades y es Premio Nacional de las Músicas Actuales, Medalla de Oro de la Diputación de Zaragoza, de las Bellas Artes e Hijo Adoptivo de la Ciudad de Zaragoza, entre otros galardones. ¡Enhorabuena al maestro y artista ejemplar!

DISCURSO DE ACEPTACIÓN

 Joan Manuel Serrat Teresa

     Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza Claustro de Profesores Dignísimas autoridades académicas y civiles que amablemente nos acompañan Profesores y alumnos Amigas y amigos

     Estoy seguro de que quienes tan generosamente han considerado oportuno concederme este doctorado lo han hecho con la intención de reconocer los méritos de una persona, pero al hacerlo deben saber que también están reconociendo a un colectivo de mujeres y hombres que han construido su vida a partir del oficio de cantar y de escribir canciones.

    Gentes que dignifican poética y musicalmente la canción, y para quienes el valor y la fuerza de la palabra es fundamental en su quehacer.

    Con todos ellos quiero compartir este reconocimiento, especialmente grato por haberme sido concedido a instancias de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza.

   Me complace que valoréis esta parcela de la poesía que es la canción popular, a la cual represento y a la que me dedico. Mucho han cambiado las cosas en nuestra sociedad para que un cantante popular reciba un reconocimiento como el que hoy se me brinda aquí. Me alegro por mí, por el colectivo que represento y, cómo no, también por ustedes.

    De otros aprendí el oficio de cantar y de hacer canciones. De otros, que antes lo aprendieron de otros, y me hace feliz pensar que tal vez con mi trabajo haya podido ayudar al aprendizaje de los que siguen. Soy un hombre privilegiado que trabaja en lo que le gusta y al que, además, le pagan por hacerlo. Me siento una persona querida y respetada que canta por el gusto de cantar.

 Cantar me da placer y, más que un mérito, para mí constituye un privilegio. Además, siempre te dan mesa en los restaurantes. Con canciones me expreso y me comunico con los demás. Escribo mirando a mi alrededor, pero también volviendo la mirada a mis interiores. Escucho las voces de la calle pero también los ecos. Escribo dejando volar los pensamientos pero también clavando los codos en la mesa.

     No quisiera confundirles dando la imagen de un tipo que se ha pasado la vida de paseo, chuleando a la inspiración, un vividor al que le chorrean canciones, metáforas y aforismos hijos de la generación espontánea. Pero, a riesgo de provocar la desilusión de más de uno, confieso que, incluso tratándose de modestas canciones, escribir fue mucho más que el fruto de momentos inspirados: fue  el resultado del esfuerzo y de la porfía por amasar palabras, por tejer y deshacer mimbres; y si las musas, siempre escurridizas y engañosas, acudieron a darme una mano, lo agradecí en lo que vale, pero sin confiar absolutamente en su voluble lealtad. Dice el refrán que «quien canta, su mal espanta». Y es verdad.

     Cantando conjuras los demonios y conviertes sueños en modestas realidades. Cantando compartes lo que amas y te enfrentas a lo que te incomoda. Las canciones viven en la memoria de la gente, viajan y nos transportan a tiempos y lugares donde un día tal vez fuimos felices. Algunas son personales e intransferibles. Otras aglutinan un sentimiento común y llegan a convertirse en himnos.

    Todo momento tiene una banda sonora y todos tenemos nuestra canción, esa canción que se hilvana en la entretela del alma y que uno acaba amando como se ama a sí mismo. Alguno estará pensando: «Por su culpa, Serrat, me casé con el que hoy es mi esposo —o mi señora—… Estábamos un atardecer de verano en la playa cuando empezó a sonar su canción y…, etcétera». Por favor, a cada quien lo suyo. Eso no es culpa de mis canciones, sino de sus atardeceres de verano y de sus ímpetus juveniles.

      Una de las muchas cosas que tengo que agradecer a la vida es este oficio, que me ha llevado a caminar el mundo sin que las penurias económicas o políticas me empujaran  a hacerlo, y en ese ir y venir he podido conocer gentes de todo tipo y condición en lugares distintos a los que crecí, con otras costumbres y otras maneras de ver y mirar la vida, que, lejos de llevarme a consolidar y concretar una idea de patria sublimada y distante, se fue consolidando en el descubrimiento. Para unos la patria es el territorio, para otros el idioma y para otros la niñez. Algunos se llenan con ella la boca y otros la bolsa. Yo he reconocido mi patria por los caminos. Decía mi madre que su patria estaba donde sus hijos comían.

    Probablemente, eso mismo deben pensar los miles de madres que a lo largo y ancho del planeta caminan con sus hijos a cuestas huyendo del dolor y de la guerra, dejando atrás la tierra que los vio nacer, buscando un lugar en el que sus hijos coman, crezcan y aprendan a convivir en paz en una nueva patria temporal o definitiva. Viéndoles atascados en los barrizales, aguardando reemprender el camino, atorados en el descansillo de una Europa mezquina y desalmada a la orilla de un Mediterráneo que otrora fue cuna del pensamiento y puente de culturas, me pregunto si alguien sabe decirme dónde queda la patria de esta gente. ¿Quedó atrás o está delante…?

   Mientras tanto, que los músicos no paren de hacer sonar sus instrumentos y los poetas no dejen de levantar la voz. Que los gritos de la angustia no nos vuelvan sordos y que lo cotidiano no se convierta en normalidad capaz de volver de piedra nuestros corazones. Soy como todos ustedes, fruto del tiempo y del mundo que me han tocado vivir. Tiempo de confusión y angustia, 29 de soledad y falta de referentes, donde se ha perdido la confianza en el sistema, en sus representantes y en sus instituciones, donde los jóvenes se sienten engañados y los mayores traicionados y donde más que nunca nos necesitamos los unos a los otros. Todos somos importantes y todos tenemos que sentirnos importantes.

    En los últimos años ha sido extraordinario el crecimiento tecnológico y científico que hemos experimentado, pero también ha sido muy grande la pérdida de los valores morales de nuestra sociedad. Se han producido terribles daños a la naturaleza, muchos de ellos irreparables, y es vergonzosa la corrupción que desde el poder se filtró a toda la sociedad. Más que una crisis económica, estamos atravesando una crisis de modelo de vida. Y, sin embargo, sorprende el conformismo con el que parte de la sociedad lo contempla, como si se tratara de una pesadilla de la que tarde o temprano despertaremos.

    Espectadores y víctimas parecemos esperar que nos salven los que nos han llevado hasta aquí. Es necesario recuperar los valores democráticos y morales que han sido sustituidos por la vileza y la avidez del mercado, donde todo tiene un precio, donde todo se compra y todo se vende. Es un derecho y una obligación restaurar la memoria y reclamar un futuro para una juventud que necesita reconocerse y ser reconocida. Tal vez no sepamos cuál es el camino más corto, pero sí sabemos cuáles no debemos volver a tomar.

     Señoras y señores. Sea cual sea el camino, este pasa necesariamente por el conocimiento. Solo con él progresamos individual y colectivamente. Si algo nos sustenta y nos caracteriza positivamente como especie es el conocimiento. Defender las bondades del conocimiento parece algo tan innecesario y tan obvio como argumentar sobre la necesidad de alimentarse o de respirar, aunque, dadas las circunstancias, estoy dispuesto a argumentar en su defensa. El conocimiento nos ayuda a reconocernos. A entender más y mejor el entorno del que formamos parte y del que dependemos. A superar los obstáculos. El conocimiento profundiza la vida democrática. Le aporta justicia e igualdad y le ayuda a construir un tejido social cohesionado. Agudiza, además, el grado de civismo de los ciudadanos y aclara buena parte de las obligaciones y derechos de cada quien en el reparto de responsabilidades y beneficios.

    El conocimiento estimula nuestra curiosidad, nuestra sensibilidad. Es bueno para alcanzar una vida culturalmente más plena, artísticamente más fértil, más lúdica y más feliz. El esfuerzo en producir y gestionar conocimiento es el que tiene mayor rentabilidad para el desarrollo de los pueblos y de la humanidad entera. Es un buen negocio, del cual todos salimos beneficiados. En fin, que el conocimiento es bueno para vivir en paz, para aprender a ser libres y para crecer sin miedos. La educación, la escuela y la universidad son instrumentos fundamentales para conseguirlo. 31 Me enorgullece que una casa de estudios como esta me haya premiado con un doctorado gracias al cual puedo dirigirme a ustedes, mujeres y hombres que sin duda trabajan en este sentido. Les doy las gracias por su esfuerzo, un esfuerzo que colabora a que los sueños cada día se acerquen un poco más a la realidad.

     Y nada más. Espero que ustedes, gente instruida y tolerante, sabrán juzgar mis palabras más por su intención que por la manera en que he sido capaz de expresarme. Gracias por su generosidad.

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